El clamor de los que sufren

Logo justicia balanza¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: “Hacednos justicia”? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

 Madrid, 13 de octubre de 2010 (Por Trastevere con información de ECLESALIA).- Escribe hoy José Antonio Pagola en Ecclesalia un jugoso comentario a propósito de la parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos, del Evangelio de Lucas 18,1-8, que en estos momentos de crisis, desesperanza, injusticias y sufrimiento, cobra una imperiosa  realidad e invita a la reflexión y a un análisis de nuestros comportamientos en un mundo donde el egoísmo y la supremacía del yo nos hacen olvidar a menudo la realidad más cotidiana. 

“EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN.- La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Sólo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Sólo reclama justicia. Ésta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: “Buscad el reino de Dios y su justicia”.

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Ésta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos sólo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: “Hacednos justicia”? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos? 

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

4 Responses to “El clamor de los que sufren”

  1. Amplificar la prédica de Pagola es reacción cristiana de verdad.
    En la segunda generación paradisíaca, entre Caín y Abel, el que sobrevive es el fratricida: dato que bien podía pasar como esquema de nuestras cultura. incluso cristiana!

  2. “¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?”
    Quizás en ese momento se puedan mover montañas:
    Montañas de infelices y montañas de avergonzados.

  3. Hemos perdido el concepto de “pueblo escogido de Dios”. Ahora sólo pensamos que somos hijos de Dios, pero aislados de la problemática social. Nuestro individualismo nos hace concebir como “hermanos” sólo a las personas que queremos, o que nos interesan. Los otros, los que están lejos de nuestros afectos o nuestros intereses, esos que Dios los cuide porque ¿acaso somos los cuidadores de ellos?. Somos indiferentes al sufrimiento humano. Nos escudamos en la incapacidad de resolver el todo social, y aprovechamos eso para no hacer nada por nadie.

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