Epifanía

21RSTodavía es de noche cuando comienzo a escribir estas líneas. Aún no ha amanecido este día seis de enero con tantas resonancias en el corazón de nuestro pueblo y en la memoria de nuestra infancia. Lo he pasado muy bien pensando los regalos para los chicos en estos días y preparando todo para la llegada de los Reyes Magos. Disfruto con la madrugada de una jornada en la que inevitablemente evoco la emoción de cuando era niño y me desvelo bien pronto. Como entonces.

Está oscuro ahí fuera. Sé que saldrá el sol en unas horas y me imagino un día esplendente coloreado con las sonrisas de los mas pequeños en calles y plazas. Y sin embargo, echo en falta la luz. Por la persistente y dramática crisis económica que afecta a los más vulnerables y se ceba con los débiles. Por la amenaza de la violencia terrorista, la guerra sin fin, el interminable éxodo de los refugiados, los muros infames, la desoladora travesía de quien busca el paraíso o el drama de la pobreza extrema en la que viven millones de personas en nuestro mundo. Esta es la tiniebla que cubre nuestra tierra.

Luz, más luz. No cambiarán nuestro corazón los excesos de fiestas interminables o el alarde de quién más tiene y engañosamente nos hace creer que es afortunado. No nos alumbra la frivolidad de quien nos vende un mundo maravilloso brindando con cava en transparencias imposibles. No hay señales verdaderas en la pedrería de salón en una noche de evanescencias pasajeras. Necesitamos otras luminarias que orienten y den sentido a este tránsito.

La Epifanía nos recuerda que hay otra estrella. Ésta si, brillante y verdadera. La fiesta de los Reyes Magos nos invita a levantar la mirada porque nos ha visitado el sol que nace de lo alto. Ya no hay oscuridad ni tinieblas que sean definitivas para quien cree en el amor misericordioso de Dios revelado en su Hijo. Esta es la estrella que precede el amanecer y ha roto en dos la opacidad de la noche rasgando la historia para que la luz nos habite.

Como cuando éramos pequeños, necesitamos recuperar la mirada ilusionada de la noche de Reyes. Entonces porque los Magos de Oriente nos dejarían el regalo más deseado. Ahora porque la luz que viene de lo alto es más potente que cualquier oscuridad y el nuevo día nos habla de esperanza. Hemos visto su estrella y seguiremos buscando la luz, como aquellos sabios de antaño, procurando no equivocar las señales.

Seguimos en la brega. Amanece. El día se presenta cálido y amable en estas tierras del sur. Habrá regalos en el salón y nos reiremos compartiendo la alegría de la fiesta y el gozo de estar juntos. Mientras, no perderemos de vista la estrella porque no queremos perder el camino. Luz, más luz.

 

¿Quién dijo que todo está perdido?

 

images“Os doy una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales…” (Lc 2, 12)

¿Quién dijo que todo está perdido? Queda intacto el corazón; y aunque al mundo le duelen las entrañas, es allí donde habita Dios-nuestra-justicia y con una luz nueva matiza la desolación y el dolor haciendo nacer la esperanza.

¿Quién dijo que todo está perdido? Late aún con fuerza el corazón; y aunque hay lágrimas en los ojos, es Dios-el-príncipe-de-la-paz que hace salir el sol sobre buenos y malos, el que arrancará en algún momento la cizaña separando el trigo maltratado, para amasar el pan blanco y tierno de la justicia para todos.

¿Quién dijo que todo está perdido? Sigue amando intensamente el corazón; y aunque se hace duro el camino, Dios-con-nosotros que coge el paso de la historia, es quien nos señala el único camino para ser felices: amar sin condiciones, amar hasta el extremo, amar hasta el dolor de un abrazo desmedido.

¿Quién dijo que todo está perdido? Todavía abriga la vida el corazón; y aunque hace frio ahí fuera, Dios-que-nos-lleva-como-en-alas-de-águila nos tiene tatuados en la palma de su mano y nos susurra que el mal no prevalecerá porque la última palabra la tiene la verdad.

