Mirada limpia y corazón autentico

bbf41833b752756eb34a4e07961dc06c_XLUn día de octubre de 1854 un adolescente de doce años entraba a formar parte de la familia de Don Bosco en Valdocco. Domingo Savio vivió una rica e intensa experiencia en el Oratorio que, si bien no duró más que dos años y medio, dejó sorprendidos a todos porque dejó en el recuerdo colectivo la transparencia de un corazón auténtico, la mirada limpia de un muchacho apasionado por la vida y la espiritualidad de quien se había propuesto seguir a Jesucristo con radicalidad.

Don Bosco debió quedar profundamente impresionado de aquel chico de aspecto frágil pero de alma grande que demostró ser un gigante de la santidad. Junto a él, un pobre cura, Domingo recorrió rápidamente los senderos de una vida espiritual y apostólica de gran calado que no dejó indiferente a ninguno de sus compañeros.

Convencido de la gran estatura evangélica de Savio Domenico, Don Bosco se propuso escribir su biografía enseguida y comenzó a recoger datos. Así, en enero de 1859, casi dos años después de su muerte Don Bosco publicó en las Lecturas Católicas la “Vida del joven Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales”.

Don Bosco escribió estas páginas con mucho mimo y con el deseo de ofrecer a todos un modelo de virtudes que estimulaba a una santidad sencilla y simpática, al alcance de muchos. Para su redacción, había interrogado a los sacerdotes que lo habían  conocido antes de su entrada en el Oratorio y a sus propios compañeros.

Don G. Cugliero maestro en Mondonio, pocos días después de la muerte de Domingo escribió a Don Bosco afirmando que en veinte años de oficio,  no había conocido nunca un alumno “tan razonable, diligente, asiduo, estudioso, afable y agradable como Savio Domenico”.

Sus compañeros no dudaron en decir de él que era un “excelente compañero”, un“íntimo amigo” o alguien con un “corazón puro y santo”. La impresión dejada por Domingo fue tal que sus amigos expresaron en la biografía escrita por Don Bosco su admiración, su convicción de que Domingo estaba en el cielo y que, incluso, se encomendaban a él recibiendo gracias que le eran atribuidas sin dudarlo.

Don Bosco no vaciló tampoco en su deseo de llevar adelante la causa de canonización de Domingo. Pero en la publicación de su biografía había también una intención muy clara que tenía como destinatarios a sus muchachos. En la introducción el ofrecía un modelo de vida para todos:

“Mis queridos jóvenes (…) aprovechad de lo que voy a contaros; y decid como San Agustín: ‘Si él, ¿por qué yo no?”Si uno de mis compañeros ha encontrado el tiempo y los medios para lograr ser un auténtico discípulo de Cristo ¿Por qué no podría hacer yo lo mismo?”.

Don Bosco miraba lejos y sabía que proponía un camino de largo alcance pero a portada de mano de sus muchachos. Domingo fue una buena tela y, Don Bosco en su maestría y santidad, logró con la ayuda del Espíritu, una autentica obra de arte. Pero estoy seguro de que en el Oratorio, junto a él, muchos otros jóvenes vivieron un proyecto parecido de entrega y hondura espiritual.

Para nosotros, educadores, no puede ser sólo una referencia épica. Al contrario, el recuerdo de cuanto aconteció en nuestros orígenes es un acicate para actualizar aquí y ahora una propuesta de espiritualidad y un camino de acompañamiento para los jóvenes de este tiempo. Es también una llamada a la santidad que compromete nuestra propia vivencia evangélica. Creo firmemente que es posible ayudar a nuestros chavales a hacer de Jesucristo el centro de sus vidas.

Vivir de otra manera

Sin títuloDespués de más de tres décadas viviendo en comunidad, reconozco que compartir el día a día con mis hermanos me ha hecho mejor persona y mejor creyente. La experiencia fraterna me ha hecho crecer y madurar vocacionalmente perfilando en mí, junto a la experiencia de Dios y la misión compartida, el rostro del consagrado que hoy soy con mis virtudes y mis defectos. Pero es también verdad que siempre he echado de menos que nuestro modo de vivir fuera más sencillo, más austero, más pobre.

