Esencia de mujer

MMEn el otoño de 1864 se produjo en Mornese, un pequeño pueblo del Monferrato piamontés, un encuentro providencial. Don Bosco llegaba con sus chicos, en uno de los conocidos paseos otoñales, a ritmo de fanfarria y poniendo colorido a las calles y plazas en el tedio de la vida cotidiana. El párroco del pueblo, don Domenico Pestarino, presentó al santo un grupo de jóvenes que sorprendentemente habían comenzado con las chicas pobres del lugar un trabajo pastoral muy parecido – en forma y fondo – a lo que los salesianos realizaban en Valdocco. Eran las Hijas de la Inmaculada. Era el milagro de los panes y los peces multiplicados en medio del abandono y la precariedad de medios por la generosidad de aquellas muchachas y por un pizca de gracia de Dios que aderezaba la pitanza cotidiana y daba fuerza a cada puntada en los remiendos del corazón de la gente.

Destacaba María. Una mujer fuerte y recia que contemplaba a Dios por las ventanas del alma. Bebía de un pozo inagotable, un manantial de sabiduría divina que se encauzaba en una actividad incansable en favor de los demás. Ni el tifus, ahora que estamos en tiempos de confinamiento, logró sofocar el fuego ardiente de un amor sin límites que se dona aún cuando faltan las fuerzas. No hubo aplausos en las ventanas de los lugareños ni nadie cantó canciones de resistencia; pero ya entonces, la solidaridad que hunde sus raíces en el amor de Dios, fue la mejor vacuna para superar la pandemia.

María Mazzarello hizo de su vida un canto a la Providencia que está siempre cerca de los pequeños y de los pobres. Una mujer profundamente creyente que supo hacer de Dios el centro de su vida y de su historia. Se sintió amada y escogida y no dudó en responder con todas sus fuerzas a la iniciativa de Aquel que la había amado primero. Forjada en la dura vida de los hombres y mujeres del campo, con una tenacidad propia de quien sabe aprovechar y desarrollar todos sus recursos, supo cultivar en la sencillez de la cotidianidad una espiritualidad de hondas raíces y muy pegada a la realidad de la maltrecha vida de los más vulnerables.

Cultivó la amistad con el Señor e hizo crecer en su corazón una fuerte unión con Dios, como están unidos los sarmientos a la vid. Y dio mucho fruto. En la originalidad de dones que el propio Espíritu le concedió, María Mazzarello se puso manos a la obra y con una caridad apostólica inspirada en el corazón del Buen Pastor, fue instrumento del Señor para las jóvenes de Mornese a quienes implicó y comprometió en un servicio educativo-evangelizador con las niñas y jóvenes del pueblo. Y de Mornese al mundo entero.

Respiró el mismo aire de Don Bosco y cuando se encontraron, ambos descubrieron enseguida que había mucho de Dios en la mirada del otro. María Mazzarello sintió que Don Bosco era un Santo; pero el buen sacerdote experimentó también la grandeza de aquella mujer campesina que hablaba de Dios con familiaridad y con una profundidad inusual. Recorrieron de la mano el camino e hicieron grandes cosas juntos. María, fiel a la llamada de  Dios, consagró su vida al Evangelio con el estilo salesiano que en ella se hizo femenino creativa y originalmente.

Una ventana, la del alma, abierta de par en par a Dios. Una mirada, la de la fe, que descubre la presencia de Jesús en los pequeños y en los pobres. Un pozo, el del manantial de la sabiduría que viene de lo alto, de donde no deja de brotar el agua clara y limpia del carisma salesiano recreado con el colorido de la feminidad. María Mazzarello fue, sin duda, una mujer extraordinaria.

Domingo en tiempos de pandemia

DSLa familia salesiana celebra hoy, seis de mayo, la fiesta de Santo Domingo Savio. Estoy absolutamente convencido de que su figura y su legado son de los mejores tesoros que nos ha dejado Don Bosco a la Iglesia, a los salesianos y a los jóvenes.

De él dijo el propio Don Bosco cuando lo conoció con solo doce años en 1854 que tenía un corazón “grande y transparente”. Quedó maravillado el buen sacerdote “de como lo había enriquecido la gracia de Dios a pesar de su tierna edad”.

