¿Para qué hicieron Papa al cardenal Ratzinger?: el debate entre José Luis Restán y Juan Arias

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Tras el artículo publicado por Juan Arias en El País, el pasado día 15,  titulado “¿Para qué quiso ser Papa?, y en el que el periodista y escritor lanzaba duras acusaciones contra Benedicto XVI, el responsable de la programación religiosa de la COPE, José Luis Roldán, publica ayer  la respuesta en otro artículo, “Para esto le hicieron Papa”, en Páginasdigital.  Reproducimos a continuación ambos artículos.

José Luis Restán 16/04/2009

 http://www.paginasdigital.es/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=869&te=&idage=&vap=0&codrel=68 

“Ha cumplido 82 años pero su razón permanece tensa como un arco y su mirada se ha vuelto aún más penetrante. La mixtura de una sagacidad aguda y dispuesta al combate y de una mansedumbre que comprende los ritmos y las debilidades de lo humano compone una personalidad verdaderamente única. Y con todo, eso no es lo importante: ése es el material humano singular que Joseph Ratzinger ha puesto a disposición de su ministerio como Papa. Una tarea que desde luego él no buscó, pero que ha asumido sin reservas y con un arrojo y creatividad sorprendentes.   

No responderé aquí al miserable artículo de Juan Arias en El País, titulado “Para esto quería ser Papa”. Es la realidad de cada día la que se encarga de responder a sus mentiras. Prefiero abrir esta página a la verdad, la sugerencia y el encanto que cada día nos regala este testigo de la fe, este sucesor de Pedro en una hora difícil marcada por la grisura del nihilismo y por la apostasía silenciosa de amplias franjas de un mundo otrora empapado por la cultura cristiana.

Ningún Papa elige la coyuntura histórica en la que debe ejercer su ministerio, pero es evidente que Benedicto XVI conoce esa coyuntura hasta su raíz más profunda y, por oscura que parezca, no le tiene miedo. Está marcado por esa alegría sobria del catolicismo barroco de su Baviera natal, sazonada por el trato familiar con los padres de la Iglesia y con los filósofos contemporáneos.

Es un hombre arraigado en la tradición viva de la Iglesia, de la que se nutre continuamente, y precisamente por eso camina ligero y sin rémoras por los paisajes contemporáneos y sabe hablar a los hombres de esta hora. En su felicitación pascual ha dicho que el sentido de la nada tiende a intoxicar a la humanidad, haciendo que desparezca la esperanza y realmente si Cristo no hubiera resucitado “el vacío acabaría ganando”.

La primera preocupación del pontificado es por tanto brindar al mundo esta Luz que nace de la resurrección de Cristo, porque es la única capaz de alumbrar las zonas oscuras del corazón humano y del mundo. Sabemos que el Papa trabaja intensamente en la segunda parte de su libro Jesús de Nazaret, centrado en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Piensa que con esta obra responde desde su ministerio de Papa-teólogo a una necesidad acuciante de la Iglesia, porque sólo una conciencia renovada de Jesús vivo y presente podrá desarrollar su misión.

Pero también tiene a punto su tercera encíclica, que afrontará los problemas sociales de este nuevo ciclo de la globalización, la crisis financiera, el nihilismo cultural y la amenaza terrorista. Un tema inmenso que no quiere abordar con moralismos simplones, sino con competencia técnica unida a una mirada educada por el Evangelio vivido y practicado en el cuerpo histórico de la Iglesia.

Porque esa mirada, la que educa el Resucitado, puede alumbrar la desesperanza del momento, y no de una manera teórica sino a través del testimonio de hombres y mujeres que ya han sido alcanzados y cambiados por esa luz.      

La resurrección “no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula sino un acontecimiento único e irrepetible, Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba”. Sí, ésta es la fe que profesa Benedicto y para confirmar en esta fe a todo el pueblo cristiano, y para proclamarla persuasiva y razonablemente desde los tejados al mundo, fue elegido Papa a sus 78 años.

Es la ausencia de Dios, el abandono de tantos contemporáneos de quien constituye su abrazo salvador, lo que hiere el corazón de este buen pastor. Eso y la ceguera de algunos hombres de Iglesia empeñados en la disputa autodestructiva, en el ataque arrogante a la confesión sencilla y exigente del amor que Pedro sigue haciendo frente al mundo.        

Sí, para esto le hicieron Papa. Para defender la fe de los sencillos, para recobrar el diálogo creativo de la Iglesia con el mundo moderno, para ensanchar una razón amenazada en Occidente de un terrible encogimiento, para atraer a los hombres atribulados al hogar cálido de la Iglesia. No son cosas para las que un Papa disponga de una varita mágica, ni que pueda resolver con sus propias fuerzas. Como tantas veces recordara Joseph Ratzinger, al Papa le toca en primer lugar obedecer, colocarse en el centro de la gran red vital de la Iglesia para asegurar su unidad, y desde allí confirmar, alimentar y animar todos los brotes de nueva vida que el Espíritu hace surgir.

Así vemos hoy al Papa Benedicto en su 82 cumpleaños: alegre y humilde, sabio y penetrante, obediente al servicio que el Señor le ha impuesto, seguro de que no podría existir un camino mejor para su propia felicidad. Feliz cumpleaños, Santidad”.

¿Para qué quiso ser Papa?

