Clérigos e ideologías

UnknownSigo el día a día de la información social y política de nuestro país. No me son ajenas las turbulencias provocadas por la situación de Cataluña – y por ende en el resto de España – e intento separar el polvo de la paja ante tanto ruido mediático. No pretendo tener razón ni crear opinión y solo expreso en estas líneas la perplejidad que me causa la toma de postura de algunos clérigos de la Iglesia catalana ante la diatriba política sobrepasando, en mi opinión, la línea roja de la comunión eclesial y del bien común que hemos prometido no romper al comprometernos a trabajar por la sociedad y en el servicio desinteresado a todo el pueblo de Dios.

Mis argumentos, muy brevemente, son fundamentalmente tres. En primer lugar, soy de los que piensan que las ideologías tienden a tergiversar la realidad y crean un mundo a su medida para quienes las profesan. Instalarse en la ideología es negar la posibilidad de otros puntos de vista en busca de la razón y la verdad. La razón es nuestra – parecen decirnos – y los demás son adversarios a los que combatir y vencer llevando, finalmente, el agua a nuestro molino. Hay ideologías que se revisten de democracia y otras que se quitan la careta sin disimulo emprendiendo una deriva hacia el radicalismo y la exclusión. Sean del signo que sean, las ideologías son miopes. Comparto en este punto el pensamiento de G. Vattimo, filosofo italiano contemporáneo, comprometido social y políticamente desde los postulados de la izquierda revolucionaria que tras una larga trayectoria afirma que las ideologías en nuestra cultura tardo-moderna tienen los días contados. En mi opinión, no le falta razón al filósofo, aunque la modernidad y sus luchas ideológicas se resistan a desaparecer en este tránsito de un paradigma cultural a otro. Creo que la cuestión catalana tiene mucho de moderna y poco de paradigma cultural.

En segundo lugar, considero que el Evangelio está más allá de cualquier ideología. Y lo está sencillamente porque no busca enfrentar ni dividir, sino proponer en libertad un nuevo modo de vivir en el que la única dignidad compartida es la de ser hijos de Dios. La propuesta de Jesús cambia el corazón de la persona y nos libera de cualquier tentación de supremacía, rechazo o segregación por la razón que sea. La tradición cristiana en occidente ha contribuido, de este modo, al avance de las sociedades democráticas y al impulso de conceptos como solidaridad, justicia, fraternidad o derechos humanos. Por otro lado, los intentos históricos de manipular el mensaje de Jesús identificándolo con una causa política – sea del signo que sea – han desembocado siempre en un completo fracaso, liquidando a los adversarios en nombre de una verdad de la que la propia ideología se apoderaba identificándola con la verdad evangélica. Escuchar estos días que el Evangelio justifica el referendum ilegal o la lucha política de un pueblo, que goza de un alto nivel de bienestar en una democracia, totalmente descentralizada, de la Unión Europea, no es más que un ejemplo de cuanto digo.

En tercer lugar, el ministerio ordenado está al servicio de todo el pueblo de Dios, no al servicio de una causa política. Es un servicio de comunión, de encuentro, de búsqueda compartida; y no un ministerio en la defensa de mis convicciones políticas convenientemente justificadas desde la distorsionadora ideología. Hacer uso público de un posicionamiento político en nombre de mi identidad sacerdotal (hay que recordar que el manifiesto firmado estos días en Cataluña se hace desde la pertenencia a la Iglesia) afecta no solamente a la persona sino a toda la comunidad a la que se sirve. ¿O es que el sacerdote solo sirve a los que están posicionados ideológicamente con él? Invocar los derechos del pueblo para justificar la propia postura es negar a la otra mitad que no piensa como él su derecho a ser pueblo. Una decisión pública de este calado vulnera, en mi opinión, la comunión eclesial, fractura la unidad de cualquier institución eclesial y divide a la sociedad.

El pronunciamiento público de un nutrido grupo de clérigos a favor del referéndum ilegal posicionándose ideológicamente es un flaco servicio al bien común, cuando de la Iglesia se esperaría su capacidad de diálogo sin exclusiones, su mediación en la tarea de acercar posturas y su servicio a la causa de la libertad sin demagogias ni supremacías ideológicas.

