Resaca

2020Con la cadencia inquebrantable del correr del tiempo, los calendarios nos señalan el inicio de un nuevo año. Las fiestas, las uvas y las exuberantes transparencias de las campanadas han marcado para muchos – como el año pasado y el anterior y el anterior – el compás de un ritual retratado efímeramente en instagram en forma de sonrisa rodeada de rostros cansados al amanecer.

Nos deseamos todos feliz año nuevo con ridículas pelucas y gafas de plástico. Los buenos deseos afloran con facilidad y los anhelos de que las cosas nos vayan bien son compartidos con las personas que nos importan. Parece, por unas horas, que todo va a cambiar en el lapso de tiempo que va de la medianoche a la última copa al amanecer.

Pero, en realidad, a poco que nos paremos, hoy es igual que ayer. Comenzamos el nuevo año como lo terminamos. Pasada la resaca de las cenas interminables y los  brindis al sol con cava brut nature, volvemos a la realidad de los problemas cotidianos, las dificultades que afrontar y los desafíos que acometer. Está bien disfrutar con los tuyos y desmelenarte una noche expulsando los demonios de tus agobios y preocupaciones, pero la vuelta a la realidad es inevitable. Muchos lo hacen en forma de propósitos imposibles que duran lo que el hielo en el vaso de güisqui, otros se conforman con seguir tirando como se puede.

No quiero parecer pesimista. Soy de los que disfrutan en nochevieja con la familia y los amigos. Pero me sublevan la inconsciencia y el despelote de una noche que solo acabará con resaca y dolor de cabeza cuando la realidad reclamaría algo más que lo escrito en un guión obligado porque comienza un nuevo año. ¿Y qué? ¿Acaso hoy es diferente de ayer?

Creo que marcarnos etapas y hacerlo con el ritmo que marca un nuevo año es una buena ocasión para tomarnos el pulso y revisar el camino andado. Caer en la cuenta de las inercias que nos frenan y de los recovecos en la piel de nuestra alma nos hacen ser más conscientes de todo lo que nos queda por andar en este camino interminable de reconocernos a nosotros mismos como personas logradas. Los manidos propósitos de volver al gimnasio o aprender inglés deberían dejar paso a los verdaderos retos personales asumidos con realismo y constancia.

Decirnos feliz año nuevo es algo más que un mantra repetido en estos primeros días de enero a todo aquel que encuentras en el ascensor o en el portal de tu casa. Desear un buen año no es tentar a la suerte o dejarnos caer en los brazos del caprichoso azar para ver si los dados nos son propicios. Es desear que Dios ilumine su rostro sobre ti y te dé la paz, que bendiga tus pasos y que tu vivir bendiga su nombre. Solo así, más allá de rituales con las uvas de la suerte y las campanadas de un reloj, nuestra vida puede marcar otros ritmos que no acaben en una mañana resacosa, en la decepción de despertarnos a mediodía comprobando que hoy es igual que ayer o en la resignación de que tampoco este año te funcionará la dieta que empezarte el primero de enero.

Estoy seguro de que el 2020 sea mejor o peor que el año pasado no depende de la combinación de los astros o del caprichoso destino. Depende, sobre todo, de la capacidad de cada uno de nosotros de caminar en la luz; de la resiliencia frente a la adversidad; de la honestidad con la que vivamos la vida; de la tenacidad con la que afrontemos los desafíos; de la confianza en nuestras posibilidades o del compromiso con el que querer darle la vuelta a la realidad.

Yo, a decir verdad, no espero que me toque la lotería o el cupón (aunque no estaría mal), pero anhelo con todas mis fuerzas que las cosas sean un poco mejor para todos. Ufff, tengo resaca mental. Quizás será que este año no acompasé bien las uvas de la suerte con las campanadas de la Puerta del Sol.

Feliz Navidad

Felicitación3Quiero, en este día santo entonar mi mejor canción, una melodía de esperanza, porque nuestro Dios se ha hecho uno de nosotros. En la noche de los tiempos, con todos los hombres comprometidos en hacer realidad en nuestro mundo el sueño de Dios, quiero cantar a los cuatro vientos ¡gloria a Dios!

