Amigos y no siervos

Amigos y no siervosEs una de las frases más hermosas del Evangelio. Y lo es porque nos habla del corazón de Dios. Del amor entrañable (en el sentido literal del término) de quien nos ha hecho a su imagen: libres, con capacidad de amar y de admirar la belleza, con anhelos de plenitud.
No sé por qué, en ocasiones, la religión cristiana ha sido distorsionada. No sé por qué endiablada razón se han equivocado los términos y un rostro desfigurado de dios nos ha hecho esclavos. Esclavos de una obligación hecha norma coercitiva y violenta. Esclavos de una moral absoluta y eterna codificada en preceptos arrojados como pesados fardos en la vida de las personas. Esclavos de una visión de la realidad identificada con un lamentable valle de lágrimas y oscurecida con los terrores del infierno. Esclavos, en fin, de un dios tirano que nos somete al dictado de su caprichosa voluntad (“perrillos falderos” en expresión nietzscheana).

Nada que ver con la propuesta liberadora de Jesucristo. El que pasó por la vida haciendo el bien, sanando y liberando a las personas, nos mostró el rostro de Dios. Porque quien ha visto al Hijo ha visto al Padre. Y su mensaje, la fuerza (dynamis) de su palabra, su gesto misericordioso, su vida y su muerte nos hablan de Dios, de su encarnación, de su kénosis, de su debilidad, de su amor.
Y Dios ha preferido llamarnos amigos y no siervos. Porque un siervo no sabe lo que hace su Señor. Nosotros somos sus amigos. Y al amigo se le habla al corazón, con la palabra que regenera y recrea y hace nuevas todas las cosas. Y se le sienta a la mesa para compartir el banquete de fiesta con el vino nuevo y el pan de la vida. ¿No ha comparado Jesús el Reino a un banquete? ¿No es esta la experiencia cristiana? ¿No es Jesucristo el vino nuevo y definitivo ante las viejas y vacías tinajas de piedra como de piedra era la ley?

Para el amigo no hay preceptos, sólo el abrazo misericordioso del amor en la verdad. Con el amigo se comparte la esperanza, aún en la dificultad, de que mañana las cosas estarán mejor. Porque yo estoy contigo, nos recuerda el Maestro. Hasta el final.
Y Aquel que nos ha llamado amigos nos ha asegurado que incluso más allá de la muerte, el amor es más fuerte que las tinieblas. Su luz nos hace ver la luz y nos ensancha el corazón porque el futuro es el adventus de la plenitud de Dios que anhelamos. Amigos y no siervos. Palabra de Jesucristo, nuestra esperanza.

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