“No le haga trabajar más de diez horas…”

shutterstock_292962098Me reuní hace unas semanas con un grupo de empresarios. Un buen amigo, empresario también él, me concertó una comida de trabajo con unos colegas directivos de importantes haciendas andaluzas. En el centro de atención de nuestro encuentro, la posibilidad de ofrecer cauces a jóvenes desempleados para una primera experiencia de trabajo. Fue sorprendente para mí la sensibilidad que percibí y el buen ánimo de todos para tender puentes hacia los que más difícil lo tienen para acceder al mercado laboral. Se trataba de dar oportunidades a quienes no las han tenido por barreras socioeconómicas, culturales o familiares.

Don Bosco nos inspira también en el campo de la inserción laboral de jóvenes en situación de riesgo de exclusión social. En la Turín del siglo diecinueve, nuestro padre se dio cuenta de que no bastaba partir el pan de la solidaridad con los más necesitados, sino que era necesario hacer palanca sobre los rígidos cánones pre-industriales y la nueva economía burguesa para propiciar un cambio social. Se trataba, en efecto, de dar más a los que menos tenían y ofrecerles nuevas posibilidades.

La “obra de los Oratorios”, como Don Bosco llamaba a su proyecto, quiso implicar a los jóvenes en su desarrollo personal y en el cambio social en medio de un mundo que nunca presta suficiente atención a los más vulnerables. Sus resultados fueron más que notables en el campo de la educación, la capacitación y la inserción social: mejoró las condiciones laborales de sus chicos, redactó los primeros contratos de trabajo asegurando derechos, se puso a la vanguardia de la formación profesional y, lo más importante, devolvió dignidad y futuro a cientos de jóvenes.

Fue la “otra revolución” ajena a las grandes ideas culturales y económicas que bullían en los países más desarrollados de Europa. Don Bosco impulsó un cambio social y vislumbró otra realidad. En momentos de crisis, la fuerza utópica y la tenacidad de aquel joven sacerdote turinés son un estímulo para creer que otra realidad es posible aún en tiempos, como los nuestros, de cambio de paradigma, de pocas certidumbres y de futuro incierto.

Hoy como ayer, los salesianos estamos llamados a seguir impulsando iniciativas para que los jóvenes con más dificultades encuentren oportunidades para salir adelante dignamente. Nuestra familia ha estado siempre a la vanguardia de la capacitación y la inserción laboral. Más que nunca, nos sentimos urgidos a propiciar un cambio social, sumando voluntades y contribuyendo al bien común, para que los más desprotegidos encuentren el abrigo de la solidaridad y la justicia.

 

“Mientras eduquéis a los pobres, os respetarán y os harán el bien”

Niños pobresHace ya algunos meses me invitaron a dar una conferencia en una capital andaluza con motivo del aniversario de la Fundación Proyecto Don Bosco en la ciudad. El tema escogido fue “Don Bosco y la justicia social”. Un tema muy inspirador que llevo trabajando un tiempo y que a medida que me adentro en él me resulta más y más sugerente. Creo que se puede afirmar sin exagerar que Don Bosco protagonizó una revolución social a través de la educación de la clases populares asumiendo un principio de actuación contundente: dar más a los que menos oportunidades han tenido. En su proyecto, se trataba de devolver dignidad a quien la había perdido. Abrir caminos a los que se les niega el pan y la sal; ofrecer alternativas; optar por los que están al margen del desarrollo y sufren el riesgo de la exclusión; fueron algunas de sus convicciones, concretadas en el compromiso transformador de la realidad que le toco vivir y que tuvieron un efecto multiplicador más allá del espacio y del tiempo.

El día de la conferencia, asistieron a la misma el alcalde y parte de la corporación municipal, ideológicamente cercanos a la izquierda social y revolucionaria. No sé cómo sonaron en sus oídos las expresiones de Don Bosco confirmando que los salesianos estamos para “los pobres hijos del pueblo” o – como les pidió a los misioneros de la primera expedición de 1875 – “Tened escuelas para los pobres (…) mientras eduquéis a los pobres os respetarán”. Puede que me equivoque, pero me pareció que aquellas palabras del santo de Turín encontraron eco tras los gestos de asentimiento de algunos de los políticos que escuchaban al ponente. Don Bosco, conservador por su formación teológica, se adelantó un siglo en la sensibilidad social que volvía a despertar poco a poco en la Iglesia después del pontificado de León XIII. Cuando nadie hablaba de derechos humanos, el sacerdote turinés que se hacia rodear de chicos desarrapados por las calles de la ciudad se situó en la vanguardia de la defensa de los derechos de los menores trabajadores.

