Paradigmas

REFUGIADOS-FOTOEn estos primeros acercamientos al documento conclusivo del Sínodo, me llama la atención poderosamente cómo entre los tres “núcleos cruciales” puestos de relieve en el análisis de la realidad juvenil que el texto propone en su primera parte, se haya puesto de relieve el tema de los jóvenes migrantes. En efecto, dice el documento, “muchos Padres sinodales han subrayado que los migrantes (muchos de ellos jóvenes) son un ‘paradigma’ capaz de iluminar nuestro tiempo y en particular la condición juvenil” (25).

Se habla, ni mas ni menos, que de paradigma. Los paradigmas, decía Thomas Kuhn en su conocida obra “La revolución de las estructuras científicas”, son realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica. Si la aplicación del término al lenguaje común es adecuado, suprimida las connotaciones científicas, el paradigma es un modelo interpretativo que permite leer la realidad desde criterios hermenéuticos compartidos y que debería poder ofrecer a la Iglesia algunas respuestas. Si los Padres sinodales están en lo cierto en su análisis, el fenómeno migratorio nos ofrece algunas claves de lectura interpretativa de la realidad juvenil desde las que la Iglesia deberá preguntarse sobre su capacidad de incidencia e interacción en su anuncio del Reino.

Estoy fundamentalmente de acuerdo con esta sensibilidad. Encuentro que la realidad migratoria, con una atención particular a los jóvenes, nos ofrece claves interpretativas desde las que interrogarnos sobre la acción eclesial en el mundo de hoy.

En primer lugar, porque la situación de las personas migrantes, dejando atrás toda una vida y abriéndose a nuevos contextos desconocidos y con un futuro incierto es – las más de las veces – de extrema vulnerabilidad. Y es, precisamente, la vulnerabilidad lo que nos acomuna a todos los seres humanos. Desde esta profunda conciencia de nuestra desnudez es desde donde creo que podemos alentar actitudes de acogida, de entendimiento, de protección, de defensa de las injusticias, de afectos compartidos y de futuros alcanzados con mi mano en la tuya. En esto la Iglesia tiene mucho que decir frente a tantas posturas equívocas y decididamente insolidarias como vemos en muchas sociedades modernas.

En segundo lugar, porque la realidad de la migración nos habla de superación de fronteras y de amalgama de culturas que se enriquecen mutuamente por el bien común. Se trata de trazar puentes y no de dilapidarlos; de abrir ventanas y no de levantar muros; de búsqueda del encuentro y no de airear prejuicios. También aquí, paradigmáticamente, la Iglesia encuentra criterios para hacerse oír de forma más creíble y audaz. Somos hijos (y esta condición de creaturas nos hace vulnerables) y hermanos en el Hijo. Nuestra acción pastoral debe ser profética y puede hacer resonar un mensaje de sanación en un mundo herido por las diferencias, los desencuentros, el rechazo o la violencia.

Finalmente, creo que la realidad de la migración que vivimos hoy globalmente en nuestro mundo es – en efecto – un paradigma que ilumina nuestro tiempo y en particular los jóvenes del siglo XXI, porque la provisionalidad – tantas veces forzada y dolorosa – puede convertirse también en un modo de vida que – garantizados los derechos fundamentales de las personas – nos ayude a poner la mirada y el corazón en las cosas que realmente valen la pena. Vamos de vuelo, escribió Juan de la Cruz. Y así es. Nuestra vida es un soplo y vale la pena vivirla con pasión tratando de que nuestros sueños no se ahoguen en ninguna travesía. Creo que la Iglesia en su anuncio del Reino tiene mucho que decir para proponer la vida buena del Evangelio de Jesús que nos habla del valor de lo pequeño, de la audacia de vivir desinstalados y tendiendo la mano al hermano, de la felicidad que sentimos en el corazón cuando experimentamos que el único camino es el amor con todas sus consecuencias. En clave cristiana esto se traduce en el des-vivirte por los demás.

A mi, compartir la vida con jóvenes migrantes me ha hecho mejor. Ha abierto mis ojos dándoles una luz nueva. Siento que el anuncio del Reino está en lo pequeño, en la semilla de mostaza, en la levadura en la harina, en el cuidado de las personas por encima de todo. He comprendido que hacer Evangelio es susurrar el nombre de Jesús en el gesto silencioso de curar la herida de mi hermano sin que me importe que venga del otro lado del Estrecho. O quizás sea más acertado decir, porque me importa.

Un paradigma, si. Seguramente tienen razón los Padres sinodales.

