La Comunicación en la Iglesia: convertir la controversia en oportunidades

pr_carroggio-web.jpg Los últimos acontecimientos relacionados con la Iglesia española, fundamentalmente en torno a la COPE y el libro de José Antonio Pagola, y su tratamiento mediático, ponen de manifiesto -como hemos mantenido en numerosas ocasiones- serias deficiencias en la política comunicativa de la Iglesia en España, que todavía no encuentra su lugar en la relación con los medios y que, en numerosas ocasiones, contribuye a crear una extraña dicotomía entre periodistas o medios confesionales o aconfesionales, o lo que es lo mismo, amigos y enemigos. Quizá sea preciamente este momento una oportunidad más para demandar una política de comunicación más acorde con los tiempos, como se viene reclamando insistentemten en todos los documentos de la Santa Sede y de la Conferencia Episcopal con motivo de la jornada de las comunicaciones sociales, y tampoco  estaría de más recordar el debate suscitado durante el pasado mes de abril, en Roma , en el sexto seminario profesional para las oficinas de comunicación de la Iglesia. El seminario, que tuvo por título “Comunicación de la Iglesia y cultura de la controversia, fue inaugurado por el responsable internacional de comunicación del Opus Dei, Marc Carroggio, con la intervención que reproducimos a continuación.

La intervención de Marc Carroggio, es tanto más significativa tras la aplicación concreta de esa política informativa en la polémica suscitada en torno a la publicación del libro “El Código da Vinci”, o, por citar otro ejemplo concreto, durante el proceso de canonización de Escrivá de Balaguer.

Texto de la intervención de Carroggio, distribuido por la oficina de información del Opus Dei:  

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 La actividad pública de la Iglesia se desarrolla hoy en un ambiente cultural y mediático que privilegia la controversia. Este clima polémico puede ocultar el tono positivo que caracteriza a la propuesta cristiana. Sobre esos temas ha tratado un seminario internacional sobre “Comunicación de la Iglesia y cultura de la controversia”, organizado por la Facultad de Comunicación Institucional de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, de Roma. Ofrecemos una síntesis de la intervención del prof. Marc Carroggio, que planteó algunas sugerencias sobre las dificultades y oportunidades que presentan las controversias.

 La lógica de comunicación pública tiende a amplificar los episodios de controversia, porque el conflicto hechiza y captura la atención del ser humano. Las crisis y las controversias tienen analogías: ambas situaciones comparten una común negatividad y ambas son públicas porque se expresan a través de los medios de comunicación. Además, alcanzan a un gran número de personas no especializadas en el tema discutido.

 Crisis y controversias

 Sin embargo, crisis y controversia son fenómenos diferentes, que reclaman modos de gestión específicos. Las crisis emanan de hechos imprevisibles y de entidad, que pueden llevar consigo la pérdida de control: una catástrofe natural, un accidente, un caso de corrupción, una bancarrota. En las controversias, en cambio, se discrepa sobre ideas, valores y propuestas. Se discute acerca de lo que es bueno y lo que es malo. En las controversias entran en conflicto cuestiones de principio, diversas visiones del mundo.

 Las controversias mediáticas tienen tres consecuencias que impiden una verdadera comunicación: producen confusión en los contenidos, tienden a deformar el mensaje; generan tensión en las relaciones; y provocan rechazo sistemático hacia las propuestas del interlocutor.

 Junto a los efectos negativos, las controversias comunicativas comportan una ventaja fundamental: reúnen a muchas personas en torno a los sujetos que debaten; aumentan exponencialmente el interés informativo; atraen a los micrófonos y a las cámaras de televisión. A quien se encuentra en una controversia comunicativa se le abren espacios informativos gigantescos. Se le concede una relevancia pública que permite comunicar mensajes que pueden llegar muy lejos.

 Lo explicaba hace justamente dos años el entonces portavoz del arzobispo de Westminster. Ante las elecciones británicas, una revista femenina interpela a los diversos candidatos sobre su posición ante el aborto. El candidato conservador, Michael Howard, solicita una reducción del límite legal. El cardenal arzobispo de Londres es interpelado por el Times y muestra simpatía hacia la propuesta de Howard. El cardenal, separadamente, aborda otras cuestiones y recuerda el hecho histórico de que en épocas pasadas los católicos ingleses votaban en bloque a favor del Laborismo. Al día siguiente, el diario titula en portada: “El cardenal pide a los católicos que rechacen a los laboristas por su posición ante el aborto”. Ese error inicial en la cobertura se convirtió en una ocasión sin precedentes para comunicar adecuadamente un aspecto que había sido marginal en las elecciones inglesas.

