Adventus

AdventusTras la Segunda Mundial, con Europa arrasada por el dolor y la muerte, los filósofos de la Escuela de Frankfurt intentaron pensar la realidad desde la esperanza y el compromiso por construir un mundo mejor. Tras la desolación y la falta de sentido, era necesario levantar la mirada y tratar de encontrar motivos por los que valiera la pena seguir adelante. La pregunta clave que algunos se hicieron, desde el sufrimiento y las víctimas de tanta barbarie, fue esta: ¿Quién hará justicia a los vencidos de la historia?

La cuestión es desgarradora en todo tiempo. El mundo está sembrado de cadáveres. La oscuridad y las sombras de muerte acechan y han dejado a desposeídos y fracasados inocentes en la cuneta del devenir humano. La historia está escrita con la sonrisa sarcástica de los poderosos y la sangre derramada de los pobres y olvidados a los que nadie reivindicará jamás. Es insoportable el triunfalismo de los vencedores y el rictus resignado de los más débiles. Definitivamente, la razón humana ha enloquecido y el tiempo que vivimos se ha agotado. Es necesario, decía el filósofo, un tiempo nuevo en el que comprometer más seriamente la esperanza y aventar las expectativas de un mundo que pueda hacer justicia a los que cayeron sin haber vivido.

Siempre me fascinó la reflexión filosófica nacida en Centro Europa en los cincuenta. Tiene mucho de verdad y de subversión. Es un grito de rebeldía ante el agotamiento de un mundo que ha perdido la razón. Probablemente porque la razón se había pervertido con la ensoñación de un progreso ilimitado que, sin el correctivo de una ética humanizadora, se vuelve contra el propio hombre y lo engulle. Saturno devorando a su hijo. Por eso, en este final de la modernidad, el pensamiento se hace más humilde y deja espacio a la búsqueda, al compromiso transformador. Nace una nueva historia, al final de la historia, escrita con los pequeños relatos que hacen memoria de los vencidos, que reivindican una justicia amasada con las manos y el corazón de quienes le dan la vuelta a la realidad desde el anonimato y reivindican – con su trabajo y su esfuerzo – una vida más digna.

Pero el acontecer de la vida no es solo un compromiso voluntarista por hacer emerger un mundo más justo. Para los cristianos, la historia no es solo futurus. El mañana no depende exclusivamente de los esfuerzos humanos para transformar la realidad. Para los seguidores del Maestro, la historia es también adventus. Dios sale a nuestro encuentro. Dios viene, viene siempre. Y vendrá. Dios en nuestra carne, Dios-con-nosotros, Dios-nuestra-justicia se ha hecho historia compartiendo indigencia, marginalidad y muerte. La Encarnación ha partido en dos la historia haciendo del devenir humano un acontecimiento de salvación. Jesús de Nazaret, Verbo encarnado, sanó heridas y abrazó a los caídos, buscó a los que estaban en descampado y sentó a la mesa a los condenados de los hombres. Pagó de persona su osadía y crucificó el pecado haciendo brotar de su costado abierto una esperanza cierta. Para todos los que nos hemos sentido llamar amigo y no siervos, allí donde el horizonte recorta una cruz al atardecer uniendo cielo y tierra, el amor es digno de ser creído.

Y hemos creído que Dios resucitó a Jesús de la muerte. Desde aquel acontecimiento que supera los límites del espacio y el tiempo, Dios continua viniendo a nuestro encuentro. Hoy sabemos que vendrá. Su presencia es adventus que transformará definitivamente el futurus que adelantamos con nuestro compromiso liberador. El mundo gime con los dolores del parto y seguimos por el camino abriendo prisiones injustas y ayudando a sanar heridas, pero anhelamos el encuentro. En este abrazo, Dios hará justicia a los vencidos de la historia y surgirá una creación nueva que nuestra sed alumbra ya en cada recodo del camino.

Las lámparas encendidas

imagesEsta primera semana del tiempo de Adviento nos invita a estar vigilantes. Como el vigía otea el horizonte, los seguidores del Maestro levantamos la mirada para descubrir, allá a lo lejos, al Señor que viene a nuestro encuentro. Lo hizo una vez, hace más de dos mil años, naciendo en nuestra carne y volverá para recapitular todas las cosas y abrazarnos definitivamente en Dios. Entonces veremos cara a cara y no habrá más mentira ni dolor. Los cristianos mantenemos viva la esperanza del encuentro. Por eso hoy la Palabra nos pide encender las lámparas y estar dispuestos para abrir la puerta apenas llegue y llame.