¿Quién dijo que todo está perdido? Es momento de poner en juego el corazón; y aunque a veces la realidad es obscena, Dios-hombre-para-los-demás, que en Jesús de Nazaret ha abierto sendas de liberación, ha vencido a la oscuridad y a la muerte y nos asegura que el futuro es Cristo.

¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.

 

(Parafraseando a Fito Páez)

La tarde de la nochebuena

nacimiento-jesúsNo puedo evitar que un sentimiento de nostalgia me invada cada año la tarde de la Nochebuena. No sé describir muy bien lo que siento. Pero el recuerdo de tantas personas importantes en tu vida, de los momentos compartidos y el calor de los tuyos se hacen sentir más intensamente en días como hoy en los que el tiempo parece pararse un instante.

La tarde de la nochebuena me evoca siempre la lumbre en la casa de los abuelos, el bullicio de gente arremolinada en torno a los fogones o a una bandeja de polvorones con una copita de aguardiente ofrecida a todo el que pasaba a desear felices pascuas. Hace tiempo que sucedió. Pero no dejo de pensar cada año en las navidades de mi infancia. Las recuerdo con muchos matices que hoy saben de familiaridad, de alegría y de fiesta, de serenidad y del gusto por estar juntos.

La cena era fugaz porque había que ir a la misa del Gallo. Formaba parte del ritual y allá andábamos calle abajo, cogidos de la mano de mi madre, hacia la plaza de la Iglesia para participar del oficio. Éramos niños y no creo que llegáramos a plantearnos muchas cosas, pero era un día importante porque Jesús nacía. Lo sabíamos y nos sentíamos felices.

Luego llegaban los villancicos y la fascinación del cante. Siempre había quien se arrancaba por bulerías o por fandangos. Mi padre, que siempre cantó muy buen flamenco, tenía su pellizco en la garganta y nos removía las entrañas. Hasta bien entrada la noche, los niños aguantábamos entre turrones y mantecados jugueteando con los primos hasta que el sueño nos vencía y nos arrullábamos en cualquier sillón. Era un placer despertarnos fugazmente cuando, más tarde, papá nos llevaba en brazos a la cama.

Todos estos recuerdos forman parte del paisaje de mi infancia. Fui un niño feliz en una familia feliz. Muchos años más tarde, pasados los cincuenta, sigo buscando la mirada limpia del niño que fui y la inexplicable emoción que me producían aquellas fiestas familiares.

Ha cambiado la escena. Sigo celebrando la Navidad en familia y con la serenidad de una noche donde parecen desaparecer las preocupaciones y los mejores sentimientos brotan de tu corazón. Recuerdas a los tuyos que están lejos, evocas a cuantos han quedado en el camino y sonríes a la vida que te regala personas a las que querer y por las que desvelarte cada día. Hoy mi día a día está lleno de nombres y rostros por los que des-vivirme en una necesaria deconstrucción cotidiana. Soy afortunado.

No creo en eso que llaman la magia de la Navidad. Me parece una cursilería. Creo en el realismo de un Dios que se ha acercado al ser humano y que ha cogido el paso de la historia para iluminar los senderos oscuros por los que transita tanta gente. Actualizar el misterio de la encarnación es no olvidar que los pequeños y los pobres son la carne de Cristo que nace.

Hoy es Nochebuena y me sigue latiendo el corazón y se aviva en mí la emoción de un Dios cuya grandeza es hacerse pequeño. Es su luz la que me habita dentro y por la que sigo caminando cuando me alumbra la sed.

Como cuando era pequeño, hoy me emocionaré cantando villancicos y sentiré un pellizco en el estómago cuando celebre la Misa del Gallo. Ya no es solo el paisaje de mi infancia, es el ritual que cada año renueva en mí la confianza en que las promesas se han hecho realidad en Jesús, Dios-con-nosotros, El-Señor-nuestra-justicia. ¡Feliz Navidad!

