Silencio habitado

SilencioLa nueva película de Scorsese es muy de Scorsese. Naturalmente que no soy un crítico de cine ni pretendo ejercer un oficio para el que no estoy preparado. Pero como amante del buen gusto, de la belleza y de todo lo que huye de la banalidad de las cosas, me parece un trabajo más que meritorio.

La historia es potente y los planteamientos de fondo desnudan el alma del director que, por otra parte, sigue de cerca la novela del mismo título de un autor japonés llamado Shusaku Endo. Scorsese ya se había planteado en otros momentos cuestiones como el silencio de Dios, el sentido del dolor y del sufrimiento, lo inescrutable del corazón humano, el combate de la fe, la lucha entre el espíritu y la carne, la debilidad del ser humano y la fortaleza de la fe. Todas ellas aparecen, de una u otra forma, en la nueva película del director estadounidense.

Aunque – a mi juicio – con exceso de metraje, me parece muy bien trazado el hilo argumental y con un uso magistral del tiempo. En un buen guión y con imágenes de extraordinaria belleza se entrelazan diversos niveles de lectura que van desplegando las cuestiones fundamentales. ¿Dónde está Dios ante el dolor y el sufrimiento de los suyos? ¿Vale la pena sufrir por la fe? ¿Puede la fe conducir – por coherencia ante la adversidad – hasta la misma muerte? ¿Es Dios un tirano que permite el dolor de su propio hijo sin conmoverse ante él? Son interrogantes que me recuerdan a “La última tentación de Cristo” en la que el mismo Jesús parece ceder a la tentación de bajarse de la cruz para evitar un sufrimiento estéril que solo conduce a una muerte tan inevitable como inútil.

De igual manera, en “Silencio”, la ambigüedad del planteamiento conduce a pensar si la renuncia a la fe no es el único camino para evitar el sufrimiento personal y ajeno. Es en la respuesta a este interrogante donde, a mi juicio, la película fracasa teológicamente. En efecto, para Scorsese la salida es la apostasía, incluso justificada por la voz de Cristo que alienta a sus discípulos a pisotear su imagen para escapar del absurdo. El sufrimiento de los inocentes bien vale la renuncia a tu fe si con ella se libera a quienes están a punto de morir por tu causa. El dilema moral lleva al filme a su punto más álgido: el pastor renuncia a su credo por salvar a su pueblo, pero su renuncia escandaliza a los más sencillos que ven con estupor la traición de quien les ha anunciado a Jesús y los ha sostenido hasta entonces. En el fondo, parece que sea la piedad hacia la debilidad humana la que salva y no la muerte redentora de Cristo que entrega la vida por amor.

Aflora en más de un momento el argumento nietzscheano de la debilidad de Cristo (frente al poder y la vitalidad de dionisos) y del cristianismo como una religión para los débiles. Contrasta la fe y la fortaleza de los sencillos (cuestionada al final de la película por Ferreira como superficial y casi pagana) y el planteamiento intelectual del budismo asumido por el propio Ferreira al desmontar al mismo cristianismo después de su apostasía. De nuevo más preguntas que respuestas: ¿Hay fuerza en la debilidad? ¿Es la fe más fuerte que la propia muerte? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento en este valle de lágrimas? No está dicho que la película descifre los interrogantes. Pero es correcta en sus planteamientos y deja abiertos no pocos caminos susceptibles de ser recorridos por los espectadores en el amplio espectro de la pluralidad cultural y religiosa de quienes se acerquen a verla.

En definitiva, una película valiosa y de gran impacto visual y emotivo que plantea cosas serias. Hay que tener valor para afrontar tales temas y hacerlo con acierto. En tiempos de tantas banalidades en el ámbito cinematográfico, se agradece mucho un producto de calidad y que ayuda a pensar. Y eso es ya tanto.

Pasa, quédate…

la foto 3A Yusuf lo encontramos en la calle. No importa cómo ni qué día. Lo cierto es que andaba sin rumbo después de unas semanas perdido desde que lo echaron de la casa de acogida donde había residido el último año. Una casa para chicos de mayoría de edad en la que transitan unos meses antes de que la Administración se desentienda definitivamente de ellos. Carne de cañón. Para colmo, una pelea entre iguales precipitó la salida sin que plantearan otras alternativas. Era la norma disciplinar ante la que parece importar poco qué va a ser del chico. La has hecho, la pagas.