La invitación del Maestro no deja lugar a dudas. Quien quiera seguirlo ha de liberar el corazón y encontrar otro tesoro de mucho más valor: el Reino, Dios mismo, que es suficiente para llenar una vida en plenitud. Vivir la pobreza evangélica es una opción en libertad que el seguidor de Jesús asume para caminar tras Él con las manos abiertas, la mirada trasparente y el paso dispuesto siempre a la travesía. Sin ataduras, ligeros de equipaje, queremos pasar por la vida haciendo el bien, cerca de los que sufren, restañando heridas, alentando la esperanza, compartiendo lo que somos y tenemos.
Creo que aquí está hoy la fuerza profética de la vida consagrada y de la vida cristiana en general. Somos alternativos porque vivimos de manera diferente. Somos proféticos porque con nuestro compromiso estamos del lado de los pobres y abrimos prisiones injustas.

Hoy, como en todo tiempo, son necesarios los signos que hagan creíble nuestro anuncio. Vivir con menos bienes significa también ser más solidarios y estar cercanos a los más pequeños, a los jóvenes más vulnerables, a los que más lo necesitan. La solidaridad le pone rostro concreto a la caridad y a la justicia precisamente cuando a nuestro alrededor se impone un estilo de sociedad en la que impera el “sálvese quien pueda” o la dictadura de mercado que hace a los ricos cada vez más ricos y a los que menos tienen cada vez más pobres.

Lo nuestro es alternativo. Por eso, nuestra casa salesiana es lugar de acogida; nuestro tiempo es disponibilidad para quien necesita una mano; nuestro trabajo es aportación en la edificación de una realidad mejor; nuestro salario es posibilidad de compartir; nuestra privación es expresión evangélica del no considerar nada nuestro porque pertenece a los pobres.

Ahora que andamos a vueltas con la propuesta vocacional y el discernimiento ante los desafíos que nos plantea el próximo Sínodo, no está mal que pongamos el foco en nuestra manera de vivir. Es necesario vivir de otra manera. Es urgente volver al Evangelio, sine glossa. Solo así el anuncio de la Buena Noticia de Jesús será creíble, nos hará significativos y tendrá la fuerza de la invitación del Maestro a sus discípulos: “Venid y veréis (…) Y se quedaron con él…” (Jn 1, 39).

El vino bueno

Vino bueno 2Hace unos años, le escuché a Ninfa Watt una anécdota a propósito del vino bueno. “No me gusta el vino…” solía decir. Hasta que alguien cercano, con cariño, le regaló con entusiasmo una botella de buen vino. Por no desairar a la persona que con tanta ilusión le hacía el don, aceptó compartir con ella una copa. Descubrió entonces, paladeando despacio aquel reserva, que no es que no le gustara el vino… ¡sino que le gustaba sólo el vino bueno!

Esta anécdota puede ser irrelevante o no. Pero es una buena imagen para reflexionar sobre el “vino bueno” de Jesucristo ofrecido a los jóvenes a los que parece que no les gusta el vino y prefieren la “coca-cola”.

La reciente encuesta de la Fundación Santa María “Jóvenes españoles entre dos siglos: 1984-2017” ha vuelto a poner el dedo en la llaga de la ruptura de los jóvenes con la Iglesia. Tan sólo un 16,3 % de los jóvenes españoles consideran bastante o muy importante la religión en sus vidas y a la mayoría (más del 56%) la Iglesia les merece poca o ninguna confianza. Podemos seguir pensando lo mal que están los jóvenes. Pero creo que – sin perder de vista la realidad -, hemos de reconocer que en muchas ocasiones el vino bueno de Jesucristo se desparrama: servimos un vino aguado, en “vasos de plástico” y en pegajosos manteles de hule… ¿Es sólo el quién? ¿O es también el qué y el cómo?