Diecisiete años

UnknownTenía diecisiete años y me hervía la sangre en aquel mil novecientos ochenta, en plena transición democrática, abriendo los ojos a las injusticias y violencias de un mundo convulso. Daba mis primeros pasos en una Iglesia joven que descubría con asombro en su dinamismo juvenil y su compromiso social. La Pascua Joven de aquel año, bajo el lema de “¡Cristo Vive!” fue mi primera experiencia de una Iglesia comprometida con los pobres de este mundo y agente de cambio que impulsaba una realidad mejor. El mundo que habría de llegar era el mundo nuevo que yo identificaba con el Reino de Dios y que empezaba a convertirse en mi horizonte vital.

Aquella Pascua fue especial. No solo porque fue la primera o por la efervescencia social y política del momento. Sino porque, además, la figura de un obispo mártir asesinado en San Salvador tiñó de rojo los contenidos y las celebraciones litúrgicas de aquel año. Recuerdo que lo viví con pasión. Quedó grabada para siempre en mi corazón la historia de monseñor Romero cuya imagen rota tras el altar después de ser tiroteado permaneció impresa en mi retina mucho tiempo. Era el obispo de los pobres, el mártir de la liberación, el fermento de una Iglesia nueva que se abría paso en un nuevo orden mundial.

Después de aquello han pasado muchas cosas. He madurado mi fe. He acrecentado mi sentido eclesial. Ha tratado de responder a la llamada del Señor a entregar la vida en su nombre por los jóvenes más pobres. Mucho tiempo después, la figura de San Romero de América continúa siendo inspiradora y puede que – hoy mas que nunca – luminosa en mi proceso vital. La Iglesia ha reconocido la santidad de quien ya era sentido así en el corazón del pueblo hace mucho tiempo.  Hoy agradecemos a Dios, una vez mas, que nos ha enviado pastores buenos que no han huido del aprisco cuando arreciaba el miedo. Pastores, como Romero, que han sido la voz de los sin voz en un contexto social políticamente humillante para los más vulnerables. Pastores, como San Romero de América, que han levantado a un pueblo para proclamar que el Reino no está de parte de los poderosos. Pastores buenos, en fin, que derraman su sangre – como el Maestro – por defender que Dios llora cuando sus hijos más débiles son violados y pisoteados.

Hoy ha dicho Francisco que Romero y Pablo VI son los testigos de una Iglesia extrovertida que ha superado su auto-referencialidad. Romero, San Romero de América, y el Papa del Concilio nos estimulan a seguir peregrinando hacia los pobres para abrir – en el nombre de Dios – prisiones injustas y vendar corazones heridos. Como aquel adolescente de diecisiete años, hoy mi corazón apasionado y acrisolado por los años sigue latiendo con fuerza cuando resuenan en mí las palabras del obispo de los pobres: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Amén.

Sine glossa

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En la memoria de San Francisco de Asís…

Cuando era un joven salesiano en formación inicial, recuerdo algunas discusiones infinitas sobre nuestra vida de pobreza en comunidad. Los múltiples argumentos se esgrimían con vehemencia en una dirección u otra buscando honestamente hacer luz sobre una cuestión que – no me cabe duda – nos importaba y preocupaba mucho a todos. Tras un amplio escrutinio, llegada la hora de alcanzar alguna conclusión, en más de una ocasión pusimos el acento en que, bueno – en realidad -, vivíamos más o menos como la media de personas de nuestro entorno. Y reconozco que el punto de llegada en aquel momento parecía suficientemente convincente como para tranquilizar nuestras conciencias. Pero cuando he sido algo más adulto, la inquietud sobre nuestro modo de vivir ha dilapidado cualquier complacencia.

Podría poner más ejemplos. Pero lo cierto es que hoy me repito con frecuencia que para ese viaje no son necesarias estas alforjas. Para vivir como el resto de la gente con la que me encuentro cada día en la calle, en el trabajo, en la universidad, en el supermercado… no habría hecho falta hacer ninguna profesión religiosa o asumir los consejos evangélicos, o apostar por la vida fraterna en comunidad o la dedicación por entero a la misión. Y esto es lo dramático de todo esto. Sin darnos cuenta nos hemos mimetizado hasta el punto de creer que es suficiente decirnos que “vivimos como los demás”.

No se trata de ser mejores o peores. Esto no se juega en un narcisismo espiritual que nos haga sentirnos diferentes y superiores. Se trata, más bien, de ser fieles a la propuesta de Jesús. El Evangelio plantea un modo de vida a contracorriente, a contrapelo, fuertemente contracultural. Querer hacer componendas con el mensaje del Nazareno no solo no hace justicia a su modo de vivir, sino que traiciona las aspiraciones de muchos hombre y mujeres de todos los tiempos que han tomado en serio el Evangelio sine glossahasta entregar sin reservas la propia vida, como el Maestro.