Llamó a nuestra puerta y la tentación fue mirar para otro lado. Dar un rodeo y pasar de largo es siempre el camino más corto. Ya se ocuparán otros. Pero es aquí, en este preciso momento, cuando es necesario pararse para romper inercias, tan enfrascados como estamos en las mil cosas que nos ocupan, convencidos de que ya hacemos lo suficiente.

Me pregunto qué hubiera pasado si Don Bosco, aquella noche del mes de abril de 1847, ante el chaval calado hasta los huesos y aterido de frio que llamó a su casa en mitad de la tormenta, hubiera dado un portazo. Me he imaginado muchas veces qué hubiera sido de nuestra historia salesiana si aquel joven sacerdote hubiera remandado al adolescente que le interpelaba al día siguiente, enfadado por venir a molestarlo a horas intempestivas; o si lo hubiera despedido para que lo atendieran las estructuras de la administración pública (servicios sociales, diríamos hoy); o si se le hubiera ocurrido darle la dirección de las oficinas de la “Mendicidad instruida” (hoy nos acordaríamos de Caritas) donde lo podrían atender martes y jueves por la tarde. ¿Qué hubiera ocurrido? ¿No habría sido bien distinta nuestra historia?

Pero Don Bosco no especuló. No tenía estructuras, no tenía un plan, no tenía dinero. Pero pagó de persona. “Pasa – le dijo, quédate…”. Y se convirtió en puerta abierta, en fuego de hogar, en pan partido. Y más tarde vinieron más, muchos más.

A Yusuf lo encontramos en la calle. Don Bosco nos inspira y nos compromete a no cerrar puertas, a no dar rodeos ante el sufrimiento ajeno, a acoger incondicionalmente, a hacer de nuestras casas nuevos espacios para sostener y alentar la esperanza de los jóvenes más vulnerables. Como siempre ha sido.Veredas nuevas, o acaso las de siempre, cuando nos remontamos rio arriba, hasta el manantial del que brota nuestro cauce cotidiano.

Epifanía

21RSTodavía es de noche cuando comienzo a escribir estas líneas. Aún no ha amanecido este día seis de enero con tantas resonancias en el corazón de nuestro pueblo y en la memoria de nuestra infancia. Lo he pasado muy bien pensando los regalos para los chicos en estos días y preparando todo para la llegada de los Reyes Magos. Disfruto con la madrugada de una jornada en la que inevitablemente evoco la emoción de cuando era niño y me desvelo bien pronto. Como entonces.

Está oscuro ahí fuera. Sé que saldrá el sol en unas horas y me imagino un día esplendente coloreado con las sonrisas de los mas pequeños en calles y plazas. Y sin embargo, echo en falta la luz. Por la persistente y dramática crisis económica que afecta a los más vulnerables y se ceba con los débiles. Por la amenaza de la violencia terrorista, la guerra sin fin, el interminable éxodo de los refugiados, los muros infames, la desoladora travesía de quien busca el paraíso o el drama de la pobreza extrema en la que viven millones de personas en nuestro mundo. Esta es la tiniebla que cubre nuestra tierra.

Luz, más luz. No cambiarán nuestro corazón los excesos de fiestas interminables o el alarde de quién más tiene y engañosamente nos hace creer que es afortunado. No nos alumbra la frivolidad de quien nos vende un mundo maravilloso brindando con cava en transparencias imposibles. No hay señales verdaderas en la pedrería de salón en una noche de evanescencias pasajeras. Necesitamos otras luminarias que orienten y den sentido a este tránsito.

La Epifanía nos recuerda que hay otra estrella. Ésta si, brillante y verdadera. La fiesta de los Reyes Magos nos invita a levantar la mirada porque nos ha visitado el sol que nace de lo alto. Ya no hay oscuridad ni tinieblas que sean definitivas para quien cree en el amor misericordioso de Dios revelado en su Hijo. Esta es la estrella que precede el amanecer y ha roto en dos la opacidad de la noche rasgando la historia para que la luz nos habite.