Si, porque en este día santo celebramos que Dios ha cogido nuestro paso y se ha hecho historia, haciendo de ella salvación. Es tiempo para el optimismo y el gozo porque todos los anhelos que el hombre alberga en su corazón desde antiguo se han visto colmados en el niño que nos ha nacido. Un signo se nos ha dado, amor de Dios, maravilla de consejero, príncipe de la paz… Dios en nuestro suelo, Dios en nuestro cielo: el que hacemos posible en cada gesto de ternura, de cercanía, de cariño,  en cada mano tendida y abierta, generosa y desbordante para el que nada espera y nada tiene más que a Dios, su Dios, nuestro Dios.

Dios-con-nosotros, el-Señor-nuestra-justicia, ha abierto las prisiones injustas y un vado por las aguas caudalosas de la insolidaridad, la guerra, la soledad o el sin sentido. Un camino hacia una tierra que mana leche y miel: una tierra nueva, una tierra diferente, la de los hombres que buscan plenitud, la de los hombres que anhelan una realidad diferente, la de los hombres y mujeres que con su esfuerzo y su entrega hacen posible que nadie quede excluido del banquete porque todos están invitados a la fiesta.

Tiempo para la promesa y el futuro de Dios, que abre siempre el mar en la historia de los hombres para dejar atrás la orilla de la desesperanza y la oscuridad y caminar hacia orillas de justicia y de luz. Tiempo para gritar nuestros anhelos de paz. Nuestro no a todo género de violencia; nuestro rechazo a la guerra, al terror, a la falta de libertad, a la manipulación de los más poderosos, al abuso de los más débiles o a la negación de la vida en cualquiera de sus etapas.

Tiempo para la cercanía y la solidaridad con los más necesitados, con los últimos, con los que viven al margen… con los que a nadie importan, con los inmigrantes que arriesgan sus vidas en el mar y abandonan su hogar buscando un mañana mejor, con los niños abandonados, con los jóvenes en claro riesgo de exclusión social, con los menores a los que la vida les ha negado el cariño y el calor de una familia, con las mujeres maltratadas, con los que anhelan un mañana mejor… Este día es para ellos, porque llevan en sus corazones la impronta de Dios, la impronta del amor. Y ya nada puede ser igual.

Gloria a Dios en el cielo, y gloria a Dios en nuestro suelo, en nuestra historia, Dios con nosotros, entrañable y cercano, solidario y amigo… Gloria a Dios en nuestro suelo y gloria y paz a todos los que – con corazón generoso – siguen anunciando con su vida el mensaje salvador de Dios, la bondad, la ternura y la paz de un niño recién nacido.

A los hombres de buena voluntad, a los que esperan que mañana sea mejor para todos ¡Feliz Navidad! ¡Dios está con nosotros!

Carne De Dios en nuestro suelo

_110218429_gettyimages-1185606365-2Cuando estamos ya cerca de la celebración de la Navidad, me siguen erizando la piel  las imágenes de pateras naufragadas, rescates de cuerpos a la deriva en el mar o los rostros congelados y desconcertados de niños y adultos en los campos de refugiados.  “Me quiero morir”, exclama un niño de 7 u 8 años en el campamento de Moria, en la isla griega de Lesbos. La periodista que cubre el reportaje se estremece. No es para menos. Más de 18.000 personas malviven en este campamento pensado inicialmente para 2000 personas. Lesbos como icono de la infamia y la indecencia de un mundo rico que deja al aire sus vergüenzas cuando pisotea los derechos fundamentales de las personas: a la intemperie, con temperaturas invernales, carentes de todo, a la espera de que el mundo les de una oportunidad. Indecente. Vergonzoso. “Me quiero morir…”. Es un grito angustioso de denuncia y de decepción ante un mundo que prefiere otras seguridades.