Pidió estudiar. Viendo que había buen paño, lo llevó consigo al Oratorio de Turín y recorrió junto a él un camino de autenticidad evangélica que le condujo hacia una santidad sencilla, cotidiana y alegre. Domingo respiró el mismo aire que Don Bosco en tiempos de una extraordinaria eclosión del Espíritu como fueron aquellos primeros años en el Valdocco de la década de 1850, donde se acuna el carisma salesiano.

No se encerró Domingo en un misticismo petulante ni quedó atrapado en formas estereotipadas de religiosidad devocional. Por el contrario, Don Bosco supo inculcar en él una espiritualidad recia que hundía sus raíces en Dios y se expresaba a través de una amistad profunda con Jesús y con María. Muy pegada a la cotidianidad, el santo sacerdote transmitió a Savio Domenico una propuesta de santidad sencilla y realista. Cumple con tu deber. Procura estar siempre muy alegre porque Dios te ama. Echa una mano a tus compañeros, en especial a los que más lo necesitan. He aquí la fórmula de un proyecto de vida luminoso y certero que roturó la tierra de un corazón tocado por la gracia y que le llevó a identificarse cada vez más con el Señor Jesús.

Era el alma de los recreos. De él decían sus amigos que era bondadoso y amable. De mirada serena y limpia, supo hacer del compromiso evangélico una presencia cercana y estimulante para todos los que caminaron junto a él. Como recuerda Juan Cagliero, joven seminarista y educador de Domingo, “era un muchacho estupendo”. El propio Cagliero, que formará parte del primer grupo de salesianos años más tarde, reconocerá que “Don Bosco, hablando con nosotros, decía que en el Oratorio había jóvenes tan queridos de Dios que hacían verdaderos milagros. Yo estaba persuadido de que hablaba de Domingo Savio”.

Cuando en el invierno de 1854 arreciaba la epidemia del cólera en Turín, quiso sumarse al grupo de 14 muchachos de Don Bosco que asistían a los enfermos por las calles. Un gesto sin precedentes por el que Don Bosco aseguró la protección del cielo a los chicos que quisieran solidarizarse con las víctimas aún a riesgo de contagiarse. María Auxiliadora los cobijó bajo su manto y ninguno de los chavales se infectó. A Domingo no le dejaron ir por ser demasiado pequeño, pero aprendió en la escuela de la solidaridad y decidió vivir con la mano tendida, sin dar rodeos, implicándose en la vida maltrecha de los más vulnerables. Condujo a Don Bosco a la casa de algún enfermo, se preocupó por los golpeados por la epidemia pidiendo cuidados para los que acababan abandonados en las calles, se conmovió ante tanto dolor suplicando a Don Bosco comprometerse más y no pasar de largo ante el sufrimiento.

Domingo, en tiempos de pandemia, nos enseña a vivir de otra manera; a cultivar una mirada buena y limpia sobre las personas; a modelar nuestro corazón desde la bondad y la amabilidad; a cultivar una interioridad que se adentra en la espesura de la amistad con Dios; a alimentar la vida con la Eucaristía y a espejarnos en la transparencia de María Inmaculada; a salir de nosotros mismos al encuentro con los demás desde una sonrisa abierta y franca; a ser dueños de nuestra voluntad atendiendo a nuestras responsabilidades con entereza y esfuerzo cotidiano; a tender la mano y abrir puertas a los que más lo necesitan sin especular con nuestras posibilidades y actuando con generosidad.

Estamos más cerca de vencer al virus. Como sociedad y como iglesia hemos de salir reforzados de esta crisis sabiendo que es posible (y necesario) ver las cosas de otra manera. No bastan los aplausos ni canciones que nos invitan a sobrevivir, por muy estimulantes que hayan sido en estas semanas. Es necesario cambiar el corazón. Mirar de otra forma. Emplear de manera diferente nuestro tiempo. Poner primero lo primero. Abrir puertas y ventanas para que el viento (el del Espíritu, ese que nadie sabe de donde viene ni a donde va pero que transforma todo a su paso) airee nuestro modo de vivir.

Hoy estamos de fiesta. Domingo significa “del Señor”. Pues eso. No solo hay que salir después del confinamiento, hay que dejar que entre.

Hasta siempre, maestro

imagesTodos hemos necesitado saber hacia dónde. Todos hemos fijado la mirada en quien nos precedía en el camino. Todos hemos buscado rostros en la niebla que indicaran el camino hacia la luz para no desbarrar en la siguiente curva.