Carne de Dios

images18 de diciembre, Día Internacional del Migrante

Cercanos a la navidad de hace un par de años, nos erizaron la piel las imágenes que han dieron la vuelta al mundo y que publicó la RAI 2 en su telediario de mediodía, mostrando el trato inhumano dado a los inmigrantes del centro de acogida de Lampedusa. Una vez más Lampedusa. Lampedusa como icono de la infamia y la indecencia de un mundo rico que deja al aire sus vergüenzas cuando pisotea los derechos fundamentales de las personas: en el patio, al aire libre y con temperaturas invernales, cuerpos desnudos a la vista de todos fumigados literalmente para combatir la sarna. Vacunados como ganado. Humillante. Indecente. Vergonzoso. Khalid, testigo cotidiano de cuanto sucede, va repitiendo al grabar las imágenes con su teléfono móvil: “como animales, nos tratan como animales”. Es un grito angustioso de denuncia y de decepción ante un espectáculo que recuerda, sin miramientos, a los campos de concentración de otras historias y otras épocas. Vallas ignominiosas que bloquean los sueños, cuchillas que laceran la piel, cuerpos desnudos despojados de dignidad o personas que huyen desesperadas de la guerra… ¿No son acaso la misma tragedia?

Esta cuarta semana de Adviento nos prepara a la fiesta cristiana de la Encarnación. La liturgia que celebraremos estos días nos recordará el realismo de un Dios que se hace uno de nosotros para abrir sendas de liberación en nuestro mundo. Los seguidores del Maestro no podemos perdernos en sensibilidades y nostalgias de un tiempo acaramelado a fuerza de una rutinaria fiesta social. Por el contrario, queremos mirar con ojos nuevos la realidad para descubrir la “carne de Cristo” en la piel lacerada de nuestros hermanos y hermanas que son machacados por la injusticia, la soledad o el abandono.

Vivir y creer la Encarnación, celebrar la Navidad, es hacer nuestro corazón más solidario; es no mirar para otro lado; es asumir la carne de Dios-con-nosotros en la debilidad de las vidas maltrechas de las personas que encontramos por el camino; es creer, contra todo, que el futuro es de Dios-nuestra-justicia y que podemos adelantarlo en el hoy de nuestra historia.

Celebraremos estos días con la impotencia que experimentamos ante un mundo que vomita la carne de Dios que son los pequeños y empobrecidos. Los cristianos seguiremos elevando nuestra plegaria para que “los cielos lluevan al justo”, para que la tierra se abra y surja un mundo nuevo, diferente, que hemos de hacer posible con el esfuerzo de los hombres y mujeres de buena voluntad. Cantaremos “Gloria a Dios en las alturas” y nuestra mente y nuestro corazón aquí abajo estarán pendientes del suelo, de las fronteras, de las vallas y cuchillas que impiden que, de veras, “la gloria de Dios sea que el hombre viva” (San Ireneo). Feliz Navidad.

Adventus

AdventusTras la Segunda Mundial, con Europa arrasada por el dolor y la muerte, los filósofos de la Escuela de Frankfurt intentaron pensar la realidad desde la esperanza y el compromiso por construir un mundo mejor. Tras la desolación y la falta de sentido, era necesario levantar la mirada y tratar de encontrar motivos por los que valiera la pena seguir adelante. La pregunta clave que algunos se hicieron, desde el sufrimiento y las víctimas de tanta barbarie, fue esta: ¿Quién hará justicia a los vencidos de la historia?

La cuestión es desgarradora en todo tiempo. El mundo está sembrado de cadáveres. La oscuridad y las sombras de muerte acechan y han dejado a desposeídos y fracasados inocentes en la cuneta del devenir humano. La historia está escrita con la sonrisa sarcástica de los poderosos y la sangre derramada de los pobres y olvidados a los que nadie reivindicará jamás. Es insoportable el triunfalismo de los vencedores y el rictus resignado de los más débiles. Definitivamente, la razón humana ha enloquecido y el tiempo que vivimos se ha agotado. Es necesario, decía el filósofo, un tiempo nuevo en el que comprometer más seriamente la esperanza y aventar las expectativas de un mundo que pueda hacer justicia a los que cayeron sin haber vivido.