Como cuando éramos pequeños, necesitamos recuperar la mirada ilusionada de la noche de Reyes. Entonces porque los Magos de Oriente nos dejarían el regalo más deseado. Ahora porque la luz que viene de lo alto es más potente que cualquier oscuridad y el nuevo día nos habla de esperanza. Hemos visto su estrella y seguiremos buscando la luz, como aquellos sabios de antaño, procurando no equivocar las señales.

Seguimos en la brega. Amanece. El día se presenta cálido y amable en estas tierras del sur. Habrá regalos en el salón y nos reiremos compartiendo la alegría de la fiesta y el gozo de estar juntos. Mientras, no perderemos de vista la estrella porque no queremos perder el camino. Luz, más luz.

 

¿Quién dijo que todo está perdido?

 

images“Os doy una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales…” (Lc 2, 12)

¿Quién dijo que todo está perdido? Queda intacto el corazón; y aunque al mundo le duelen las entrañas, es allí donde habita Dios-nuestra-justicia y con una luz nueva matiza la desolación y el dolor haciendo nacer la esperanza.

¿Quién dijo que todo está perdido? Late aún con fuerza el corazón; y aunque hay lágrimas en los ojos, es Dios-el-príncipe-de-la-paz que hace salir el sol sobre buenos y malos, el que arrancará en algún momento la cizaña separando el trigo maltratado, para amasar el pan blanco y tierno de la justicia para todos.

¿Quién dijo que todo está perdido? Sigue amando intensamente el corazón; y aunque se hace duro el camino, Dios-con-nosotros que coge el paso de la historia, es quien nos señala el único camino para ser felices: amar sin condiciones, amar hasta el extremo, amar hasta el dolor de un abrazo desmedido.

¿Quién dijo que todo está perdido? Todavía abriga la vida el corazón; y aunque hace frio ahí fuera, Dios-que-nos-lleva-como-en-alas-de-águila nos tiene tatuados en la palma de su mano y nos susurra que el mal no prevalecerá porque la última palabra la tiene la verdad.

¿Quién dijo que todo está perdido? Es momento de poner en juego el corazón; y aunque a veces la realidad es obscena, Dios-hombre-para-los-demás, que en Jesús de Nazaret ha abierto sendas de liberación, ha vencido a la oscuridad y a la muerte y nos asegura que el futuro es Cristo.

¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.

 

(Parafraseando a Fito Páez)

La tarde de la nochebuena

nacimiento-jesúsNo puedo evitar que un sentimiento de nostalgia me invada cada año la tarde de la Nochebuena. No sé describir muy bien lo que siento. Pero el recuerdo de tantas personas importantes en tu vida, de los momentos compartidos y el calor de los tuyos se hacen sentir más intensamente en días como hoy en los que el tiempo parece pararse un instante.

La tarde de la nochebuena me evoca siempre la lumbre en la casa de los abuelos, el bullicio de gente arremolinada en torno a los fogones o a una bandeja de polvorones con una copita de aguardiente ofrecida a todo el que pasaba a desear felices pascuas. Hace tiempo que sucedió. Pero no dejo de pensar cada año en las navidades de mi infancia. Las recuerdo con muchos matices que hoy saben de familiaridad, de alegría y de fiesta, de serenidad y del gusto por estar juntos.

La cena era fugaz porque había que ir a la misa del Gallo. Formaba parte del ritual y allá andábamos calle abajo, cogidos de la mano de mi madre, hacia la plaza de la Iglesia para participar del oficio. Éramos niños y no creo que llegáramos a plantearnos muchas cosas, pero era un día importante porque Jesús nacía. Lo sabíamos y nos sentíamos felices.

Luego llegaban los villancicos y la fascinación del cante. Siempre había quien se arrancaba por bulerías o por fandangos. Mi padre, que siempre cantó muy buen flamenco, tenía su pellizco en la garganta y nos removía las entrañas. Hasta bien entrada la noche, los niños aguantábamos entre turrones y mantecados jugueteando con los primos hasta que el sueño nos vencía y nos arrullábamos en cualquier sillón. Era un placer despertarnos fugazmente cuando, más tarde, papá nos llevaba en brazos a la cama.

Todos estos recuerdos forman parte del paisaje de mi infancia. Fui un niño feliz en una familia feliz. Muchos años más tarde, pasados los cincuenta, sigo buscando la mirada limpia del niño que fui y la inexplicable emoción que me producían aquellas fiestas familiares.