No deberíamos olvidar nunca de donde venimos. Más allá de posicionamientos políticos, el mensaje de Don Bosco sigue siendo muy explícito: los jóvenes más pobres son nuestra revolución. La educación sigue siendo la palanca del cambio en las sociedades contemporáneas. Abrir perspectivas a los que más complicado lo tienen para salir adelante es una estrategia imprescindible para cualquier transformación social. Hoy, como hace doscientos años, las pobrezas de los jóvenes, las nuevas y las de siempre, nos desafían y nos demandan respuestas creativas.

El testamento de Don Bosco es inspirador: “Mientras eduquéis a los pobres os respetarán y os harán el bien”. Probablemente tuviera razón Don Pascual Chávez cuando nos dijo a los salesianos, después de su primer sexenio como Rector Mayor, que en la Congregación quedaba una revolución por hacer: la de volver a ser una Congregación de pobres para los pobres. Y la revolución pasa por la educación de las clases populares.

La misa

tve_la2_Yo no soy de los que ven la misa en la 2 de televisión española. Aunque sé que cada domingo son muchas las personas que se sientan ante la pantalla para seguir el rito de la Eucaristía y sentirse en comunión con Cristo y con su Iglesia a pesar de estar impedidos, enfermos o simplemente al abrigo de un día en el que las inclemencias del tiempo les dificulta desplazarse por razones de edad o problemas de movilidad. Mis padres, sin ir mas lejos, son parte de esta audiencia.

Podemos ha movido las aguas estos días con su proposición de ley para que RTVE elimine el programa de la parrilla dominical. Las razones de tal sinrazón: el discurso vano de la laicidad, la aconfesionalidad del estado o el desplazamiento de lo religioso del espacio público. Lo que Podemos no dirá nunca es el verdadero motivo: su ideológica miopía.

Creo, en efecto, que los motivos de su desvarío son ideológicos. Y bien es sabido que la ideología convierte en miopes a los que la practican porque solo ven por el tamiz del pensamiento único que distorsiona la realidad y la pliega a los propios intereses, cueste lo que cueste.

¿A quién molesta la misa de la 2? Solo a aquellos que quieren arremeter contra la Iglesia católica por un enconamiento atávico e irracional y que sueñan con hacernos arder al grito de soflamas de otros tiempos. O de ayer. No hace mucho Rita Maestre – hoy portavoz del gobierno municipal de Madrid donde gobierna Podemos – las coreaba a pecho descubierto en la Complutense.

La miope ideología les impide pensar más allá de brazos en alto y arengas pseudo-revolucionarias vociferando eslóganes manidos. La Iglesia es tenebrosa e incita al odio, dicen. ¿Se puede ser más sectario? Puede que lo que les moleste sea la libertad. ¿Tan difícil es entender que el cristianismo, aún con errores y límites, ha aportado muy decisivamente al desarrollo de las sociedades modernas impulsando libertad, justicia, cultura y democracia? ¿Tan complicado es aceptar la evidencia de una presencia eclesial que contribuye notablemente al bien común? ¿No será que el cristianismo apuesta por la libertad hasta las últimas consecuencias y esto les da vértigo?¿De verdad nos quieren dar a los cristianos lecciones de libertad?