Siempre me fascinó la reflexión filosófica nacida en Centro Europa en los cincuenta. Tiene mucho de verdad y de subversión. Es un grito de rebeldía ante el agotamiento de un mundo que ha perdido la razón. Probablemente porque la razón se había pervertido con la ensoñación de un progreso ilimitado que, sin el correctivo de una ética humanizadora, se vuelve contra el propio hombre y lo engulle. Saturno devorando a su hijo. Por eso, en este final de la modernidad, el pensamiento se hace más humilde y deja espacio a la búsqueda, al compromiso transformador. Nace una nueva historia, al final de la historia, escrita con los pequeños relatos que hacen memoria de los vencidos, que reivindican una justicia amasada con las manos y el corazón de quienes le dan la vuelta a la realidad desde el anonimato y reivindican – con su trabajo y su esfuerzo – una vida más digna.

Pero el acontecer de la vida no es solo un compromiso voluntarista por hacer emerger un mundo más justo. Para los cristianos, la historia no es solo futurus. El mañana no depende exclusivamente de los esfuerzos humanos para transformar la realidad. Para los seguidores del Maestro, la historia es también adventus. Dios sale a nuestro encuentro. Dios viene, viene siempre. Y vendrá. Dios en nuestra carne, Dios-con-nosotros, Dios-nuestra-justicia se ha hecho historia compartiendo indigencia, marginalidad y muerte. La Encarnación ha partido en dos la historia haciendo del devenir humano un acontecimiento de salvación. Jesús de Nazaret, Verbo encarnado, sanó heridas y abrazó a los caídos, buscó a los que estaban en descampado y sentó a la mesa a los condenados de los hombres. Pagó de persona su osadía y crucificó el pecado haciendo brotar de su costado abierto una esperanza cierta. Para todos los que nos hemos sentido llamar amigo y no siervos, allí donde el horizonte recorta una cruz al atardecer uniendo cielo y tierra, el amor es digno de ser creído.

Y hemos creído que Dios resucitó a Jesús de la muerte. Desde aquel acontecimiento que supera los límites del espacio y el tiempo, Dios continua viniendo a nuestro encuentro. Hoy sabemos que vendrá. Su presencia es adventus que transformará definitivamente el futurus que adelantamos con nuestro compromiso liberador. El mundo gime con los dolores del parto y seguimos por el camino abriendo prisiones injustas y ayudando a sanar heridas, pero anhelamos el encuentro. En este abrazo, Dios hará justicia a los vencidos de la historia y surgirá una creación nueva que nuestra sed alumbra ya en cada recodo del camino.

Las lámparas encendidas

imagesEsta primera semana del tiempo de Adviento nos invita a estar vigilantes. Como el vigía otea el horizonte, los seguidores del Maestro levantamos la mirada para descubrir, allá a lo lejos, al Señor que viene a nuestro encuentro. Lo hizo una vez, hace más de dos mil años, naciendo en nuestra carne y volverá para recapitular todas las cosas y abrazarnos definitivamente en Dios. Entonces veremos cara a cara y no habrá más mentira ni dolor. Los cristianos mantenemos viva la esperanza del encuentro. Por eso hoy la Palabra nos pide encender las lámparas y estar dispuestos para abrir la puerta apenas llegue y llame.

Pero la esperanza no nos mantiene con los brazos cruzados. Por el contrario, vamos adelante arremangados y bien implicados en la realidad que nos rodea. Jesús, hombre-para-los-demás, nos enseñó tras la primera Navidad, cómo vivir según el corazón de Dios: pasando por la vida haciendo el bien, sanando heridas y liberando de todo lo que impide a las personas vivir con la dignidad de hijos de Dios; alentando la esperanza de quienes la han perdido en algún recodo del camino; abriendo las prisiones injustas. Mantenemos la lámpara de nuestra vida encendida porque queremos custodiar el don recibido y la Palabra de Jesús puede iluminar también el sendero de quienes caminan a nuestro lado. Por eso nos empeñamos en ser una pequeña luz, en medio de la opacidad de la vida, que brilla humilde y audaz aún cuando sopla viento del norte.