Ha cambiado la escena. Sigo celebrando la Navidad en familia y con la serenidad de una noche donde parecen desaparecer las preocupaciones y los mejores sentimientos brotan de tu corazón. Recuerdas a los tuyos que están lejos, evocas a cuantos han quedado en el camino y sonríes a la vida que te regala personas a las que querer y por las que desvelarte cada día. Hoy mi día a día está lleno de nombres y rostros por los que des-vivirme en una necesaria deconstrucción cotidiana. Soy afortunado.

No creo en eso que llaman la magia de la Navidad. Me parece una cursilería. Creo en el realismo de un Dios que se ha acercado al ser humano y que ha cogido el paso de la historia para iluminar los senderos oscuros por los que transita tanta gente. Actualizar el misterio de la encarnación es no olvidar que los pequeños y los pobres son la carne de Cristo que nace.

Hoy es Nochebuena y me sigue latiendo el corazón y se aviva en mí la emoción de un Dios cuya grandeza es hacerse pequeño. Es su luz la que me habita dentro y por la que sigo caminando cuando me alumbra la sed.

Como cuando era pequeño, hoy me emocionaré cantando villancicos y sentiré un pellizco en el estómago cuando celebre la Misa del Gallo. Ya no es solo el paisaje de mi infancia, es el ritual que cada año renueva en mí la confianza en que las promesas se han hecho realidad en Jesús, Dios-con-nosotros, El-Señor-nuestra-justicia. ¡Feliz Navidad!

Carne de Dios

images18 de diciembre, Día Internacional del Migrante

Cercanos a la navidad de hace un par de años, nos erizaron la piel las imágenes que han dieron la vuelta al mundo y que publicó la RAI 2 en su telediario de mediodía, mostrando el trato inhumano dado a los inmigrantes del centro de acogida de Lampedusa. Una vez más Lampedusa. Lampedusa como icono de la infamia y la indecencia de un mundo rico que deja al aire sus vergüenzas cuando pisotea los derechos fundamentales de las personas: en el patio, al aire libre y con temperaturas invernales, cuerpos desnudos a la vista de todos fumigados literalmente para combatir la sarna. Vacunados como ganado. Humillante. Indecente. Vergonzoso. Khalid, testigo cotidiano de cuanto sucede, va repitiendo al grabar las imágenes con su teléfono móvil: “como animales, nos tratan como animales”. Es un grito angustioso de denuncia y de decepción ante un espectáculo que recuerda, sin miramientos, a los campos de concentración de otras historias y otras épocas. Vallas ignominiosas que bloquean los sueños, cuchillas que laceran la piel, cuerpos desnudos despojados de dignidad o personas que huyen desesperadas de la guerra… ¿No son acaso la misma tragedia?

Esta cuarta semana de Adviento nos prepara a la fiesta cristiana de la Encarnación. La liturgia que celebraremos estos días nos recordará el realismo de un Dios que se hace uno de nosotros para abrir sendas de liberación en nuestro mundo. Los seguidores del Maestro no podemos perdernos en sensibilidades y nostalgias de un tiempo acaramelado a fuerza de una rutinaria fiesta social. Por el contrario, queremos mirar con ojos nuevos la realidad para descubrir la “carne de Cristo” en la piel lacerada de nuestros hermanos y hermanas que son machacados por la injusticia, la soledad o el abandono.

Vivir y creer la Encarnación, celebrar la Navidad, es hacer nuestro corazón más solidario; es no mirar para otro lado; es asumir la carne de Dios-con-nosotros en la debilidad de las vidas maltrechas de las personas que encontramos por el camino; es creer, contra todo, que el futuro es de Dios-nuestra-justicia y que podemos adelantarlo en el hoy de nuestra historia.

Celebraremos estos días con la impotencia que experimentamos ante un mundo que vomita la carne de Dios que son los pequeños y empobrecidos. Los cristianos seguiremos elevando nuestra plegaria para que “los cielos lluevan al justo”, para que la tierra se abra y surja un mundo nuevo, diferente, que hemos de hacer posible con el esfuerzo de los hombres y mujeres de buena voluntad. Cantaremos “Gloria a Dios en las alturas” y nuestra mente y nuestro corazón aquí abajo estarán pendientes del suelo, de las fronteras, de las vallas y cuchillas que impiden que, de veras, “la gloria de Dios sea que el hombre viva” (San Ireneo). Feliz Navidad.