Me he preguntado muchas veces que tienen en común las personas que han sido decisivas en mi vida. No ha sido fácil encontrar una respuesta. A veces pensé que era la preocupación por mi persona o el cariño que me demostraban. En ocasiones creía que era la admiración que yo sentía por ellas. Más de una vez llegué a la conclusión de que se trataba de la implicación en proyectos o experiencias compartidas que llegaron a ser significativas para ambos. Estaba equivocado. Hoy sé que lo valioso de todas estas personas es que han sido inspiradoras en algún tramo del camino.

Inspiradoras porque han marcado estilo, me han iluminado o han señalado veredas nuevas. Inspiradoras porque fueron coherentes y audaces en momentos de mediocridad. Inspiradoras porque me han sostenido en situaciones de oscuridad y han abierto ventanas en mi existencia para que entre la claridad. Inspiradoras porque estuvieron en el momento justo y en el lugar oportuno alentando mi esperanza. Inspiradoras porque su abrazo me llenó de paz y de confianza en más de un momento duro. Inspiradoras, en fin, porque confiaron en mí incondicionalmente y su modo de vivir las hizo definitivamente creíbles.

Antonio ha sido una de esas personas inspiradoras y decisivas que han marcado mi historia personal. Los novicios admirábamos a don Antonio. Pero me ganó definitivamente cuando unos días antes de mi primera profesión me partí el tobillo jugando al fútbol; vino a mi habitación, se sentó conmigo un buen rato, me animó, hablamos de mil cosas y me dijo… “Mañana harás tu primera profesión como salesiano. Solo te deseo que seas al menos tan feliz como lo he sido yo en mi vida salesiana”. Y me abrazó.

No se me han olvidado nunca aquellas palabras. Una amistad profunda nos ha unido siempre. Lo he admirado. He aprendido de él. Me he dejado conducir.  “Eres Eliseo…”, me decía sonriendo. Y le gustaba hablar del manto que me dejaba, como Elías a su discípulo. Aún recuerdo su emoción cuando me invitó a sucederle en la asignatura de cristología en el CET al jubilarse de las clases o cuando, al comenzar mi servicio como inspector, me susurró al oído: “Te tengo que enseñar cómo se hace”. Y sonreía.

Hablábamos mucho. ¡Me confié a él tantas veces! En momentos de oscuridad me iluminó. En situaciones de desconcierto me orientó. Cuando se hizo complicado seguir adelante me acompañó un tramo del camino sin importarle coger mi paso. La última Navidad, casi sin fuerzas, me abrazó la noche de nochebuena y me dijo: “¡Vas al capítulo! ¡Pelea por una Congregación más encarnada y valiente!”. Bien sabía yo de sus luchas allá por los 70 cuando, pleno de fuerzas y en tiempos de ebullición conciliar, aportó tanto a la renovación de nuestra Congregación y de nuestra Inspectoría.

Se zambulló de lleno en el misterio de Cristo y de su Iglesia. Teólogo agudo y coherente con un toque latinoamericano y liberador, tras su paso por La Católica de Chile, que atemperó con el tiempo. Trabajó con denuedo por impulsar las reformas conciliares. Se dejó la piel en la formación del clero, de los religiosos y de los laicos, sobre todo en el mundo de las hermandades y cofradías. Un hombre de institución y a la vez una mente libre. Honesto y auténtico. Renunció al poder y quiso permanecer siempre fiel a sus principios, al evangelio y a la madre Iglesia.

María fue su último puerto. A ella dedicó los años más brillantes de su quehacer teológico. La madre de Jesús, claro espejo de la santa Iglesia, fue la mejor síntesis de su vida. Esperanza Macarena y Auxiliadora, puerto seguro al final de su largo camino al servicio de Dios, de los jóvenes y de la comunidad cristiana.

Hoy el paisaje en el que crecí y maduré está un poco más desnudo; pero me seguirá inspirando su recuerdo agradecido. Hasta siempre, maestro. Hasta siempre, hermano.

Don Bosco y la pedagogía de la alianza

DB10Don Bosco, en su experiencia educativa con jóvenes en dificultad, lleva a la práctica una auténtica pedagogía de la alianza. El término bíblico “berit” indica, en hebreo, la experiencia que Israel tiene de Dios. En su experiencia fundante, el pueblo de la promesa interpreta su historia en clave religiosa y expresa con dicho vocablo la relación con Yahveh. Berit quiere decir pacto. Un pacto que en la vida social expresa la relación de protección de uno de los contrayentes, el más poderoso, hacia el más débil. Éste, a su vez, se compromete a ser fiel a quien le ofrece protección y pone a su disposición los diezmos de su cosecha y sus ganados. Ambos contrayentes se comprometen a una fidelidad mutua y a una relación de amistad, benevolencia, paz y concordia (Salvati, 1995).

