Doble medida

imprimir-regla-cm-300x243Solemos tener dos medidas para valorar los defectos de los demás y los propios. Con qué facilidad anatematizamos a las personas, cuando obran mal, sin caer en la cuenta de que nosotros nos encontramos, tal vez, en la misma situación. Podemos recordar lo de la paja en el ojo ajeno, y la viga en el nuestro.

Leemos en el Evangelio: “Y como los fariseos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn.8, 1).

Somos, en general, muy dados a fijarnos y resaltar los defectos, fallos o pecados de los demás, aunque, muchas veces, nosotros tenemos los mismos defectos, fallos y pecados. Pero sólo vemos lo ajeno, y lo condenamos. Es una manera hipócrita de actuar.

Por otra parte, tampoco es una postura inteligente, ya que lo que acusamos de los demás, se puede volver contra nosotros mismos. Es el caso que se nos cuenta en el evangelio (siempre didáctico): el de la mujer adúltera, presentada ante Jesús para que la condenase. Pero Jesús, sabio y misericordioso al mismo tiempo, y conociendo la naturaleza humana y a los fariseos, les invita a tirar la primera piedra, para lapidarla, como mandaba la ley de ellos.

Y ¡oh milagro de la naturaleza humana! Los que la acusaban, empezaron a retirarse. Y dice el evangelista, que empezaron a desfilar los más viejos (¡). La sabiduría y buen sentido común de Jesús se manifiesta en desenmascarar su pecado. Y su misericordia le lleva a perdonar a aquella mujer, invitándola a no pecar más: “Yo tampoco te condeno, vete en paz”.

 

Una de las frases de Jesús, que nos pueden ayudar a no juzgar negativamente a nadie, es esta: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados”. (Jn.12, 47).

El mismo Jesús se abstiene de juzgar. Lo dice él mismo:”No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo”.(Lc.6, 37)

 

Un grave peligro que lleva consigo el juzgar a las personas, es el de la crítica. Con relativa frecuencia, al juicio sucede la crítica, y por tanto la falta a la caridad.

Pero ¿no se puede juzgar nunca? Podemos juzgar los hechos en sí; pero no a las personas. Porque los hechos son objetivos y porque lo que está mal, no puede pasar por bueno. Pero juzgar a las personas, su intencionalidad, las circunstancias que le impelen a obrar de esa forma, no lo podemos conocer. Las personas tienen tantos resortes y tantas situaciones que le influyan, que no es fácil ser justos al juzgarlas. Por eso, lo mejor es abstenerse. Como se suele decir, “podemos juzgar y condenar el pecado, pero no al pecador”. Dejemos que sea el mismo Dios quien lo juzgue, que seguro que será más misericordioso y más comprensivo en sus juicios, que nosotros.

Félix González

 

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