Pero la esperanza no nos mantiene con los brazos cruzados. Por el contrario, vamos adelante arremangados y bien implicados en la realidad que nos rodea. Jesús, hombre-para-los-demás, nos enseñó tras la primera Navidad, cómo vivir según el corazón de Dios: pasando por la vida haciendo el bien, sanando heridas y liberando de todo lo que impide a las personas vivir con la dignidad de hijos de Dios; alentando la esperanza de quienes la han perdido en algún recodo del camino; abriendo las prisiones injustas. Mantenemos la lámpara de nuestra vida encendida porque queremos custodiar el don recibido y la Palabra de Jesús puede iluminar también el sendero de quienes caminan a nuestro lado. Por eso nos empeñamos en ser una pequeña luz, en medio de la opacidad de la vida, que brilla humilde y audaz aún cuando sopla viento del norte.

Dios viene. Viene siempre. Pasa a nuestro lado y busca sentarse a la mesa con nosotros. Y acomoda a nuestro lado a todos los excluidos del banquete. Son sus preferidos, los que habitualmente solo comen las migajas que caen de la mesa del señor. Por eso prepara para ellos una mesa abundante y nos pide que hagamos sitio para los más pequeños. Son los caminos que hay que enderezar y los descampados que hay habitar. Dadles vosotros de comer, nos hemos sentido decir.

Esta primera semana de Adviento nos invita a levantarnos, a dejar atrás despistes y medianías, a salir de nuestra comodidad y disponerlo todo para no perdernos la oportunidad de acogerlo. En la luz de nuestro corazón, en la limpieza de nuestra mirada, en la Palabra proclamada y acogida, en los hermanos a los que servimos, en los empobrecidos… Dios nos viene al encuentro.

Nada nuevo

la_crisis_bertolt_brecht_hermanos_del_templo1Es una de esas frases cortas que dan mucho juego. Cuando la utilizas con un rictus de desagrado en el labio estás, implícitamente, descalificando el discurso de tu adversario o simplemente ninguneando las ideas de tu interlocutor. En no pocas ocasiones, es expresión de una pereza intelectual que ni siquiera se detiene a valorar lo que las ideas de otro pueden aportar.

Nos sucede mucho en el ámbito eclesiástico y – en general – en la vida religiosa. Cuando nos acercamos a un texto o escuchamos una conferencia, la tentación es exclamar: “Bueno, bien, pero nada nuevo…”. Hay veces en las que manifiestamente las repeticiones, la falta de discurso o los cuatro lugares comunes te construyen una reflexión con apariencia de profundidad en un santiamén. Pero no siempre es así. Me refiero a cuando las cosas están pensadas, ponderadas y expresadas desde un análisis riguroso de la situación o desde propuestas bien articuladas como caminos ante las dificultades o desafíos. El problema es que – en ocasiones – no queremos ver la novedad cuando se trata de salir de la mediocridad o de alterar el status quo y alegamos que no hay “nada nuevo” en ciertos discursos reformistas para alejar cualquier tentación de asumir con decisión determinados compromisos. A veces la “novedad” que vamos buscando es, precisamente, que no hay novedad; que hay caminos ya trazados, pero que hay que transitarlos.

En estos días me hablaban de “innovar” en la vida religiosa. Me pareció una expresión estimulante y me dio que pensar. Pero puestos a innovar, me doy cuenta de que de lo que se trata es de recuperar lo esencial de nuestra vida, de renovar nuestro modo de vivir, de darle un impulso a nuestro estilo evangélico en el día a día, de impulsar procesos reales de conversión y cambio… La “innovación” en este caso es volver a lo más genuino, abandonar los caminos que nos conducen a la comodidad o al conformismo, romper dinámicas grises y alejarnos de triunfalismos estériles. No hay mayor innovación en este momento que la fidelidad sine glossa al Evangelio y al estilo y la propuesta de Jesús de Nazaret.

Nada nuevo bajo el sol. Tan viejo como la Escritura. Pero aquí está, precisamente, la fuerza de la renovación. Nos está ocurriendo en el momento eclesial que vivimos. Lo extraordinario de las reformas de Francisco es que nos piden una vuelta al Evangelio, a lo sencillo de una vida más simple, alejada de la tentación del poder, sostenida únicamente por el deseo de servir incondicionalmente a los empobrecidos y a los que menos oportunidades han tenido en sus vidas maltrechas. La grandeza y el irresistible liderazgo del Papa están en que no hay postureo ni se le ven imposturas. Puede que no haya nada nuevo (doctrinal) en su discurso, pero la novedad está en la frescura del Evangelio y en la luminosidad de la palabra sencilla y creíble.