Muchos jóvenes no han descubierto la novedad de Jesucristo, ni han acogido su palabra sanadora, ni han experimentado un encuentro liberador con el Señor de la Vida… Dice el Papa Francisco que el próximo Sínodo es para ellos. La Iglesia quiere escuchar. La Iglesia quiere ofrecerles el vino bueno del Reino y a veces no sabemos bien cómo hacerlo.

Pienso que desde la misma Iglesia hemos de ser críticos con nuestro modo de hacer. En nuestra acción pastoral con jóvenes tendríamos que preguntarnos si propiciamos el encuentro con Jesucristo; si anunciamos a tiempo y a destiempo; si la persona tiene la oportunidad de viviruna experiencia significativa que ilumine su existencia cotidiana y la transforme.

Saber servir y hacer gustar el vino bueno del Reino requiere de maestros y testigos capaces de narrara Jesucristo y acompañar experiencias liberadoras que ayuden a madurar la experiencia de la fe. El tema del Sínodo 2018: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” deberá ayudarnos a no lamentarnos tanto de las estadísticas y a ofrecer con más audacia y credibilidad el vino bueno y mejor de Jesús sin que se desparrame en los viejos odres del “siempre se ha hecho así”.

Escuchar a los jóvenes

UnknownEl Papa ha convocado el Sínodo de los Obispos con el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Francisco quiere escuchar a los jóvenes. Los ha invitado a tomar la palabra y decirle a la Iglesia qué piensan, cómo sienten, cuáles son sus anhelos y sus dificultades. El Papa quiere una Iglesia a la escucha.

En plena preparación sinodal, la Fundación Santa María ha publicado en diciembre de 2017 su último estudio sobre los jóvenes españoles que lleva por título “Jóvenes españoles entre dos siglos:1984-2016”. Los datos son reveladores y nos acercan a la realidad juvenil de nuestro país: el 40% de los jóvenes españoles se declaran católicos; solo para el 16.3% la religión es bastante o muy importante en sus vidas; el 22.8% expresa bastante o mucha confianza en la Iglesia frente al 74.9 % que dice tener poca o ninguna confianza en la institución eclesial. Es solo un botón de muestra, pero nos debería hacer reflexionar. Tendríamos que preguntarnos porqué la Iglesia genera poca confianza entre las generaciones más jóvenes; por qué un 60% parece afectiva y realmente alejada de la experiencia creyente; cómo no hemos sabido transmitir con más audacia y credibilidad la fe. Quizás no se trate sólo, en lo que a la evangelización se refiere, del cómo o el qué, sino también del quién.

¿Qué les ocurre a los jóvenes con la Iglesia? O quizás la pregunta haya que plantearla a la inversa, ¿Qué le ocurre a la Iglesia con los jóvenes? En cualquier caso lo que parece claro es que hay de ella una imagen distorsionada, tal como la percibe una mayoría de jóvenes en nuestro país, que se generaliza y se asume como verdadera.

Puede que tengamos un problema de comunicación. Probablemente de forma y de fondo. Hay demasiado ruidoque dificulta que el mensaje llegue al receptor. Pero no nos viene mal un poco de autocrítica. Quizás nos pidan que sintonicemos mejor con ellos. Puede que hasta nos reclamen una palabra de novedad, una palabra creíble que genere confianza. La Iglesia tiene el deber de hacer resonar la buena noticia liberadora de Jesús, el Cristo, sin que se desparrame el vino nuevo por los odres cuarteados de la incoherencia, la irrelevancia o la inconsciencia.

Pienso que el próximo Sínodo es una buena oportunidad para escuchar a los jóvenes y hacer autocrítica en el seno de la Iglesia. No todo puede ser “culpa” del contexto o de la realidad social que seduce y manipula. Quizás debamos de plantearnos la necesidad de perfilar un nuevo rostro eclesial, más cercano y empático, y consecuentemente una nuevo modo de estar presente en la realidad, alentando la vida y la esperanza de las personas. Quiera Dios. Nos va la vida en ello.