Vallas ignominiosas que bloquean los sueños, cuchillas que laceran la piel o cuerpos desnudos despojados de dignidad ¿No son acaso la misma tragedia? Es el mismo dolor que experimenté al escuchar, hace unos días, cómo se humillaba públicamente delante de mi casa a un joven magrebí que busca salir adelante decentemente, con tanto esfuerzo, en nuestra Europa opulenta, gritándole “¡Vete de aquí! ¡Vuelve a tu país! No te queremos aquí”. Y quien aullaba hacía alarde de poderío institucional y exhibía impúdicamente su condición de eclesiástico. Pobre hombre. Sonrojante. Vergonzante. Indignante. Un pecado de odio y racismo. Un delito de lesa humanidad. Muy mal debemos andar si seguimos comulgando (nunca mejor dicho) con ruedas de molino y miramos para otro lado.

Esta cuarta semana de Adviento nos prepara a la fiesta cristiana de la Encarnación. La liturgia que celebraremos estos días nos recordará el realismo de un Dios que se hace uno de nosotros para abrir sendas de liberación en nuestro mundo. Los seguidores del Maestro no podemos perdernos en sensibilidades y nostalgias de un tiempo acaramelado a fuerza de una rutinaria fiesta social. Por el contrario, queremos mirar con ojos nuevos la realidad para descubrir la “carne de Cristo” en la piel lacerada de nuestros hermanos y hermanas que son machacados por la injusticia, la soledad, el abandono o la indiferencia.

Vivir y creer la Encarnación, celebrar la Navidad, es hacer nuestro corazón más solidario; es no mirar para otro lado; es acoger y abrazar; es asumir la carne de Dios-con-nosotros en la debilidad de las vidas maltrechas de las personas que encontramos por el camino; es creer, contra todo, que el futuro es de Dios-nuestra-justicia y que podemos adelantarlo en el hoy de nuestra historia.

Celebraré estos días con la impotencia que experimento ante un mundo que vomita la carne de Dios que son los pequeños y empobrecidos. Los cristianos seguiremos elevando nuestra plegaria para que “los cielos lluevan al justo”, para que la tierra se abra y surja un mundo nuevo, diferente, que hemos de hacer posible con el esfuerzo de los hombre y mujeres de buena voluntad. Cantaremos “Gloria a Dios en las alturas” y nuestra mente y nuestro corazón aquí abajo estarán pendientes del suelo, de las fronteras, de los campos de refugiados, de los gritos y de las filacterias de quienes esconden sus miserias bajo el manto de la sinrazón vociferante,  de la indiferencia y del odio, de las vallas y cuchillas (no solo en Ceuta o Melilla) que impiden que, de veras, “la gloria de Dios sea que el hombre viva” (San Ireneo). Feliz Navidad.

Una luz les brilló

Vela 2Me contaba mi hermano Vaclav Klement, salesiano misionero y buen conocedor de la cultura oriental, que en chino mandarín, la palabra y el concepto de la “luz” se expresa con la idea de un hombre portando fuego en la espalda. Es una intuición enormemente sugerente que me ha ayudado a pensar en estos días de adviento y que puede introducirnos a la tercera semana de este tiempo de esperanza y compromiso transformador.

La pregunta clave en esta tercera etapa del camino será ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? Es el interrogante que los enviados de Juan el Bautista – encarcelado por Herodes – hacen a Jesús al comienzo de su predicación. La respuesta del Maestro no se hace esperar. Les invita a descifrar los signos que ven a su alrededor: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen y a los pobres se les anuncia una buena noticia liberadora. Son los signos del Reino que ya está presente entre nosotros. Jesús es el Reino. Él es quien tenía que venir. El esperado de los tiempos. El Mesías de Dios, la luz que vino al mundo y muchos no reconocieron.

