Engañifas

RevoluciónNo es nuevo el guiño del marxismo a los cristianos. En la década de los 70 en América Latina parte de la teología de la liberación sucumbió a los cantos de sirena del materialismo dialéctico dejando al aire las vergüenzas de un comunismo que robaba las entrañas al evangelio apoderándose del mito de que el primer comunista de la historia se llamó Jesús de Nazaret (Hugo Chávez dixit). En su nombre y en el del pueblo se empuñó el fusil y se justificó una revolución violenta para acabar con el capitalismo y derrocar al dictador. Eso tan maquiavélico y tan poco evangélico de que “el fin justifica los medios”.

Nunca justificarás la violencia ni usarás el nombre de Dios en vano. Pero lo cierto es que a lomos de la nueva trova cubana o tomando unas copas con el Che, muchos cristianos identificaron los movimientos revolucionarios contra las dictaduras latino americanas como un nuevo éxodo que abría el mar de la historia para hacer surgir un mundo diferente en el que – oh, paradoja – el proletariado asumiera el poder y se convirtiera en la nueva casta sin importarle que el pueblo permaneciera en la cuneta de la pobreza. Años más tarde, en el declino del siglo XX, caían algunos muros en otras latitudes certificando el rotundo fracaso de un proyecto político profundamente injusto y deshumanizador.

La teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez no pudo prever la deriva materialista ni siquiera pudo imaginar su maridaje con el ateísmo marxiano. Pero el coqueteo de las ansias de libertad con el mejor postor que encarnaba la revolución hizo que la indignación se tornara acción política con tintes cristianos y liberadores. Muchas comunidades cristianas de base, jaleadas por los populismos y desasistidas por una Iglesia institucional desposada con el poder y fuera del juego de la historia, dejó de beber en su propio pozo para enfangarse en la ciénaga de las dictaduras de izquierda.

El populismo de izquierdas en nuestro país presenta numerosas semejanzas con aquellos movimientos revolucionarios de signo marxista de los años setenta en Latinoamérica. Y como entonces, algunos de sus líderes hacen guiños a los cristianos más a la izquierda del espectro eclesial buscando nuevos caladeros de votos. Su burda utilización de las palabras de Francisco y la manipulación de sus reformas para llevar el agua a su molino no deja de ser una estafa, aprovechando que el Tajo pasa por San Pedro. Para muchos católicos, como para tantos otros ciudadanos de bien, algunas de estas opciones políticas son la alternativa más viable para afrontar el desencanto y la desesperación a la que parecen habernos llevado los últimos gobiernos. Legítimo. Una jugada hábil. Pero el planteamiento, en muchos casos, no resiste algunos argumentos críticos.

Tras la seducción inicial vienen los sonrojos. No hay nada evangélico en la violencia – sea de tipo que sea – para alcanzar el poder a toda costa. La revolución del proletariado que postuló Marx y mucho menos las aplicaciones políticas de Lenin, nada tienen que ver con la propuesta liberadora de Jesús de Nazaret y la lucha por la justicia. Darle la vuelta a las estructuras injustas no implica la lucha de clases, la exclusión de quien no piensa como yo, el control del pensamiento único o la disciplina de partido. No es posible identificar el cristianismo con el control de las conciencias, la manipulación de la vida o la falta de libertad porque ya se ocupa el estado de lo que tengo que saber, escuchar o pensar. Engaña deliberadamente quien en nombre de Jesús quiere abolir la propiedad privada y predica el “café para todos” en nombre de una falsa igualdad en la que hay quien decide por mí, cómo tengo que vivir o cómo tengo que educar a mis hijos. Se olvidan de qué es la libertad quienes condenan a los creyentes a recluirse en las sacristías negándoles el espacio público al que todos los ciudadanos – sea cual sea su credo, condición sexual o color de la piel – tienen derecho. Manipulan la realidad quienes proclaman y defienden un estado laico cuando en realidad quieren decir excluyente. Nos venden gato por liebre quienes sonríen al Papa que vino del sur pero quieren asaltar el cielo desahuciando a Dios.

Ya he argumentado en más de una ocasión que me sitúo más allá de cualquier ideología (sea de derechas o de izquierdas) distorsionadora de la realidad y pienso que el tiempo de las mismas está llegando a su fin en este ocaso de occidente. Soy cristiano en una sociedad plural y libre. Defiendo una sociedad mejor con más oportunidades para todos y en la que nadie se tenga que conformar con las migajas que caen de la mesa del señor. Estoy implicado hasta las trancas en la acción social, no soy conformista y estoy convencido de que hay revoluciones por hacer; pero no voy por la vida asaltando a nadie ni pintarrajeando paredes con proclamas libertarias. No me gusta que me engañen ni que me tomen por tonto. Mi fe no está en venta ni vale un puñado de votos. Lo de la izquierda populista en España es de traca. Ante su discurso disfrazado de socialdemocracia, los intentos de captar el voto católico es una engañifa digna de las mejores intervenciones del “Gorila Rojo” para quien Jesucristo era un líder bolivariano.

Sin acritud, o como dijo el cómico, “sin ánimo de lucro”; no sea que me vaya a investigar la asamblea venezolana.

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