“Os lo digo claramente, aborrezco los castigos”. Don Bosco y la bondad como sistema

Che peccato“No me has castigado”, me dijo Rafa. “No, no te he castigado”, le respondí. “¿Y entonces?”, volvió a retomar el chaval. “Entonces, solo quiero que te des cuenta de que te has equivocado y vuelvas a hacer las cosas bien”, le dije mirándolo fijamente. Me abrazó. Me prometió que volvería a intentarlo.

Rafa había cometido algunos errores y había sido avisado. La última vez sobrepasó algunas líneas rojas y se lo hicimos ver. Fue consciente y pensó que esta vez le caería un buen castigo encima, quizás hasta la expulsión. Nunca hablamos de eso, pero en su imaginario el temor lo hizo consciente de su equivocación. Hablamos sin prisas. Fuimos a fondo de algunas cuestiones y traté de hacerle ver la gravedad de su situación. Pidió perdón. Se extrañó de que no lo castigara, pero la confianza en que podía mejorar fue el mejor estímulo para propiciar un cambio.

En unas buenas noches del mes de Agosto de 1863, Don Bosco expresa con claridad y franqueza su pensamiento: “Os lo digo claramente: aborrezco los castigos, no me gusta dar un aviso amenazando con penas a los que faltan; no es ese mi sistema” (MB 7, 503).

Resulta sorprendente y alentador a un tiempo la afirmación de Don Bosco en la circular sobre los castigos de 1883: “A ser posible, no se castigue nunca”. Su comprensión de la relación educativa lo llevaba a privilegiar la confianza y la paciencia, el afecto sincero que se adelanta y previene, la bondad que disculpa y comprende, la paternidad – en fin – que busca siempre el bien de sus hijos. El castigo no entraba en su sistema y si no hubiese más remedio, leemos en la carta circular, el castigo no se aplicará “sino después de haber agotado todos los otros medios”.

Para Don Bosco y su sistema preventivo, el castigo – que debe evitarse siempre que sea posible – va precedido de la corrección. Podríamos decir que el sistema preventivo es también una pedagogía de la corrección. Ésta se expresa en una amplia gama de intervenciones educativas que llevan a cabo los asistentes y maestros: consejos, avisos, llamadas de atención, amonestaciones, advertencias… No son acciones punitivas sino intervenciones educativas que buscan que el joven reconozca a tiempo su error y se enmiende, que evite ligerezas en su comportamiento y se aleje del desorden.

Para Don Bosco, corregir es algo normal en el comportamiento de un padre que ama y es consciente de su responsabilidad educativa con respecto a sus hijos. Don Bosco no acepta el permisivismo. Prefiere educadores que den consejos y corrijan con amabilidad a aquellos más permisivos o estrictamente severos y fáciles a la punición.

Hoy, en una traducción actualizada del sistema preventivo, las palabras de la carta sobre los castigos y que bien pueden ser atribuidas a Don Bosco, son inspiradoras: “Recordad que la educación es empresa de corazones y que de los corazones el dueño es Dios. Nosotros no podemos nada si Dios no nos enseña el arte y no nos pone las llaves en la mano. Por consiguiente, esforcémonos mucho, con humildad y entera dependencia, a la conquista de esta plaza que es el corazón, y que siempre estuvo cerrada al rigor y a la acritud”. Rafa, aquella tarde, comprendió que aquella era su casa y que el afecto está por encima del error. Todos hemos comentado que – desde entonces – el chico ha cambiado.

 

El descampado

Sin títuloLa realidad en la que muchos adolescentes y jóvenes se sienten arrojados es como un descampado. Es el descampado de la debilidad, de la violencia, de la supervivencia, de la necesidad de protección de la tribu, del tener como los demás para ser respetado, de la falta de perspectivas, de vivir al día porque eso es lo que hay. No saben describir ni poner nombre a ese desierto, pero sienten el frio del desafecto, los golpes del abandono, del desamparo y la exclusión. Quieren sentirse duros, aparentan fortaleza, verbalizan agresivamente su indefensión y esconden atemorizados su fragilidad.