Dios viene. Viene siempre. Pasa a nuestro lado y busca sentarse a la mesa con nosotros. Y acomoda a nuestro lado a todos los excluidos del banquete. Son sus preferidos, los que habitualmente solo comen las migajas que caen de la mesa del señor. Por eso prepara para ellos una mesa abundante y nos pide que hagamos sitio para los más pequeños. Son los caminos que hay que enderezar y los descampados que hay habitar. Dadles vosotros de comer, nos hemos sentido decir.

Esta primera semana de Adviento nos invita a levantarnos, a dejar atrás despistes y medianías, a salir de nuestra comodidad y disponerlo todo para no perdernos la oportunidad de acogerlo. En la luz de nuestro corazón, en la limpieza de nuestra mirada, en la Palabra proclamada y acogida, en los hermanos a los que servimos, en los empobrecidos… Dios nos viene al encuentro.

Nada nuevo

la_crisis_bertolt_brecht_hermanos_del_templo1Es una de esas frases cortas que dan mucho juego. Cuando la utilizas con un rictus de desagrado en el labio estás, implícitamente, descalificando el discurso de tu adversario o simplemente ninguneando las ideas de tu interlocutor. En no pocas ocasiones, es expresión de una pereza intelectual que ni siquiera se detiene a valorar lo que las ideas de otro pueden aportar.

Nos sucede mucho en el ámbito eclesiástico y – en general – en la vida religiosa. Cuando nos acercamos a un texto o escuchamos una conferencia, la tentación es exclamar: “Bueno, bien, pero nada nuevo…”. Hay veces en las que manifiestamente las repeticiones, la falta de discurso o los cuatro lugares comunes te construyen una reflexión con apariencia de profundidad en un santiamén. Pero no siempre es así. Me refiero a cuando las cosas están pensadas, ponderadas y expresadas desde un análisis riguroso de la situación o desde propuestas bien articuladas como caminos ante las dificultades o desafíos. El problema es que – en ocasiones – no queremos ver la novedad cuando se trata de salir de la mediocridad o de alterar el status quo y alegamos que no hay “nada nuevo” en ciertos discursos reformistas para alejar cualquier tentación de asumir con decisión determinados compromisos. A veces la “novedad” que vamos buscando es, precisamente, que no hay novedad; que hay caminos ya trazados, pero que hay que transitarlos.

En estos días me hablaban de “innovar” en la vida religiosa. Me pareció una expresión estimulante y me dio que pensar. Pero puestos a innovar, me doy cuenta de que de lo que se trata es de recuperar lo esencial de nuestra vida, de renovar nuestro modo de vivir, de darle un impulso a nuestro estilo evangélico en el día a día, de impulsar procesos reales de conversión y cambio… La “innovación” en este caso es volver a lo más genuino, abandonar los caminos que nos conducen a la comodidad o al conformismo, romper dinámicas grises y alejarnos de triunfalismos estériles. No hay mayor innovación en este momento que la fidelidad sine glossa al Evangelio y al estilo y la propuesta de Jesús de Nazaret.

Nada nuevo bajo el sol. Tan viejo como la Escritura. Pero aquí está, precisamente, la fuerza de la renovación. Nos está ocurriendo en el momento eclesial que vivimos. Lo extraordinario de las reformas de Francisco es que nos piden una vuelta al Evangelio, a lo sencillo de una vida más simple, alejada de la tentación del poder, sostenida únicamente por el deseo de servir incondicionalmente a los empobrecidos y a los que menos oportunidades han tenido en sus vidas maltrechas. La grandeza y el irresistible liderazgo del Papa están en que no hay postureo ni se le ven imposturas. Puede que no haya nada nuevo (doctrinal) en su discurso, pero la novedad está en la frescura del Evangelio y en la luminosidad de la palabra sencilla y creíble.

