La Misa es una fiesta… ¿quién lo diría?

He oído cantar a los niños, muchas veces, en la Eucaristía, aquello de “la Misa es una fiesta”. Se entiende por “fiesta”, una  reunión de varias personas para  celebrar algún acontecimiento, que no pertenece a la rutina diaria. La fiesta lleva consigo: alegría, buena armonía, participación, etc.

La vida transcurre, normalmente, en medio de acontecimientos rutinarios que ocupan casi mecánicamente las horas y los días. Pero es también la oportunidad para que se den otros acontecimientos, buscados expresamente o simplemente inesperados, capaces de romper esa rutina y hacer que se les dedique un tiempo especial para “celebrar”.

Esta realidad tan cotidiana ayuda a descubrir el valor de detenerse para generar un tiempo distinto al de la rutina diaria, un tiempo para gozar más intensamente de la vida y sus situaciones. Y la celebración  de la Eucaristía, forma parte importante en la vida y las situaciones de un cristiano.

No se concibe una fiesta con caras aburridas, con una seriedad forzada, sin que los que celebran no participen activamente, en mayor o menor grado.

Dicho esto, pensemos en alguien que entrase en nuestras iglesias (salvo excepciones, que las hay), que no supiese qué se celebra u ocurre allí, y le dijeran que es una fiesta. ¿Se lo creería? Me sospecho que no. ¿Dónde está la participación activa y entusiasta? ¿Dónde la alegría que rebose por los ojos? ¿Dónde…?

Cuando hablo de “fiesta”, relacionado con la Eucaristía, no defiendo alboroto, ni grandes carcajadas producidas por los chistes subidos de tono, ni hablando todos a la vez, a gritos. Eso puede ser un tipo de fiesta, o la degeneración de una fiesta, que no va con la fiesta eucarística.

Los elementos de la fiesta, fundamentalmente, son más bien internos, se llevan dentro, en el espíritu, en el ánimo, en el sentimiento y en el deseo; pero todo eso debe ser expresado, porque la fiesta es comunitaria, y como tal debe ser compartida y expresada.

Es imposible hacer fiesta uno solo, pues la alegría exige ser compartida siempre con otros; les da libertad para “perder el tiempo”, porque en la fiesta parece que el tiempo no pasa, o pasa de un modo muy agradable y placentero. La fiesta es un tiempo para la creatividad, para el encuentro, la comunicación y el diálogo, es un tiempo para la gratuidad
Celebrar, es pues, “disponer de un tiempo y de un espacio para que, a través de gestos, signos, palabras y actitudes, un acontecimiento se haga realmente vital”.

Hagamos de la Misa una verdadera fiesta, una verdadera celebración, y seguramente, muchas personas a quienes hoy día no les dice nada, empiecen a degustarla. Porque hay pocos a quienes no les agrade la fiesta.

Eso exige voluntad, imaginación y mucho amor a lo que representa y es la Eucaristía comunitaria.

                                                                                                                      Félix González

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