Esta imagen bíblica nos ayuda a expresar la relación educativa que Don Bosco establece con sus muchachos. Es una experiencia basada en la confianza, en la que el educador acompaña y abre horizontes, se hace compañero de camino, escucha, propone, alienta y respeta. El chico se deja acompañar, levanta la mirada, acoge la propuesta, se compromete. “tú solo no puedes hacerlo”, parece decirle Don Bosco; pero “yo no puedo hacerlo sin ti”. Se establece un pacto basado en el afecto y en la confianza. Sin ellas, no es posible caminar juntos. Don Bosco es el educador discreto, que acompaña con respeto, alienta en el camino y sostiene cuando es necesario. El joven sabe que Don Bosco está ahí, junto a él y su presencia le da seguridad, es garantía de afecto sincero, es compromiso para salir adelante confiando más en uno mismo, descubriendo nuevos horizontes que ahora están más cerca y teniendo a alcance de la mano lo que antes parecía imposible.

Como Don Bosco, el educador con estilo salesiano, por delante en el camino, ayuda a los jóvenes a elaborar positivamente las frustraciones de la vida. Por eso es una persona positiva y de esperanza que cree en las posibilidades de la educación y sabe buscar “los puntos de acceso al bien” presentes en cada muchacho, consciente y confiado en la providencia de Dios que interviene en la historia humana venciendo el mal y abriendo siempre nuevas perspectivas más allá del mar.

El educador con estilo salesiano no actúa “para” los jóvenes sino “con” los jóvenes haciéndolos partícipes y protagonistas de la propia historia personal y colectiva. Es una auténtica “alianza”, un pacto con los jóvenes que da seguridad, pero también responsabiliza:

Se trata de considerar al joven no solo como destinatario, sino como socio de la actividad educativa. ‘Necesito que nos pongamos de acuerdo’, amaba decir don Bosco en las buenas noches (…) Para establecer una relación de este tipo con el joven es necesario que el educador consiga encontrar una posición de equilibrio. Debe ser suficientemente cercano para no ser extraño y suficientemente distante como para no ser considerado un igual (…) ¿El arte de educar no es también como el arte del equilibrista? Saber decir sí, pero también saber decir no; ser suficientemente cercano, pero también suficientemente distante; dar seguridad, pero responsabilizar; todo ello es siempre una cuestión de equilibrio (Petitclerc, 2009, págs. 55-56).

Es siempre una cuestión de equilibrio. También la capacidad del educador para comunicar que “Dios te quiere” y en el pacto que establecemos hoy, Dios también se compromete y hace “alianza” contigo. Esta experiencia, mediada con diversidad de itinerarios, puede acompañar a los jóvenes al “umbral” de la misma experiencia religiosa.

Resaca

2020Con la cadencia inquebrantable del correr del tiempo, los calendarios nos señalan el inicio de un nuevo año. Las fiestas, las uvas y las exuberantes transparencias de las campanadas han marcado para muchos – como el año pasado y el anterior y el anterior – el compás de un ritual retratado efímeramente en instagram en forma de sonrisa rodeada de rostros cansados al amanecer.

Nos deseamos todos feliz año nuevo con ridículas pelucas y gafas de plástico. Los buenos deseos afloran con facilidad y los anhelos de que las cosas nos vayan bien son compartidos con las personas que nos importan. Parece, por unas horas, que todo va a cambiar en el lapso de tiempo que va de la medianoche a la última copa al amanecer.

Pero, en realidad, a poco que nos paremos, hoy es igual que ayer. Comenzamos el nuevo año como lo terminamos. Pasada la resaca de las cenas interminables y los  brindis al sol con cava brut nature, volvemos a la realidad de los problemas cotidianos, las dificultades que afrontar y los desafíos que acometer. Está bien disfrutar con los tuyos y desmelenarte una noche expulsando los demonios de tus agobios y preocupaciones, pero la vuelta a la realidad es inevitable. Muchos lo hacen en forma de propósitos imposibles que duran lo que el hielo en el vaso de güisqui, otros se conforman con seguir tirando como se puede.