La invitación a que nuestras comunidades tengan “olor a Evangelio” marca un camino ya trazado. La novedad está en recuperar existencialmente el sendero, dejar atrás todo el polvo que se nos ha pegado en la suela de nuestros zapatos y limpiar los recovecos del alma donde se han alojado una mortecina mediocridad y el gris de una acomodada resignación.

Una fraternidad palpable, vivir con menos bienes, tomarnos en serio el servicio incondicional a los hermanos y a los que viven en dificultad, romper nuestras clausuras de dentro y de fuera, acoger y bendecir, acompañar dos millas al que me pide estar con él solo una, dar más allá de las expectativas sin esperar un retorno interesado, perdonar sin condiciones, hacer de la bondad y la amabilidad un estilo de vida… Nada nuevo. Solo hemos de darle un vuelco a nuestro modo de mirar la realidad y quién sabe si superar autocomplacencias para decirnos que es hora de despertarnos del sueño.

Matices

AfricaNo sé que me ocurre cuando piso esta tierra. No tengo el diagnóstico de lo que me pasa, pero lo cierto es que el alma se ensancha y la respiración se hace más pausada ante este relentizarse del tiempo y la brisa fresca de la estación de lluvias que hace más sensible la piel que acaricia. Llevo una semana en Camerún y siento de otra manera.

He pensado estos días que quizás se trate del frescor del que disfruto proviniendo de la calurosa Sevilla. O puede que me cautive sin remedio la variedad cromática que inunda los sentidos al penetrar en la exuberancia de la naturaleza que me envuelve. He llegado a creer que me trastoca el sentido la variedad de sensaciones del paladar al compartir la cocina autóctona. Pero creo que, finalmente, no se trata de nada de esto.

Más bien quiero pensar que es cuestión de matices. Si, no hay nada de épico en mis incursiones africanas de estos últimos años. Probablemente tampoco de poético. Togo, Benín, Camerún… Sigo empeñado en proyectos de formación y cooperación internacional, pero hace tiempo que dejé de idealizar mis andanzas como si de mi dependiera salvar el mundo. Ahora solo siento que se me renueva la vida, que respiro mejor, que se me abren los poros de la piel y percibo de otra manera mi yo y mis circunstancias. No tengo molinos de viento con los que combatir ni aventuras que contar a nadie. Quizás por eso estoy más atento a los matices.

Disfruto más del verdor del paisaje y de la inmediatez del encuentro. Me sale más fácilmente la sonrisa franca y creo que me brillan un poco más los ojos. No ando preocupado por lo que tengo que decir y valoro más la conversación espontánea de quien comparte con sencillez sus historias y sus sueños. Hago lo que puedo y no me inquieta no estar a la altura. Hoy se ha venido abajo internet y no me he puesto nervioso. Matices, es cuestión de matices.

Me viene bien aterrizar por aquí, aunque sea después de muchas horas esperando la conexión en cualquier aeropuerto o de no pegar ojo en vuelos interminables (es lo que tienen los billetes baratos). África me revitaliza y me reconcilia conmigo mismo. La simplicidad de la vida y de sus gentes, la capacidad de acogida y la dignidad de un pueblo que se aferra al anhelo de felicidad malgré tout son lecciones que jamás aprenderé del todo. Pero mientras, cuando tras una semana vuelva a Europa, sabré que sigo caminando con la energía que me transmite una tierra llena de matices y que me enseña a no dibujar la realidad cotidiana a grandes trazos, con grises, con prisas, con descuido. Quizás esta vez no se me olvide enseguida.

Engañifas

RevoluciónNo es nuevo el guiño del marxismo a los cristianos. En la década de los 70 en América Latina parte de la teología de la liberación sucumbió a los cantos de sirena del materialismo dialéctico dejando al aire las vergüenzas de un comunismo que robaba las entrañas al evangelio apoderándose del mito de que el primer comunista de la historia se llamó Jesús de Nazaret (Hugo Chávez dixit). En su nombre y en el del pueblo se empuñó el fusil y se justificó una revolución violenta para acabar con el capitalismo y derrocar al dictador. Eso tan maquiavélico y tan poco evangélico de que “el fin justifica los medios”.

