Platero (cuento breve)

LaLa alegre caravana que se acercaba al pueblo, en aquplateroella mañana clara y soleada, era ya conocida por todos, especialmente por la chiquillería, que, dejando la escuela, salían a recibirla con gritos estruendosos, y muestras de regocijo.

Todos los años se veía a Herrera del Turia vestir sus mejores galas callejeras. No había en todo el pueblo una sola ventana exterior que no luciese sus trapillos limpios, con fuerte olor a naftalina, a guisa de colgadura.

En algunos balcones, de aire más aristocrático por el sabor añejo de sus escudos y blasones, solían aparecer banderas –herencia de algunos de sus héroes- cuyos colores desvaídos hacían honor al trascurso de los años.

Herrera del Turia era un pueblecito de artesanos y labradores. Sus alrededores semejaban, en el tiempo a que nos referimos, un gran tapiz verde, salpicado de amapolas. Huertas bien cuidadas; trigales ondulantes y flexibles con su encanto de hormigas y cigarras, dedicadas cada una a sus labores; frutales generosos, inclinados unos por el peso de sus frutos, y otros por el paso de los años; caminos rojizos con verdes matorrales en sus orillas, todo en bella armonía.

Y muy cerca, ciñendo las tierras labriegas como un cinturón de plata y cristal, el Turia. Debajo del viejo puente que tanto sabía de secretos seculares, del chirriar de los carros transportando el trigo, o de susurros de jóvenes amores, corría el embrujo de sus aguas cantando eternamente su monótona salmodia.

En el interior de sus estrechas y limpias callejuelas y en la reducida plazoleta que se encontraba en el centro del pueblo, presidida por el Ayuntamiento, la Iglesia y el único Bar que existe, se respiraba paz, armonía y convivencia. Completaba el entorno de la placita, la fuente con sus cuatro chorros, a donde acudían las jóvenes lugareñas a llenar sus cántaros, al despertar el día y al atardecer, y donde abrevaban  los ganados al regresar, ya al crepúsculo, sudorosos y cansinos.

La comitiva se acercaba,  precedida de una algazara de risas francas y gritos infantiles:

— ¡Ya vienen, ya vienen! ¡Viva los titiriteros!

 Las mujeres curioseaban desde el umbral de sus puertas entreabiertas, o apiñadas tras la reja de las ventanas, recién abiertas, o en  los balcones pletóricos de geranios de colores chillones.

 Los hombres, aquellos hombres recios, curtidos por el aire y el sol, miraban como distraídos, aparentando una estoica indiferencia, pero dejando asomar a sus ojos, contra su voluntad, una alegría mal disimulada.

Era un día limpio y claro, de una primavera cuajada de olor de campo, de risas infantiles y de platillos y flautas al son del tambor.

 Como todos los años anteriores, desde que el pueblo había decidido animar sus fiestas con aquellos titiriteros, que eran considerados  como el mejor circo del mundo, el número preferido por grandes y pequeños, era siempre el número circense de Platero.

Nadie sabía por qué le llamaban Platero. Tal vez por una de tantas ironías del destino, porque no era ni peludo, ni pequeño, ni suave. Era viejo hasta el extremo, aunque todavía le quedaban fuerzas suficientes para soportar el cuarto de hora largo que duraba su actuación, y que, con frecuencia, tenía que repetir, exigido por la turba de chiquillos que aplaudían y gritaban hasta enrojecer.

 Su número circense consistía, año tras año, en mantenerse erguido sobre sus patas traseras, mientras saludaba a los espectadores, moviendo pesadamente las patas delanteras, en torpe ademán de aplaudir. Pero las que aplaudían, en ese loco frenesí, eran sus enormes orejas lacias como dos hojas de lechuga.

Los vivas y la animación de la gente iban creciendo por momentos. Y también crecía, por la inercia, el loco frenesí de Platero, hasta que, extenuado, se dejaba caer sobre la improvisada pista de la plaza del pueblo.

 Pero un año, Platero no volvió al pueblo de sus grandes triunfos.  La noticia corrió como la pólvora: ¡Pobre Platero!… ¿Qué le habría ocurrido?

Su borriquillo, el de los grandes triunfos pueblerinos, se había muerto de cansancio y de aplausos. Se quedó para siempre, recostado en el camino del pueblo vecino. Un quejido leve como un susurro, fue ahogado por una ráfaga de viento.

El pueblo lloró a su borriquillo, y le guardó un recuerdo agradecido a través del tiempo.

Después de muchos años, los niños de Herrera del Turia, conocen y cuentan la historia de Platero, que en su imaginación infantil vuelve a ser pequeño, peludo y suave.

Y aún cuentan que en los días que duran las fiestas, el viento trae, de vez en cuando, un suave aleteo, mensajero de aplausos, que va a morir al otro lado del camino que sale de la aldea.                                       

                                                                                                    Félix González

6 Responses to “Platero (cuento breve)”

  1. “…, el de los grandes triunfos pueblerinos, se había muerto de cansancio y de aplausos.”
    ¡Qué vida tan bien aprovechada!
    Su horizonte, los niños de un pueblo.
    Su tarea, animar y alegrar.
    Su muerte, desvivido en su contagioso aplauso.
    Ahora, que ya no somos “peludos y suaves”, de esta bonita historia, tomaremos nota.

  2. Susana: eres como las abejas que sacan miel del polen de las flores. Muy bonita tu reflexión, que engrandece el cuento.

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