Ver sin creer

imagesLa falacia moderna nos aseguró que solo es posible creer lo que se ve, se mide o se comprueba a través de las leyes de la física. Para muchas personas resulta inequívoco afirmar “yo solo creo lo que veo”. Y tras esta convicción – en no pocos casos – encontramos una visión reductiva del ser humano que de forma apodíctica ha identificado ideológicamente un solo camino hacia la verdad: la empiría.

Tras las críticas del racionalismo crítico a la tiranía de la ciencia y el descubrimiento de otras inteligencias en el desarrollo de la persona, la modernidad ha dejado sus vergüenzas al aire y ya nadie se cree que sea más verdad que el agua hierve a cien grados que la experiencia de un amor auténtico o las emociones que suscitan en nosotros las obras de arte. Por ejemplo.

No hay un único camino. La verdad es poliédrica y no se deja atrapar fácilmente. Durante siglos ha sido secuestrada por la pretensión moderna de la exclusividad científica creando un paradigma cultural en el que todas aquellas realidades humanas que escapaban del filtro empírico eran desechadas por bastardas. Así ocurrió con la experiencia religiosa cuya reflexión en forma de verdad teológica fue desterrada del edificio del conocimiento – la universidad – y condenada al ostracismo por falta de pruebas (de las pruebas del rigor científico, se entiende). Hasta los propios cristianos nos lo creímos cuando en el mismo catecismo que estudiamos los de mi generación se afirmaba que “la fe es creer lo que no se ve”. Es decir, la experiencia creyente es – para la catequesis de hace unas décadas – una especie de conocimiento venido a menos, acomplejado ante la potencia y verdad de la ciencia pata negra.

Muchos hemos crecido en este paradigma. No hacía falta preguntarse mucho. La fe – nos decían cuando éramos niños – es , precisamente, creer sin ver. Se trata de asentir a las verdades que la Iglesia nos ha transmitido porque hay un argumento de autoridad ante el cual no cabe dudar sabiendo bien que no se puede penetrar el misterio. Basta con asentir. Solo que no contaban nuestras catequistas con que el argumento no resistiría el camino hacia la madurez creyente junto a una viajera incómoda que se hacía llamar experiencia y que ésta acabaría haciendo las paces con la inteligencia emocional o dando crédito a las emociones.

Creer es una experiencia de encuentro con el Tú de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. Y de respuesta, de adhesión del corazón, a Aquel que nos ha amado entrañablemente y que en la encarnación del Verbo asume desde dentro la humanidad y libera de todas las miserias que nos atenazan. El Dios de Jesús no es el enemigo del hombre, como algunos han querido ver en la modernidad disfrazada de revolución, sino Aquel que se revela como el anti-mal y está de parte del que ha sido golpeado y, doblado de dolor, espera el abrigo de la ternura sanadora.

Para mí el problema hoy, superados los prejuicios modernos, no es creer sin ver; sino, más bien, ver sin creer. Ver y experimentar el dolor ajeno, meter los dedos en el costado abierto de Jesús que son los apaleados en el margen del camino por cualquier causa, tocar el agujero de los clavos que son los pobres, palpar el fondo de la herida de tantos hermanos… y no creer. Este es el problema. Este pasar de largo, este dar rodeos, nos hace incrédulos. Es ver sin creer. Porque es el dolor del mundo la expresión más evidente de un Dios que en la muerte y resurrección de su Hijo ha abierto las prisiones injustas y abierto el mar de la historia para que pasemos a la orilla de la luz y de la vida más plena para todos. La herida y el grito de abandono de tantos hermanos nuestros son un camino hacia la fe, hacia el anhelo del abrazo liberador, hacia el susurro de esperanza que brota del costado abierto de Dios.

Parece una paradoja, pero no; no se trata solo de creer sin ver. Se trata de ver para seguir creyendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo está de nuestra parte y que sus heridas nos han curado. Esta es la experiencia cristiana. Frente a los humanismo ateos y a los medio creyentes que siguen esperando ver para tocar y creer, Jesús de Nazaret nos invita a ver para no pasar de largo y descubrir su presencia en la herida sangrante de una humanidad lacerada que necesita seguir partiendo el pan de su palabra liberadora y de su carne atravesada. Creemos sin haber visto y vemos – y sentimos – para seguir creyendo.

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