Muchos de nosotros sabemos de la intemperie en la que viven y de su falta de abrigo. No son más que víctimas de una sociedad empeñada en alcanzar el bienestar de los menos cuando los más pelean por llegar indemnes a fin de mes. Y mientras, unos y otros ahogan las penas en el paraíso virtual de vidas ajenas aireadas de forma obscena en los prostíbulos de lo legítimamente (in)correcto.

Y en este descampado surgen, hoy como ayer, nuevas y antiguas pobrezas. En nuestra sociedad occidental, bien estante, plural, democrática y libre, las pobrezas de siempre y las disfrazadas con otros nombres tienen carta de ciudadanía entre nosotros. Y esto por más que en los círculos de poder se ponga tanto el acento en el orgullo patrio de ser la novena potencia económica del mundo.

Una mirada a la realidad juvenil nos descubre un mundo invisible para muchos pero tan real como la crisis económica de la que venimos. No podemos dejar de sentirnos interpelados por la situación de muchos niños abandonados, adolescentes y jóvenes carentes de afecto por la inestabilidad de las familias. Éstas en no pocas ocasiones aplastadas por situaciones económicas graves y con parados de larga duración dentro de ellas. No podemos ignorar la situaciones de los menores inmigrantes no acompañados o el desamparo de aquellos a los que el estado dejar de proteger al cumplir dieciocho años sin tener encauzada su vida. Nos interpelan las esperanzas de los niños y jóvenes cultural y espiritualmente pobres, de aquellos que han perdido sentido para sus vidas o se encuentran atrapados en la maraña consumista. No nos deja indiferente la realidad de aquellos a los que la sociología llama “inadaptados sociales” y se pasean por el filo de la navaja de la violencia, la exclusión social, la drogadicción o cualquier otro tipo de dependencia psicológica.

Todos están en descampado. Todos son carne de cañón para estadísticas periódicas que auscultan la realidad y que no pasan de ser un instantáneo aldabonazo en la conciencia de una sociedad aletargada. Es, para los más, la manifestación de un malestar, de un dolor de tripa, de un pequeño resfriado que se pasará apenas llegue el siguiente partido de Champions.

No podemos anestesiarnos ante esta realidad tozuda y provocadora. Por eso es tan importante el próximo Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes. Hemos de saber escucharlos más allá de estadísticas y tópicos. Hemos de hacer nuestra la mirada del Maestro: “Sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor” (Mc 6, 34). Una mirada solidaria y una acción transformadora que podrán impulsar una realidad nueva con más oportunidades para todos. Un latido apasionado en el corazón de la Iglesia que quiere coger el paso de los jóvenes y acompañarlos al encuentro con el Señor de la Vida.

El día de Reyes

Reyes 3Es el día de Reyes. Como entonces, también hoy me he levantado temprano y he comprobado que sus Majestades de oriente han dejado los regalos en el salón en una noche de ajetreos, lluvia y viento desapacible. ¡No paran los Magos! No hay vendaval que se les resista ni aguacero que desdibuje su paso por nuestros hogares. Algún regalo habrá caído también para mí, digo yo.

No es nostalgia lo que siento. Es un recuerdo vivo y feliz de tantas mañanas de Reyes, al amanecer, corriendo por el largo pasillo de la casa, junto a mi hermano, hacia el salón donde brillaban las luces del árbol de Navidad y donde habíamos dejado los zapatos la noche anterior. Íbamos descalzos y enseguida oíamos el grito de mi madre detrás de nosotros pidiendo que nos pusiéramos las zapatillas porque íbamos a caer malos. Pero nada podía frenar la irresistible fuerza de acercarnos aprisa a ver qué nos habían traído los Reyes. Momentos de ilusión y de fantasía, de ingenuidad y de sencillez, de risas y nervios.

