La luz que me habita

Vela 2Hace ya bastantes años que leí la estupenda obra del norteamericano P. Berger titulada “Rumor de ángeles”. En estos días, celebrando el inicio del adviento con jóvenes universitarios, he desempolvado mis recuerdos y la reflexión me ha llevado a evocar una imagen poderosa, de esas que te ensanchan el alma, cuyo matices quedaron impresos con nitidez en mi memoria cuando me acerqué por primera vez al libro en cuestión.

Siempre me resultó sugerente la pequeña historia que al autor utiliza para expresar la Presencia de Dios en nuestro mundo, a veces tan opaco. Un niño pequeño duerme en su habitación y sueña una horrible pesadilla. El miedo le hace despertar sobresaltado en mitad de la noche con un llanto inconsolable. La oscuridad y la soledad le acentúan aún más la sensación de estar perdido.

En una habitación cercana, la mamá escucha enseguida los gritos del pequeño y levantándose rápidamente corre por el pasillo hasta el cuarto del hijo. Entrando, enciende la luz y lo coge de la cama acurrucándole en su pecho y besándolo insistentemente. Le susurra con voz suave al oído: “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. Y el niño, en el regazo de su madre, con el calor de sus besos y la calidez de su voz deja poco a poco de llorar, se tranquiliza y vuelve a conciliar el sueño mientras se siente acunado.
“Tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. Y añadía el autor: ¿Engañará la madre al hijo? Porque en ese mismo instante una persona está apuñalando a otra en la esquina de la calle.

No todo está bien. A nuestro alrededor hace frío. En ocasiones la oscuridad de la noche nos sobresalta. Nuestro mundo se hace opaco y nos oculta la luz. Nos golpea el desasosiego y experimentamos soledad. Sentimos en no poco momentos que nos falta el aire. Vivimos apresurados y nos invade una inquietud que nos roba la paz. Y sin embargo, la Presencia de Dios nos trae un susurro, como un rumor de ángeles, que en medio de la noche nos conforta y nos devuelve la paz. Es la luz que nos habita. “Todo está bien, hijo mío, estoy aquí contigo. Mañana enfrentarás de nuevo el día y estaré a tu lado para sostenerte y alentar tus pasos en medio de la ventisca. Todo está bien”.

En la esquina de la calle un viento helado, al amanecer, se deja sorprender por la luz del nuevo día. Luz, al fin y al cabo, que acariciará los rostros bajo el sol del mediodía. Dios viene, viene siempre.

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