Juan Arias. 15 de abril de 2008. El País 

http://www.elpais.com/articulo/opinion/quiso/ser/Papa/elpepiopi/20090415elpepiopi_5/Tes

“Conocí en Roma, hace ahora 50 años, al entonces simple teólogo progresista, Joseph Ratzinger, cuando era asesor del también progresista episcopado alemán. Era ya como hoy: delgado, de mirada esquiva y misteriosa, lo opuesto del otro teólogo también asesor de los obispos progresistas, el suizo Hans Küng, todo él alegría y vitalidad. Eran los tiempos del Concilio Vaticano II. Juan XXIII, que hablaba por teléfono con Kruschev en ruso para intentar evitar la guerra de los misiles de Cuba, lanzó un reto al mundo descreído y pidió que volviera a la Iglesia. Abrió las puertas a los episcopados más avanzados, gritó contra los “profetas de desventuras”, se ganó a la inteligencia de la Iglesia de entonces. Se vislumbró la esperanza.

Duró poco. Un cardenal español que, como tal, formaba parte de uno de los episcopados más oscuros del mundo, dijo al clero, al volver a su diócesis: “Y ahora a esperar que las aguas vuelvan a su cauce”. Volvieron en parte, por obra sobre todo de Ratzinger, que cambió de piel y llegó a escribir un libro contra aquel Concilio, que en su opinión había sido un “error”. Fue premiado: le hicieron obispo, después cardenal y más tarde guardián de la ortodoxia como Prefecto de la Sagrada Congregación de la Fe, la heredera de la antigua Inquisición.

Ratzinger usó mano de hierro contra la inteligencia progresista de la Iglesia, apoyado sólo en parte por el Papa polaco Wojtyla. Condenó a todos los teólogos capaces de pensar, sobre todo a los teólogos de la liberación, que intentaban devolver a los pobres de América Latina la esperanza traicionada de los Evangelios. Recuerdo la mañana del proceso en Roma a un teólogo brasileño, el franciscano Leonardo Boff. Le esperé cuatro horas a la puerta del ex Santo Oficio. Salió cansado, pero seguro, digno. “Me ha condenado. No podré seguir escribiendo”, dijo con tristeza y dolor. Me relató algunas escenas del proceso con Ratzinger. “Me dijo que estaba más guapo con el hábito de franciscano y yo le advertí de que quizás fuese verdad, pero que si en un autobús, en Brasil, fuera vestido así, todos me dejarían su asiento. Sería un hombre de poder y no un siervo de Jesús, pobre con los pobres”, me contó.

Silencioso y misterioso, impenetrable y siempre un duro suave pero inconmovible, convencido de su valer, Ratzinger quiso más: aspiró a las llaves de Pedro. Usó el Cónclave que debería elegir al sucesor del carismático y casi santificado en vida Juan Pablo II, para eliminar a todos los posibles candidatos menos conservadores que él. Se apoderó de las reuniones de los cardenales reunidos en Roma para la elección del nuevo papa. Les prohibió hablar con los medios de comunicación. Les convenció de que Europa se estaba hundiendo, víctima de su pecado de agnosticismo y rechazo a la Iglesia. Hacía falta un salvador. Se presentó como tal en el discurso del Cónclave. Creó una red mundial de apoyo a su candidatura. En secreto.

Fue elegido. ¿Para qué? Creyó que era él quien llevaba razón al decir que el Concilio Vaticano II del profético y anciano Juan XXIII había sido una equivocación. Perdonó a los rebeldes contra las aperturas del Concilio, a los seguidores del excomulgado Lefevbre, a los que seguían diciendo misa contra la pared, de espaldas a los fieles, en latín. Se olvidó de restituir a los teólogos más abiertos la dignidad que él mismo les había quitado. Se equivocó. Aquel Concilio no murió. Sus semillas siguen vivas en los cinco continentes y ahora empiezan a brotar, con indignación, contra una Iglesia desorientada, donde, por primera vez en muchos siglos, se critica desde dentro o, peor aún, ya no se escucha la voz del Papa.

Ratzinger se reía benévolamente de lo poco de teología que, según él, sabía el Papa polaco, que era su superior. En una cena a la que asistí en Roma, en casa de un periodista alemán, se permitió decir que él tenía que leer previamente los discursos del Papa para que no tuvieran errores teológicos. Han pasado muchos años desde aquella cena. Hoy, el papa Ratzinger, el sutil y duro teólogo, no necesita que nadie le lea sus discursos para corregírselos.Los cardenales que lo eligieron en el secreto del Cónclave, generalmente más pastores que teólogos, se dejaron encantar con la erudición académica del colega alemán. Pensaron que sus altos estudios teológicos y su firmeza doctrinal iban a ayudar a enderezar a la Iglesia rebelde, heredera del Concilio. Pero se olvidaron de que no siempre caminan parejas la teología y la diplomacia, la dureza dogmática y la capacidad de actuar políticamente y con flexibilidad frente a los problemas nuevos del mundo y los difíciles equilibrios internacionales.

La teología de Benedicto XVI chocó en África con la evidencia de la política y de la cultura de aquellas gentes. Ha chocado en casi todas las manifestaciones en las que ha preferido anteponer su saber teológico, de cuño intransigente y tridentino, con las esperanzas de los que aún siguen pensando que la Iglesia Católica puede ser árbitro de paz, defensora de la diversidad de las culturas y esperanza de libertad.

En verdad, no está consiguiendo ser recibido ni amado como lo fue el Papa que no sabía teología, que también era conservador, pero que no se avergonzaba de escribir poesías en sus ratos libres. Quizás en la soledad que lo agarrota en estos momentos Ratzinger se esté preguntando: “¿Para qué quise ser Papa?”.

3 Responses to “¿Para qué hicieron Papa al cardenal Ratzinger?: el debate entre José Luis Restán y Juan Arias”

  1. El no quiso lo seleccionaron. Mas bien le toco ser, no busco ser

  2. papa de roma yo te kiero mucho

  3. papa de roma lo ke esta diciendo este niño es mentira como puede decir eso de ti

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