Presentación de la Biblia del Siglo de Oro español en la sede de la Biblioteca Nacional

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En la perspectiva del caballero que defiende más que ataca, Casiodoro y Cipriano tuvieron que defender su fe y defenderse de aquellos que les persiguieron precisamente porque pensaban y vivían su fe de modo diferente (heréticamente dirían sus perseguidores). 

Fuente Ferede.- Ricardo Moraleja Ortega es responsable de traducciones de la Sociedad Bíblica de España. Durante la presentación de la edición conmemorativa de la Biblia del Siglo de Oro, el pasado 16 de junio, en la Biblioteca Nacional – en el 440º aniversario de la traducción de Casiodoro de Reina -, fue uno de los ponentes de una mesa que compartió con eruditos protestantes y católicos quienes rindieron homenaje a la obra del monje sevillano, perseguido y quemado en esfinge por el Tribunal de la Inquisición a instancias del rey Felipe II. 

Noticias FEREDE agradece al autor que nos autorizara la publicación de su ponencia que, reproducimos a continuación: 

Biblioteca Nacional de España. Madrid, 16 de junio de 2009 .-

Me honro de estar nuevamente aquí, en esta sala de la Biblioteca Nacional, para participar en la presentación de la nueva edición de una traducción bíblica sobradamente conocida, muy prestigiosa y que ha tenido una larguísima vida (normalmente una traducción de la Biblia no sigue en uso durante tantos años).  

Pensemos que, en cierto modo, hoy estamos celebrando el 440 cumpleaños de la Biblia del Oso, puesto que vino al mundo de las letras en el año 1569, en la ciudad de Basilea.  Para la presentación oficial en España de la Biblia del Siglo de Oro me han pedido que reseñe sucintamente la vida de Casiodoro de Reina (el traductor de esta Biblia) y de Cipriano de Valera (su primer, y más famoso revisor). Acepto la encomienda con agrado.

 A mediados del siglo XIV, unos 200 años antes de que naciesen Reina y Valera, el Infante Don Juan Manuel (personaje al que de inmediato relacionamos con el “Conde Lucanor”) escribió una obra que tituló “El Libro de los Estados”. En esta obra el Infante ofrece una visión de cómo debía estar ordenada la sociedad según el modelo perfecto establecido por Dios. No podemos olvidar que el autor es hijo de su tiempo y la descripción que hace encaja perfectamente con el modelo ideal del mundo vasallático-feudal en el que él vive. Concretamente, en el capítulo 92, Don Juan Manuel señala que la sociedad perfecta debía estar dividida en 3 estamentos:  

  • -Los Oradores
  • -Los Defensores
  • -Los Labradores

En el estamento de los oradores estaban los clérigos y los hombres de religión; en el de los defensores, los caballeros y los hombres de armas; y el resto de la población conformaba el grupo de los labradores; es decir, los que trabajaban con sus manos (que diría Jorge Manrique), de sol a sol, a cambio de una pequeña porción de tierra, una gleba, y de pagar elevados impuestos al señor feudal.  Los años se sucedieron, incluso algún que otro siglo. El tiempo como el viento empuja y genera cambios, y esta forma de estructurar la sociedad quedó en el pasado.

En los días de Reina y de Valera, cuando el mundo era medio milenio más joven que hoy, la Edad Media había quedado superada: ellos ya son hombres del Renacimiento y del Humanismo, pero, en cierta forma, esas funciones sociales ideales de oradores, defensores y labradores, se encarnan en la vida de estos dos hombres al servicio de la Palabra (con mayúsculas).  

Como Oradores…

Los oradores en el mundo feudal eran los hombres letrados, los clérigos. Casiodoro y Cipriano, comparten con aquellos antiguos clérigos, el hecho de haber sido hombres de religión, exactamente, monjes jerónimos en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, a pocos kilómetros de Sevilla.  Allí llevan una vida apacible hasta que entran en contracto con los libros de los reformadores editados en Basilea, Estrasburgo o Ginebra.

El monasterio, o más bien, los que allí habitan se van transformando en monjes algo peculiares: las horas de coro y rezo se convierten en explicaciones de la Sagrada Escritura; prácticas tradicionales como el ayuno, las novenas y la confesión sacerdotal dejan de practicarse; se suprime cualquier culto a las imágenes y a los santos, y las predicaciones publicas de alguno de aquellos monjes se alejan de la ortodoxia católica para dar paso a la proclamación de una fe con tufillo cada vez más protestante.  

Aquello atrajo rápidamente la atención de la Inquisición, y en 1557, doce de aquellos monjes, entre los cuales se encuentran fray Casiodoro y fray Cipriano, dejan el monasterio y escapan a través de diferentes rutas hasta llegar a Ginebra. Este fue solo el punto de partida de un itinerario vital que les llevó a diferentes ciudades europeas: Frankfurt, Londres, Amberes, Bergerac, Basilea o Estrasburgo, por señalar únicamente las más importantes.