Adventus

AdventusTras la Segunda Mundial, con Europa arrasada por el dolor y la muerte, los filósofos de la Escuela de Frankfurt intentaron pensar la realidad desde la esperanza y el compromiso por construir un mundo mejor. Tras la desolación y la falta de sentido, era necesario levantar la mirada y tratar de encontrar motivos por los que valiera la pena seguir adelante. La pregunta clave que algunos se hicieron, desde el sufrimiento y las víctimas de tanta barbarie, fue esta: ¿Quién hará justicia a los vencidos de la historia?

La cuestión es desgarradora en todo tiempo. El mundo está sembrado de cadáveres. La oscuridad y las sombras de muerte acechan y han dejado a desposeídos y fracasados inocentes en la cuneta del devenir humano. La historia está escrita con la sonrisa sarcástica de los poderosos y la sangre derramada de los pobres y olvidados a los que nadie reivindicará jamás. Es insoportable el triunfalismo de los vencedores y el rictus resignado de los más débiles. Definitivamente, la razón humana ha enloquecido y el tiempo que vivimos se ha agotado. Es necesario, decía el filósofo, un tiempo nuevo en el que comprometer más seriamente la esperanza y aventar las expectativas de un mundo que pueda hacer justicia a los que cayeron sin haber vivido.

Siempre me fascinó la reflexión filosófica nacida en Centro Europa en los cincuenta. Tiene mucho de verdad y de subversión. Es un grito de rebeldía ante el agotamiento de un mundo que ha perdido la razón. Probablemente porque la razón se había pervertido con la ensoñación de un progreso ilimitado que, sin el correctivo de una ética humanizadora, se vuelve contra el propio hombre y lo engulle. Saturno devorando a su hijo. Por eso, en este final de la modernidad, el pensamiento se hace más humilde y deja espacio a la búsqueda, al compromiso transformador. Nace una nueva historia, al final de la historia, escrita con los pequeños relatos que hacen memoria de los vencidos, que reivindican una justicia amasada con las manos y el corazón de quienes le dan la vuelta a la realidad desde el anonimato y reivindican – con su trabajo y su esfuerzo – una vida más digna.

Pero el acontecer de la vida no es solo un compromiso voluntarista por hacer emerger un mundo más justo. Para los cristianos, la historia no es solo futurus. El mañana no depende exclusivamente de los esfuerzos humanos para transformar la realidad. Para los seguidores del Maestro, la historia es también adventus. Dios sale a nuestro encuentro. Dios viene, viene siempre. Y vendrá. Dios en nuestra carne, Dios-con-nosotros, Dios-nuestra-justicia se ha hecho historia compartiendo indigencia, marginalidad y muerte. La Encarnación ha partido en dos la historia haciendo del devenir humano un acontecimiento de salvación. Jesús de Nazaret, Verbo encarnado, sanó heridas y abrazó a los caídos, buscó a los que estaban en descampado y sentó a la mesa a los condenados de los hombres. Pagó de persona su osadía y crucificó el pecado haciendo brotar de su costado abierto una esperanza cierta. Para todos los que nos hemos sentido llamar amigo y no siervos, allí donde el horizonte recorta una cruz al atardecer uniendo cielo y tierra, el amor es digno de ser creído.

Y hemos creído que Dios resucitó a Jesús de la muerte. Desde aquel acontecimiento que supera los límites del espacio y el tiempo, Dios continua viniendo a nuestro encuentro. Hoy sabemos que vendrá. Su presencia es adventus que transformará definitivamente el futurus que adelantamos con nuestro compromiso liberador. El mundo gime con los dolores del parto y seguimos por el camino abriendo prisiones injustas y ayudando a sanar heridas, pero anhelamos el encuentro. En este abrazo, Dios hará justicia a los vencidos de la historia y surgirá una creación nueva que nuestra sed alumbra ya en cada recodo del camino.

