Pasa, quédate…

la foto 3A Yusuf lo encontramos en la calle. No importa cómo ni qué día. Lo cierto es que andaba sin rumbo después de unas semanas perdido desde que lo echaron de la casa de acogida donde había residido el último año. Una casa para chicos de mayoría de edad en la que transitan unos meses antes de que la Administración se desentienda definitivamente de ellos. Carne de cañón. Para colmo, una pelea entre iguales precipitó la salida sin que plantearan otras alternativas. Era la norma disciplinar ante la que parece importar poco qué va a ser del chico. La has hecho, la pagas.

Llamó a nuestra puerta y la tentación fue mirar para otro lado. Dar un rodeo y pasar de largo es siempre el camino más corto. Ya se ocuparán otros. Pero es aquí, en este preciso momento, cuando es necesario pararse para romper inercias, tan enfrascados como estamos en las mil cosas que nos ocupan, convencidos de que ya hacemos lo suficiente.

Me pregunto qué hubiera pasado si Don Bosco, aquella noche del mes de abril de 1847, ante el chaval calado hasta los huesos y aterido de frio que llamó a su casa en mitad de la tormenta, hubiera dado un portazo. Me he imaginado muchas veces qué hubiera sido de nuestra historia salesiana si aquel joven sacerdote hubiera remandado al adolescente que le interpelaba al día siguiente, enfadado por venir a molestarlo a horas intempestivas; o si lo hubiera despedido para que lo atendieran las estructuras de la administración pública (servicios sociales, diríamos hoy); o si se le hubiera ocurrido darle la dirección de las oficinas de la “Mendicidad instruida” (hoy nos acordaríamos de Caritas) donde lo podrían atender martes y jueves por la tarde. ¿Qué hubiera ocurrido? ¿No habría sido bien distinta nuestra historia?

Pero Don Bosco no especuló. No tenía estructuras, no tenía un plan, no tenía dinero. Pero pagó de persona. “Pasa – le dijo, quédate…”. Y se convirtió en puerta abierta, en fuego de hogar, en pan partido. Y más tarde vinieron más, muchos más.

A Yusuf lo encontramos en la calle. Don Bosco nos inspira y nos compromete a no cerrar puertas, a no dar rodeos ante el sufrimiento ajeno, a acoger incondicionalmente, a hacer de nuestras casas nuevos espacios para sostener y alentar la esperanza de los jóvenes más vulnerables. Como siempre ha sido.Veredas nuevas, o acaso las de siempre, cuando nos remontamos rio arriba, hasta el manantial del que brota nuestro cauce cotidiano.

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