No quiero parecer pesimista. Soy de los que disfrutan en nochevieja con la familia y los amigos. Pero me sublevan la inconsciencia y el despelote de una noche que solo acabará con resaca y dolor de cabeza cuando la realidad reclamaría algo más que lo escrito en un guión obligado porque comienza un nuevo año. ¿Y qué? ¿Acaso hoy es diferente de ayer?

Creo que marcarnos etapas y hacerlo con el ritmo que marca un nuevo año es una buena ocasión para tomarnos el pulso y revisar el camino andado. Caer en la cuenta de las inercias que nos frenan y de los recovecos en la piel de nuestra alma nos hacen ser más conscientes de todo lo que nos queda por andar en este camino interminable de reconocernos a nosotros mismos como personas logradas. Los manidos propósitos de volver al gimnasio o aprender inglés deberían dejar paso a los verdaderos retos personales asumidos con realismo y constancia.

Decirnos feliz año nuevo es algo más que un mantra repetido en estos primeros días de enero a todo aquel que encuentras en el ascensor o en el portal de tu casa. Desear un buen año no es tentar a la suerte o dejarnos caer en los brazos del caprichoso azar para ver si los dados nos son propicios. Es desear que Dios ilumine su rostro sobre ti y te dé la paz, que bendiga tus pasos y que tu vivir bendiga su nombre. Solo así, más allá de rituales con las uvas de la suerte y las campanadas de un reloj, nuestra vida puede marcar otros ritmos que no acaben en una mañana resacosa, en la decepción de despertarnos a mediodía comprobando que hoy es igual que ayer o en la resignación de que tampoco este año te funcionará la dieta que empezarte el primero de enero.

Estoy seguro de que el 2020 sea mejor o peor que el año pasado no depende de la combinación de los astros o del caprichoso destino. Depende, sobre todo, de la capacidad de cada uno de nosotros de caminar en la luz; de la resiliencia frente a la adversidad; de la honestidad con la que vivamos la vida; de la tenacidad con la que afrontemos los desafíos; de la confianza en nuestras posibilidades o del compromiso con el que querer darle la vuelta a la realidad.

Yo, a decir verdad, no espero que me toque la lotería o el cupón (aunque no estaría mal), pero anhelo con todas mis fuerzas que las cosas sean un poco mejor para todos. Ufff, tengo resaca mental. Quizás será que este año no acompasé bien las uvas de la suerte con las campanadas de la Puerta del Sol.

Feliz Navidad

Felicitación3Quiero, en este día santo entonar mi mejor canción, una melodía de esperanza, porque nuestro Dios se ha hecho uno de nosotros. En la noche de los tiempos, con todos los hombres comprometidos en hacer realidad en nuestro mundo el sueño de Dios, quiero cantar a los cuatro vientos ¡gloria a Dios!

Si, porque en este día santo celebramos que Dios ha cogido nuestro paso y se ha hecho historia, haciendo de ella salvación. Es tiempo para el optimismo y el gozo porque todos los anhelos que el hombre alberga en su corazón desde antiguo se han visto colmados en el niño que nos ha nacido. Un signo se nos ha dado, amor de Dios, maravilla de consejero, príncipe de la paz… Dios en nuestro suelo, Dios en nuestro cielo: el que hacemos posible en cada gesto de ternura, de cercanía, de cariño,  en cada mano tendida y abierta, generosa y desbordante para el que nada espera y nada tiene más que a Dios, su Dios, nuestro Dios.

Dios-con-nosotros, el-Señor-nuestra-justicia, ha abierto las prisiones injustas y un vado por las aguas caudalosas de la insolidaridad, la guerra, la soledad o el sin sentido. Un camino hacia una tierra que mana leche y miel: una tierra nueva, una tierra diferente, la de los hombres que buscan plenitud, la de los hombres que anhelan una realidad diferente, la de los hombres y mujeres que con su esfuerzo y su entrega hacen posible que nadie quede excluido del banquete porque todos están invitados a la fiesta.

Tiempo para la promesa y el futuro de Dios, que abre siempre el mar en la historia de los hombres para dejar atrás la orilla de la desesperanza y la oscuridad y caminar hacia orillas de justicia y de luz. Tiempo para gritar nuestros anhelos de paz. Nuestro no a todo género de violencia; nuestro rechazo a la guerra, al terror, a la falta de libertad, a la manipulación de los más poderosos, al abuso de los más débiles o a la negación de la vida en cualquiera de sus etapas.

