Inhabilitación para los jueces desalmados

No ganamos para los sustos que nos proporcionan algunos jueces. Me remito a la entrada de este blog del día 26 de enero “A propósito de la huelga de los jueces” y a lo que en ella afirmaba yo del abuso y de la mala aplicación del principio de legalidad. Ayer nos enterábamos de que un juez preclaro, valiente, decidido, justo, equitativo, probo y humano habría condenado a un indigente a año y medio de cárcel por robar media barra de pan.

Una de dos, o el código penal marca expresamente esa pena para quien hurte media un poco de pan, o el juez se ha pasado varias autonomías en la aplicación del tipo penal al caso concreto. Es evidente que no tenemos ni podemos tener un código tan troglodita y antidiluviano, pero si lo tuviéramos, y, repito, dijera exactamente que por hurtar un poco de pan se puede ir a la cárcel, el juez tendría que declararse incompetente para esa sentencia. O sea que hay jueces que creen que se puede declarar objetores para formalizar legalmente un matrimonio entre homosexuales, acto en el que no hacen otra cosa que representar y ser testigos oficiales del Estado en un acto administrativo, pero de modo alguno se ven ellos mismos obligados a proceder contra su conciencia, como sería si ellos mismos fuesen empujados a un matrimonio que consideran legal pero ilegítimo, ¿y no deberían objetar una legislación tan aberrante?

Hay unas leyes no escritas que conceden a las personas, de tiempo inmemorial, derechos, aunque solamente fueran por prescripción. Una de ellas es que “robar alimento para saciar el hambre” no es delito. La antigua doctrina, y la moderna y de siempre doctrina social de la Iglesia, afirman que quien tiene hambre tiene derecho legítimo de propiedad de aquello que necesite para saciarla, y nunca debería ser obligado a tomarlo con violencia a causa de los obstáculos físicos y administrativos que se pudieran interponer. 

Hay un problema físico, metafísico, ontológico, elemental y de sentido común en algunos jueces: que no saben, ni siquiera teóricamente, y no digamos en la práctica, que es el hambre. Propongo que antes de obtener el título de juez los candidatos hagan un cursillo en el que se vean obligados a pasar un invierno al relente, y a apañarse sin un duro después de una semana sin comer. Aprenderían, en ese taller jurídico de la vida, a respetar principios legales no escritos que son anteriores y dan soporte de legitimidad y de humanidad a todo el cuerpo legislativo escrito posterior.

Espero, seriamente, que si hay un poco de decencia y de auténtico sentido de la justicia, el Consejo Superior del Poder Judicial, o quien corrresponda, inhabilite, sin más, al juez en cuestión que ha cursado una sentencia tan inhumana, o al que ha condenado a algo parecido por robar una pizza, o al luminar jurídico que condenó a una madre por dar un tortazo al hijo que le había arrojado no sé qué objeto, no desde luego un cuchillo o una bala. Se espera de los jueces que sean sensatamente justos, y no desalmadamente venales, injustos o chisgarabís. No se espera demasiado, sin embargo, que vivan como potentados o como grandes señores, ya que la diferencia social excesiva hace que los jueces pierdan su “autoritas” y su cercanía a los justiciables. Pues a veces da la impresión de que están más interesados en su propias prebendas que en la verdadera aplicación de la justicia, que exige una austera vocación y, a menudo, un cierto espírito de discreto sacrificio. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara 

Nota: Después de publicar esta entrada he sabido que no había decisión del juez, sino una petición del fiscal. Mutatibus mutandi, el espíritu de mi artículo sobre la administración de justicia se mantiene de igual modo.

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