Nunca justificarás la violencia ni usarás el nombre de Dios en vano. Pero lo cierto es que a lomos de la nueva trova cubana o tomando unas copas con el Che, muchos cristianos identificaron los movimientos revolucionarios contra las dictaduras latino americanas como un nuevo éxodo que abría el mar de la historia para hacer surgir un mundo diferente en el que – oh, paradoja – el proletariado asumiera el poder y se convirtiera en la nueva casta sin importarle que el pueblo permaneciera en la cuneta de la pobreza. Años más tarde, en el declino del siglo XX, caían algunos muros en otras latitudes certificando el rotundo fracaso de un proyecto político profundamente injusto y deshumanizador.

La teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez no pudo prever la deriva materialista ni siquiera pudo imaginar su maridaje con el ateísmo marxiano. Pero el coqueteo de las ansias de libertad con el mejor postor que encarnaba la revolución hizo que la indignación se tornara acción política con tintes cristianos y liberadores. Muchas comunidades cristianas de base, jaleadas por los populismos y desasistidas por una Iglesia institucional desposada con el poder y fuera del juego de la historia, dejó de beber en su propio pozo para enfangarse en la ciénaga de las dictaduras de izquierda.

El populismo de izquierdas en nuestro país presenta numerosas semejanzas con aquellos movimientos revolucionarios de signo marxista de los años setenta en Latinoamérica. Y como entonces, algunos de sus líderes hacen guiños a los cristianos más a la izquierda del espectro eclesial buscando nuevos caladeros de votos. Su burda utilización de las palabras de Francisco y la manipulación de sus reformas para llevar el agua a su molino no deja de ser una estafa, aprovechando que el Tajo pasa por San Pedro. Para muchos católicos, como para tantos otros ciudadanos de bien, algunas de estas opciones políticas son la alternativa más viable para afrontar el desencanto y la desesperación a la que parecen habernos llevado los últimos gobiernos. Legítimo. Una jugada hábil. Pero el planteamiento, en muchos casos, no resiste algunos argumentos críticos.

Tras la seducción inicial vienen los sonrojos. No hay nada evangélico en la violencia – sea de tipo que sea – para alcanzar el poder a toda costa. La revolución del proletariado que postuló Marx y mucho menos las aplicaciones políticas de Lenin, nada tienen que ver con la propuesta liberadora de Jesús de Nazaret y la lucha por la justicia. Darle la vuelta a las estructuras injustas no implica la lucha de clases, la exclusión de quien no piensa como yo, el control del pensamiento único o la disciplina de partido. No es posible identificar el cristianismo con el control de las conciencias, la manipulación de la vida o la falta de libertad porque ya se ocupa el estado de lo que tengo que saber, escuchar o pensar. Engaña deliberadamente quien en nombre de Jesús quiere abolir la propiedad privada y predica el “café para todos” en nombre de una falsa igualdad en la que hay quien decide por mí, cómo tengo que vivir o cómo tengo que educar a mis hijos. Se olvidan de qué es la libertad quienes condenan a los creyentes a recluirse en las sacristías negándoles el espacio público al que todos los ciudadanos – sea cual sea su credo, condición sexual o color de la piel – tienen derecho. Manipulan la realidad quienes proclaman y defienden un estado laico cuando en realidad quieren decir excluyente. Nos venden gato por liebre quienes sonríen al Papa que vino del sur pero quieren asaltar el cielo desahuciando a Dios.

Ya he argumentado en más de una ocasión que me sitúo más allá de cualquier ideología (sea de derechas o de izquierdas) distorsionadora de la realidad y pienso que el tiempo de las mismas está llegando a su fin en este ocaso de occidente. Soy cristiano en una sociedad plural y libre. Defiendo una sociedad mejor con más oportunidades para todos y en la que nadie se tenga que conformar con las migajas que caen de la mesa del señor. Estoy implicado hasta las trancas en la acción social, no soy conformista y estoy convencido de que hay revoluciones por hacer; pero no voy por la vida asaltando a nadie ni pintarrajeando paredes con proclamas libertarias. No me gusta que me engañen ni que me tomen por tonto. Mi fe no está en venta ni vale un puñado de votos. Lo de la izquierda populista en España es de traca. Ante su discurso disfrazado de socialdemocracia, los intentos de captar el voto católico es una engañifa digna de las mejores intervenciones del “Gorila Rojo” para quien Jesucristo era un líder bolivariano.

Sin acritud, o como dijo el cómico, “sin ánimo de lucro”; no sea que me vaya a investigar la asamblea venezolana.

