Fuego y luz

pasc fEl cirio pascual es el símbolo visual más claro y constante durante todo el tiempo de Pascua (cincuenta días). El cirio nos habla de fuego y luz.

En una ocasión, Jesús dijo:”He venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?” (Lc.12, 49). Juan Bautista anuncia a Jesús como aquel que “bautizará en el Espíritu Santo y fuego”. (Lc.3,16). Y los Hechos de los Apóstoles nos narran la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, posándose sobre sus cabezas “en forma de llamas de fuego”. (Hch.2, 3-4).

El fuego no es sólo destructor, es también purificador (el oro se purifica en el crisol de fuego). Tiene una fuerza arrolladora. Es tan importante, que la civilización dio un paso de gigante con el descubrimiento del fuego. Alguien dijo, al preguntarle qué salvaría en un incendio:”Yo salvaría el fuego”.

Pero el cirio pascual es también “Luz”. En el bautismo, el sacerdote entrega a los padres, una vela encendida en el cirio, con estas palabras:”Recibid la luz de Cristo. A vosotros se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo,  camine siempre como hijo de la luz…”

La fe no es un fogonazo del momento, que pasa tras unos segundos de resplandor. Como dice el dramaturgo Marquina, en su obra teatral “El monje blanco”:

“La luz siempre es luz, pero la hoguera,                                                                               si no la mueve o la revuelve el viento,                                                                               se convierte en cenizas al momento”.

La luz, ilumina, esclarece, nos ayuda a distinguir los objetos, los detalles, la realidad. Ahuyenta las tinieblas, hace desaparecer las sombras y la oscuridad. Es claridad.

Existe una apariencia de luz y fuego que no es ni una cosa ni otra, sino una simple apariencia: los fuegos fatuos o fuegos de San Telmo.

En la vida del cristiano puede darse este fuego fatuo, esta apariencia de fuego y luz, que ni alumbra ni calienta. Son las vidas sin compromiso, sin coherencia evangélica, sin vida de evangelio, sin verdadero seguimiento de Cristo. Una vida sin relación a la opción fundamental.

Ojalá que ese cirio encendido, que permanece presente durante los días de Pascua, sea un verdadero recordatorio, un revulsivo, para algunas vidas sin entusiasmo, que no dejan rastro, que no calientan ni iluminan a nadie, porque son cirios apagados.

San Pablo nos recuerda en la carta a los Colosenses (3, 1): Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba”.

                                                                                                      Félix González

 

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3 Responses to “Fuego y luz”

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