La Iglesia y los medios de comunicación

miro-i-ardevol.jpg “…Como en la enseñanza, la calidad, la audiencia es una consecuencia pero no la justificación. La prueba del algodón del sentido cristiano del medio de comunicación es muy clara: es el respeto a la persona, el evitar el insulto, la descalificación el desprestigio personal…, afirma Josep Miró i Ardevol, presidente de E-Cristians, en un artículo publicado el pasado 28 de mayo y que me encontré cuando buscaba datos para su biografía tras el abandono de CDC, información que ya facilitamos en su día en este blog.

El artículo, que alude sin citarla a la situación de la COPE por los “presentadores estrella” , tiene considerable interés precisamente por quien lo escribe, nada sospechoso de intentar atacar a la cadena de emisoras de los obispos y, mucho menos, a la Iglesia católica, y aborda con claridad cual debe ser el papel y la manera de informar de los medios de comunicación confesionales.

Josep Miró i Ardèvol   

 ¿Es necesario recordar una obviedad? La misión de la Iglesia es llevar la persona de Jesucristo y transmitir su buena nueva al mundo. 

A partir de este hecho surgen multitud de derivadas. En razón de esta misión nace, por ejemplo, la opción preferencial por los pobres. Del mismo lugar nace el empeño en la enseñanza y en los medios de comunicación como instrumentos dirigidos a cumplir con aquel fin. 

Las escuelas parroquiales, las congregaciones religiosas y otras instituciones eclesiales, desarrollan un papel extraordinario en el ámbito de la enseñanza. Desde un punto de vista estrictamente secular es celebrada la calidad de su actividad docente, pero éste no es el fin, porque la enseñanza que nace de la iglesia pierde su sentido cuando se olvida que es la persona de Jesucristo el eje sobre el que debe girar cada escuela, más que el resultado escolar. 

Que este factor se vea reforzado por el hecho religioso, como sucede, y como ya expuso J.S Coleman, en su ya clásico “Capital Social y Creación de Capital Humano”, es una consecuencia pero no la causa del papel de la Iglesia en la enseñanza. 

En todo lo que haga la Iglesia, y como consecuencia del cumplimiento del mandato de Dios, debe primar el sentido evangélico de la tarea, porque es lo único que la justifica. 

Qué duda cabe de que la Iglesia católica es la mayor ONG del mundo, pero sería un error pensar que la tarea eclesial es ser precisamente una Organización No Gubernamental.

Todo esto es exactamente aplicable a los medios de comunicación. Los periódicos, radios y televisiones que la Iglesia directamente crea y dirige, solamente pueden guiarse por el criterio evangélico, y éste no puede quedar oculto por razones humanas.  

Los medios de comunicación de la Iglesia deben ser críticos con el poder cuando éste actúa de manera contraria al mensaje cristiano, pero también deben subrayar lo que de bueno pueda producir. No pueden decantarse por uno u otro partido, a pesar de que en la realidad concreta de nuestro país es evidente que hay unos partidos que actúan sistemáticamente contra la Iglesia y contra los cristianos. 

Mucho menos todavía pueden enzarzarse en querellas internas de las organizaciones políticas, en disputas por el poder, que lo único que consiguen es desprestigiar el valor de la política ante los ciudadanos. 

Ni la audiencia ni el tacticismo, ni el temor humano, pueden justificar el abandono del sentido evangélico en manos de comunicadores más o menos eficientes, pero que basan su predicamento en la agresión, en la falta del más elemento respeto, en el confundir la comunicación con la maniobra política. 

Un riesgo siempre presente es confundir la Iglesia con una ideología: peor todavía con un partido. Convertir el ojo de la aguja de la salvación en unas consignas políticas.

La audiencia debe conseguirse a partir de estos criterios y no a pesar de ellos.  

Como en la enseñanza, la calidad, la audiencia es una consecuencia pero no la justificación. La prueba del algodón del sentido cristiano del medio de comunicación es muy clara: es el respeto a la persona, el evitar el insulto, la descalificación el desprestigio personal.  

Se trata, en todo caso, de debatir, criticar, lo que se hace pero no cargarse, desacreditar, insultar, humillar, a quien lo hace, porque la Iglesia, de siempre, y también por mandato es muy dura con el pecado pero siempre ha acogido al pecador, lo ha tratado con afecto, como mínimo con respeto.  

Cuando todo eso se olvida, quien pierde no es la persona concreta que falsea el mensaje, sino la Iglesia toda, Una, Santa, Católica.

  

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