Tripas

La Guajira es uno de esos territorios donde las lindes no se respetan. Allá donde unos hombres trazan líneas continuas que dividen, otros se encargan de hacerlas discontinuas para pasar a un lado y a otro como si fuera un juego. La Guajira, la tierra de los añú y los wayúu es uno de esos escenarios, donde la gente no entiende de naciones ni de banderas. En La Guajira, que encabalga sus tierras entre Venezuela y Colombia, entienden de hambre. La gente pasa hambre. Y la gente muere de hambre.

También los caballos. O al menos uno blanco metido hasta las tripas en el río Limón, que se comía una bolsa de plástico indiferente a mi presencia, a mi cámara. Plástico como menú.

Hace casi cinco años de mi paso por allí. En aquel lugar, vigoroso, la gente moría de hambre sin que nadie se diera cuenta. Mejor dicho, sin que nadie lo contara. Siempre es más atractiva la lucha de los Gobiernos de turno por el control fronterizo –o por el enfrentamiento testuz contra testuz de los presidentes, los ejércitos y las policías– que el hambre del pueblo. El hambre. El concepto apestado de nuestro mundo. Empachados de comodidades, el hambre que no sufrimos nos molesta. A nosotros se nos revuelven las tripas de ver unas tripas que no se llenan nunca.

Este miércoles he pasado al otro lado de la frontera. He pasado al lado colombiano de La Guajira. Lo he hecho sin pasaporte, sin visado, sin acreditación, sin necesidad de ir a Barajas. El viaje ha sido sencillo. En Metro. Hasta la estación de Alonso Martínez. He dejado la Librería Santa Bárbara a mi derecha. He girado a la izquierda por Fernando VI. Y luego, otra vez a la derecha, para enfilar la calle Barquillo. Número 38. Tercera planta. Rueda de prensa de Manos Unidas para dar a conocer su Campaña contra el Hambre. Saludo a un misionero con el que he estado hace poco en Nacuxa, en el norte de Mozambique, Eugenio López. Habla él, y habla Ruth Chaparro, que me abre la frontera de La Guajira colombiana, donde en los últimos cinco años han muerto más de 5.000 niños por causas vinculadas al hambre. Ruth no habla de subalimentación. Habla de hambre. No habla de malnutrición. Habla de hambre. No habla de desnutrición. Habla de hambre. Pero no solo de hambre. Porque también “mueren de una enfermedad llamada desigualdad, exclusión, racismo, indiferencia, corrupción, libre empresa, deterioro ambiental, abandono…”.

Desde que conoce esta realidad no puede ver noticias en la tele que hablen de hambre. No porque se le revuelvan sus tripas, sino porque le duele. Porque sabe que el hambre duele, también físicamente. “Y si me duele a mí de verlo, solo imaginar el dolor de esas madres…”.

(Original escrito en Arial cuerpo 12.  Palabras: 463. Caracteres sin espacios: 2.180. Caracteres con espacios: 2.642. Párrafos: 5. Líneas: 34)

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