 En la misma línea podría señalarse el efecto inesperado del discurso de Ratisbona: la lectio del Papa se convirtió, gracias a la red, en uno de los textos más leídos de Benedicto XVI. Algo similar sucedió con el discurso (no pronunciado) del Papa a la Universidad de La Sapienza. El texto, que hubiera pasado más o menos inadvertido en circunstancias ordinarias, fue publicado íntegramente por varios diarios italianos y por numerosos medios de comunicación del mundo. Esos dos discursos adquirieron una relevancia insospechada y generaron adhesiones de intelectuales de diversa proveniencia ideológica.

 Estímulo para la argumentación

 Podría decirse que, en la tarea del comunicador institucional, la crisis es algo extraordinario, mientras que la controversia y el conflicto –al menos, un cierto grado de conflicto– forman parte de la normalidad. Tener a una parte del público en contra es algo natural. En algunos casos, porque las personas y las instituciones cometen errores o no son capaces de transmitir con claridad las razones de su actuar (son las controversias “evitables”). En la mayoría de los casos, con independencia de los errores, la causa de la discordia es la disparidad misma del ser humano: no existe alimento apto para todos los paladares; hasta los helados más exquisitos son dañinos para quien padece intolerancia a la lactosa (controversias “inevitables”).

 ¿Qué ocurre en el caso de la Iglesia? En los procesos de comunicación hay dos elementos inseparables: por una parte, la identidad y los valores de la institución; por otra, su modo de comunicar. La naturaleza y los valores de cada institución imponen, por así decir, un modo concreto de comunicarse, de relacionarse con el mundo y por consiguiente también con los periodistas.

 En este sentido, conviene mencionar dos aspectos característicos de la Iglesia católica como sujeto comunicativo que, desde mi punto de vista, afectan directamente a las controversias: la Iglesia como portadora de la religión del logos; y la Iglesia como signo de contradicción (una institución que tiene la peculiaridad de jugarse su ser y su “éxito” en la fidelidad a Cristo).

 Como el segundo es evidente, subrayo algo más el primero de estos dos aspectos. La fe cristiana se ha comprendido a sí misma como “religión del logos”, la religión “según la razón”. Esta confianza en la razón hace que el cristiano se encuentre cómodo en la controversia, en la discusión de ideas, en los debates públicos. Que no tenga recelos para discrepar, debatir y argumentar.

 Al mismo tiempo, esta connaturalidad entre cristianismo y razón hace que se pueda y deba desarrollar una reflexión ética que sea comprensible y sensata incluso para quien no conoce o no acepta plenamente la verdad revelada. Analizar serenamente los argumentos opuestos ayuda a hacerse preguntas, estimula a madurar las propias ideas, a pensar con profundidad: es un modo de razonar utilizado frecuentemente por Benedicto XVI. Cuando se omite este paso, es posible que la respuesta dada no guarde relación con el problema planteado.

 Razones para entrar en el debate

 Descendiendo a un plano más práctico, una primera decisión operativa y estratégica que incumbe a los responsables de comunicación de la institución que en diferentes niveles pueda estar vinculada a la Iglesia, se refiere a la congruencia misma del debate: ¿conviene desempeñar un papel activo o es preferible abstenerse, en esta controversia específica? La oficina de comunicación debe determinar en cada caso los debates que son de su competencia. A mi parecer, se pueden diferenciar tres posibles situaciones:

 – La cuestión ofrece pocas dudas cuando el objeto de la controversia es la Iglesia misma o su doctrina. La Iglesia es fuente directa y voz interpelada.

 – La cuestión es más delicada, y diría que más atrayente, cuando se trata de materias de interés público y con implicaciones éticas y antropológicas. Sobre estos casos, el magisterio reciente ofrece perspectivas luminosas cuando habla de ciertas exigencias de carácter ético radicadas en la persona humana que “por su propia naturaleza y su papel de fundamento de la vida social no son negociables”.

 – En cambio, podría ser contraproducente que la oficina de comunicación de la Iglesia se inmiscuyera en otros debates públicos sobre los que existe una legítima pluralidad de opciones, en controversias sobre las que no existe “una” solución católica. Es decir, cuando se discute sobre valores “negociables”.

 Dejarse enzarzar en este tipo de conflictos conduciría a lo que podríamos llamar “controversias superfluas” que, con frecuencia, tienen trasfondo político. En estos casos, la Iglesia cargaría el fardo de negatividad de la controversia, sin conseguir a cambio ningún beneficio en su misión apostólica. La participación en “controversias superfluas”, al contrario, podría producir división entre quienes escuchan con atención la voz ética de la Iglesia.

