Domingo IV de Cuaresma

(Volveré a la casa de mi padre).prodigo rembrandt

Esta parábola del “hijo pródigo”, o del “padre misericordioso”, solo la trae el evangelio de San Lucas. Por eso, y por alguna otra que solo viene en su evangelio, se le llama a este, el evangelio de la misericordia.

Realmente, ese padre, está lleno de misericordia, de perdón, de amor, de acogida, ante el hijo desnaturalizado, ingrato, soberbio y lleno de autosuficiencia.

No le importa al hijo, ver sufrir al padre por su marcha de casa, sin motivo alguno, que no sea su propio capricho y deseo de independencia. No le importa dilapidar la herencia llevando una vida desordenada y loca. El padre no cuenta para él. Sin embargo, en la mente del padre, está constantemente el hijo que se ausentó. Y sobre todo está en su corazón. Solo desea que vuelva. No le dirá ningún reproche, no le pedirá cuentas del dinero gastado, no le echara en cara su mal comportamiento. No. Solo abrirá sus brazos para acogerlo, para abrazarlo. Y ordenará una gran fiesta por “este hijo mío estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y le he hallado. El corazón del padre está lleno de misericordia, porque está lleno de perdón y de nueva acogida.

Ese es nuestro Padre-Dios. Así es. Jesús contó esta parábola para hablarnos de Dios, que tiene entrañas de misericordia. Por el contrario, vemos al hermano, que en vez de alegrarse por la vuelta de su hermano, se enfada, no lo acepta, se encara con el padre por haber sido tan bueno acogiéndolo y haciendo una fiesta. Le molesta que el Padre sea tan bueno.

El Papa Francisco ha dicho algo muy hermoso y consolador. Y muy bonito: “el nombre de Dios es “misericordia”. En la biblia, con frecuencia, el nombre suele describir a la persona, no solo quién es, sino también cómo es. Dios es misericordia y perdón, porque es Amor. San Juan dijo:”Dios es Amor”. Y el Papa dice: “Dios es Misericordia”. No dicen cosas distintas. La Misericordia es la consecuencia del Amor.

Sabiendo que Dios Padre nos espera siempre, aunque le hayamos olvidado en algunas ocasiones, lo importante es que como el hijo que se marchó de casa, acabe por volver junto al Padre.

Y si, como el hijo mayor, no hemos abandonado la casa, vivamos en ella, gocemos de la presencia y el amor del Padre, pero hagámoslo con una gran confianza.

Félix González

3 Responses to “Domingo IV de Cuaresma”

  1. Mucho de lo que se podía decir sobre esta parábola pudimos leerlo en ese maravilloso libro “El regreso del hijo pródigo” de H. Nouwen.
    Pero la palabra viva nos conecta una y otra vez con algo que la hace nueva para ese momento.
    Cuando leo que el padre “lo vio de lejos” me conmuevo porque siento que no hay distancia posible entre uno mismo y “tus manos me sostienen” (Salmo 17).
    Soy, en tanto en cuanto estoy siendo sostenido. No puedo caer sino en su ámbito, no puedo existir fuera de Cristo.
    En la parábola de los dos hijos aparecen dos modos de vértigo.
    -El vértigo del hijo menor:
    Busca, a través de las compensaciones, la manera de que la vida le valga la pena. Todos hemos comprobado y con insistencia que, independientemente de la dosis, el peligro de estar al servicio de nuestro ‘ego’ socaba un vacío cada vez mayor.
    En este gran vacío, nos dice la parábola, seguimos libres para abrirnos a la trascendencia que somos. No podemos ser al mismo tiempo: sostenidos y abandonados.
    -El vértigo del hijo mayor:
    Sabe que es de Dios, está convencido de que le honra. Pero su ‘ego’ le dicta vanidosas ideas como la de ser mejor que su hermano. Poco a poco va deslizándose hacia la interpretación de un Dios que premia o castiga; no percibe, en cambio, que Dios celebra o se desgarra. Dentro de sí piensa en cómo es Dios y cómo ser de Dios, mientras ha dejado de escucharle. Aparece el miedo a no ser suficientemente bueno.
    En este gran miedo, nos dice la parábola, seguimos libres para abrirnos a la bondad de Dios que está en nosotros. No podemos ser al mismo tiempo: amados y apartados.

  2. Como he dicho en otro comentario antei¡rior,” el pecado del hijo pródigo, fue grande, pero explicable, dado el deseo que siempre ha tenido la juventud, de independizarse, y vivir su vida sin que nadie la dirija o la juzgue. Pero el pecado del hermano es repulsivo, porque le faltaban entrañas de misericordia; y en tanto tiempo junto al padre, no había comprendido aquello de “Misericordia quiero, y no sacrificios”

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