Tiempo para la cercanía y la solidaridad con los más necesitados, con los últimos, con los que viven al margen… con los que a nadie importan, con los inmigrantes que arriesgan sus vidas en el mar y abandonan su hogar buscando un mañana mejor, con los niños abandonados, con los jóvenes en claro riesgo de exclusión social, con los menores a los que la vida les ha negado el cariño y el calor de una familia, con las mujeres maltratadas, con los que anhelan un mañana mejor… Este día es para ellos, porque llevan en sus corazones la impronta de Dios, la impronta del amor. Y ya nada puede ser igual.

Gloria a Dios en el cielo, y gloria a Dios en nuestro suelo, en nuestra historia, Dios con nosotros, entrañable y cercano, solidario y amigo… Gloria a Dios en nuestro suelo y gloria y paz a todos los que – con corazón generoso – siguen anunciando con su vida el mensaje salvador de Dios, la bondad, la ternura y la paz de un niño recién nacido.

A los hombres de buena voluntad, a los que esperan que mañana sea mejor para todos ¡Feliz Navidad! ¡Dios está con nosotros!

Carne De Dios en nuestro suelo

_110218429_gettyimages-1185606365-2Cuando estamos ya cerca de la celebración de la Navidad, me siguen erizando la piel  las imágenes de pateras naufragadas, rescates de cuerpos a la deriva en el mar o los rostros congelados y desconcertados de niños y adultos en los campos de refugiados.  “Me quiero morir”, exclama un niño de 7 u 8 años en el campamento de Moria, en la isla griega de Lesbos. La periodista que cubre el reportaje se estremece. No es para menos. Más de 18.000 personas malviven en este campamento pensado inicialmente para 2000 personas. Lesbos como icono de la infamia y la indecencia de un mundo rico que deja al aire sus vergüenzas cuando pisotea los derechos fundamentales de las personas: a la intemperie, con temperaturas invernales, carentes de todo, a la espera de que el mundo les de una oportunidad. Indecente. Vergonzoso. “Me quiero morir…”. Es un grito angustioso de denuncia y de decepción ante un mundo que prefiere otras seguridades.

Vallas ignominiosas que bloquean los sueños, cuchillas que laceran la piel o cuerpos desnudos despojados de dignidad ¿No son acaso la misma tragedia? Es el mismo dolor que experimenté al escuchar, hace unos días, cómo se humillaba públicamente delante de mi casa a un joven magrebí que busca salir adelante decentemente, con tanto esfuerzo, en nuestra Europa opulenta, gritándole “¡Vete de aquí! ¡Vuelve a tu país! No te queremos aquí”. Y quien aullaba hacía alarde de poderío institucional y exhibía impúdicamente su condición de eclesiástico. Pobre hombre. Sonrojante. Vergonzante. Indignante. Un pecado de odio y racismo. Un delito de lesa humanidad. Muy mal debemos andar si seguimos comulgando (nunca mejor dicho) con ruedas de molino y miramos para otro lado.

Esta cuarta semana de Adviento nos prepara a la fiesta cristiana de la Encarnación. La liturgia que celebraremos estos días nos recordará el realismo de un Dios que se hace uno de nosotros para abrir sendas de liberación en nuestro mundo. Los seguidores del Maestro no podemos perdernos en sensibilidades y nostalgias de un tiempo acaramelado a fuerza de una rutinaria fiesta social. Por el contrario, queremos mirar con ojos nuevos la realidad para descubrir la “carne de Cristo” en la piel lacerada de nuestros hermanos y hermanas que son machacados por la injusticia, la soledad, el abandono o la indiferencia.

Vivir y creer la Encarnación, celebrar la Navidad, es hacer nuestro corazón más solidario; es no mirar para otro lado; es acoger y abrazar; es asumir la carne de Dios-con-nosotros en la debilidad de las vidas maltrechas de las personas que encontramos por el camino; es creer, contra todo, que el futuro es de Dios-nuestra-justicia y que podemos adelantarlo en el hoy de nuestra historia.

Celebraré estos días con la impotencia que experimento ante un mundo que vomita la carne de Dios que son los pequeños y empobrecidos. Los cristianos seguiremos elevando nuestra plegaria para que “los cielos lluevan al justo”, para que la tierra se abra y surja un mundo nuevo, diferente, que hemos de hacer posible con el esfuerzo de los hombre y mujeres de buena voluntad. Cantaremos “Gloria a Dios en las alturas” y nuestra mente y nuestro corazón aquí abajo estarán pendientes del suelo, de las fronteras, de los campos de refugiados, de los gritos y de las filacterias de quienes esconden sus miserias bajo el manto de la sinrazón vociferante,  de la indiferencia y del odio, de las vallas y cuchillas (no solo en Ceuta o Melilla) que impiden que, de veras, “la gloria de Dios sea que el hombre viva” (San Ireneo). Feliz Navidad.