En esta semana, avanzando en nuestro camino de Adviento, estamos invitados a preguntarnos en primera persona: Y yo, ¿sé reconocer a Jesús el Cristo en al camino que vivo y comparto cada día? ¿Descubro a Dios-con-nosotros en mis hermanos, en los pobres, en la comunidad, en la Palabra, en la Eucaristía? Quizás tengamos que abrir más los ojos y disponer mejor el corazón  ¿no os parece?

Pero hay una pregunta que nos lleva aún más allá: ¿Soy yo un signo creíble del que ha de venir o tendrán que esperar a otro? Los cristianos somos hoy signos de la Luz. Como en la cultura china, si queremos alumbrar hemos de quemarnos, llevar fuego en nuestro corazón, de modo que muchos a nuestro alrededor puedan descubrir que también nosotros somos precursores de Cristo el Señor, palabra suya pronunciada en su nombre, una pequeña lámpara que arde y se consume para indicar a todos que Dios está de nuestra parte y es misericordia y ternura para con nosotros.

En estos días, cercanos a la Navidad, pidamos que se abran los cielos y lluevan al Justo. Que Aquel que ha venido a poner fuego en la entraña de la tierra, avive también nuestra llama en este tiempo de gracia y liberación. ¡Buena semana!

Para Dios no hay nada imposible

ImposibleHace ya bastante tiempo que leí la estupenda obra del norteamericano P. Berger titulada “Rumor de ángeles”. Siempre recordaré la sugerente imagen que al autor utiliza para expresar la Presencia de Dios en nuestro mundo, a veces tan opaco. Un niño pequeño duerme en su habitación y sueña una horrible pesadilla. El miedo le hace despertarsobresaltado en mitad de la noche con un llanto inconsolable. La oscuridad y la soledad le acentúan aún más la sensación de estar perdido. En una habitación cercana la mamá escucha enseguida los gritos del pequeño y levantándose rápidamente corre por el pasillo hasta el cuarto del hijo. Entrando, enciende la luz y lo coge de la cama acurrucándole en su pecho y besándolo insistentemente. Le susurra con voz suave al oído: “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. Y el niño, en el regazo de su madre, con el calor de sus besos y la calidez de su voz deja poco a poco de llorar, se tranquiliza y vuelve a conciliar el sueño mientras se siente acunado.“Tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”.

Esta pequeña historia nos ayuda a adentrarnos en esta segunda semana de Adviento. En ella, la figura de María de Nazaret le da una tonalidad especial a este tiempo de esperanza y confianza en las promesas de Dios. La Madre de Jesús, cuya fiesta celebramos este domingo, es la mujer de la Palabra. Creyente entre creyentes, María confía en el proyecto salvador de Dios. Se identifica tanto con la Palabra que la hace carne de su carne y la da a luz. Por eso la figura de María es tan central en el Adviento, porque en ella Dios viene a nuestro encuentro y se hace carne de nuestra carne, historia de nuestra historia, uno de nosotros. María Inmaculada es anticipo de lo que será. Como ella, también nosotros seremos transparencia de Dios. Como ella, caminamos en esperanza, haciendo nuestra la Palabra cada día para poder “darla a luz”, anunciarla con alegría a cuantos comparten con nosotros el camino.

María, rostro materno de la Iglesia, intercede por los discípulos de su Hijo. Ella nos sostiene y nos alienta en la esperanza. Nos recuerda la ternura de Dios que la envuelve con su gracia y que, en mitad de la noche, nos abraza contra su pecho susurrándonos al oído, “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. En medio de las dificultades de la vida cotidiana (¿quién no las tiene?), contemplando a María sabemos que “para Dios no hay nada imposible”.

El Adviento es el tiempo de lo imposible. En esta semana, acompañados por la Madre de Jesús, los seguidores de su Hijo queremos ser rostro materno para los que están a nuestro lado, hombre y mujeres de la Palabra que – como el profeta Isaías nos recuerda en estos días – levantamos la mirada y avanzamos con la esperanza cierta de la luz que ya brilla en la noche de la historia. Buena semana.