Un viaje marcado por la necesidad de ponerse a salvo del Santo Oficio, de huir de los espías de Felipe II -quien puso precio a sus cabezas-, pero no olvidemos que también se vieron en la necesidad de tener que huir de las disensiones y luchas entre las diferentes ramas doctrinales del protestantismo.  

Lo que desde ahora en adelante les esperaba era pobreza, desprecio, destierro lejos de la Patria y el peligro diario de su propia vida.  En definitiva, este fue un viaje sin retorno para Casiodoro y Cipriano, ya que nunca más regresaron a su amada España.  

Como Defensores…

En la perspectiva del caballero que defiende más que ataca, Casiodoro y Cipriano tuvieron que defender su fe y defenderse de aquellos que les persiguieron precisamente porque pensaban y vivían su fe de modo diferente (heréticamente dirían sus perseguidores).  

Tuvieron que defender su vida y huir de las mañas y las artes de la Inquisición y de Felipe II por mantenerse firmes en su fe religiosa en una España marcada por el signo del catolicismo más radical. Muchos de los que habían abrazado las creencias reformadas perdieron su vida en los 20 autos de fe que se celebraron entre 1559 y 1561 en Sevilla. Algunas crónicas hablan de más de 800 personas ajusticiadas y quemadas en la hoguera.  Pero también, tuvieron que defenderse, especialmente Casiodoro de Reina, de los ataques de los calvinistas ortodoxos franceses y flamencos de Londres, que le acusaron falsamente, entre otras cosas, de no ser trinitario y además, sodomita.  Casiodoro es un ejemplo de defensor infatigable de sus convicciones: 

  • -Ante los calvinistas defendió que se había quemado injustamente a Miguel Servet. También defendió a los anabaptistas pidiendo que se les considerara igualmente hermanos.
  • -En medio de un mundo religioso en el que, por un lado, la Inquisición cortaba de raíz cualquier heterodoxia, y por otro, los luteranos y los calvinistas vivían en continua disputa llamándose unos a otros “herejes” y “tizones del infierno”, Casiodoro defendió un modo de fe que pudiera ser practicado libremente.
  • -Defendió el derecho a leer y a pensar libremente. Derecho a leer la Biblia en castellano, en buen castellano.
  • -Defendió una fe basada en una creencia en equilibrio entre el conocimiento y la experiencia en continua evolución y maduración.

En resumen, Casiodoro y Cipriano conforman dos personalidades atractivas que no dejaron indiferentes a sus contemporáneos. Su independencia de criterio, su reivindicación de vías conciliatorias, su pasión por la Biblia, su insistencia en leer, conocer, comprender y decidir por sí mismos nos hablan de dos hombres que quisieron oír y seguir sus propias conciencias por encima del ruido que provocaban las iglesias institucionales y los líderes religiosos demasiado pagados de sí mismos.  

Hay algo que fue una constante en la vida de Casiodoro y de Cipriano: su pasión por la Biblia y su preocupación por ofrecer a los españoles una traducción completa del texto bíblico desde las lenguas originales siguiendo los criterios del humanismo filológico.  

Como Labradores

O más bien, como el sembrador de la parábola evangélica, ellos dos dieron forma en buen castellano a la semilla de las Sagradas Escrituras para que también pudiera caer en tierras de España y germinara dando buen fruto.  Su labrantío no tiene unos límites geográficos establecidos. Su terruño llegó hasta el último lugar donde su traducción encontró cobijo. Tampoco tuvo límites temporales.

La primera traducción salió de las manos de Casiodoro en 1569, y apenas 30 años después, Cipriano publicó una edición completamente revisa, y así ha perdurado en el tiempo y en el espacio con asombrosa vitalidad a juzgar por el número de reediciones realizadas; lugares a donde ha llegado y a los miles de lectores que ha tenido y sigue teniendo hasta el día de hoy.  

Colofón: Una buena parte de aquella semilla, en forma de Biblia del Oso o Biblia del Cántaro, o alguna de las múltiples ediciones que se han impreso, cayó junto al camino y fue cruelmente pisoteada por la Inquisición del momento y del lugar.  Otras semillas cayeron entre piedras y fueron ocultadas en desvanes y entre viejos muros de adobe. La humedad y el tiempo las arruinó.  Otras cayeron entre los espinos de la ignorancia y las lenguas maledicientes que las difamaron y las convirtieron en “biblias malditas de malditos protestantes”, y ahogaron parte de su vigor y su prestigio.  Pero una inconmensurable cantidad de aquella semilla cayó en buen terreno, brotó y produjo una cosecha de ciento por uno y más.  

Y una de aquellas semillas, actualizada, claro está, llegó a mis manos cuando era un niño y creó en mi una vocación por la Biblia de por vida.  ¡Aquí está, desvencijada, mi primera semilla bíblica en forma de libro, mi primera Reina-Valera!  

Ricardo Moraleja Ortega

Biblioteca Nacional de España16 de junio de 2009   

Fuente: Ricardo Moraleja Ortega | Foto: Josué Andavert 

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