Una luz les brilló

Vela 2Me contaba mi hermano Vaclav Klement, salesiano misionero y buen conocedor de la cultura oriental, que en chino mandarín, la palabra y el concepto de la “luz” se expresa con la idea de un hombre portando fuego en la espalda. Es una intuición enormemente sugerente que me ha ayudado a pensar en estos días de adviento y que puede introducirnos a la tercera semana de este tiempo de esperanza y compromiso transformador.

La pregunta clave en esta tercera etapa del camino será ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? Es el interrogante que los enviados de Juan el Bautista – encarcelado por Herodes – hacen a Jesús al comienzo de su predicación. La respuesta del Maestro no se hace esperar. Les invita a descifrar los signos que ven a su alrededor: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen y a los pobres se les anuncia una buena noticia liberadora. Son los signos del Reino que ya está presente entre nosotros. Jesús es el Reino. Él es quien tenía que venir. El esperado de los tiempos. El Mesías de Dios, la luz que vino al mundo y muchos no reconocieron.

En esta semana, avanzando en nuestro camino de Adviento, estamos invitados a preguntarnos en primera persona: Y yo, ¿sé reconocer a Jesús el Cristo en al camino que vivo y comparto cada día? ¿Descubro a Dios-con-nosotros en mis hermanos, en los pobres, en la comunidad, en la Palabra, en la Eucaristía? Quizás tengamos que abrir más los ojos y disponer mejor el corazón  ¿no os parece?

Pero hay una pregunta que nos lleva aún más allá: ¿Soy yo un signo creíble del que ha de venir o tendrán que esperar a otro? Los cristianos somos hoy signos de la Luz. Como en la cultura china, si queremos alumbrar hemos de quemarnos, llevar fuego en nuestro corazón, de modo que muchos a nuestro alrededor puedan descubrir que también nosotros somos precursores de Cristo el Señor, palabra suya pronunciada en su nombre, una pequeña lámpara que arde y se consume para indicar a todos que Dios está de nuestra parte y es misericordia y ternura para con nosotros.

En estos días, cercanos a la Navidad, pidamos que se abran los cielos y lluevan al Justo. Que Aquel que ha venido a poner fuego en la entraña de la tierra, avive también nuestra llama en este tiempo de gracia y liberación. ¡Buena semana!

Para Dios no hay nada imposible

ImposibleHace ya bastante tiempo que leí la estupenda obra del norteamericano P. Berger titulada “Rumor de ángeles”. Siempre recordaré la sugerente imagen que al autor utiliza para expresar la Presencia de Dios en nuestro mundo, a veces tan opaco. Un niño pequeño duerme en su habitación y sueña una horrible pesadilla. El miedo le hace despertarsobresaltado en mitad de la noche con un llanto inconsolable. La oscuridad y la soledad le acentúan aún más la sensación de estar perdido. En una habitación cercana la mamá escucha enseguida los gritos del pequeño y levantándose rápidamente corre por el pasillo hasta el cuarto del hijo. Entrando, enciende la luz y lo coge de la cama acurrucándole en su pecho y besándolo insistentemente. Le susurra con voz suave al oído: “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. Y el niño, en el regazo de su madre, con el calor de sus besos y la calidez de su voz deja poco a poco de llorar, se tranquiliza y vuelve a conciliar el sueño mientras se siente acunado.“Tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”.

Esta pequeña historia nos ayuda a adentrarnos en esta segunda semana de Adviento. En ella, la figura de María de Nazaret le da una tonalidad especial a este tiempo de esperanza y confianza en las promesas de Dios. La Madre de Jesús, cuya fiesta celebramos este domingo, es la mujer de la Palabra. Creyente entre creyentes, María confía en el proyecto salvador de Dios. Se identifica tanto con la Palabra que la hace carne de su carne y la da a luz. Por eso la figura de María es tan central en el Adviento, porque en ella Dios viene a nuestro encuentro y se hace carne de nuestra carne, historia de nuestra historia, uno de nosotros. María Inmaculada es anticipo de lo que será. Como ella, también nosotros seremos transparencia de Dios. Como ella, caminamos en esperanza, haciendo nuestra la Palabra cada día para poder “darla a luz”, anunciarla con alegría a cuantos comparten con nosotros el camino.