La invitación a que nuestras comunidades tengan “olor a Evangelio” marca un camino ya trazado. La novedad está en recuperar existencialmente el sendero, dejar atrás todo el polvo que se nos ha pegado en la suela de nuestros zapatos y limpiar los recovecos del alma donde se han alojado una mortecina mediocridad y el gris de una acomodada resignación.

Una fraternidad palpable, vivir con menos bienes, tomarnos en serio el servicio incondicional a los hermanos y a los que viven en dificultad, romper nuestras clausuras de dentro y de fuera, acoger y bendecir, acompañar dos millas al que me pide estar con él solo una, dar más allá de las expectativas sin esperar un retorno interesado, perdonar sin condiciones, hacer de la bondad y la amabilidad un estilo de vida… Nada nuevo. Solo hemos de darle un vuelco a nuestro modo de mirar la realidad y quién sabe si superar autocomplacencias para decirnos que es hora de despertarnos del sueño.

Matices

AfricaNo sé que me ocurre cuando piso esta tierra. No tengo el diagnóstico de lo que me pasa, pero lo cierto es que el alma se ensancha y la respiración se hace más pausada ante este relentizarse del tiempo y la brisa fresca de la estación de lluvias que hace más sensible la piel que acaricia. Llevo una semana en Camerún y siento de otra manera.

He pensado estos días que quizás se trate del frescor del que disfruto proviniendo de la calurosa Sevilla. O puede que me cautive sin remedio la variedad cromática que inunda los sentidos al penetrar en la exuberancia de la naturaleza que me envuelve. He llegado a creer que me trastoca el sentido la variedad de sensaciones del paladar al compartir la cocina autóctona. Pero creo que, finalmente, no se trata de nada de esto.

Más bien quiero pensar que es cuestión de matices. Si, no hay nada de épico en mis incursiones africanas de estos últimos años. Probablemente tampoco de poético. Togo, Benín, Camerún… Sigo empeñado en proyectos de formación y cooperación internacional, pero hace tiempo que dejé de idealizar mis andanzas como si de mi dependiera salvar el mundo. Ahora solo siento que se me renueva la vida, que respiro mejor, que se me abren los poros de la piel y percibo de otra manera mi yo y mis circunstancias. No tengo molinos de viento con los que combatir ni aventuras que contar a nadie. Quizás por eso estoy más atento a los matices.

Disfruto más del verdor del paisaje y de la inmediatez del encuentro. Me sale más fácilmente la sonrisa franca y creo que me brillan un poco más los ojos. No ando preocupado por lo que tengo que decir y valoro más la conversación espontánea de quien comparte con sencillez sus historias y sus sueños. Hago lo que puedo y no me inquieta no estar a la altura. Hoy se ha venido abajo internet y no me he puesto nervioso. Matices, es cuestión de matices.

Me viene bien aterrizar por aquí, aunque sea después de muchas horas esperando la conexión en cualquier aeropuerto o de no pegar ojo en vuelos interminables (es lo que tienen los billetes baratos). África me revitaliza y me reconcilia conmigo mismo. La simplicidad de la vida y de sus gentes, la capacidad de acogida y la dignidad de un pueblo que se aferra al anhelo de felicidad malgré tout son lecciones que jamás aprenderé del todo. Pero mientras, cuando tras una semana vuelva a Europa, sabré que sigo caminando con la energía que me transmite una tierra llena de matices y que me enseña a no dibujar la realidad cotidiana a grandes trazos, con grises, con prisas, con descuido. Quizás esta vez no se me olvide enseguida.

Engañifas

RevoluciónNo es nuevo el guiño del marxismo a los cristianos. En la década de los 70 en América Latina parte de la teología de la liberación sucumbió a los cantos de sirena del materialismo dialéctico dejando al aire las vergüenzas de un comunismo que robaba las entrañas al evangelio apoderándose del mito de que el primer comunista de la historia se llamó Jesús de Nazaret (Hugo Chávez dixit). En su nombre y en el del pueblo se empuñó el fusil y se justificó una revolución violenta para acabar con el capitalismo y derrocar al dictador. Eso tan maquiavélico y tan poco evangélico de que “el fin justifica los medios”.