Andamos a vueltas con la propuesta vocacional y no dejo de decirme a mi mismo que – aunque muchos nos admiran – no desean vivir como nosotros. El planteamiento de la vida religiosa actual, como el del compromiso evangélico de todo seguidor de Jesús, encuentra su piedra de toque en el modo de vivir de cada cristiano y por ende de nuestras comunidades creyentes o religiosas que fueren. Sin una vuelta al Evangelio sine glossaestaremos perdiendo la batalla de la significatividad y seremos cada vez más irrelevantes en una sociedad que engulle todo lo que se difumina en el paisaje común.

Si alguien te pide la capa, dale también la túnica; si alguien te pide caminar una milla, camina con él dos; no juzgues y no serás juzgado; no des rodeos ante tu prójimo apaleado al borde del camino; perdona sin límites y ama sin límites; el amor sin ficciones… y podría seguir. Éste, solo éste, es el camino para que nuestras comunidades puedan ser un poco de luz en medio de tanta opacidad y no una comida sin sal a la que tanto estamos acostumbrados cuando nos refugiamos en nuestros cuarteles de invierno aquejados de mil dolencias. Hemos de reaccionar pronto. Antes de que la parálisis sea irreversible.

 

Soñar Europa

EuropaMe siento europeo y sueño con una Europa de los pueblos intercultural, abierta y solidaria. Pienso Europa más allá de la unión económica y de políticas al dictado de las ideologías mayoritarias, impuestas a golpe de recesión económica o cohesión estructural. Por el contrario, anhelo un proyecto participativo y coherente en el que el bien común esté por encima de partidismos y el consenso sea la norma, siempre buscada, que supere intereses nacionalistas o políticas corruptas.

Anhelo una Europa sin fronteras y solidaria que aboga por la integración cultural y por la inviolabilidad del ser humano cualquiera que sea su origen o su credo. Que acoge y defiende los derechos de los más vulnerables y se posiciona a favor de los más excluidos con políticas que favorecen el desarrollo y la dignidad de las personas sin que nadie se sienta extranjero por el color de su piel o por no hablar mi idioma. Apuesto por un proyecto económico con más oportunidades para todos y en el que la distribución de la riqueza sea una prioridad regida por la equidad y la justicia. Creo en esta Europa, la de la igualdad de oportunidades y la defensa de los derechos sociales; la de la educación de calidad y la sanidad para todos; la de la socialización de la cultura y la libertad de pensamiento; la de la laicidad positiva y el respeto a las creencias en la plaza pública sin necesidad de esconder la fe en el forro de la privacidad.

Pienso Europa como un proyecto cultural, que no renuncia y que reconoce sus raíces greco-latinas y judeo-cristianas, abierta a la interacción y a la riqueza de otras tradiciones con las que construir una nueva realidad mejor para todos. Desde este pasado común y la historia compartida, los pueblos del continente están llamados a una convivencia en paz y en libertad en la que la cultura será, como lo fue siempre, vehículo de progreso y camino de entendimiento.

Ante la crisis migratoria que nos ha sobrevenido y las respuestas estertóreas de gobiernos populistas, frente a tanta demagogia y a la tentación de hacer de la acogida un espectáculo, la sociedad civil ha de tomar la palabra para decirle a nuestros políticos que necesitamos y queremos otro modo de hacer.

No me parecen las propuestas “antisistema” una vía razonable. Tampoco me merecen crédito los populismos salvajes que padecemos. Prefiero el cambio en transición. Confío más en las armas de la solidaridad y del trabajo colectivo. Y en los mecanismos democráticos. Mientras, el día a día se juega en el compromiso de los ciudadanos por aportar al bien común y facilitar una transformación necesaria con la acogida sin paliativos, la implicación social y la convivencia pacífica.

Libertad

Sin títuloHan pasado cuarenta días desde la toma de posesión del actual Gobierno. La intervención – ayer – de la ministra de educación sobre la concertada no nos deja lugar a la duda. Vuelta la burra al trigo. Es un déjà vu: retornar a los lugares comunes arremetiendo contra la libertad que tanto dicen defender. El Gobierno ha anunciado una reforma inminente de la LOMCE sin esperar a ningún pacto educativo – ¿para qué? – y poniendo en cuestión el servicio social de la educación concertada que, según la ministra, “puede estar o no puede estar” porque no puede ser un criterio para la concertación la “demanda social”. La que tiene que estar es la publica, dice la titular de educación. La concertada, entonces… pues… ¿qué quieren que les diga? Solo cuando no haya más remedio.

