Don Bosco y el cambio social

 

Baja calidad    Juan Bosco fue un hombre de su tiempo. Forjado en medio de los avatares sociales, políticos y religiosos que le tocó vivir, fue protagonista de la intrahistoria entretejida en un barrio periférico de la ciudad de Turín con vocación y proyección universal. Podemos decir, con toda razón, que la obra de Don Bosco incidió en la realidad educativa y social de la segunda mitad del siglo diecinueve no solo en la Italia moderna, unificada y liberal, sino en las nuevas fronteras que los salesianos abrieron en Sudamérica y en algunas naciones de Europa. Juan Bosco fue un místico con los ojos abiertos, un hermeneuta de la realidad que no se contentó con ofrecer pan, techo y perspectivas de un futuro mejor a los jóvenes con los que trabajó, sino que con su proyecto hizo palanca en el tejido social para cambiar estructuras injustas y ayudar a forjar un orden nuevo.

Con un acentuado sentido práctico, una tenacidad titánica y una personalidad profundamente creyente forjada en la dificultad, leyó la realidad juvenil con una mirada compasiva. Su corazón de buen pastor se fue modelando, desde su experiencia religiosa, en el contacto con la crudeza de la vida de los niños y jóvenes del arrabal, la calle y la cárcel. Don Bosco quiso dedicarse a los jóvenes más abandonados y en peligro desde el inicio de su Oratorio. La preocupación por los últimos, por los más pobres, por los más vulnerables fue una constante en el desarrollo de su proyecto.

El Santo turinés impulsa, con la obra de los Oratorios y su propuesta educativa, un cambio social. Siendo joven sacerdote, vio, escuchó, supo captar la realidad y ponerse manos a la obra para tratar de paliar los efectos desastrosos de una incipiente pre-revolución industrial y de un masivo éxodo joven del campo a la ciudad que estaban dejando en la cuneta a los hijos de nadie. Eran, la mayor parte, emigrados en busca de fortuna, excluidos de la sociedad que emergía imparable al paso del nuevo orden económico. Se dio cuenta de que no bastaba partir el pan de la solidaridad con los más necesitados, sino que era necesario presionar sobre los rígidos cánones pre-industriales y la nueva economía burguesa para propiciar un cambio estructural. Se trataba, en efecto, de dar más a los que menos tenían y ofrecerles nuevas oportunidades.

Sus resultados fueron más que notables en el campo de la educación, la capacitación y la inserción social: mejoró las condiciones laborales de sus chicos, redactó los primeros contratos de trabajo asegurando derechos, se puso a la vanguardia de la formación profesional y, lo más importante, devolvió dignidad y futuro a miles de jóvenes. Con su proyecto educativo-evangelizador les ayudó a descubrir cuánto los quería Dios. Fue “otra revolución”, ajena a las grandes ideas culturales y económicas que bullían en los países más desarrollados de Europa. Don Bosco impulsó un cambio social y vislumbró otra realidad que se empeñó en hacer emerger con todos los recursos a su alcance. En momentos de crisis, la fuerza utópica y la tenacidad del joven sacerdote italiano son un estímulo para creer que otro mundo es posible aún en tiempos, como los nuestros, de cambio de paradigma, de pocas certidumbres y de futuro incierto.

Los salesianos fuimos fundados, en palabras de nuestro padre, “para los pobres hijos del pueblo”. Más de un siglo y medio después, presentes en los cinco continentes y en ciento treinta y dos países, los hijos de Don Bosco seguimos en primera línea en la defensa de los derechos de los menores afrontando el desafío de la situación de emergencia en la que viven niños, adolescentes y jóvenes, sobretodo en los contextos más desfavorecidos.

En España, la presencia salesiana nace en Andalucía, donde tuvo grandes valedores como el propio Cardenal Marcelo Espínola, admirador de Don Bosco y autor de su primera biografía en lengua castellana. Desde Utrera (primera casa fundada en 1881), lo salesianos se expanden a todo el país. Hoy contamos con una tupida red de colegios, centros juveniles, parroquias y presencias para jóvenes en situación de riesgo de exclusión social que sigue dando respuesta a los retos educativos de las nuevas y de las antiguas pobrezas juveniles. Fieles a la herencia de Don Bosco, seguimos partiendo el pan blanco y bueno de una educación de calidad y en la vanguardia de la innovación; apostamos por la solidaridad y la justicia ofreciendo alternativas a los últimos y a los más vulnerables; anunciamos la buena noticia liberadora de Jesucristo y nos proponemos impulsar una nueva realidad con más oportunidades para todos. Como nuestro padre nos enseñó, acompañamos vitalmente a los jóvenes para que puedan llegar a ser ciudadanos libres y creativos, capaces del bien común y generadores de una sociedad nueva. Todavía hay revoluciones por hacer. Hoy como ayer, la familia salesiana sigue empeñada en darle la vuelta a la realidad para hacer emerger un mundo más parecido al que Dios soñó para sus hijos.

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