De Valparaíso a Pekín

Unknown

En la fiesta de María Auxiliadora, como sencillo agradecimiento a su acción materna en la vida y en la obra de Bosco. Como nuestro padre nos prometió, su manto sigue protegiendo hoy a nuestra familia y a los jóvenes de las casas salesianas del mundo entero 

Ha sido siempre así en la historia salesiana. María Auxiliadora precede a los salesianos y prepara el terreno a sus hijos en todos los confines del mundo. Esta fue la convicción de Don Bosco y de los primeros salesianos. Porque cuando de nuevos confines se trata, María Auxilio de los cristianos señala el camino. Y nuestra Congregación ha experimentado muchas veces su manto protector y su presencia materna que abre senderos nuevos para la implantación del carisma.

Uno de estos episodios es, sin duda, digno de ser señalado. Se trata de la frontera de China. Don Bosco soñaba con ver a sus hijos en el país asiático. En Barcelona, durante su estancia en la ciudad condal, tuvo el sueño misionero la noche del 9 al 10 de abril de 1886. La Virgen indicó a Don Bosco “cuanto debían hacer los salesianos” desde Valparaíso a Pekín, haciendo centro en el corazón de África. Meses más tarde, el 3 de julio y ya en Valdocco, escribe el fiel secretario Viglietti:

“María Auxiliadora prepara a los salesianos los caminos que deben recorrer. Desde hace meses Don Bosco no hace más que hablar de China. Encargó a Festa serios estudios sobre aquellos lugares… y hoy llega, inesperadamente, una carta de China (Shangai) en la que se cuenta que ha sido erigido un gran santuario en las cercanías de Shangai dedicado a María Auxiliadora. Que los chinos se acercan hasta allí en peregrinación, hacen el Vía Crucis y otras prácticas de piedad y se obtienen gracias extraordinarias. Don Bosco, conmovido hasta las lágrimas, dice que él ya no pero sus hijos verán lo que María les ha preparado en China”

En efecto, el obispo jesuita de Shangai había consagrado el gran Santuario de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en las cercanías de la ciudad china en 1873. El buen Carlo Viglietti no duda en ver en esta carta un signo de la Providencia que conecta con el sueño de Don Bosco de Barcelona y con su insistencia de preparar una expedición misionera hacia aquel país.

Sabemos que no había llegado aún la hora. Aunque con varios intentos y ofrecimientos precedentes, la expedición misionera salesiana en China no se producirá hasta 1906. Pero la convicción de que el sueño se cumpliría anidó en el corazón de los salesianos desde siempre. El apunte de Viglietti en su crónica es un buen signo de ello.

María Auxiliadora siempre irá por delante. Pocos días después de la muerte de Don Bosco, el 11 de marzo de 1888, el joven Luis Versiglia vivirá en el Santuario de María Auxiliadora de Turín su imposición del crucifijo de misionero. Será él, años más tarde, quien capitanee la primera expedición salesiana a China cumpliendo así el sueño de Don Bosco. Su sangre, derramada como la del Buen Pastor por defender su rebaño, es semilla martirial en tierras de oriente que ha hecho fecunda la presencia salesiana en aquel país.

Hoy, en medio de grandes dificultades, el sueño de Don Bosco espera todavía poder cumplirse plenamente. María Auxiliadora, también esta vez, nos precede en la nueva etapa de la historia salesiana en China a la espera de un nuevo renacer.

Con rostro de mujer

MMEn una de aquellos paseos otoñales, Don Bosco llegó a un pequeño y recóndito pueblo del Monferrato llamado Mornese. Cuando se han recorrido en este tiempo y con modernos autobuses aquellas serpenteantes y angostas carreteras no es fácil responder a la pregunta que inevitablemente el viajero (o el peregrino) se hace al llegar: ¿Cómo pudo recalar aquí Don Bosco y sus muchachos a mitad del ochocientos?

Pero, nunca mejor dicho, los caminos de Dios son inescrutables. En efecto, Don Bosco y sus chicos llegan a Mornese en el otoño de 1864. Casi sin querer, se comenzaba a tejer una historia que, como todas las cosas importantes, comenzó con la sencillez de las cosas de una joven campesina que miraba lejos a través de la ventana de su alma.

El recibimiento fue caluroso y la expectación era máxima en el pueblo ante la llegada de un santo. Aunque era muy tarde, al anochecer, hubo tiempo para la oración y la bendición del Santísimo en la Iglesia y tras la cena para un improvisado pasacalle al que los chavales de Valdocco le pusieron música y alegría desbordante.