De nuevo la vulneración de derechos. De nuevo, el miedo a la libertad. A un gobierno democrático, responsable y creíble no debería importarle que los ciudadanos, en libertad, escojan el tipo de educación que quieren para sus hijos. Un gobierno serio debería favorecer democráticamente que, en igualdad de oportunidades, las familias pudieran elegir para sus hijos propuestas educativas inspiradas en el humanismo cristiano si así lo desean o en cualquier otro cuadro axiológico. En libertad. En buena lid. Sin imponer, desde el poder, el café para todos en nombre de un laicismo (que no laicidad) rancio y sectario que pretende que si no es bueno para mí no lo sea para nadie.

Y a vueltas – ¡otra vez! – con la clase de religión. No entro en el mérito de si clase de religión si o clase de religión no; o si debe ser computable o no debe serlo, (esa cuestión daría para otra reflexión) sino en el tema más de fondo: la dichosa ideología moderna (en términos estrictamente filosóficos) que sigue anclada en los postulados del diecinueve sin liberarse de los corsés culturales que la forjaron y que, a mi juicio, ha parado el reloj de la historia y del pensamiento contemporáneos y en la que sigue anclada la izquierda más rancia de este país. Si por algunos fuera, los cristianos no tendríamos espacio en la res publica relegándonos – eso si – a la conciencia privada como único derecho inalienable ¡cómo no! Como si fuera ésta una concesión “graciosa” del gobernante de turno que – además – exhibe con impúdico talante democrático. Oiga – parecen decirnos -, que nosotros respetamos la conciencia ¡Faltaría más!

¿Hasta cuando tendremos que soportar esta falta de rigor intelectual y auténticamente democrático en un país libre y moderno como el nuestro? Más allá de la supresión del Concordato, la guerra con la concertada o la expulsión de los monjes del Valle de los Caidos… ¿Alguna idea más? Un país laico es aquel que separa claramente el estado de cualquier identificación religiosa. Pero un país laico en el siglo XXI deberá también reconocer la aportación de la experiencia creyente que los ciudadanos asumimos en libertad y que no se puede recluir en la conciencia como si ésta fuera una sacristía. Por el contrario, somos lo que somos en la realidad social y – desde ella – trabajamos por servir a la sociedad desde la educación, el trabajo con los más desfavorecidos, la atención a personas en riesgo de exclusión, la creación de puestos de trabajo, la búsqueda de más oportunidades para todos… Y lo hacemos como ciudadanos creativos y preocupados por el bien común. Ciudadanos creyentes y comprometidos que no imponemos a nadie nuestras ideas pero que no queremos renunciar a dar razón de lo que pensamos y creemos en la sociedad democrática y libre en la que queremos vivir. No es solo cuestión de la conciencia, no. Esa es la trampa. Queremos ser lo que somos en la plaza pública, en respeto y libertad.

Como a muchos otros ciudadanos, no me interesa una nueva ley de memoria histórica que me imponga una lectura “oficial” de la historia sancionada por una pretendida “comisión de la verdad”. Llevo décadas haciendo mi propia interpretación, adulta, responsable y libre. Porque en estos tiempos inclementes hace mucho que sabemos que no hay una sola verdad y solo cabe la hermenéutica. Provengo de una familia republicana; crecí en el bando de los perdedores, represaliados y perseguidos… Pero cerré esas heridas mucho tiempo atrás y miro hacia adelante trabajando por hacer un país mejor para todos. Prefiero un gobierno que gestione adecuadamente los bienes de los ciudadanos, que impulse políticas eficaces de empleo, que consolide un sistema sanitario de calidad y asegure las pensiones, que trabaje por un pacto educativo sólido y duradero donde todos tengamos cabida, que asegure la libertad de elección de centro y consiguientemente de la educación que cada quien desee para sus hijos, que desarrolle políticas de solidaridad, acogida y desarrollo, que actualice la justicia y la dote de medios para que sea más eficaz y menos burocrática… y así un largo etcétera. Pero parece que es mucho pedir. A este gobierno y a los anteriores.

Cuarenta días. Con sus cuarenta noches. Simbología bíblica que alude a la travesía del desierto del pueblo de la alianza. Pero aquí no hay pacto ni búsqueda de libertad ni tierra prometida; solo la tentación de adorar a otro ídolo que se llama ideología. “Humano, demasiado humano” (F. Nietzsche).