Solo le faltaba la voz

En 1929, Don Juan Bautista Francesia, salesiano poeta, escritor y conocedor como nadie de los orígenes de la Congregación, escribió:

“A Don Rinaldi  sólo le falta la voz de Don Bosco, todo el resto lo tiene”.Rinaldi

¿Quién era aquel que merecía tal elogio de uno de los muchachos que mejor conoció a Don Bosco y fue protagonista en primera línea de los comienzos de nuestra familia? Tenemos que remontarnos mucho tiempo atrás. En 1866, un pequeño estudiante de la casa salesiana de Mirabello se encontraba por primera vez con Don Bosco. El santo sacerdote, de visita en la casa, tuvo la ocasión de encontrarse con los jóvenes y dirigirles una buena palabra. Aquel encuentro quedó profundamente marcado en el corazón y en la mente de Felipe, que así se llamaba nuestro protagonista:

 “Recuerdo como si fuera ayer – escribió Felipe muchos años más tarde, casi al final de su vida -, la primera vez que me encontré con Don Bosco siendo tan sólo un niño. Tenía poco más de diez años. El buen padre estaba en el comedor después del almuerzo, todavía sentado en la mesa. Con gran cariño se preocupó por mis cosas, me habló al oído y después de haberme preguntado si quería ser su amigo añadió, casi para solicitar una prueba de correspondencia, que al día siguiente fuese a confesarme con él”.

Felipe Rinaldi narraba este episodio en el tramonto de su vida, como quien lee lo acontecido hace mucho tiempo pero con la vivacidad de los acontecimientos que jamás se borran y permanecen siempre en la memoria. Aquel hablarle al oído cuando solo tenía diez años y el haberle abierto su corazón a Don Bosco fueron, escribe Don Rinaldi, como “las luces de la mañana que brillan con viva claridad ahora que la vida llega a su fin”.

Fue el encuentro entre dos santos y uno, Don Bosco, había leído la vida del otro. El pequeño Felipe tenía algo especial. Aunque no se hizo la luz enseguida en su proyecto vital, Don Rinaldi se hizo salesiano y más tarde, después de afrontar numerosas responsabilidades (director, inspector de España y de Portugal, Prefecto General), fue elegido Rector Mayor, sucesor de Don Bosco al frente de la Congregación Salesiana.

Sencillo y cordial, dicen de él que ha sido el salesiano que mejor ha encarnado a Don Bosco.  Viva imagen de nuestro padre, expresó como nadie su bondad. Como a Don Bosco, a Don Rinaldi Dios le dio un corazón tan grande, tan grande, como las arenas de las playas de los mares. Fue su fiel reflejo y con creatividad supo ponerle rostro a la amorevolezza salesiana.

El tercer sucesor de Don Bosco respiró el aire de aquellos primeros pasos de la Congregación y bebió de las fuentes más puras del carisma salesiano. Se entusiasmó con Don Bosco y descubrió en él la fuerza arrolladora de la santidad hasta el punto de recorrer el mismo camino de rosas y espinas por un emparrado hermoso y difícil que exigió de él una entrega sin límites.

Santo en una familia de santos, la Iglesia lo declaró Beato en 1990 y su fiesta es celebrada el cinco de diciembre. Damos gracias a Dios por habernos regalado salesianos de la talla de Don Felipe Rinaldi y nos sentimos – también nosotros – herederos de una santidad ordinaria que hace extraordinarias las cosas sencillas de cada día vividas con los ojos y el corazón de Dios.

El costado abierto de Jesús

Sin títuloMirad el árbol de la cruz… donde estuvo clavada la salvación del mundo. Mirad la desnudez de un cuerpo machacado, la libertad de un hombre crucificada, el amor desarmado hasta el extremo. Mirad el árbol de la cruz… y en él a nuestro Dios clavado.

Mirad al que atravesaron… mirad el costado abierto de Jesús… Es el dolor del mundo atravesado por el pecado y la iniquidad, por todo aquello que vulnera al hombre y no le deja ser persona según el corazón de Dios.