Al día siguiente, una agradable sorpresa aguarda a Don Bosco. El cura del pueblo, Don Domenico Pestarino, viejo conocido del santo de Turín, le presenta a un grupo de muchachas de las que ya le había hablado con anterioridad. Eran las “Hijas de la Inmaculada”.

Bajo la dirección del celoso sacerdote, aquellas jóvenes habían comenzado una extraordinaria obra de promoción con las niñas y adolescentes más necesitadas del pueblo. Con una gran generosidad y en un admirable ejercicio de caridad, las “Hijas de la Inmaculada” habían dado forma estable a un apostolado que en el fondo y en la forma se asemejaba a cuanto Don Bosco había emprendido en Valdocco décadas atrás.

En efecto, algunos años antes, algunas de ellas han comenzado con un sencillo taller de costura para enseñar a las niñas pobres. El mismo milagro. Dos niñas huérfanas llaman a la puerta de la casa en una noche de invierno. La misma respuesta: quedaos con nosotras. El taller se convierte, sin pensarlo, en una casa, en una familia para quienes no la tienen. Muy pronto serán siete. Y muchas más. El milagro de los panes y los peces que Dios multiplica a los pequeños y a los pobres.

Don Bosco queda impresionado. Le llama la atención particularmente una joven de 27 años que parece liderar el grupo. Se llama María Mazzarello. Don Bosco no podía saber entonces que sería ella la elegida por Dios para fundar con él el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Pero si intuyó que había algo de especial en aquella mujer fuerte y laboriosa que hablaba de Dios con tanta familiaridad.

Maín, que así la llamaban en casa, dirá a algunos que en aquel primer encuentro sintió que Don Bosco era un santo. Probablemente porque el Espíritu había abierto también en ella veredas de santidad que le hicieron sensibles a la presencia y a la palabra de quien la cogerá de la mano para caminar juntos en la insospechada aventura de la fundación de un nuevo Instituto religioso.

Nos volveremos a ver, diría Don Bosco aquella mañana. Y vaya si se volvieron a encontrar. Como en los acontecimientos importantes, en la sencillez de un paseo otoñal, el Espíritu comenzó a ponerle al carisma salesiano rostro de mujer.

Corazón auténtico y mirada limpia

imagesUn día de octubre de 1854 un adolescente de doce años entraba a formar parte de la familia de Don Bosco en Valdocco. Domingo Savio vivió una rica e intensa experiencia en el Oratorio que, si bien no duró más que dos años y medio, dejó sorprendidos a todos porque dejó en el recuerdo colectivo la transparencia de un corazón auténtico, la mirada limpia de un muchacho apasionado por la vida y espiritualidad de quien se había propuesto seguir a Jesucristo con radicalidad.

Don Bosco debió quedar profundamente impresionado de aquel chico de aspecto frágil pero de alma grande que demostró ser un gigante de la santidad. Junto a él, un pobre cura, Domingo recorrió rápidamente los senderos de una vida espiritual y apostólica de gran calado que no dejó indiferente a ninguno de sus compañeros.

Convencido de la gran estatura evangélica de Savio Domenico, Don Bosco se propuso escribir su biografía enseguida y comenzó a recoger datos. Así, en enero de 1859, casi dos años después de su muerte Don Bosco publicó en las Lecturas Católicas la “Vida del joven Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales”.

Don Bosco escribió estas páginas con mucho mimo y con el deseo de ofrecer a todos un modelo de virtudes que estimulaba a una santidad sencilla y simpática, al alcance de muchos. Para su redacción, había interrogado a los sacerdotes que lo habían conocido antes de su entrada en el Oratorio y a sus propios compañeros.

Don G. Cugliero maestro en Mondonio, pocos días después de la muerte de Domingo escribió a Don Bosco afirmando que en veinte años de oficio, no había conocido nunca un alumno “tan razonable, diligente, asiduo, estudioso, afable y agradable como Savio Domenico”.

Sus compañeros no dudaron en decir de él que era un “excelente compañero”, un “íntimo amigo” o alguien con un “corazón puro y santo”. La impresión dejada por Domingo fue tal que sus amigos expresaron en la biografía escrita por Don Bosco su admiración, su convicción de que Domingo estaba en el cielo y que, incluso, se encomendaban a él recibiendo gracias que le eran atribuidas sin dudarlo.