Las lámparas encendidas

imagesEsta primera semana del tiempo de Adviento nos invita a estar vigilantes. Como el vigía otea el horizonte, los seguidores del Maestro levantamos la mirada para descubrir, allá a lo lejos, al Señor que viene a nuestro encuentro. Lo hizo una vez, hace más de dos mil años, naciendo en nuestra carne y volverá para recapitular todas las cosas y abrazarnos definitivamente en Dios. Entonces veremos cara a cara y no habrá más mentira ni dolor. Los cristianos mantenemos viva la esperanza del encuentro. Por eso hoy la Palabra nos pide encender las lámparas y estar dispuestos para abrir la puerta apenas llegue y llame.

Pero la esperanza no nos mantiene con los brazos cruzados. Por el contrario, vamos adelante arremangados y bien implicados en la realidad que nos rodea. Jesús, hombre-para-los-demás, nos enseñó tras la primera Navidad, cómo vivir según el corazón de Dios: pasando por la vida haciendo el bien, sanando heridas y liberando de todo lo que impide a las personas vivir con la dignidad de hijos de Dios; alentando la esperanza de quienes la han perdido en algún recodo del camino; abriendo las prisiones injustas. Mantenemos la lámpara de nuestra vida encendida porque queremos custodiar el don recibido y la Palabra de Jesús puede iluminar también el sendero de quienes caminan a nuestro lado. Por eso nos empeñamos en ser una pequeña luz, en medio de la opacidad de la vida, que brilla humilde y audaz aún cuando sopla viento del norte.

Dios viene. Viene siempre. Pasa a nuestro lado y busca sentarse a la mesa con nosotros. Y acomoda a nuestro lado a todos los excluidos del banquete. Son sus preferidos, los que habitualmente solo comen las migajas que caen de la mesa del señor. Por eso prepara para ellos una mesa abundante y nos pide que hagamos sitio para los más pequeños. Son los caminos que hay que enderezar y los descampados que hay habitar. Dadles vosotros de comer, nos hemos sentido decir.

Esta primera semana de Adviento nos invita a levantarnos, a dejar atrás despistes y medianías, a salir de nuestra comodidad y disponerlo todo para no perdernos la oportunidad de acogerlo. En la luz de nuestro corazón, en la limpieza de nuestra mirada, en la Palabra proclamada y acogida, en los hermanos a los que servimos, en los empobrecidos… Dios nos viene al encuentro.

Nada nuevo

la_crisis_bertolt_brecht_hermanos_del_templo1Es una de esas frases cortas que dan mucho juego. Cuando la utilizas con un rictus de desagrado en el labio estás, implícitamente, descalificando el discurso de tu adversario o simplemente ninguneando las ideas de tu interlocutor. En no pocas ocasiones, es expresión de una pereza intelectual que ni siquiera se detiene a valorar lo que las ideas de otro pueden aportar.

Nos sucede mucho en el ámbito eclesiástico y – en general – en la vida religiosa. Cuando nos acercamos a un texto o escuchamos una conferencia, la tentación es exclamar: “Bueno, bien, pero nada nuevo…”. Hay veces en las que manifiestamente las repeticiones, la falta de discurso o los cuatro lugares comunes te construyen una reflexión con apariencia de profundidad en un santiamén. Pero no siempre es así. Me refiero a cuando las cosas están pensadas, ponderadas y expresadas desde un análisis riguroso de la situación o desde propuestas bien articuladas como caminos ante las dificultades o desafíos. El problema es que – en ocasiones – no queremos ver la novedad cuando se trata de salir de la mediocridad o de alterar el status quo y alegamos que no hay “nada nuevo” en ciertos discursos reformistas para alejar cualquier tentación de asumir con decisión determinados compromisos. A veces la “novedad” que vamos buscando es, precisamente, que no hay novedad; que hay caminos ya trazados, pero que hay que transitarlos.

En estos días me hablaban de “innovar” en la vida religiosa. Me pareció una expresión estimulante y me dio que pensar. Pero puestos a innovar, me doy cuenta de que de lo que se trata es de recuperar lo esencial de nuestra vida, de renovar nuestro modo de vivir, de darle un impulso a nuestro estilo evangélico en el día a día, de impulsar procesos reales de conversión y cambio… La “innovación” en este caso es volver a lo más genuino, abandonar los caminos que nos conducen a la comodidad o al conformismo, romper dinámicas grises y alejarnos de triunfalismos estériles. No hay mayor innovación en este momento que la fidelidad sine glossa al Evangelio y al estilo y la propuesta de Jesús de Nazaret.

