Vivir de otra manera

Sin títuloDespués de más de tres décadas viviendo en comunidad, reconozco que compartir el día a día con mis hermanos me ha hecho mejor persona y mejor creyente. La experiencia fraterna me ha hecho crecer y madurar vocacionalmente perfilando en mí, junto a la experiencia de Dios y la misión compartida, el rostro del consagrado que hoy soy con mis virtudes y mis defectos. Pero es también verdad que siempre he echado de menos que nuestro modo de vivir fuera más sencillo, más austero, más pobre.

La invitación del Maestro no deja lugar a dudas. Quien quiera seguirlo ha de liberar el corazón y encontrar otro tesoro de mucho más valor: el Reino, Dios mismo, que es suficiente para llenar una vida en plenitud. Vivir la pobreza evangélica es una opción en libertad que el seguidor de Jesús asume para caminar tras Él con las manos abiertas, la mirada trasparente y el paso dispuesto siempre a la travesía. Sin ataduras, ligeros de equipaje, queremos pasar por la vida haciendo el bien, cerca de los que sufren, restañando heridas, alentando la esperanza, compartiendo lo que somos y tenemos.
Creo que aquí está hoy la fuerza profética de la vida consagrada y de la vida cristiana en general. Somos alternativos porque vivimos de manera diferente. Somos proféticos porque con nuestro compromiso estamos del lado de los pobres y abrimos prisiones injustas.

Hoy, como en todo tiempo, son necesarios los signos que hagan creíble nuestro anuncio. Vivir con menos bienes significa también ser más solidarios y estar cercanos a los más pequeños, a los jóvenes más vulnerables, a los que más lo necesitan. La solidaridad le pone rostro concreto a la caridad y a la justicia precisamente cuando a nuestro alrededor se impone un estilo de sociedad en la que impera el “sálvese quien pueda” o la dictadura de mercado que hace a los ricos cada vez más ricos y a los que menos tienen cada vez más pobres.

Lo nuestro es alternativo. Por eso, nuestra casa salesiana es lugar de acogida; nuestro tiempo es disponibilidad para quien necesita una mano; nuestro trabajo es aportación en la edificación de una realidad mejor; nuestro salario es posibilidad de compartir; nuestra privación es expresión evangélica del no considerar nada nuestro porque pertenece a los pobres.

Ahora que andamos a vueltas con la propuesta vocacional y el discernimiento ante los desafíos que nos plantea el próximo Sínodo, no está mal que pongamos el foco en nuestra manera de vivir. Es necesario vivir de otra manera. Es urgente volver al Evangelio, sine glossa. Solo así el anuncio de la Buena Noticia de Jesús será creíble, nos hará significativos y tendrá la fuerza de la invitación del Maestro a sus discípulos: “Venid y veréis (…) Y se quedaron con él…” (Jn 1, 39).

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