Nunca justificarás la violencia ni usarás el nombre de Dios en vano. Pero lo cierto es que a lomos de la nueva trova cubana o tomando unas copas con el Che, muchos cristianos identificaron los movimientos revolucionarios contra las dictaduras latino americanas como un nuevo éxodo que abría el mar de la historia para hacer surgir un mundo diferente en el que – oh, paradoja – el proletariado asumiera el poder y se convirtiera en la nueva casta sin importarle que el pueblo permaneciera en la cuneta de la pobreza. Años más tarde, en el declino del siglo XX, caían algunos muros en otras latitudes certificando el rotundo fracaso de un proyecto político profundamente injusto y deshumanizador.

La teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez no pudo prever la deriva materialista ni siquiera pudo imaginar su maridaje con el ateísmo marxiano. Pero el coqueteo de las ansias de libertad con el mejor postor que encarnaba la revolución hizo que la indignación se tornara acción política con tintes cristianos y liberadores. Muchas comunidades cristianas de base, jaleadas por los populismos y desasistidas por una Iglesia institucional desposada con el poder y fuera del juego de la historia, dejó de beber en su propio pozo para enfangarse en la ciénaga de las dictaduras de izquierda.

El populismo de izquierdas en nuestro país presenta numerosas semejanzas con aquellos movimientos revolucionarios de signo marxista de los años setenta en Latinoamérica. Y como entonces, algunos de sus líderes hacen guiños a los cristianos más a la izquierda del espectro eclesial buscando nuevos caladeros de votos. Su burda utilización de las palabras de Francisco y la manipulación de sus reformas para llevar el agua a su molino no deja de ser una estafa, aprovechando que el Tajo pasa por San Pedro. Para muchos católicos, como para tantos otros ciudadanos de bien, algunas de estas opciones políticas son la alternativa más viable para afrontar el desencanto y la desesperación a la que parecen habernos llevado los últimos gobiernos. Legítimo. Una jugada hábil. Pero el planteamiento, en muchos casos, no resiste algunos argumentos críticos.

Tras la seducción inicial vienen los sonrojos. No hay nada evangélico en la violencia – sea de tipo que sea – para alcanzar el poder a toda costa. La revolución del proletariado que postuló Marx y mucho menos las aplicaciones políticas de Lenin, nada tienen que ver con la propuesta liberadora de Jesús de Nazaret y la lucha por la justicia. Darle la vuelta a las estructuras injustas no implica la lucha de clases, la exclusión de quien no piensa como yo, el control del pensamiento único o la disciplina de partido. No es posible identificar el cristianismo con el control de las conciencias, la manipulación de la vida o la falta de libertad porque ya se ocupa el estado de lo que tengo que saber, escuchar o pensar. Engaña deliberadamente quien en nombre de Jesús quiere abolir la propiedad privada y predica el “café para todos” en nombre de una falsa igualdad en la que hay quien decide por mí, cómo tengo que vivir o cómo tengo que educar a mis hijos. Se olvidan de qué es la libertad quienes condenan a los creyentes a recluirse en las sacristías negándoles el espacio público al que todos los ciudadanos – sea cual sea su credo, condición sexual o color de la piel – tienen derecho. Manipulan la realidad quienes proclaman y defienden un estado laico cuando en realidad quieren decir excluyente. Nos venden gato por liebre quienes sonríen al Papa que vino del sur pero quieren asaltar el cielo desahuciando a Dios.

Ya he argumentado en más de una ocasión que me sitúo más allá de cualquier ideología (sea de derechas o de izquierdas) distorsionadora de la realidad y pienso que el tiempo de las mismas está llegando a su fin en este ocaso de occidente. Soy cristiano en una sociedad plural y libre. Defiendo una sociedad mejor con más oportunidades para todos y en la que nadie se tenga que conformar con las migajas que caen de la mesa del señor. Estoy implicado hasta las trancas en la acción social, no soy conformista y estoy convencido de que hay revoluciones por hacer; pero no voy por la vida asaltando a nadie ni pintarrajeando paredes con proclamas libertarias. No me gusta que me engañen ni que me tomen por tonto. Mi fe no está en venta ni vale un puñado de votos. Lo de la izquierda populista en España es de traca. Ante su discurso disfrazado de socialdemocracia, los intentos de captar el voto católico es una engañifa digna de las mejores intervenciones del “Gorila Rojo” para quien Jesucristo era un líder bolivariano.