Lo de la laicidad ya es de traca. La laicidad no significa “café para nadie” porque a mí no me gusta el café. Esa es su versión de una laicidad casposa y decimonónica. Yo también soy partidario de la laicidad. Pero un estado moderno, plural y libre, propio de democracias avanzadas deja espacio – también público – para que los ciudadanos expresemos lo que somos y vivimos sin necesidad de escondernos en el forro de la privacidad. ¿Por qué ha de molestar menos a los de Podemos el desfile del día del Orgullo Gay que una procesión de Semana Santa? ¿Por qué tanto odio a los sentimientos religiosos de ciudadanos libres que no pretenden imponer nada a nadie? ¿Por qué impedir – por ejemplo – que miles de ciudadanos escojan el tipo de educación que quieran para sus hijos en buena lid y sin cortapisas económicas? ¿Por qué es más susceptible de subvención pública el cine de Almodóvar que las actividades de la Iglesia católica? Y eso que a la Iglesia no la financia el Estado – como muchos engañosa y torticeramente argumentan -, sino la aportación libre y voluntaria – vía IRPF – de millones de contribuyentes.

Llevan en el ADN ideológico lo del opio del pueblo. Pero se han quedado ahí, en una especie de anclaje “novecentesco” incapaces de percibir que la cultura en occidente transita hacia nuevos paradigmas en los que la ideología tiene los días contados. Moderno, demasiado moderno, parafraseando a Nietzsche. Nada sospechoso, el profeta de la muerte de Dios, de ser un ingenuo creyente; aunque si que fue un pensador post-ideológico y post-moderno.

Preferiría que la misa siguiese emitiéndose mientras tenga audiencia porque presta un servicio público a muchos ciudadanos. Aunque confieso que no me rasgaré las vestiduras si se cae de la parrilla. Pero lo que verdaderamente me incomoda es que en una democracia como la nuestra siga percibiendo a menudo el tufillo ideológico de un laicismo rancio y decadente que tiene miedo a la libertad. Precisamente de parte de los que enarbolan la bandera del progreso y frivolizan con la revolución social. Necios.

Don Bosco y el cambio social

 

Baja calidad    Juan Bosco fue un hombre de su tiempo. Forjado en medio de los avatares sociales, políticos y religiosos que le tocó vivir, fue protagonista de la intrahistoria entretejida en un barrio periférico de la ciudad de Turín con vocación y proyección universal. Podemos decir, con toda razón, que la obra de Don Bosco incidió en la realidad educativa y social de la segunda mitad del siglo diecinueve no solo en la Italia moderna, unificada y liberal, sino en las nuevas fronteras que los salesianos abrieron en Sudamérica y en algunas naciones de Europa. Juan Bosco fue un místico con los ojos abiertos, un hermeneuta de la realidad que no se contentó con ofrecer pan, techo y perspectivas de un futuro mejor a los jóvenes con los que trabajó, sino que con su proyecto hizo palanca en el tejido social para cambiar estructuras injustas y ayudar a forjar un orden nuevo.

Con un acentuado sentido práctico, una tenacidad titánica y una personalidad profundamente creyente forjada en la dificultad, leyó la realidad juvenil con una mirada compasiva. Su corazón de buen pastor se fue modelando, desde su experiencia religiosa, en el contacto con la crudeza de la vida de los niños y jóvenes del arrabal, la calle y la cárcel. Don Bosco quiso dedicarse a los jóvenes más abandonados y en peligro desde el inicio de su Oratorio. La preocupación por los últimos, por los más pobres, por los más vulnerables fue una constante en el desarrollo de su proyecto.

El Santo turinés impulsa, con la obra de los Oratorios y su propuesta educativa, un cambio social. Siendo joven sacerdote, vio, escuchó, supo captar la realidad y ponerse manos a la obra para tratar de paliar los efectos desastrosos de una incipiente pre-revolución industrial y de un masivo éxodo joven del campo a la ciudad que estaban dejando en la cuneta a los hijos de nadie. Eran, la mayor parte, emigrados en busca de fortuna, excluidos de la sociedad que emergía imparable al paso del nuevo orden económico. Se dio cuenta de que no bastaba partir el pan de la solidaridad con los más necesitados, sino que era necesario presionar sobre los rígidos cánones pre-industriales y la nueva economía burguesa para propiciar un cambio estructural. Se trataba, en efecto, de dar más a los que menos tenían y ofrecerles nuevas oportunidades.