Caminar hacia la luz. Eso he pensado esta mañana cuando he recorrido el pasillo de mi casa hacia el salón ayudando a los Reyes a ordenar los paquetes. Nos hemos hecho adultos hace tiempo y la ilusión de antaño se ha revestido de sobriedad y de un cierto puntito de tristeza cuando palpamos a nuestro alrededor tanta opacidad. Los ojos ingenuos del niño han dejado paso a un realismo con tintes amargos, en ocasiones difícil de asumir. No todo está bien. Hace frio ahí fuera y un viento helado sigue poniéndolo difícil a quien no tiene abrigo y está a la intemperie del desánimo, de la ruptura de su proyecto vital, de la soledad o del abandono, de la escasez de oportunidades, de la falta de recursos… No hace falta ir muy lejos ¡Me encuentro a tantas personas transitando por estos descampados cada día!

Siento que necesitamos seguir la estrella sin distraernos con reclamos engañosos. Caminar hacia la luz. Invitar a los que encontramos por el camino a caminar con nosotros. Hay una luz allá, a lo lejos. El final del pasillo de cuando éramos niños es hoy un horizonte más ancho y más lejano pero tan urgente de alcanzar. La fiesta de los Reyes Magos nos habla de seguir adelante porque la noche no prevalecerá. Amanecerá y habrá un mañana. Una luz nueva en medio del aguacero. Hay razones para la esperanza, un niño al que adorar, un corazón al que escuchar, una mano que tender, una Palabra que ofrecer, un pan que compartir y un fuego que avivar.

Abriremos los regalos y nos echaremos unas risas junto a los nuestros. Hoy es un día para sonreír. Es la tregua en la batalla cotidiana por hacer que la realidad sea un poco mejor para todos. Se apagarán los ecos de la Navidad, sus distorsiones y sus excesos. Y aunque muchos no lo perciban, hay una estrella que sigue brillando y conduciendo nuestros pasos hacia un niño recién nacido que ha cambiado el mundo y la historia llenándolos de luz. Hay que seguir. Epifanía.

El frio del invierno

UnknownCorría el año 1845. Don Bosco y unos cuantos sacerdotes se ocupaban en Turín, desde hacía meses, de un numeroso grupo de jóvenes con los que dieron inicio al catecismo y al propio Oratorio de San Francisco de Sales. Estos primeros momentos del oratorio constituyeron un auténtico éxodo. Tras la apertura del Ospedaletto a principios de agosto, obra benéfica de la Marquesa Barolo, hubo que buscar otro lugar para la acogida de los muchachos al tener que prescindir de los locales usados hasta el momento. El oratorio se hizo itinerante y la incipiente obra vivió un largo peregrinar (San Pietro in Vincoli, Mulini Dora, casa Moretta, prato Filippi) hasta encontrar una sede estable en Valdocco.

Tras haber pasado varios meses en la Iglesia de San Martín, junto a los molinos Dora, el 14 de noviembre se les comunicó que no podrían usar más dicha capilla tras las protestas de la población por las molestias de los muchachos que en sus juegos y correrías no paraban de gritar y armar jaleo.

A la intemperie, el crudo invierno turinés ponía a prueba a Don Bosco y a sus colaboradores. Por primera vez, con más ilusión que posibilidades económicas, se decidió a alquilar tras habitaciones de una casa cercana al Refugio, a un sacerdote llamado G. A. Moretta para el catecismo de sus muchachos. Meses más tarde hará lo mismo con un prado cercano propiedad de los hermanos Filippi.

La estancia en casa Moretta durará de diciembre de 1845 a abril de 1946. De nuevo, las quejas de los inquilinos de la casa por las molestias de los muchachos, provocarán que los dueños no renueven el contrato con Don Bosco y, por consiguiente, se hará necesario un nuevo traslado del oratorio.

Duro invierno el de aquellos meses en los que el frio y la oscuridad no eran sólo ambientales. El número de jóvenes crecía y las necesidades se multiplicaban. De casa en casa, parecía que todas las puertas se cerrasen porque para aquellos jóvenes sucios y desarrapados no había sitio en la posada.

