En el centro de la aldea

BXVI y FranciscoEl Papa Francisco no deja de sorprendernos. Una ventana parece haberse abierto en los palacios vaticanos y una inevitable sensación de frescura esta siendo percibida por muchos cristianos en todo el mundo en estos primeros meses de Pontificado del sucesor de Benedicto XVI. He dicho ya en alguna ocasión que no me parece alguien que improvise sin más. Creo que sus palabras y sus gestos son creíbles porque habla un lenguaje perfectamente comprensible para todos y su decir tiene auctoritas. Llama la atención a propios y extraños su extraordinaria sencillez y su sonrisa bondadosa. Ha descolocado a muchos su simplicidad a la hora de apuntar signos que dejan al descubierto (como el jeep en el que pasea por la Plaza de San pedro) no solo gestos de ternura y afecto a los pequeños y los pobres sino la profundidad de un pensamiento tan despojado de innecesarios circunloquios como directo y profundo.

A estas alturas, nadie duda de que hay un programa bien preciso, trazado en una hoja de ruta que se despliega en decisiones y propuestas llamadas a provocar lo que él mismo no ha dudado en denominar una “revolución pastoral”. Es la pastoral de la misericordia, la del rostro materno de la Iglesia, la que refleja las entrañas de la maternidad-paternidad de Dios, la de la bondad y la ternura, la que sana heridas y hace resonar la Buena Noticia del amor de Dios en el corazón de la ciudad, en las periferias existenciales y en los descampados donde el dolor del mundo es más agudo. Esa es su prioridad y no deja de repetírnoslo.

Esta es nuestra Iglesia. La Iglesia de Jesucristo. La Iglesia de hoy, de ayer y de siempre que con renovada vitalidad hace resonar la Buena Noticia de su Señor a través de la voz creíble de sus pastores. Y el Obispo de Roma tiene olor a oveja. Curtido en mil batallas y sanador de heridas, el Papa Francisco viene del centro de la aldea y baja constantemente a la arena de lo humano sin evitar el cuerpo a cuerpo. Tiene la exousia (autoridad) de los hombres de Dios y la parresia (libertad) de quien se deja conducir por el Espíritu.

Es inútil el debate instalado en la calle sobre si “esta iglesia, si” frente a quienes le precedieron en la sede de Pedro. Esta dicotomía maniquea que nos hace buenos y malos según se esté o no de acuerdo con mi manera de pensar es tan estéril como quienes intentan enmendarle machaconamente la plana al Papa Francisco matizando sus palabras para que las aguas mansas muevan la muela de su propio molino. Asistimos al espectáculo lamentable de quienes cotidianamente ponen sordina a sus mensajes torciendo el gesto con muecas de desagrado contenido. Dicen y no dicen, para que no se note mucho que así no, que es mejor no hacer mucho caso; pero sin que nadie les pueda acusar de no estar con el Papa, como se espera de un buen católico.

Tras unos primeros meses entre la indulgencia de algunos concediendo el beneficio de la duda y la euforia de muchos, ha comenzado el silbido de sables. Se veía venir. Pero es una pena perdernos en un bosque de enredos entre partidarios y detractores haciendo tanto ruido que, finalmente, el fragor dialéctico no nos deje percibir con claridad que algo nuevo está brotando. O lo que es peor, que muchos a nuestro alrededor nos perciban divididos, a la gresca, en dos versiones contrastadas de un catolicismo estereotipado en los moldes ideológicos de conservadores y progresistas defendiendo cada quien su primogenitura.

Francisco es el Obispo de Roma, el que nos preside a todos los bautizados en la caridad. Esta es nuestra Iglesia. La misma Iglesia a la que sirvió Juan Pablo II o Benedicto XVI, por remontarme solo a sus inmediatos predecesores. Pero el Espíritu sopla donde quiere y nadie sabe ni de donde viene ni a donde va. Lo importante ahora, como en todo tiempo, es saber escuchar la voz del Señor que hace nuevas todas las cosas en una Iglesia siempre en camino y necesitada de un impulso renovador. Como lo fueron los anteriores Pontífices, Francisco es hoy un don de Dios para la comunidad cristiana y para el mundo, tan necesitado de una palabra creíble que haga resonar la Palabra en el corazón de los creyentes y aliente la esperanza en quienes, abandonados a la intemperie, anhelan abrigo y dignidad. Si no prestamos atención a la brisa el Espíritu, tan distraídos con nuestras cuitas, estaremos condenados a perder el tren de la historia y, lo que es peor, frustrando la mediación de una Iglesia creíble y veraz.

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