Sus resultados fueron más que notables en el campo de la educación, la capacitación y la inserción social: mejoró las condiciones laborales de sus chicos, redactó los primeros contratos de trabajo asegurando derechos, se puso a la vanguardia de la formación profesional y, lo más importante, devolvió dignidad y futuro a miles de jóvenes. Con su proyecto educativo-evangelizador les ayudó a descubrir cuánto los quería Dios. Fue “otra revolución”, ajena a las grandes ideas culturales y económicas que bullían en los países más desarrollados de Europa. Don Bosco impulsó un cambio social y vislumbró otra realidad que se empeñó en hacer emerger con todos los recursos a su alcance. En momentos de crisis, la fuerza utópica y la tenacidad del joven sacerdote italiano son un estímulo para creer que otro mundo es posible aún en tiempos, como los nuestros, de cambio de paradigma, de pocas certidumbres y de futuro incierto.

Los salesianos fuimos fundados, en palabras de nuestro padre, “para los pobres hijos del pueblo”. Más de un siglo y medio después, presentes en los cinco continentes y en ciento treinta y dos países, los hijos de Don Bosco seguimos en primera línea en la defensa de los derechos de los menores afrontando el desafío de la situación de emergencia en la que viven niños, adolescentes y jóvenes, sobretodo en los contextos más desfavorecidos.

En España, la presencia salesiana nace en Andalucía, donde tuvo grandes valedores como el propio Cardenal Marcelo Espínola, admirador de Don Bosco y autor de su primera biografía en lengua castellana. Desde Utrera (primera casa fundada en 1881), lo salesianos se expanden a todo el país. Hoy contamos con una tupida red de colegios, centros juveniles, parroquias y presencias para jóvenes en situación de riesgo de exclusión social que sigue dando respuesta a los retos educativos de las nuevas y de las antiguas pobrezas juveniles. Fieles a la herencia de Don Bosco, seguimos partiendo el pan blanco y bueno de una educación de calidad y en la vanguardia de la innovación; apostamos por la solidaridad y la justicia ofreciendo alternativas a los últimos y a los más vulnerables; anunciamos la buena noticia liberadora de Jesucristo y nos proponemos impulsar una nueva realidad con más oportunidades para todos. Como nuestro padre nos enseñó, acompañamos vitalmente a los jóvenes para que puedan llegar a ser ciudadanos libres y creativos, capaces del bien común y generadores de una sociedad nueva. Todavía hay revoluciones por hacer. Hoy como ayer, la familia salesiana sigue empeñada en darle la vuelta a la realidad para hacer emerger un mundo más parecido al que Dios soñó para sus hijos.

Silencio habitado

SilencioLa nueva película de Scorsese es muy de Scorsese. Naturalmente que no soy un crítico de cine ni pretendo ejercer un oficio para el que no estoy preparado. Pero como amante del buen gusto, de la belleza y de todo lo que huye de la banalidad de las cosas, me parece un trabajo más que meritorio.

La historia es potente y los planteamientos de fondo desnudan el alma del director que, por otra parte, sigue de cerca la novela del mismo título de un autor japonés llamado Shusaku Endo. Scorsese ya se había planteado en otros momentos cuestiones como el silencio de Dios, el sentido del dolor y del sufrimiento, lo inescrutable del corazón humano, el combate de la fe, la lucha entre el espíritu y la carne, la debilidad del ser humano y la fortaleza de la fe. Todas ellas aparecen, de una u otra forma, en la nueva película del director estadounidense.

Aunque – a mi juicio – con exceso de metraje, me parece muy bien trazado el hilo argumental y con un uso magistral del tiempo. En un buen guión y con imágenes de extraordinaria belleza se entrelazan diversos niveles de lectura que van desplegando las cuestiones fundamentales. ¿Dónde está Dios ante el dolor y el sufrimiento de los suyos? ¿Vale la pena sufrir por la fe? ¿Puede la fe conducir – por coherencia ante la adversidad – hasta la misma muerte? ¿Es Dios un tirano que permite el dolor de su propio hijo sin conmoverse ante él? Son interrogantes que me recuerdan a “La última tentación de Cristo” en la que el mismo Jesús parece ceder a la tentación de bajarse de la cruz para evitar un sufrimiento estéril que solo conduce a una muerte tan inevitable como inútil.