María, rostro materno de la Iglesia, intercede por los discípulos de su Hijo. Ella nos sostiene y nos alienta en la esperanza. Nos recuerda la ternura de Dios que la envuelve con su gracia y que, en mitad de la noche, nos abraza contra su pecho susurrándonos al oído, “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. En medio de las dificultades de la vida cotidiana (¿quién no las tiene?), contemplando a María sabemos que “para Dios no hay nada imposible”.

El Adviento es el tiempo de lo imposible. En esta semana, acompañados por la Madre de Jesús, los seguidores de su Hijo queremos ser rostro materno para los que están a nuestro lado, hombre y mujeres de la Palabra que – como el profeta Isaías nos recuerda en estos días – levantamos la mirada y avanzamos con la esperanza cierta de la luz que ya brilla en la noche de la historia. Buena semana.

Solo le faltaba la voz

En 1929, Don Juan Bautista Francesia, salesiano poeta, escritor y conocedor como nadie de los orígenes de la Congregación, escribió:

“A Don Rinaldi  sólo le falta la voz de Don Bosco, todo el resto lo tiene”.Rinaldi

¿Quién era aquel que merecía tal elogio de uno de los muchachos que mejor conoció a Don Bosco y fue protagonista en primera línea de los comienzos de nuestra familia? Tenemos que remontarnos mucho tiempo atrás. En 1866, un pequeño estudiante de la casa salesiana de Mirabello se encontraba por primera vez con Don Bosco. El santo sacerdote, de visita en la casa, tuvo la ocasión de encontrarse con los jóvenes y dirigirles una buena palabra. Aquel encuentro quedó profundamente marcado en el corazón y en la mente de Felipe, que así se llamaba nuestro protagonista:

 “Recuerdo como si fuera ayer – escribió Felipe muchos años más tarde, casi al final de su vida -, la primera vez que me encontré con Don Bosco siendo tan sólo un niño. Tenía poco más de diez años. El buen padre estaba en el comedor después del almuerzo, todavía sentado en la mesa. Con gran cariño se preocupó por mis cosas, me habló al oído y después de haberme preguntado si quería ser su amigo añadió, casi para solicitar una prueba de correspondencia, que al día siguiente fuese a confesarme con él”.

Felipe Rinaldi narraba este episodio en el tramonto de su vida, como quien lee lo acontecido hace mucho tiempo pero con la vivacidad de los acontecimientos que jamás se borran y permanecen siempre en la memoria. Aquel hablarle al oído cuando solo tenía diez años y el haberle abierto su corazón a Don Bosco fueron, escribe Don Rinaldi, como “las luces de la mañana que brillan con viva claridad ahora que la vida llega a su fin”.

Fue el encuentro entre dos santos y uno, Don Bosco, había leído la vida del otro. El pequeño Felipe tenía algo especial. Aunque no se hizo la luz enseguida en su proyecto vital, Don Rinaldi se hizo salesiano y más tarde, después de afrontar numerosas responsabilidades (director, inspector de España y de Portugal, Prefecto General), fue elegido Rector Mayor, sucesor de Don Bosco al frente de la Congregación Salesiana.

Sencillo y cordial, dicen de él que ha sido el salesiano que mejor ha encarnado a Don Bosco.  Viva imagen de nuestro padre, expresó como nadie su bondad. Como a Don Bosco, a Don Rinaldi Dios le dio un corazón tan grande, tan grande, como las arenas de las playas de los mares. Fue su fiel reflejo y con creatividad supo ponerle rostro a la amorevolezza salesiana.

El tercer sucesor de Don Bosco respiró el aire de aquellos primeros pasos de la Congregación y bebió de las fuentes más puras del carisma salesiano. Se entusiasmó con Don Bosco y descubrió en él la fuerza arrolladora de la santidad hasta el punto de recorrer el mismo camino de rosas y espinas por un emparrado hermoso y difícil que exigió de él una entrega sin límites.

Santo en una familia de santos, la Iglesia lo declaró Beato en 1990 y su fiesta es celebrada el cinco de diciembre. Damos gracias a Dios por habernos regalado salesianos de la talla de Don Felipe Rinaldi y nos sentimos – también nosotros – herederos de una santidad ordinaria que hace extraordinarias las cosas sencillas de cada día vividas con los ojos y el corazón de Dios.