Hoy son el costado abierto de Jesús los pequeños a los que una mirada adulta y turbia arranca de cuajo su infancia; los que ahogan su estrecho sueño en una patera al reclamo del paraíso engañoso y embustero; las mujeres que han cambiado el amor por los oscuros golpes de un embrutecido bebedor; los que sufren la injusticia y el desamparo porque nadie se ocupa de ellos, los débiles; los que son condenados por la historia a vivir en la miseria porque han nacido en el sur del sur; los que deben abandonar su tierra por cuestiones de raza, credo o ideología; los que, junto a nuestra casa, viven solos y abandonados; los jóvenes atrapados por la maraña de la droga y los sin escrúpulos que comercian con la muerte…

Todos son el costado atravesado del Señor. Todos son el cuerpo de Cristo. Todos están clavados con él en el madero, todos abrazados por el padre en un único abrazo salvador entre el cielo y la tierra, en el pacto definitivo de una alianza eterna hecha promesa: el dolor y la muerte no tendrán la última palabra.

Del costado de Cristo brotan agua y sangre, del cuerpo de Cristo brota la salvación. Son el agua de un mundo nuevo que Dios hará brotar algún día y la sangre del amor desarmado y crucificado que abren el camino del Reino. Dios, en el Resucitado hace justicia a todos los vencidos de la historia. Porque la cruz es un alegato contra todo aquello que está atravesado por la lanza punzante de una libertad envenenada y maldiciente; un alegato contra el dolor, la violencia, el sufrimiento y el desgarro de la humanidad…

Son el agua y el vino de la vida. El agua y el vino que serán la sangre del Señor ¡Qué bien entendemos ahora la Eucaristía! Comprometedora Eucaristía, subversiva memoria del crucificado-resucitado que no nos deja indiferentes. Cuando celebramos la memoria del Señor, cuando comemos su cuerpo y bebemos su sangre, besamos su costado abierto… besamos a los perdidos, a los atravesados por la lanza en nuestro mundo, a los que – con Jesús – están desnudos, machacados y clavados al madero… besamos su costado abierto. Y nuestra vida se hace memoria subversiva, arriesgada y comprometida de Jesús. Y ya nada puede ser igual en nuestra historia.

Puro don

ServirEl único poder es el servicio. Así nos lo enseñó Jesús, cuando dijo a sus discípulos “Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9, 35). Y de eso se trata, de servir. Hoy, Jueves Santo, la celebración de la Cena del Señor nos recuerda que en la vida del seguidor del Maestro no hay otro horizonte que el de servir a los hermanos, a los pequeños, a los pobres. Inclinándose ante sus amigos y besándoles los pies, Jesús está anticipando el gesto de mayor coherencia: no hay amor más grande que dar la vida.

Soy cura por pura gracia. Sin haberlo merecido.  El ministerio recibido no puede ser más que una expresión de la bondad y de la misericordia de Dios para conmigo. Un don que busco poner a disposición de cuantos encuentro en la encrucijada de la vida en algún momento del camino. Lo experimento como un compromiso y una responsabilidad que llevo entre las manos, como en una vasija artesanal, frágil en su debilidad, pero empapada del perfume que contiene por la porosidad del barro del que está hecha.

El Cardenal Amigo, al imponerme las manos y elevar al cielo la oración de consagración, me invitó a ser un hombre profundamente hombre de Dios y un hombre profundamente hombre de mi tiempo. Y añadió, “sé como un bálsamo suave en la vida de las personas, capaz de cicatrizar heridas y aliviar dolores”. Han pasado veintiseis años y no dejo de preguntarme si estoy cumpliendo la misión que me fue encomendada. Solo Dios sabe el bien que ha podido hacer a través de mi y el bien que se ha frustrado por mi negligencia. Pero cada día, y hoy más que nunca, le pido al Señor que no me haga olvidar que soy solo un servidor, un corredor de fondo que anhela pasar por la vida haciendo el bien y trata de ser una expresión más creíble de la bondad y de la misericordia de Dios.