De igual manera, en “Silencio”, la ambigüedad del planteamiento conduce a pensar si la renuncia a la fe no es el único camino para evitar el sufrimiento personal y ajeno. Es en la respuesta a este interrogante donde, a mi juicio, la película fracasa teológicamente. En efecto, para Scorsese la salida es la apostasía, incluso justificada por la voz de Cristo que alienta a sus discípulos a pisotear su imagen para escapar del absurdo. El sufrimiento de los inocentes bien vale la renuncia a tu fe si con ella se libera a quienes están a punto de morir por tu causa. El dilema moral lleva al filme a su punto más álgido: el pastor renuncia a su credo por salvar a su pueblo, pero su renuncia escandaliza a los más sencillos que ven con estupor la traición de quien les ha anunciado a Jesús y los ha sostenido hasta entonces. En el fondo, parece que sea la piedad hacia la debilidad humana la que salva y no la muerte redentora de Cristo que entrega la vida por amor.

Aflora en más de un momento el argumento nietzscheano de la debilidad de Cristo (frente al poder y la vitalidad de dionisos) y del cristianismo como una religión para los débiles. Contrasta la fe y la fortaleza de los sencillos (cuestionada al final de la película por Ferreira como superficial y casi pagana) y el planteamiento intelectual del budismo asumido por el propio Ferreira al desmontar al mismo cristianismo después de su apostasía. De nuevo más preguntas que respuestas: ¿Hay fuerza en la debilidad? ¿Es la fe más fuerte que la propia muerte? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento en este valle de lágrimas? No está dicho que la película descifre los interrogantes. Pero es correcta en sus planteamientos y deja abiertos no pocos caminos susceptibles de ser recorridos por los espectadores en el amplio espectro de la pluralidad cultural y religiosa de quienes se acerquen a verla.

En definitiva, una película valiosa y de gran impacto visual y emotivo que plantea cosas serias. Hay que tener valor para afrontar tales temas y hacerlo con acierto. En tiempos de tantas banalidades en el ámbito cinematográfico, se agradece mucho un producto de calidad y que ayuda a pensar. Y eso es ya tanto.

Pasa, quédate…

la foto 3A Yusuf lo encontramos en la calle. No importa cómo ni qué día. Lo cierto es que andaba sin rumbo después de unas semanas perdido desde que lo echaron de la casa de acogida donde había residido el último año. Una casa para chicos de mayoría de edad en la que transitan unos meses antes de que la Administración se desentienda definitivamente de ellos. Carne de cañón. Para colmo, una pelea entre iguales precipitó la salida sin que plantearan otras alternativas. Era la norma disciplinar ante la que parece importar poco qué va a ser del chico. La has hecho, la pagas.

Llamó a nuestra puerta y la tentación fue mirar para otro lado. Dar un rodeo y pasar de largo es siempre el camino más corto. Ya se ocuparán otros. Pero es aquí, en este preciso momento, cuando es necesario pararse para romper inercias, tan enfrascados como estamos en las mil cosas que nos ocupan, convencidos de que ya hacemos lo suficiente.

Me pregunto qué hubiera pasado si Don Bosco, aquella noche del mes de abril de 1847, ante el chaval calado hasta los huesos y aterido de frio que llamó a su casa en mitad de la tormenta, hubiera dado un portazo. Me he imaginado muchas veces qué hubiera sido de nuestra historia salesiana si aquel joven sacerdote hubiera remandado al adolescente que le interpelaba al día siguiente, enfadado por venir a molestarlo a horas intempestivas; o si lo hubiera despedido para que lo atendieran las estructuras de la administración pública (servicios sociales, diríamos hoy); o si se le hubiera ocurrido darle la dirección de las oficinas de la “Mendicidad instruida” (hoy nos acordaríamos de Caritas) donde lo podrían atender martes y jueves por la tarde. ¿Qué hubiera ocurrido? ¿No habría sido bien distinta nuestra historia?

Pero Don Bosco no especuló. No tenía estructuras, no tenía un plan, no tenía dinero. Pero pagó de persona. “Pasa – le dijo, quédate…”. Y se convirtió en puerta abierta, en fuego de hogar, en pan partido. Y más tarde vinieron más, muchos más.

