Para Dios no hay nada imposible

ImposibleHace ya bastante tiempo que leí la estupenda obra del norteamericano P. Berger titulada “Rumor de ángeles”. Siempre recordaré la sugerente imagen que al autor utiliza para expresar la Presencia de Dios en nuestro mundo, a veces tan opaco. Un niño pequeño duerme en su habitación y sueña una horrible pesadilla. El miedo le hace despertarsobresaltado en mitad de la noche con un llanto inconsolable. La oscuridad y la soledad le acentúan aún más la sensación de estar perdido. En una habitación cercana la mamá escucha enseguida los gritos del pequeño y levantándose rápidamente corre por el pasillo hasta el cuarto del hijo. Entrando, enciende la luz y lo coge de la cama acurrucándole en su pecho y besándolo insistentemente. Le susurra con voz suave al oído: “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. Y el niño, en el regazo de su madre, con el calor de sus besos y la calidez de su voz deja poco a poco de llorar, se tranquiliza y vuelve a conciliar el sueño mientras se siente acunado.“Tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”.

Esta pequeña historia nos ayuda a adentrarnos en esta segunda semana de Adviento. En ella, la figura de María de Nazaret le da una tonalidad especial a este tiempo de esperanza y confianza en las promesas de Dios. La Madre de Jesús, cuya fiesta celebramos este domingo, es la mujer de la Palabra. Creyente entre creyentes, María confía en el proyecto salvador de Dios. Se identifica tanto con la Palabra que la hace carne de su carne y la da a luz. Por eso la figura de María es tan central en el Adviento, porque en ella Dios viene a nuestro encuentro y se hace carne de nuestra carne, historia de nuestra historia, uno de nosotros. María Inmaculada es anticipo de lo que será. Como ella, también nosotros seremos transparencia de Dios. Como ella, caminamos en esperanza, haciendo nuestra la Palabra cada día para poder “darla a luz”, anunciarla con alegría a cuantos comparten con nosotros el camino.

María, rostro materno de la Iglesia, intercede por los discípulos de su Hijo. Ella nos sostiene y nos alienta en la esperanza. Nos recuerda la ternura de Dios que la envuelve con su gracia y que, en mitad de la noche, nos abraza contra su pecho susurrándonos al oído, “tranquilo, hijo mío, tranquilo… todo está bien”. En medio de las dificultades de la vida cotidiana (¿quién no las tiene?), contemplando a María sabemos que “para Dios no hay nada imposible”.

El Adviento es el tiempo de lo imposible. En esta semana, acompañados por la Madre de Jesús, los seguidores de su Hijo queremos ser rostro materno para los que están a nuestro lado, hombre y mujeres de la Palabra que – como el profeta Isaías nos recuerda en estos días – levantamos la mirada y avanzamos con la esperanza cierta de la luz que ya brilla en la noche de la historia. Buena semana.

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