Confesiones

En este Jueves Santo, estas reflexiones están dedicadas a todos mis hermanos sacerdotes que viven en el día a día el amor extremo, identificados con Cristo servidor. Muchos de ellos inspiran y alientan mi día a día.

 

No soy un héroe y lo bueno es que lo sé. Estoy en la cincuentena, me levanto muy temprano cada mañana dispuesto a batallar y no doy nada por perdido. Le planto cara a la mediocridad que intenta ganarme terreno y procuro ser bravo en la pelea por vivir con lealtad cuanto he prometido. Respiro en la palabra acogida y compartida, prefiero el encuentro al desencuentro, gano mucho en las distancias cortas y me desenvuelvo elegantemente en mi trabajo. Decididamente, sigo aprendiendo en la escuela de la vida después de rehacer algún sendero y haber auscultado mejor mi corazón.

Con estas credenciales, puedo confesar que soy cura. Hace más de veinte años. Por pura gracia. Sin haberlo merecido, consciente de mis límites y sin que mi proyecto vital me haga mejor que los demás. Por pura liberalidad de quien me ama desde siempre y me ha encomendado servir a mis hermanos. Sólo servir. Aunque sé de mis medianías, he renunciado vitalmente al poder y al dominio y no tengo bienes. Vivo con lo puesto, como de mi trabajo y pago mis impuestos, no tengo dinero en paraísos fiscales ni me puedo permitir vacaciones en el Caribe. Con poco panes y unos cuantos peces, comparto lo que soy y lo que tengo con quien ha tenido menos oportunidades. Dios me abre cada día los ojos para mirar con su mirada la realidad y me despierta el oído para escuchar su susurro en el corazón de la ciudad. Allí, entre los jóvenes que caminan junto a mí en medio de penumbras y búsquedas, quisiera contarles su bondad y su ternura.

Soy cura. Y así me siento hasta en el último poro de mi piel. Y sé que cuanto soy, en sus luces y en sus sombras, es puro don de Dios que me tejió en el seno de mi madre y desde ese instante pronunció mi nombre. Aún en momentos de zozobra, no he dejado de experimentar cada día su ternura, no me ha faltado nunca su presencia protectora, no he vivido sin su aliento.

Soy cura. Y no me entiendo sin serlo. Me identifico con Jesús, el Cristo; anhelo, como él, pasar por la vida haciendo el bien, intentando sanar y liberar, levantar y sostener, alentar y amar. No pido nada a cambio. Estoy convencido de que es mejor abrazar que golpear y creo en la revolución de la bondad. Sé que al final solo me preguntarán ¿has vivido? ¿Has amado? Confío en poder pronunciar algunos nombres.

Es largo el camino y angosto el sendero. Confieso que en ocasiones, cuando todo está oscuro, me invaden la angustia y el miedo. Me golpea la tentación de abandonar y en el fragor de la batalla algunas heridas sangran. Es entonces cuando la mano de mi Dios me rescata, su misericordia cicatriza y en la debilidad, su fuerza me hace fuerte.

Soy cura. Y cada día parto el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía con mis hermanos. Y la memoria del Resucitado renueva la salvación de Dios en nuestro mundo en un pacto definitivo y liberador. Comprometida y subversiva Eucaristía. En ella Dios me hace más hijo, más hermano, más servidor. En ella, comprendo mejor que no hay amor más grande que dar la vida por aquellos a los que amamos. Aunque lejos, es el horizonte hacia el que camino.

Soy cura. En la Iglesia y para los jóvenes. No podría serlo de otra manera. La comunidad de los seguidores de Jesús es mi patria, mi casa, mi madre. En ella nací a la vida y en ella recibí la fuerza y la luz del Espíritu. En ella creo, vivo y comparto mi fe. En ella intento ser signo de perdón y de misericordia. Con ella me siento en profunda comunión y la amo con todas mis fuerzas. A ella sirvo y en su nombre soy enviado a mis hermanos – especialmente a los jóvenes empobrecidos y excluidos – por la fuerza del carisma salesiano, don precioso del Espíritu al pueblo santo de Dios. Después de muchas horas de vuelo, en este momento de mi vida solo considero verdaderamente relevante cuidar a las personas. Me sobra lo demás.

Soy cura y vivo agradecido al Señor de la vida. Entre balbuceos, esperanzas y desvelos, cada día elevo una plegaria rogando a Dios que me haga según su corazón. Pura gracia.

6 Responses to “Confesiones”

  1. Muy feliz día!! Gracias a Dios por cada sacerdote que en mi vida ha sido reflejo claro de la cercanía, de la ternura y la misericordia de Dios Abrazo salesiano.

  2. Te faltó decir ….
    Esto es lo que hay!!!!

    Un abrazo Pepe

  3. Esto es lo que hay. Un abrazo, Toni, amigo mío.

  4. Eres cura, hermano, amigo… Por la gracia de Dios!

  5. Pura gracia, Mamen. Gracias por tu cercanía y tu cariño. Un beso. Feliz Pascua!

  6. In the context of the epidemic in which the world is facing you and your family, join hands to protect your health against corona virus.

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