Hoy, día del amor fraterno, en el que recordamos la institución de la Eucaristía pido a Dios por mis hermanos sacerdotes. Para que podamos ser un poco de pan partido en nombre del Señor y un poco de vino nuevo para la vida y la esperanza de las personas. Al servicio de la comunidad, junto a todos los bautizados y en medio de ellos, queremos ser una palabra de aliento para los abatidos pronunciada en nombre de Jesucristo; un compromiso por la justicia y por la paz que contribuya a la edificación de un mundo con más oportunidades para quien menos tiene y más cercano al corazón de Dios. Somos ministros en una Iglesia siempre nueva y siempre en camino, servidora de la humanidad y signo de salvación para todos.

Dar razón de nuestra esperanza

Contracorriente 2Ya en el (des)encuentro de la primera iglesia con la cultura de su tiempo, las comunidades cristianas tuvieron necesidad de justificar su fe. La propuesta evangélica era claramente contracultural y aparecía aberrante, cuando no escandalosa, a los ojos de judíos y griegos que consideraban a los seguidores de un tal Krestosuna secta  a todas luces enloquecida. El contexto de la primera carta de Pedro nos describe, en las últimas décadas del primer siglo de nuestra era, un ambiente claramente hostil contra los cristianos. Pero el Autor de la carta invita a los bautizados y catecúmenos a “dar razón de vuestra esperanza a aquellos que os la pidieran, con mansedumbre y respeto, teniendo buena conciencia” (1Pe 3, 15-16). Todos sabemos cómo acabó en muchas ocasiones esta actitud no beligerante de los cristianos que fueron odiados, perseguidos y ejecutados por ser lo que eran.

Ha sido así en muchos otros momentos de la historia. El testimonio (eso significa etimológicamente el término “mártir”) forma parte de la vocación cristiana. En diversas circunstancias, los seguidores de Jesús han experimentado en carne propia el anuncio del Maestro: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y pronuncien falso testimonio contra vosotros por causa mía” (Mt 5, 11). Y en toda ocasión, la mansedumbre del Cristo invita a no devolver violencia por violencia, a preferir tender la mano a golpear, a buscar el encuentro a dilapidar puentes, a perdonar que a recrudecer el odio. “Dar razón de nuestra esperanza” es hoy – quizás más que nunca – la actitud necesaria para salir al paso de quienes siguen demandando a los cristianos los por qué de nuestro modo de vivir. La mímesis nunca fue buena estrategia en la dinámica del Reino inaugurado por Jesús. Por el contrario, su propuesta a contrapelo remueve las entrañas mismas de la historia para que pueda surgir una realidad nueva según el corazón de Dios.

No se carga de razones quien más grita. En una realidad pluricultural, democrática y libre, los cristianos estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza con serenidad y respeto. Profundizar nuestra fe y formarnos adecuadamente; vivir con honestidad y coherencia nuestro compromiso evangélico, debería ayudarnos a proponer con audacia y valentía el nombre de Cristo. Hoy como ayer, necesitamos testigos (mártires) que anuncien la buena noticia de Dios para los pequeños y los pobres y lo hagan cargados de razones. Dialogar con la cultura exige – en este siglo XXI – hombres y mujeres que vivan su fe con credibilidad y que sepan – desde una formación sólida – ser propositivos en la inculturación del mensaje cristiano para que resuene en el corazón de la ciudad, allí donde más necesidad hay de luz y verdad.

 

 

 

Paradigmas

REFUGIADOS-FOTOEn estos primeros acercamientos al documento conclusivo del Sínodo, me llama la atención poderosamente cómo entre los tres “núcleos cruciales” puestos de relieve en el análisis de la realidad juvenil que el texto propone en su primera parte, se haya puesto de relieve el tema de los jóvenes migrantes. En efecto, dice el documento, “muchos Padres sinodales han subrayado que los migrantes (muchos de ellos jóvenes) son un ‘paradigma’ capaz de iluminar nuestro tiempo y en particular la condición juvenil” (25).