A Yusuf lo encontramos en la calle. Don Bosco nos inspira y nos compromete a no cerrar puertas, a no dar rodeos ante el sufrimiento ajeno, a acoger incondicionalmente, a hacer de nuestras casas nuevos espacios para sostener y alentar la esperanza de los jóvenes más vulnerables. Como siempre ha sido.Veredas nuevas, o acaso las de siempre, cuando nos remontamos rio arriba, hasta el manantial del que brota nuestro cauce cotidiano.

Epifanía

21RSTodavía es de noche cuando comienzo a escribir estas líneas. Aún no ha amanecido este día seis de enero con tantas resonancias en el corazón de nuestro pueblo y en la memoria de nuestra infancia. Lo he pasado muy bien pensando los regalos para los chicos en estos días y preparando todo para la llegada de los Reyes Magos. Disfruto con la madrugada de una jornada en la que inevitablemente evoco la emoción de cuando era niño y me desvelo bien pronto. Como entonces.

Está oscuro ahí fuera. Sé que saldrá el sol en unas horas y me imagino un día esplendente coloreado con las sonrisas de los mas pequeños en calles y plazas. Y sin embargo, echo en falta la luz. Por la persistente y dramática crisis económica que afecta a los más vulnerables y se ceba con los débiles. Por la amenaza de la violencia terrorista, la guerra sin fin, el interminable éxodo de los refugiados, los muros infames, la desoladora travesía de quien busca el paraíso o el drama de la pobreza extrema en la que viven millones de personas en nuestro mundo. Esta es la tiniebla que cubre nuestra tierra.

Luz, más luz. No cambiarán nuestro corazón los excesos de fiestas interminables o el alarde de quién más tiene y engañosamente nos hace creer que es afortunado. No nos alumbra la frivolidad de quien nos vende un mundo maravilloso brindando con cava en transparencias imposibles. No hay señales verdaderas en la pedrería de salón en una noche de evanescencias pasajeras. Necesitamos otras luminarias que orienten y den sentido a este tránsito.

La Epifanía nos recuerda que hay otra estrella. Ésta si, brillante y verdadera. La fiesta de los Reyes Magos nos invita a levantar la mirada porque nos ha visitado el sol que nace de lo alto. Ya no hay oscuridad ni tinieblas que sean definitivas para quien cree en el amor misericordioso de Dios revelado en su Hijo. Esta es la estrella que precede el amanecer y ha roto en dos la opacidad de la noche rasgando la historia para que la luz nos habite.

Como cuando éramos pequeños, necesitamos recuperar la mirada ilusionada de la noche de Reyes. Entonces porque los Magos de Oriente nos dejarían el regalo más deseado. Ahora porque la luz que viene de lo alto es más potente que cualquier oscuridad y el nuevo día nos habla de esperanza. Hemos visto su estrella y seguiremos buscando la luz, como aquellos sabios de antaño, procurando no equivocar las señales.

Seguimos en la brega. Amanece. El día se presenta cálido y amable en estas tierras del sur. Habrá regalos en el salón y nos reiremos compartiendo la alegría de la fiesta y el gozo de estar juntos. Mientras, no perderemos de vista la estrella porque no queremos perder el camino. Luz, más luz.

 

¿Quién dijo que todo está perdido?

 

images“Os doy una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales…” (Lc 2, 12)

¿Quién dijo que todo está perdido? Queda intacto el corazón; y aunque al mundo le duelen las entrañas, es allí donde habita Dios-nuestra-justicia y con una luz nueva matiza la desolación y el dolor haciendo nacer la esperanza.

¿Quién dijo que todo está perdido? Late aún con fuerza el corazón; y aunque hay lágrimas en los ojos, es Dios-el-príncipe-de-la-paz que hace salir el sol sobre buenos y malos, el que arrancará en algún momento la cizaña separando el trigo maltratado, para amasar el pan blanco y tierno de la justicia para todos.

¿Quién dijo que todo está perdido? Sigue amando intensamente el corazón; y aunque se hace duro el camino, Dios-con-nosotros que coge el paso de la historia, es quien nos señala el único camino para ser felices: amar sin condiciones, amar hasta el extremo, amar hasta el dolor de un abrazo desmedido.

