Paradigmas

REFUGIADOS-FOTOEn estos primeros acercamientos al documento conclusivo del Sínodo, me llama la atención poderosamente cómo entre los tres “núcleos cruciales” puestos de relieve en el análisis de la realidad juvenil que el texto propone en su primera parte, se haya puesto de relieve el tema de los jóvenes migrantes. En efecto, dice el documento, “muchos Padres sinodales han subrayado que los migrantes (muchos de ellos jóvenes) son un ‘paradigma’ capaz de iluminar nuestro tiempo y en particular la condición juvenil” (25).

Se habla, ni mas ni menos, que de paradigma. Los paradigmas, decía Thomas Kuhn en su conocida obra “La revolución de las estructuras científicas”, son realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica. Si la aplicación del término al lenguaje común es adecuado, suprimida las connotaciones científicas, el paradigma es un modelo interpretativo que permite leer la realidad desde criterios hermenéuticos compartidos y que debería poder ofrecer a la Iglesia algunas respuestas. Si los Padres sinodales están en lo cierto en su análisis, el fenómeno migratorio nos ofrece algunas claves de lectura interpretativa de la realidad juvenil desde las que la Iglesia deberá preguntarse sobre su capacidad de incidencia e interacción en su anuncio del Reino.

Estoy fundamentalmente de acuerdo con esta sensibilidad. Encuentro que la realidad migratoria, con una atención particular a los jóvenes, nos ofrece claves interpretativas desde las que interrogarnos sobre la acción eclesial en el mundo de hoy.

En primer lugar, porque la situación de las personas migrantes, dejando atrás toda una vida y abriéndose a nuevos contextos desconocidos y con un futuro incierto es – las más de las veces – de extrema vulnerabilidad. Y es, precisamente, la vulnerabilidad lo que nos acomuna a todos los seres humanos. Desde esta profunda conciencia de nuestra desnudez es desde donde creo que podemos alentar actitudes de acogida, de entendimiento, de protección, de defensa de las injusticias, de afectos compartidos y de futuros alcanzados con mi mano en la tuya. En esto la Iglesia tiene mucho que decir frente a tantas posturas equívocas y decididamente insolidarias como vemos en muchas sociedades modernas.

En segundo lugar, porque la realidad de la migración nos habla de superación de fronteras y de amalgama de culturas que se enriquecen mutuamente por el bien común. Se trata de trazar puentes y no de dilapidarlos; de abrir ventanas y no de levantar muros; de búsqueda del encuentro y no de airear prejuicios. También aquí, paradigmáticamente, la Iglesia encuentra criterios para hacerse oír de forma más creíble y audaz. Somos hijos (y esta condición de creaturas nos hace vulnerables) y hermanos en el Hijo. Nuestra acción pastoral debe ser profética y puede hacer resonar un mensaje de sanación en un mundo herido por las diferencias, los desencuentros, el rechazo o la violencia.

Finalmente, creo que la realidad de la migración que vivimos hoy globalmente en nuestro mundo es – en efecto – un paradigma que ilumina nuestro tiempo y en particular los jóvenes del siglo XXI, porque la provisionalidad – tantas veces forzada y dolorosa – puede convertirse también en un modo de vida que – garantizados los derechos fundamentales de las personas – nos ayude a poner la mirada y el corazón en las cosas que realmente valen la pena. Vamos de vuelo, escribió Juan de la Cruz. Y así es. Nuestra vida es un soplo y vale la pena vivirla con pasión tratando de que nuestros sueños no se ahoguen en ninguna travesía. Creo que la Iglesia en su anuncio del Reino tiene mucho que decir para proponer la vida buena del Evangelio de Jesús que nos habla del valor de lo pequeño, de la audacia de vivir desinstalados y tendiendo la mano al hermano, de la felicidad que sentimos en el corazón cuando experimentamos que el único camino es el amor con todas sus consecuencias. En clave cristiana esto se traduce en el des-vivirte por los demás.

A mi, compartir la vida con jóvenes migrantes me ha hecho mejor. Ha abierto mis ojos dándoles una luz nueva. Siento que el anuncio del Reino está en lo pequeño, en la semilla de mostaza, en la levadura en la harina, en el cuidado de las personas por encima de todo. He comprendido que hacer Evangelio es susurrar el nombre de Jesús en el gesto silencioso de curar la herida de mi hermano sin que me importe que venga del otro lado del Estrecho. O quizás sea más acertado decir, porque me importa.

Un paradigma, si. Seguramente tienen razón los Padres sinodales.

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