Debe ser el destino de los últimos. De los que no importan a nadie. Fue así hace muchos siglos en un lugar de Judea y sigue ocurriendo en tantas partes del mundo. Los más pobres son molestos y son excluidos del sistema.

En tiempos de crisis y recesión económica, el invierno se hace más duro para los que menos tienen. Las puertas siguen cerradas para los que llaman en mitad de la noche, en la oscuridad de la vida, ateridos por el frio del abandono, la soledad o el sinsentido

Habrá que seguir buscando. Quizás una humilde tettoia, un almacén, un prado… Valdocco. Para que muchos que no tienen hogar – ni futuro hacia el que caminar – encuentren la lumbre encendida y el calor del fuego amigo que les abrigue el alma.

En Valdocco, como en Belén, una luz brilló intensamente para cuantos acogieron el misterio del Dios-con-nosotros que se hace abrazo, acogida, casa, futuro, salvación… en la humildad de un cobertizo porque no había sitio para ellos en la posada. Hoy se hace urgente volver a seguir la estrella.

 

Clérigos e ideologías

UnknownSigo el día a día de la información social y política de nuestro país. No me son ajenas las turbulencias provocadas por la situación de Cataluña – y por ende en el resto de España – e intento separar el polvo de la paja ante tanto ruido mediático. No pretendo tener razón ni crear opinión y solo expreso en estas líneas la perplejidad que me causa la toma de postura de algunos clérigos de la Iglesia catalana ante la diatriba política sobrepasando, en mi opinión, la línea roja de la comunión eclesial y del bien común que hemos prometido no romper al comprometernos a trabajar por la sociedad y en el servicio desinteresado a todo el pueblo de Dios.

Mis argumentos, muy brevemente, son fundamentalmente tres. En primer lugar, soy de los que piensan que las ideologías tienden a tergiversar la realidad y crean un mundo a su medida para quienes las profesan. Instalarse en la ideología es negar la posibilidad de otros puntos de vista en busca de la razón y la verdad. La razón es nuestra – parecen decirnos – y los demás son adversarios a los que combatir y vencer llevando, finalmente, el agua a nuestro molino. Hay ideologías que se revisten de democracia y otras que se quitan la careta sin disimulo emprendiendo una deriva hacia el radicalismo y la exclusión. Sean del signo que sean, las ideologías son miopes. Comparto en este punto el pensamiento de G. Vattimo, filosofo italiano contemporáneo, comprometido social y políticamente desde los postulados de la izquierda revolucionaria que tras una larga trayectoria afirma que las ideologías en nuestra cultura tardo-moderna tienen los días contados. En mi opinión, no le falta razón al filósofo, aunque la modernidad y sus luchas ideológicas se resistan a desaparecer en este tránsito de un paradigma cultural a otro. Creo que la cuestión catalana tiene mucho de moderna y poco de paradigma cultural.

En segundo lugar, considero que el Evangelio está más allá de cualquier ideología. Y lo está sencillamente porque no busca enfrentar ni dividir, sino proponer en libertad un nuevo modo de vivir en el que la única dignidad compartida es la de ser hijos de Dios. La propuesta de Jesús cambia el corazón de la persona y nos libera de cualquier tentación de supremacía, rechazo o segregación por la razón que sea. La tradición cristiana en occidente ha contribuido, de este modo, al avance de las sociedades democráticas y al impulso de conceptos como solidaridad, justicia, fraternidad o derechos humanos. Por otro lado, los intentos históricos de manipular el mensaje de Jesús identificándolo con una causa política – sea del signo que sea – han desembocado siempre en un completo fracaso, liquidando a los adversarios en nombre de una verdad de la que la propia ideología se apoderaba identificándola con la verdad evangélica. Escuchar estos días que el Evangelio justifica el referendum ilegal o la lucha política de un pueblo, que goza de un alto nivel de bienestar en una democracia, totalmente descentralizada, de la Unión Europea, no es más que un ejemplo de cuanto digo.