Demasiado ruido

Sin títuloNo es la primera vez que nos sorprende el dato. Es una tendencia repetida en estos últimos años en los que machaconamente las encuestas sobre los jóvenes españoles nos dejan con una sensación de malestar en lo que a la relación de éstos con la Iglesia se refiere. Sólo alrededor del tres por ciento piensa que la Iglesia tiene algo importante que decir en sus vidas y en la realidad social. Es un dato “tozudo”, dicen los sociólogos, que se repite una y otra vez en estos estudios periódicos. El último estudio de la Fundación Santa María de diciembre de 2017 no es una excepción.

¿Qué les ocurre a los jóvenes con la Iglesia? O quizás la pregunta haya que plantearla a la inversa, ¿Qué le ocurre a la Iglesia con los jóvenes? En cualquier caso, lo que parece claro es que hay una imagen distorsionada de la institución, tal como la percibe una mayoría de jóvenes en nuestro país, que se generaliza y se asume como verdadera. Y esto provoca rechazo. E impide leer con más positividad la presencia eclesial en la sociedad.

Puede que tengamos un problema de comunicación. Probablemente de forma y de fondo. Hay demasiado ruido que dificulta que el mensaje llegue al receptor. Pero no nos viene mal un poco de autocrítica. No podemos justificarnos con la excusa de que la realidad que percibimos en nuestros encuentros juveniles es bien diferente. Nos queda el otro noventaysietepor ciento, esos que nunca estarán en las Jornadas Mundiales de la Juventud o en la Plaza de San Pedro aclamando al Papa. Quizás nos pidan que sintonicemos mejor con ellos. Puede que nos reclamen un mensaje de novedad. Lo cierto es que – en mi opinión – los jóvenes españoles siguen buscando una palabra creíble de vida y esperanza. Francisco nos ha pedido, convocando el Sínodo 2018, que escuchemos a los jóvenes. Y es urgente hacerlo. Pero los jóvenes quieren también oír a la Iglesia un mensaje renovado y luminoso; más vital y menos acartonado; más auténtico y menos forzado; más próximo y menos estereotipado.

Los cristianos tenemos el deber de hacer resonar la buena noticia liberadora de Jesús, el Cristo, sin que se desparrame el vino nuevo por los odres cuarteados de la incoherencia, la irrelevancia o la inconsciencia. Es cuestión de fidelidad al Maestro y – al mismo tiempo – de salir con audacia al encuentro del noventaysiete por ciento restante. El próximo Sínodo deberá ayudarnos, no solo a tomar conciencia del problema, sino a encontrar caminos pastorales para renovar nuestra propuesta y actualizar nuestro anuncio.

La harina del costal y el aceite de la orza

AceiteNavegando por los periódicos digitales este domingo me he topado con un artículo referido a la vida religiosa. Me ha sorprendido que uno de los digitales más leídos de nuestro país se ocupe de estas cosas. Claro que el titular era: “Las órdenes religiosas se mueren: Ya nadie está dispuesto a ser célibe y pobre”. El artículo, en mi opinión bastante ajustado a la realidad, tomaba como punto de partida la reciente salida de los jesuitas de Palencia después de cuatrocientos años de presencia en la ciudad. El periodista, centrado en las grandes órdenes religiosas de España, reflexiona sobre el ciclo que vive la vida consagrada en España y en Europa apuntando al final de una etapa y buscando causas que interpreten el fenómeno.

No le falta razón al autor cuando habla de envejecimiento, pasado glorioso, cambios precipitados en una sociedad ferozmente laicista, incapacidad para el cambio, comunidades anquilosadas en procesos irreversibles de desgaste, dificultad para que posibles nuevas generaciones se integren en nuestro modo de vivir. Ayer mismo, uno de mis hermanos con responsabilidades en la animación y el gobierno locales, escribía en Twitter: “El problema de los consagrados no es tener que cerrar presencias porque nos hemos agotado al servicio de la misión. El mayor deterioro es sostener comunidades muertas, incapaces para rehacerse y recuperarse en el objetivo que es ser buena noticia”. Y no le falta razón. Los cambios no vendrán desde fuera. Las revoluciones se provocan desde dentro.

