Silencio habitado

SilencioLa nueva película de Scorsese es muy de Scorsese. Naturalmente que no soy un crítico de cine ni pretendo ejercer un oficio para el que no estoy preparado. Pero como amante del buen gusto, de la belleza y de todo lo que huye de la banalidad de las cosas, me parece un trabajo más que meritorio.

La historia es potente y los planteamientos de fondo desnudan el alma del director que, por otra parte, sigue de cerca la novela del mismo título de un autor japonés llamado Shusaku Endo. Scorsese ya se había planteado en otros momentos cuestiones como el silencio de Dios, el sentido del dolor y del sufrimiento, lo inescrutable del corazón humano, el combate de la fe, la lucha entre el espíritu y la carne, la debilidad del ser humano y la fortaleza de la fe. Todas ellas aparecen, de una u otra forma, en la nueva película del director estadounidense.

Aunque – a mi juicio – con exceso de metraje, me parece muy bien trazado el hilo argumental y con un uso magistral del tiempo. En un buen guión y con imágenes de extraordinaria belleza se entrelazan diversos niveles de lectura que van desplegando las cuestiones fundamentales. ¿Dónde está Dios ante el dolor y el sufrimiento de los suyos? ¿Vale la pena sufrir por la fe? ¿Puede la fe conducir – por coherencia ante la adversidad – hasta la misma muerte? ¿Es Dios un tirano que permite el dolor de su propio hijo sin conmoverse ante él? Son interrogantes que me recuerdan a “La última tentación de Cristo” en la que el mismo Jesús parece ceder a la tentación de bajarse de la cruz para evitar un sufrimiento estéril que solo conduce a una muerte tan inevitable como inútil.

De igual manera, en “Silencio”, la ambigüedad del planteamiento conduce a pensar si la renuncia a la fe no es el único camino para evitar el sufrimiento personal y ajeno. Es en la respuesta a este interrogante donde, a mi juicio, la película fracasa teológicamente. En efecto, para Scorsese la salida es la apostasía, incluso justificada por la voz de Cristo que alienta a sus discípulos a pisotear su imagen para escapar del absurdo. El sufrimiento de los inocentes bien vale la renuncia a tu fe si con ella se libera a quienes están a punto de morir por tu causa. El dilema moral lleva al filme a su punto más álgido: el pastor renuncia a su credo por salvar a su pueblo, pero su renuncia escandaliza a los más sencillos que ven con estupor la traición de quien les ha anunciado a Jesús y los ha sostenido hasta entonces. En el fondo, parece que sea la piedad hacia la debilidad humana la que salva y no la muerte redentora de Cristo que entrega la vida por amor.

Aflora en más de un momento el argumento nietzscheano de la debilidad de Cristo (frente al poder y la vitalidad de dionisos) y del cristianismo como una religión para los débiles. Contrasta la fe y la fortaleza de los sencillos (cuestionada al final de la película por Ferreira como superficial y casi pagana) y el planteamiento intelectual del budismo asumido por el propio Ferreira al desmontar al mismo cristianismo después de su apostasía. De nuevo más preguntas que respuestas: ¿Hay fuerza en la debilidad? ¿Es la fe más fuerte que la propia muerte? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento en este valle de lágrimas? No está dicho que la película descifre los interrogantes. Pero es correcta en sus planteamientos y deja abiertos no pocos caminos susceptibles de ser recorridos por los espectadores en el amplio espectro de la pluralidad cultural y religiosa de quienes se acerquen a verla.

En definitiva, una película valiosa y de gran impacto visual y emotivo que plantea cosas serias. Hay que tener valor para afrontar tales temas y hacerlo con acierto. En tiempos de tantas banalidades en el ámbito cinematográfico, se agradece mucho un producto de calidad y que ayuda a pensar. Y eso es ya tanto.

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