¿Quién dijo que todo está perdido? Todavía abriga la vida el corazón; y aunque hace frio ahí fuera, Dios-que-nos-lleva-como-en-alas-de-águila nos tiene tatuados en la palma de su mano y nos susurra que el mal no prevalecerá porque la última palabra la tiene la verdad.

¿Quién dijo que todo está perdido? Es momento de poner en juego el corazón; y aunque a veces la realidad es obscena, Dios-hombre-para-los-demás, que en Jesús de Nazaret ha abierto sendas de liberación, ha vencido a la oscuridad y a la muerte y nos asegura que el futuro es Cristo.

¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.

 

(Parafraseando a Fito Páez)

La tarde de la nochebuena

nacimiento-jesúsNo puedo evitar que un sentimiento de nostalgia me invada cada año la tarde de la Nochebuena. No sé describir muy bien lo que siento. Pero el recuerdo de tantas personas importantes en tu vida, de los momentos compartidos y el calor de los tuyos se hacen sentir más intensamente en días como hoy en los que el tiempo parece pararse un instante.

La tarde de la nochebuena me evoca siempre la lumbre en la casa de los abuelos, el bullicio de gente arremolinada en torno a los fogones o a una bandeja de polvorones con una copita de aguardiente ofrecida a todo el que pasaba a desear felices pascuas. Hace tiempo que sucedió. Pero no dejo de pensar cada año en las navidades de mi infancia. Las recuerdo con muchos matices que hoy saben de familiaridad, de alegría y de fiesta, de serenidad y del gusto por estar juntos.

La cena era fugaz porque había que ir a la misa del Gallo. Formaba parte del ritual y allá andábamos calle abajo, cogidos de la mano de mi madre, hacia la plaza de la Iglesia para participar del oficio. Éramos niños y no creo que llegáramos a plantearnos muchas cosas, pero era un día importante porque Jesús nacía. Lo sabíamos y nos sentíamos felices.

Luego llegaban los villancicos y la fascinación del cante. Siempre había quien se arrancaba por bulerías o por fandangos. Mi padre, que siempre cantó muy buen flamenco, tenía su pellizco en la garganta y nos removía las entrañas. Hasta bien entrada la noche, los niños aguantábamos entre turrones y mantecados jugueteando con los primos hasta que el sueño nos vencía y nos arrullábamos en cualquier sillón. Era un placer despertarnos fugazmente cuando, más tarde, papá nos llevaba en brazos a la cama.

Todos estos recuerdos forman parte del paisaje de mi infancia. Fui un niño feliz en una familia feliz. Muchos años más tarde, pasados los cincuenta, sigo buscando la mirada limpia del niño que fui y la inexplicable emoción que me producían aquellas fiestas familiares.

Ha cambiado la escena. Sigo celebrando la Navidad en familia y con la serenidad de una noche donde parecen desaparecer las preocupaciones y los mejores sentimientos brotan de tu corazón. Recuerdas a los tuyos que están lejos, evocas a cuantos han quedado en el camino y sonríes a la vida que te regala personas a las que querer y por las que desvelarte cada día. Hoy mi día a día está lleno de nombres y rostros por los que des-vivirme en una necesaria deconstrucción cotidiana. Soy afortunado.

No creo en eso que llaman la magia de la Navidad. Me parece una cursilería. Creo en el realismo de un Dios que se ha acercado al ser humano y que ha cogido el paso de la historia para iluminar los senderos oscuros por los que transita tanta gente. Actualizar el misterio de la encarnación es no olvidar que los pequeños y los pobres son la carne de Cristo que nace.

Hoy es Nochebuena y me sigue latiendo el corazón y se aviva en mí la emoción de un Dios cuya grandeza es hacerse pequeño. Es su luz la que me habita dentro y por la que sigo caminando cuando me alumbra la sed.

Como cuando era pequeño, hoy me emocionaré cantando villancicos y sentiré un pellizco en el estómago cuando celebre la Misa del Gallo. Ya no es solo el paisaje de mi infancia, es el ritual que cada año renueva en mí la confianza en que las promesas se han hecho realidad en Jesús, Dios-con-nosotros, El-Señor-nuestra-justicia. ¡Feliz Navidad!