 Los beneficios de la polémica

 Las consideraciones precedentes muestran que las controversias mediáticas no sólo son normales, sino que en cierto modo son necesariamente inevitables para la Iglesia. En consecuencia, el papel de los responsables de comunicación no consiste en evitar las controversias a toda costa, sino en gestionarlas adecuadamente: limitar los efectos negativos y explotar las posibilidades informativas que brindan.

 En este sentido, podemos subrayar cuatro principios o parámetros que ayudan a posicionarse adecuadamente ante una controversia. Cada uno de ellos trata de neutralizar una de las consecuencias negativas de las controversias: la confusión que generan, el rechazo que provocan y la tensión que introducen en las relaciones.

 Un primer parámetro es la claridad en las palabras y en los argumentos elegidos. La claridad en los contenidos y en las intenciones impide que uno acabe atrapado en la confusión de la controversia. La claridad es esencial para que el mensaje de la Iglesia no quede reducido a cuestiones de carácter político o institucional.

 El segundo es el enfoque positivo. La controversia propaga desaprobación hacia las propuestas propias y sentimientos de negatividad hacia quien las propone. Es por ello preciso poner en marcha un cúmulo de acciones afirmativas. Sin embargo, ser afirmativo no es sencillo. En contextos controvertidos es fácil responder con declaraciones o comunicados que dedican mayor espacio a refutar acusaciones que a exponer el punto de vista propio.

 Pero la acción positiva no se limita a una cuestión lingüística. Consiste, sobre todo, en la capacidad de llevar a la práctica una estrategia de comunicación, un conjunto de acciones informativas y culturales que se desarrollan en un tiempo específico y que miran a la consecución de resultados. Ese es el modo mejor de superar los sentimientos de negatividad y de rechazo hacia el adversario que provocan las controversias. Con este modo de actuar, se ayuda al público de la controversia a dar a conocer la Iglesia como realmente es y no como algunos imaginan que es.

 La tercera característica es la amabilidad y la corrección en el estilo. Un estudio empírico sobre las controversias realizado entre 62 grupos de debate indica que una actitud hostil en una discusión reduce la posibilidad de consenso por parte de un auditorio neutro. Cuando uno se encuentra inmerso en una controversia, y tiene frente a sí micrófonos y cámaras televisivas, la cuestión de los modos se hace prioritaria.

 Reacciones ponderadas

 La controversia no es un problema si la reacción es adecuada. Y al revés: la controversia se convierte en problema cuando la reacción es desmesurada. El problema pasa a ser la reacción, mientras que la controversia de fondo, el tema que se discute, queda en segundo plano. Las reacciones ponderadas son cruciales, con independencia de la gravedad del ataque. Como se deduce de éste y de otros estudios similares, el público se pone de parte de la víctima, siempre que ésta no actúe a su vez como verdugo.

 El último parámetro que deseaba mencionar es la óptica local. A la hora de afrontar una controversia es clave trabajar y tomar iniciativas en el propio ámbito de influencia, sin perderse en objetivos inalcanzables. A veces, parece imposible cambiar el sentido de una polémica que se mueve en los palacios o en los grandes medios. Sin embargo, sí es posible y eficaz actuar en la opinión pública local: se conocen personas, es un ambiente que se mueve en un contexto menos ideológico. Trabajar con óptica local es el modo de llevar la iniciativa y de evitar la tentación de la pasividad, que es sinónimo de incomunicación.

 Ganar amigos

 La literatura común identifica tres tareas en el trabajo de los responsables de comunicación ante la gestión de las controversias: una tarea argumentativa, una tarea difusiva y una tarea asociativa.

 Labor argumentativa: elaborar mensajes. Los contenidos son el centro del proceso comunicativo. El mensaje, el qué comunico, es la sustancia del trabajo de comunicación ante las controversias. Y, como se decía antes, es tarea que tiene que ver con formular argumentos, con buscar razones que alimenten la inteligencia.

 Labor expositiva: preparar voces. En la gestión de las controversias, además del “qué”, son decisivas la voces que dan salida a los mensajes: el “quién”. Con frecuencia, y especialmente en un clima de conflicto, el portavoz adquiere tanta relevancia como el mensaje mismo.

 Labor asociativa: establecer relaciones personales. Un efecto de la controversia es la creación de posiciones rígidas hacia el adversario. A veces, basta ser identificado como católico, o como perteneciente a tal o cual realidad eclesial, para que la propia voz sea puesta en discusión: “ese –se suele decir– sigue el dictado de la jerarquía”. El modo más directo de evitar el “prejuicio de grupo” es, sin duda, la relación personal. Cuando hay contacto directo, las etiquetas se deshacen.