En tercer lugar, el ministerio ordenado está al servicio de todo el pueblo de Dios, no al servicio de una causa política. Es un servicio de comunión, de encuentro, de búsqueda compartida; y no un ministerio en la defensa de mis convicciones políticas convenientemente justificadas desde la distorsionadora ideología. Hacer uso público de un posicionamiento político en nombre de mi identidad sacerdotal (hay que recordar que el manifiesto firmado estos días en Cataluña se hace desde la pertenencia a la Iglesia) afecta no solamente a la persona sino a toda la comunidad a la que se sirve. ¿O es que el sacerdote solo sirve a los que están posicionados ideológicamente con él? Invocar los derechos del pueblo para justificar la propia postura es negar a la otra mitad que no piensa como él su derecho a ser pueblo. Una decisión pública de este calado vulnera, en mi opinión, la comunión eclesial, fractura la unidad de cualquier institución eclesial y divide a la sociedad.

El pronunciamiento público de un nutrido grupo de clérigos a favor del referéndum ilegal posicionándose ideológicamente es un flaco servicio al bien común, cuando de la Iglesia se esperaría su capacidad de diálogo sin exclusiones, su mediación en la tarea de acercar posturas y su servicio a la causa de la libertad sin demagogias ni supremacías ideológicas.

“No le haga trabajar más de diez horas…”

shutterstock_292962098Me reuní hace unas semanas con un grupo de empresarios. Un buen amigo, empresario también él, me concertó una comida de trabajo con unos colegas directivos de importantes haciendas andaluzas. En el centro de atención de nuestro encuentro, la posibilidad de ofrecer cauces a jóvenes desempleados para una primera experiencia de trabajo. Fue sorprendente para mí la sensibilidad que percibí y el buen ánimo de todos para tender puentes hacia los que más difícil lo tienen para acceder al mercado laboral. Se trataba de dar oportunidades a quienes no las han tenido por barreras socioeconómicas, culturales o familiares.

Don Bosco nos inspira también en el campo de la inserción laboral de jóvenes en situación de riesgo de exclusión social. En la Turín del siglo diecinueve, nuestro padre se dio cuenta de que no bastaba partir el pan de la solidaridad con los más necesitados, sino que era necesario hacer palanca sobre los rígidos cánones pre-industriales y la nueva economía burguesa para propiciar un cambio social. Se trataba, en efecto, de dar más a los que menos tenían y ofrecerles nuevas posibilidades.

La “obra de los Oratorios”, como Don Bosco llamaba a su proyecto, quiso implicar a los jóvenes en su desarrollo personal y en el cambio social en medio de un mundo que nunca presta suficiente atención a los más vulnerables. Sus resultados fueron más que notables en el campo de la educación, la capacitación y la inserción social: mejoró las condiciones laborales de sus chicos, redactó los primeros contratos de trabajo asegurando derechos, se puso a la vanguardia de la formación profesional y, lo más importante, devolvió dignidad y futuro a cientos de jóvenes.

Fue la “otra revolución” ajena a las grandes ideas culturales y económicas que bullían en los países más desarrollados de Europa. Don Bosco impulsó un cambio social y vislumbró otra realidad. En momentos de crisis, la fuerza utópica y la tenacidad de aquel joven sacerdote turinés son un estímulo para creer que otra realidad es posible aún en tiempos, como los nuestros, de cambio de paradigma, de pocas certidumbres y de futuro incierto.

Hoy como ayer, los salesianos estamos llamados a seguir impulsando iniciativas para que los jóvenes con más dificultades encuentren oportunidades para salir adelante dignamente. Nuestra familia ha estado siempre a la vanguardia de la capacitación y la inserción laboral. Más que nunca, nos sentimos urgidos a propiciar un cambio social, sumando voluntades y contribuyendo al bien común, para que los más desprotegidos encuentren el abrigo de la solidaridad y la justicia.