Sin acritud, o como dijo el cómico, “sin ánimo de lucro”; no sea que me vaya a investigar la asamblea venezolana.

De Valparaíso a Pekín

Unknown

En la fiesta de María Auxiliadora, como sencillo agradecimiento a su acción materna en la vida y en la obra de Bosco. Como nuestro padre nos prometió, su manto sigue protegiendo hoy a nuestra familia y a los jóvenes de las casas salesianas del mundo entero 

Ha sido siempre así en la historia salesiana. María Auxiliadora precede a los salesianos y prepara el terreno a sus hijos en todos los confines del mundo. Esta fue la convicción de Don Bosco y de los primeros salesianos. Porque cuando de nuevos confines se trata, María Auxilio de los cristianos señala el camino. Y nuestra Congregación ha experimentado muchas veces su manto protector y su presencia materna que abre senderos nuevos para la implantación del carisma.

Uno de estos episodios es, sin duda, digno de ser señalado. Se trata de la frontera de China. Don Bosco soñaba con ver a sus hijos en el país asiático. En Barcelona, durante su estancia en la ciudad condal, tuvo el sueño misionero la noche del 9 al 10 de abril de 1886. La Virgen indicó a Don Bosco “cuanto debían hacer los salesianos” desde Valparaíso a Pekín, haciendo centro en el corazón de África. Meses más tarde, el 3 de julio y ya en Valdocco, escribe el fiel secretario Viglietti:

“María Auxiliadora prepara a los salesianos los caminos que deben recorrer. Desde hace meses Don Bosco no hace más que hablar de China. Encargó a Festa serios estudios sobre aquellos lugares… y hoy llega, inesperadamente, una carta de China (Shangai) en la que se cuenta que ha sido erigido un gran santuario en las cercanías de Shangai dedicado a María Auxiliadora. Que los chinos se acercan hasta allí en peregrinación, hacen el Vía Crucis y otras prácticas de piedad y se obtienen gracias extraordinarias. Don Bosco, conmovido hasta las lágrimas, dice que él ya no pero sus hijos verán lo que María les ha preparado en China”

En efecto, el obispo jesuita de Shangai había consagrado el gran Santuario de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en las cercanías de la ciudad china en 1873. El buen Carlo Viglietti no duda en ver en esta carta un signo de la Providencia que conecta con el sueño de Don Bosco de Barcelona y con su insistencia de preparar una expedición misionera hacia aquel país.

Sabemos que no había llegado aún la hora. Aunque con varios intentos y ofrecimientos precedentes, la expedición misionera salesiana en China no se producirá hasta 1906. Pero la convicción de que el sueño se cumpliría anidó en el corazón de los salesianos desde siempre. El apunte de Viglietti en su crónica es un buen signo de ello.

María Auxiliadora siempre irá por delante. Pocos días después de la muerte de Don Bosco, el 11 de marzo de 1888, el joven Luis Versiglia vivirá en el Santuario de María Auxiliadora de Turín su imposición del crucifijo de misionero. Será él, años más tarde, quien capitanee la primera expedición salesiana a China cumpliendo así el sueño de Don Bosco. Su sangre, derramada como la del Buen Pastor por defender su rebaño, es semilla martirial en tierras de oriente que ha hecho fecunda la presencia salesiana en aquel país.

Hoy, en medio de grandes dificultades, el sueño de Don Bosco espera todavía poder cumplirse plenamente. María Auxiliadora, también esta vez, nos precede en la nueva etapa de la historia salesiana en China a la espera de un nuevo renacer.