 Ganar un amigo supone una alteración de las relaciones, sin que necesariamente haya cambios sustanciales en los valores fundamentales que se sostienen. La libertad de las dos partes queda intacta. En este sentido, el comunicador de la Iglesia tendría que proponerse convertir cada debate público en una ocasión de ganar amigos y de evitar nuevos enemigos. El cristianismo es la religión del logos, de la razón, pero es también –y tanto o más– la religión de la caridad, de la amistad.

 Sin quererlo, Benedicto XVI se ha visto mezclado en controversias locales ya desde que defendió su tesis de habilitación y desde su tarea de docente en Tubinga; a nivel mundial, como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe y desde que ocupa la cátedra de Pedro, se encuentra cada cierto tiempo en el ojo del ciclón muy a su pesar. En esos momentos de controversia mediática, nunca ha perdido la serenidad ni la paz que le caracterizan.

 Ha sido fiel a su método: diálogo con la inteligencia, enfoque positivo de su propuesta, claridad cristalina en sus mensajes, extrema amabilidad en su comportamiento. Las controversias del Papa son signos evidentes de su relevancia y de la eficacia de su comunicación. El “caso” de Benedicto XVI es un ejemplo claro de que las controversias pertinentes, cuando están bien gestionadas, no son más que la otra cara de la relevancia.

2 Responses to “La Comunicación en la Iglesia: convertir la controversia en oportunidades”

  1. Facilito también a continuación un resumen de la intervención del director de contenidos de Popular TV, Madrid, Javier Alonso Sandoica, durante el acto de clausura del curso academico de la universidad para mayores del CEU, Vniversitas Senioribvs, el pasado 16 de junio.

    Javier Alonso Sandoica abogó porque la Iglesia participe en los medios de comunicación de un modo afirmativo: “o abrimos vetas de comunicación o nos pudrimos”, indicó.

    Frente a prejuicios sobrevenidos y presentes “ya desde 1812” y perjudiciales ‘autorreclusiones’, Sandoica abogó por una Iglesia que comunique de un modo positivo y, sobre todo, integrador. “La Iglesia –dijo- no tiene que salir en contra de nadie ni hacer un medio de comunicación reactivo. La Iglesia siempre ha creado”. En este sentido, sería un mal camino “plantear la fe como un partido político”, subrayó.
    En su doble condición de sacerdote y periodista, el ponente insistió en la necesidad de que la Iglesia incida en la rotunda afirmación que conlleva su mensaje. Algo que la gente no siempre percibe así, ya sea por la mala imagen que ciertos sectores quieren dar de ella o, también, por algunas inercias negativas que ésta adopta en ocasiones. “Muchas veces nosotros nos hemos puesto en un burladero desde donde juzgar a la sociedad que hay enfrente”.

    La actitud, a todas luces, debe ser otra. “La clave esta en el diálogo con la sociedad de nuestro tiempo, y a veces el derrotismo nos hace inhibirnos de la posibilidad de salir al encuentro”.

    El camino, por tanto, debe emprenderse a través de lo humano, afirmando las respuestas que la Iglesia proporciona a los naturales interrogantes del hombre. A este respecto expresó que lo que hoy se esta perdiendo no es a Dios, sino “la propia dimensión humana”.

    “La Iglesia tiene una repuesta mas honda ante los problemas que ningún psicólogo te puede dar”. A partir de aquí, el reto es “entrar en el hombre. Si no sabemos como hacerlo –ha advertido- seguiremos divididos en dos Españas. Estaremos condenados a la polarización”.

    La Iglesia, por tanto, no ha de aparecer en los medios en un ámbito concreto, con un lenguaje particular o dirigido solo a los creyentes. Debe incorporarse a todo lo humano y establecer dialogo con todos los hombres. “O abrimos vetas de comunicación o nos pudriremos. Si no somos capaces de hacerlo estaremos solo alimentando a los nuestros”.

    Asimismo, Alonso Sandoica recalcó que “la fe es algo transversal y ocupa todos los ámbitos”. Razón por la que no es partidario de una información religiosa entendida como algo específico y recluida en secciones en las que “haya solo noticias de la Iglesia. No hay que engordar las paginas de religión, sino potenciar la transversalidad del mensaje cristiano”, concluyó.

  2. Trastevere:
    gracias por recoger estos dos textos el de Carroggio y el de Sandoica. Estoy bastante de acuerdo en ambos planteamientos. Naturalmente, como a todos creo que nos pasa, matizaríamos esto o lo otro. Probablemente, querido Trastevere, como seguro le pasaría a usted. Gracias de nuevo por su trabajo y oferta informativa, su amiga, Eva

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