Hemos de aprender a ser irrelevantes y no nos gusta. Hemos vivido de pasados gloriosos y hemos muerto de éxito. Hemos desposado el poder y coqueteado con los círculos sociales de un nacional-catolicismo que nos ha obnubilado y nos ha hecho perder las referencias. Quienes nos precedieron no supieron ver venir la crisis que se avecinada, tan convencidos como estaban de que éramos fuertes y estábamos bien posicionados. Nos subimos de pronto a lomos de una laicidad sobrevenida a golpe de democracia y con ritmo conciliar pensando que era cool ser moderno sin calcular bien las consecuencias de una irreflexiva pérdida de identidad cuando por el desagüe, junto al agua sucia, arrojábamos también – en no pocos casos – al niño de la jofaina. De aquellos polvos, estos lodos.

Y ahí nos encontramos. En un momento decisivo en el que nuestras comunidades se han hecho demasiado viejas y nuestra capacidad de reacción cada vez menos audaz. Intentamos frenar la sangría con reajustes de poco calado que nos aseguran unos años más de supervivencia y creemos ingenuamente que el carisma ahora es de los laicos. Convencido como estoy de la misión compartida, el “quítate tú para ponerme yo” no deja de ser una solución con las patas muy cortas y que deja aparcado el problema más acuciante: una nueva manera de vivir la vida consagrada.

Hace unos años, escuché a Benedicto XVI dirigirse en Roma a los obispos de Brasil en visita ad limina: “La vida consagrada no podrá faltar nunca ni morir en la Iglesia: fue querida por Jesús mismo como porción firme de su Iglesia”.

Son palabras alentadoras y autorizadas de una voz que conforta en tiempos de inclemencia. A pesar de los augurios de los profetas de calamidades,ni la aparente irrelevancia de miles de consagrados,ni el envejecimiento de nuestros institutos ni la dificultad vocacional son el signo de un declinar irreversible que conducirá, antes o después e inevitablemente, a la desaparición de la vida religiosa en la Iglesia. No comparto, en absoluto, las voces de quienes auguran que hemos llegado al final y ahora el carisma hay que entregarlo a los laicos. Plantear la dialéctica religiosos versuslaicos es un mal enfoque del problema. La cuestión no está en la asunción de responsabilidades o en la corresponsabilidad laical. La pregunta es: ¿Cómo volver a proponer una vida religiosa más auténtica, más audaz y mejor situada en la misión?

La situación de dificultad por la que atraviesa la vida religiosa, en medio de la propia situación de crisis que vive la sociedad occidental y la misma Iglesia, puede y debe ser una oportunidad para la renovación y el cambio. No es la supervivencia de estructuras lo que está en juego. Lo preocupante no es el mantenimiento de las obras. Lo absolutamente imprescindible es lo significativo de la vida consagrada y la autenticidad de su rostro en la Iglesia y en el mundo. Necesitamos un nuevo liderazgo religioso que nos ayude a leer bien la realidad y a focalizar los verdaderos desafíos a los que nos enfrentamos. Mientras sigamos respondiendo a golpe de urgencias y prisas relegando lo que es importante y dilatando procesos renovadores creyendo que la cuestión es estructural (también) seguiremos errando el tiro. David frente a Goliat.

Es el momento de la conversión a Dios que abrirá nuevas sendas en el desierto y abrirá en dos el mar para pasar al otro lado como siempre ha hecho en la historia de nuestro pueblo. Es el momento de hacer surgir un nuevo estilo de vida consagrada, necesariamente más evangélica, más humilde, más pobre, más profética. Pero que en la debilidad encuentre la fuerza de Dios que nos precede y centrada en Él, el único absoluto de nuestra vida, encuentre veredas nuevas por la que caminar anhelando que continúe haciendo brillar su rostro sobre nosotros. Lo relevante no es tener que cerrar presencias. Lo verdaderamente importante son comunidades vivas, con consagrados y consagradas que vivan anclados solo en Dios; afectivamente maduros y equilibrados; que expresen una fraternidad palpable y veraz; que se despojen de privilegios y comodidades para vivir más esencialmente y con menos ataduras; más cercanas a los pobres y comprometidas vitalmente con ellos.

No es tiempo de triunfalismos. Ni en la Iglesia ni en la vida religiosa. Pero tampoco podemos perdernos en mirar con nostalgia anhelando cuanto fuimos en otro tiempo. Por el contrario, es el momento oportuno para alentar la esperanza y consolidar la confianza en Dios que, hoy como ayer, no dejará “que se acabe la harina del costal ni el aceite de la orza”(Cfr. 1 Re 17, 14) y seguirá siendo bendición para sus hijos. También para los consagrados y consagradas que somos memoria viviente del Cristo en el corazón de la Iglesia y una pequeña lámpara encendida en la noche para los que buscan algo más de luz en nuestro mundo. Seremos una minoría. Pero una minoría creativa en medio de la realidad que nos toca vivir, capaces de pronunciar una palabra creíble en nombre del Dios de la Vida para la vida y la esperanza de las personas.