Don Bosco no vaciló tampoco en su deseo de llevar adelante la causa de canonización de Domingo. Pero en la publicación de su biografía había también una intención muy clara que tenía como destinatarios a sus muchachos. En la introducción el ofrecía un modelo de vida para todos:

“Mis queridos jóvenes (…) aprovechad de lo que voy a contaros; y decid como San Agustín: ‘Si él, ¿por qué yo no?”Si uno de mis compañeros ha encontrado el tiempo y los medios para lograr ser un auténtico discípulo de Cristo ¿Por qué no podría hacer yo lo mismo?”.

Don Bosco miraba lejos y sabía que proponía un camino de largo alcance pero al alcance de la mano de sus muchachos. Domingo fue una buena tela y, Don Bosco en su maestría y santidad, logró con la ayuda del Espíritu, una autentica obra de arte. Pero estoy seguro de que en el Oratorio, junto a él, muchos otros jóvenes vivieron un proyecto parecido de entrega y hondura espiritual.

Para nosotros, educadores, no puede ser sólo una referencia épica. Al contrario, el recuerdo de cuanto aconteció en nuestros orígenes es un acicate para actualizar aquí y ahora una propuesta de espiritualidad y un camino de acompañamiento para los jóvenes de este tiempo. Es también una llamada a la santidad que compromete nuestra propia vivencia evangélica. Creo firmemente que es posible ayudar a nuestros chavales a hacer de Jesucristo el centro de sus vidas.

Ver sin creer

imagesLa falacia moderna nos aseguró que solo es posible creer lo que se ve, se mide o se comprueba a través de las leyes de la física. Para muchas personas resulta inequívoco afirmar “yo solo creo lo que veo”. Y tras esta convicción – en no pocos casos – encontramos una visión reductiva del ser humano que de forma apodíctica ha identificado ideológicamente un solo camino hacia la verdad: la empiría.

Tras las críticas del racionalismo crítico a la tiranía de la ciencia y el descubrimiento de otras inteligencias en el desarrollo de la persona, la modernidad ha dejado sus vergüenzas al aire y ya nadie se cree que sea más verdad que el agua hierve a cien grados que la experiencia de un amor auténtico o las emociones que suscitan en nosotros las obras de arte. Por ejemplo.

No hay un único camino. La verdad es poliédrica y no se deja atrapar fácilmente. Durante siglos ha sido secuestrada por la pretensión moderna de la exclusividad científica creando un paradigma cultural en el que todas aquellas realidades humanas que escapaban del filtro empírico eran desechadas por bastardas. Así ocurrió con la experiencia religiosa cuya reflexión en forma de verdad teológica fue desterrada del edificio del conocimiento – la universidad – y condenada al ostracismo por falta de pruebas (de las pruebas del rigor científico, se entiende). Hasta los propios cristianos nos lo creímos cuando en el mismo catecismo que estudiamos los de mi generación se afirmaba que “la fe es creer lo que no se ve”. Es decir, la experiencia creyente es – para la catequesis de hace unas décadas – una especie de conocimiento venido a menos, acomplejado ante la potencia y verdad de la ciencia pata negra.

Muchos hemos crecido en este paradigma. No hacía falta preguntarse mucho. La fe – nos decían cuando éramos niños – es , precisamente, creer sin ver. Se trata de asentir a las verdades que la Iglesia nos ha transmitido porque hay un argumento de autoridad ante el cual no cabe dudar sabiendo bien que no se puede penetrar el misterio. Basta con asentir. Solo que no contaban nuestras catequistas con que el argumento no resistiría el camino hacia la madurez creyente junto a una viajera incómoda que se hacía llamar experiencia y que ésta acabaría haciendo las paces con la inteligencia emocional o dando crédito a las emociones.

Creer es una experiencia de encuentro con el Tú de Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. Y de respuesta, de adhesión del corazón, a Aquel que nos ha amado entrañablemente y que en la encarnación del Verbo asume desde dentro la humanidad y libera de todas las miserias que nos atenazan. El Dios de Jesús no es el enemigo del hombre, como algunos han querido ver en la modernidad disfrazada de revolución, sino Aquel que se revela como el anti-mal y está de parte del que ha sido golpeado y, doblado de dolor, espera el abrigo de la ternura sanadora.

