No se lo impidáis

Pensamiento débilHe escuchado decir estos días en petit comité a un eclesiástico muy reverenciado algo así como que “estas cosas de educar a los derechos humanos y al desarrollo” es, simple y llanamente, “pensamiento débil”.  Lo nuestro – perecía decir -, lo verdaderamente “pata negra”, es la “evangelización explícita”.

Nadie con sentido común hace afirmaciones tan rotundas sin el riesgo de dejar sus vergüenzas al aire o, lo que es lo mismo, dejar entrever su rigidez mental. Identificar tout court la misión de la Iglesia con el adoctrinamiento confesante (porque eso es lo que parece haber detrás de la expresión evangelización explícita), según – para mas inri una única interpretación ideológica del pensamiento teológico, me parece – cuanto menos -, una temeridad.

La constatación de que Iglesia está preocupada y comprometida por el desarrollo de los pueblos, y por tanto de todo ser humano, encuentra fácil argumentación a lo largo de la historia. La preocupación por la justicia y la solidaridad ha sido reivindicada por el propio Concilio Vaticano II cuya sensibilidad fue magistralmente desarrollada por Pablo VI en la carta encíclica Populorum Progressio[1] recogiendo, a su vez, todo el Magisterio precedente.

Que la comunidad de los seguidores de Jesús no podemos sustraernos al compromiso de la solidaridad es una convicción en tantos y tantos millones de cristianos que a lo largo del tiempo, también hoy, la han expresado en la vivencia de la caridad y en la lucha por la justicia. El mandado de Jesús “dadles vosotros de comer” ante la muchedumbre en el descampado nos apremia al contemplar los millones de personas en el mundo en riesgo de morir de hambre, aplastados por las injusticias y las desigualdades, excluidos de la realidad por políticas devastadoras y conciencias sin escrúpulos.

Afirmar con desprecio que ocuparse de educar en la conciencia de la solidaridad y la justicia, promover una cultura global que favorezca los derechos humanos o formar ciudadanos creativos con capacidad de incidir en la realidad para transformarla desde los valores que promueven, por ejemplo, los “objetivos del milenio” es ceder a la tentación del “pensamiento débil” es un insulto a la comprensión cristiana de la transformación social y demuestra no haber asumido con todas las consecuencias la encarnación del Verbo. Y, de paso, pone de manifiesto las cuatro banalidades que se manejan en determinados círculos sobre el pensamiento de Gianni Vattimo.

Nada hay humano que escape al enfoque de la filosofía hermenéutica comprometida social y políticamente con la realidad. Como no hay nada humano que escape a la preocupación y a la solicitud pastoral de la Iglesia de Jesús porque los dolores y las esperanzas de las personas lo son también de la comunidad cristiana (Cfr. GS 1, 1).

Estoy harto de los prejuicios ideológicos de una cierta mentalidad eclesiástica imperante que, confundiendo churras con merinas, exhibe sin pudor una nueva versión del extra ecclesiam nulla salus  espada en mano, como único camino ante el laicismo imperante. Se olvidan, quienes así se expresan, del mandato del Señor cuando sus discípulos le denunciaron indignados que había quien, sin ser de los nuestros, echaba demonios en su nombre. Jesús les respondió: “No se lo impidáis” (cfr. Mc 9, 39).

Pues de eso se trata, de echar demonios. Aunque algunos de ellos (los de pata negra), como dijo el Maestro, solo se pueden combatir con mucho ayuno y oración.


[1] “El desarrollo de los pueblos -principalmente de los que ponen su empeño en liberarse del yugo del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la incultura; de los que ansían una participación más intensa en los frutos de la civilización, una más activa apreciación de sus humanas peculiaridades; y que, finalmente, se orientan con constante decisión hacia la meta de su pleno desarrollo-, este desarrollo de los pueblos -decimos- es observado con tanta atención como esperanza por la Iglesia misma. 

Porque, en efecto, una vez terminado el Concilio Ecuménico Vaticano II, el renovar un concienzudo examen ha movido a la Iglesia a juzgar y valorar con más claridad lo que el Evangelio de Jesucristo demandaba, y creyó obligación suya el colaborar con todos los hombres para que éstos no sólo investigaran los problemas de esta gravísima cuestión, sino que se persuadieran de que, en esta hora decisiva en la historia de la humanidad, es necesaria urgentemente la acción solidaria de todos” (Populorum Progressio 1.

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