Del valor a la virtud

130530-humildadEducar en la fe, la esperanza y el amor como virtudes que son, es ayudar a descubrir el don de Dios en la vida de las personas. La experiencia de la “vida teologal” es apertura al misterio de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo. Es la experiencia del “encuentro” que se inicia en el bautismo y que requiere de un camino, entendido como respuesta al don, hacia la madurez creyente.

Nuestros itinerarios de educación en la fe para jóvenes ¿permiten experimentar el don del Espíritu y abren a la experiencia de la paternidad de Dios? ¿acompañamos a los jóvenes en la experiencia vital de la bondad y de la misericordia de Dios? ¿Proponemos experiencia espirituales (del Espíritu) para ayudar a descubrir la presencia de Dios que alienta y sostiene en el entramado de la existencia? Son “preguntas clave” porque nos permiten percibir la extraordinaria importancia de acompañar la experiencia creyente mucho más allá del consumo de vivencias que motivan emocionalmente comportamientos efímeros o actitudes que necesitarían ser afianzadas con los filtros del entendimiento y de la voluntad para ser asumidas existencialmente.

Porque de lo que se trata, finalmente, no es de vivir estados de euforia ante vivencias más o menos significativas sino de generar actitudes conscientes que configuren experiencias fundantes. La de la fe es una de ellas: conduce al creyente hacia una actitud de abandono en la misericordia de Dios; madura una afectividad centrada en Él como valor supremo; provoca la respuesta de adhesión a su voluntad.

  Las experiencias de la bondad y de la misericordia de Dios fundamentan la fe, sostienen la esperanza y avivan el amor. Solo esta apertura al don hace de ellas una virtud teologal porque anclada solo en Él, no obstante la fragilidad de las personas, la complejidad de la realidad o la oscuridad del dolor en la que a veces se ve envuelta la existencia.

Teniendo en cuenta estos elementos, educar a los jóvenes en la vida teologal es acompañarlos en la experiencia creyente para poder experimentar que Dios es el fundamento de la propia vida. La esperanza se sustenta en la experiencia de la fe y se expresa en compromiso del amor. Al mismo tiempo, la esperanza da a la fe el aliento necesario para perseverar en la adhesión a Dios. El amor aprende de la esperanza a vivir en la tensión de la paciencia y la fortaleza. La pastoral con jóvenes debería saber también proponer procesos así: itinerarios que transiten los senderos que van del valor a la virtud, que abran al don de Dios y estimulen el camino de todo aquel que anhela mayor plenitud en la propia vida. 

Mirada limpia y corazón autentico

bbf41833b752756eb34a4e07961dc06c_XLUn día de octubre de 1854 un adolescente de doce años entraba a formar parte de la familia de Don Bosco en Valdocco. Domingo Savio vivió una rica e intensa experiencia en el Oratorio que, si bien no duró más que dos años y medio, dejó sorprendidos a todos porque dejó en el recuerdo colectivo la transparencia de un corazón auténtico, la mirada limpia de un muchacho apasionado por la vida y la espiritualidad de quien se había propuesto seguir a Jesucristo con radicalidad.

Don Bosco debió quedar profundamente impresionado de aquel chico de aspecto frágil pero de alma grande que demostró ser un gigante de la santidad. Junto a él, un pobre cura, Domingo recorrió rápidamente los senderos de una vida espiritual y apostólica de gran calado que no dejó indiferente a ninguno de sus compañeros.

Convencido de la gran estatura evangélica de Savio Domenico, Don Bosco se propuso escribir su biografía enseguida y comenzó a recoger datos. Así, en enero de 1859, casi dos años después de su muerte Don Bosco publicó en las Lecturas Católicas la “Vida del joven Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales”.

Don Bosco escribió estas páginas con mucho mimo y con el deseo de ofrecer a todos un modelo de virtudes que estimulaba a una santidad sencilla y simpática, al alcance de muchos. Para su redacción, había interrogado a los sacerdotes que lo habían  conocido antes de su entrada en el Oratorio y a sus propios compañeros.

Don G. Cugliero maestro en Mondonio, pocos días después de la muerte de Domingo escribió a Don Bosco afirmando que en veinte años de oficio,  no había conocido nunca un alumno “tan razonable, diligente, asiduo, estudioso, afable y agradable como Savio Domenico”.