Para mí el problema hoy, superados los prejuicios modernos, no es creer sin ver; sino, más bien, ver sin creer. Ver y experimentar el dolor ajeno, meter los dedos en el costado abierto de Jesús que son los apaleados en el margen del camino por cualquier causa, tocar el agujero de los clavos que son los pobres, palpar el fondo de la herida de tantos hermanos… y no creer. Este es el problema. Este pasar de largo, este dar rodeos, nos hace incrédulos. Es ver sin creer. Porque es el dolor del mundo la expresión más evidente de un Dios que en la muerte y resurrección de su Hijo ha abierto las prisiones injustas y abierto el mar de la historia para que pasemos a la orilla de la luz y de la vida más plena para todos. La herida y el grito de abandono de tantos hermanos nuestros son un camino hacia la fe, hacia el anhelo del abrazo liberador, hacia el susurro de esperanza que brota del costado abierto de Dios.

Parece una paradoja, pero no; no se trata solo de creer sin ver. Se trata de ver para seguir creyendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo está de nuestra parte y que sus heridas nos han curado. Esta es la experiencia cristiana. Frente a los humanismo ateos y a los medio creyentes que siguen esperando ver para tocar y creer, Jesús de Nazaret nos invita a ver para no pasar de largo y descubrir su presencia en la herida sangrante de una humanidad lacerada que necesita seguir partiendo el pan de su palabra liberadora y de su carne atravesada. Creemos sin haber visto y vemos – y sentimos – para seguir creyendo.

El-amor-es-mas-fuerte-que-la-muerte

Tumba vacíaEl atardecer se estaba haciendo insoportable. La vuelta a casa tras el desastre se hacía más dura con la fuerte sensación del fracaso y la imagen de aquel hombre destrozado todavía en la retina. Emaús no quedaba lejos de Jerusalén y sin embargo, ¡qué interminable aquel camino! Nunca hubieran imaginado que todo acabaría así. Atrás quedaban expectativas, sueños de un futuro que empezaba a vislumbrarse y el brillo seductor de la mirada penetrante de Aquel nazareno. Lo cierto es que se volvían a casa, derrotados, porque todo se había truncado con el golpe seco y certero de la muerte del Maestro.

¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí estos días? (Lc 24, 18), le preguntó Cleofás a aquel caminante que se les unió por la vereda. Sí, amigo, lo de Jesús el Nazareno, un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo (Lc 24, 19). Y sus ojos, con la mirada perdida, expresaron toda la tristeza del que ha perdido en algún lugar la esperanza.

Dicen que, a menudo, la muerte es expresión de la vida. Puede que no siempre sea así, pero en el caso de Jesús tal observación se cumple a la letra. Desde luego, su final no se produce simplemente como un accidente inesperado sino, más bien, como consecuencia de una manera de vivir que, llevada hasta las últimas consecuencias, conduce a un conflicto inevitable. Jesús lo afronta con libertad y su toma de postura provoca un desenlace que sólo puede ser entendido desde la extrema desnudez de un hombre sostenido por el amor de Dios que proclama con su vida – y con su muerte – una palabra liberadora en la historia de la humanidad.

Jesús pasó haciendo el bien, denunciando y combatiendo todas aquellas actitudes y situaciones que eran un obstáculo para la irrupción del Reino, es decir, contra todo lo que suponía una amenaza para la vida del hombre, para su dignidad y su libertad. Una propuesta desestabilizadora que inquietó a todos aquellos que vivían demasiado seguros de sí mismos y de sus tradiciones, pero que alentó la esperanza en los corazones de los que anhelaban una nueva situación en la que poder recuperar el futuro que la historia y los poderosos les había arrebatado.

Aquél que dijo de sí mismo que había venido para que tengan vida y vida en abundancia (Jn 10, 10), se dejó la vida en el surco del camino y su muerte fue la expresión más radical de una entrega generosa hacia la que apuntaba ya cada gesto liberador en cada recodo de la vereda. La muerte de Jesús en la cruz no tendría sentido sin su vida y ésta – a su vez – sólo podía ser refrendada con la coherencia hasta el final de quien sabe que el grano de trigo, si no cae en la tierra y muere, no puede dar fruto.

¡Dios ha estado grande resucitando a Jesús de entre los muertos! Arrancándolo de los lazos del abismo, Dios da la razón a Jesús y a su mensaje de liberación. ¡Él mismo es el reino nuevo! La fidelidad de Yahveh, tanta veces hecha historia en la memoria del pueblo, se ha hecho carne en su Hijo resucitado y ha hecho comprender a los hombres que el mal no puede prevalecer sobre el bien; que la muerte no puede aplastar a la vida; que el egoísmo ciego y destructor no es más poderoso que la solidaridad y la entrega. Y es así porque desde las más profundas entrañas de la tierra, en Jesús Resucitado, una nueva creación nos anuncia que – para siempre – el amor-es-más-fuerte-que-la-muerte.