Nada nuevo bajo el sol. Tan viejo como la Escritura. Pero aquí está, precisamente, la fuerza de la renovación. Nos está ocurriendo en el momento eclesial que vivimos. Lo extraordinario de las reformas de Francisco es que nos piden una vuelta al Evangelio, a lo sencillo de una vida más simple, alejada de la tentación del poder, sostenida únicamente por el deseo de servir incondicionalmente a los empobrecidos y a los que menos oportunidades han tenido en sus vidas maltrechas. La grandeza y el irresistible liderazgo del Papa están en que no hay postureo ni se le ven imposturas. Puede que no haya nada nuevo (doctrinal) en su discurso, pero la novedad está en la frescura del Evangelio y en la luminosidad de la palabra sencilla y creíble.

La invitación a que nuestras comunidades tengan “olor a Evangelio” marca un camino ya trazado. La novedad está en recuperar existencialmente el sendero, dejar atrás todo el polvo que se nos ha pegado en la suela de nuestros zapatos y limpiar los recovecos del alma donde se han alojado una mortecina mediocridad y el gris de una acomodada resignación.

Una fraternidad palpable, vivir con menos bienes, tomarnos en serio el servicio incondicional a los hermanos y a los que viven en dificultad, romper nuestras clausuras de dentro y de fuera, acoger y bendecir, acompañar dos millas al que me pide estar con él solo una, dar más allá de las expectativas sin esperar un retorno interesado, perdonar sin condiciones, hacer de la bondad y la amabilidad un estilo de vida… Nada nuevo. Solo hemos de darle un vuelco a nuestro modo de mirar la realidad y quién sabe si superar autocomplacencias para decirnos que es hora de despertarnos del sueño.

Matices

AfricaNo sé que me ocurre cuando piso esta tierra. No tengo el diagnóstico de lo que me pasa, pero lo cierto es que el alma se ensancha y la respiración se hace más pausada ante este relentizarse del tiempo y la brisa fresca de la estación de lluvias que hace más sensible la piel que acaricia. Llevo una semana en Camerún y siento de otra manera.

He pensado estos días que quizás se trate del frescor del que disfruto proviniendo de la calurosa Sevilla. O puede que me cautive sin remedio la variedad cromática que inunda los sentidos al penetrar en la exuberancia de la naturaleza que me envuelve. He llegado a creer que me trastoca el sentido la variedad de sensaciones del paladar al compartir la cocina autóctona. Pero creo que, finalmente, no se trata de nada de esto.

Más bien quiero pensar que es cuestión de matices. Si, no hay nada de épico en mis incursiones africanas de estos últimos años. Probablemente tampoco de poético. Togo, Benín, Camerún… Sigo empeñado en proyectos de formación y cooperación internacional, pero hace tiempo que dejé de idealizar mis andanzas como si de mi dependiera salvar el mundo. Ahora solo siento que se me renueva la vida, que respiro mejor, que se me abren los poros de la piel y percibo de otra manera mi yo y mis circunstancias. No tengo molinos de viento con los que combatir ni aventuras que contar a nadie. Quizás por eso estoy más atento a los matices.

Disfruto más del verdor del paisaje y de la inmediatez del encuentro. Me sale más fácilmente la sonrisa franca y creo que me brillan un poco más los ojos. No ando preocupado por lo que tengo que decir y valoro más la conversación espontánea de quien comparte con sencillez sus historias y sus sueños. Hago lo que puedo y no me inquieta no estar a la altura. Hoy se ha venido abajo internet y no me he puesto nervioso. Matices, es cuestión de matices.

Me viene bien aterrizar por aquí, aunque sea después de muchas horas esperando la conexión en cualquier aeropuerto o de no pegar ojo en vuelos interminables (es lo que tienen los billetes baratos). África me revitaliza y me reconcilia conmigo mismo. La simplicidad de la vida y de sus gentes, la capacidad de acogida y la dignidad de un pueblo que se aferra al anhelo de felicidad malgré tout son lecciones que jamás aprenderé del todo. Pero mientras, cuando tras una semana vuelva a Europa, sabré que sigo caminando con la energía que me transmite una tierra llena de matices y que me enseña a no dibujar la realidad cotidiana a grandes trazos, con grises, con prisas, con descuido. Quizás esta vez no se me olvide enseguida.