Sus compañeros no dudaron en decir de él que era un “excelente compañero”, un“íntimo amigo” o alguien con un “corazón puro y santo”. La impresión dejada por Domingo fue tal que sus amigos expresaron en la biografía escrita por Don Bosco su admiración, su convicción de que Domingo estaba en el cielo y que, incluso, se encomendaban a él recibiendo gracias que le eran atribuidas sin dudarlo.

Don Bosco no vaciló tampoco en su deseo de llevar adelante la causa de canonización de Domingo. Pero en la publicación de su biografía había también una intención muy clara que tenía como destinatarios a sus muchachos. En la introducción el ofrecía un modelo de vida para todos:

“Mis queridos jóvenes (…) aprovechad de lo que voy a contaros; y decid como San Agustín: ‘Si él, ¿por qué yo no?”Si uno de mis compañeros ha encontrado el tiempo y los medios para lograr ser un auténtico discípulo de Cristo ¿Por qué no podría hacer yo lo mismo?”.

Don Bosco miraba lejos y sabía que proponía un camino de largo alcance pero a portada de mano de sus muchachos. Domingo fue una buena tela y, Don Bosco en su maestría y santidad, logró con la ayuda del Espíritu, una autentica obra de arte. Pero estoy seguro de que en el Oratorio, junto a él, muchos otros jóvenes vivieron un proyecto parecido de entrega y hondura espiritual.

Para nosotros, educadores, no puede ser sólo una referencia épica. Al contrario, el recuerdo de cuanto aconteció en nuestros orígenes es un acicate para actualizar aquí y ahora una propuesta de espiritualidad y un camino de acompañamiento para los jóvenes de este tiempo. Es también una llamada a la santidad que compromete nuestra propia vivencia evangélica. Creo firmemente que es posible ayudar a nuestros chavales a hacer de Jesucristo el centro de sus vidas.

Vivir de otra manera

Sin títuloDespués de más de tres décadas viviendo en comunidad, reconozco que compartir el día a día con mis hermanos me ha hecho mejor persona y mejor creyente. La experiencia fraterna me ha hecho crecer y madurar vocacionalmente perfilando en mí, junto a la experiencia de Dios y la misión compartida, el rostro del consagrado que hoy soy con mis virtudes y mis defectos. Pero es también verdad que siempre he echado de menos que nuestro modo de vivir fuera más sencillo, más austero, más pobre.

La invitación del Maestro no deja lugar a dudas. Quien quiera seguirlo ha de liberar el corazón y encontrar otro tesoro de mucho más valor: el Reino, Dios mismo, que es suficiente para llenar una vida en plenitud. Vivir la pobreza evangélica es una opción en libertad que el seguidor de Jesús asume para caminar tras Él con las manos abiertas, la mirada trasparente y el paso dispuesto siempre a la travesía. Sin ataduras, ligeros de equipaje, queremos pasar por la vida haciendo el bien, cerca de los que sufren, restañando heridas, alentando la esperanza, compartiendo lo que somos y tenemos.
Creo que aquí está hoy la fuerza profética de la vida consagrada y de la vida cristiana en general. Somos alternativos porque vivimos de manera diferente. Somos proféticos porque con nuestro compromiso estamos del lado de los pobres y abrimos prisiones injustas.

Hoy, como en todo tiempo, son necesarios los signos que hagan creíble nuestro anuncio. Vivir con menos bienes significa también ser más solidarios y estar cercanos a los más pequeños, a los jóvenes más vulnerables, a los que más lo necesitan. La solidaridad le pone rostro concreto a la caridad y a la justicia precisamente cuando a nuestro alrededor se impone un estilo de sociedad en la que impera el “sálvese quien pueda” o la dictadura de mercado que hace a los ricos cada vez más ricos y a los que menos tienen cada vez más pobres.

Lo nuestro es alternativo. Por eso, nuestra casa salesiana es lugar de acogida; nuestro tiempo es disponibilidad para quien necesita una mano; nuestro trabajo es aportación en la edificación de una realidad mejor; nuestro salario es posibilidad de compartir; nuestra privación es expresión evangélica del no considerar nada nuestro porque pertenece a los pobres.

Ahora que andamos a vueltas con la propuesta vocacional y el discernimiento ante los desafíos que nos plantea el próximo Sínodo, no está mal que pongamos el foco en nuestra manera de vivir. Es necesario vivir de otra manera. Es urgente volver al Evangelio, sine glossa. Solo así el anuncio de la Buena Noticia de Jesús será creíble, nos hará significativos y tendrá la fuerza de la invitación del Maestro a sus discípulos: “Venid y veréis (…) Y se quedaron con él…” (Jn 1, 39).