Se habla, ni mas ni menos, que de paradigma. Los paradigmas, decía Thomas Kuhn en su conocida obra “La revolución de las estructuras científicas”, son realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica. Si la aplicación del término al lenguaje común es adecuado, suprimida las connotaciones científicas, el paradigma es un modelo interpretativo que permite leer la realidad desde criterios hermenéuticos compartidos y que debería poder ofrecer a la Iglesia algunas respuestas. Si los Padres sinodales están en lo cierto en su análisis, el fenómeno migratorio nos ofrece algunas claves de lectura interpretativa de la realidad juvenil desde las que la Iglesia deberá preguntarse sobre su capacidad de incidencia e interacción en su anuncio del Reino.

Estoy fundamentalmente de acuerdo con esta sensibilidad. Encuentro que la realidad migratoria, con una atención particular a los jóvenes, nos ofrece claves interpretativas desde las que interrogarnos sobre la acción eclesial en el mundo de hoy.

En primer lugar, porque la situación de las personas migrantes, dejando atrás toda una vida y abriéndose a nuevos contextos desconocidos y con un futuro incierto es – las más de las veces – de extrema vulnerabilidad. Y es, precisamente, la vulnerabilidad lo que nos acomuna a todos los seres humanos. Desde esta profunda conciencia de nuestra desnudez es desde donde creo que podemos alentar actitudes de acogida, de entendimiento, de protección, de defensa de las injusticias, de afectos compartidos y de futuros alcanzados con mi mano en la tuya. En esto la Iglesia tiene mucho que decir frente a tantas posturas equívocas y decididamente insolidarias como vemos en muchas sociedades modernas.

En segundo lugar, porque la realidad de la migración nos habla de superación de fronteras y de amalgama de culturas que se enriquecen mutuamente por el bien común. Se trata de trazar puentes y no de dilapidarlos; de abrir ventanas y no de levantar muros; de búsqueda del encuentro y no de airear prejuicios. También aquí, paradigmáticamente, la Iglesia encuentra criterios para hacerse oír de forma más creíble y audaz. Somos hijos (y esta condición de creaturas nos hace vulnerables) y hermanos en el Hijo. Nuestra acción pastoral debe ser profética y puede hacer resonar un mensaje de sanación en un mundo herido por las diferencias, los desencuentros, el rechazo o la violencia.

Finalmente, creo que la realidad de la migración que vivimos hoy globalmente en nuestro mundo es – en efecto – un paradigma que ilumina nuestro tiempo y en particular los jóvenes del siglo XXI, porque la provisionalidad – tantas veces forzada y dolorosa – puede convertirse también en un modo de vida que – garantizados los derechos fundamentales de las personas – nos ayude a poner la mirada y el corazón en las cosas que realmente valen la pena. Vamos de vuelo, escribió Juan de la Cruz. Y así es. Nuestra vida es un soplo y vale la pena vivirla con pasión tratando de que nuestros sueños no se ahoguen en ninguna travesía. Creo que la Iglesia en su anuncio del Reino tiene mucho que decir para proponer la vida buena del Evangelio de Jesús que nos habla del valor de lo pequeño, de la audacia de vivir desinstalados y tendiendo la mano al hermano, de la felicidad que sentimos en el corazón cuando experimentamos que el único camino es el amor con todas sus consecuencias. En clave cristiana esto se traduce en el des-vivirte por los demás.

A mi, compartir la vida con jóvenes migrantes me ha hecho mejor. Ha abierto mis ojos dándoles una luz nueva. Siento que el anuncio del Reino está en lo pequeño, en la semilla de mostaza, en la levadura en la harina, en el cuidado de las personas por encima de todo. He comprendido que hacer Evangelio es susurrar el nombre de Jesús en el gesto silencioso de curar la herida de mi hermano sin que me importe que venga del otro lado del Estrecho. O quizás sea más acertado decir, porque me importa.

Un paradigma, si. Seguramente tienen razón los Padres sinodales.