Perfil

Tengo 48 años, nací en Zaragoza, en 1960, en el seno de una familia de la clase media, mezcla de aragonés y catalana. Soy el más pequeño de 9 hermanos (entonces no había tele), tengo un gemelo, también médico. Mi padre fue una persona decente, pequeño empresario con una tienda de ropa, un hombre cabal y discreto, hasta para morir lo fue (como médico he aprendido que las personas, en general,  mueren como han vivido). Me enseñó el valor del trabajo honrado, de la honestidad, de la decencia, de la generosidad (nunca le vi negar una limosna a un pobre). Mi madre vive con 88 años, con una sordera y ceguera progresivas, pero con la cabeza como un reloj. En mi casa no faltaba pero tampoco sobraba. Mi infancia fue la típica de un niño de aquella época: fui al colegio de los padres jesuitas (uno de mis hermanos lo era), catequesis, una imagen de Dios lejana y normante … Pero España cambió (de hecho, yo soy “Carlitos” el de “Cuéntame”), y víví en primera persona esos cambios: las primeras manifestaciones, las inquietudes políticas, cuestionar el orden establecido, la imagen de dios que nos presentaban. Me incorporé a grupos juveniles, comprometido en la universidad, en los movimientos sociales de mi ciudad, en las parroquias. Tuve mi primera novia, una chica rubia de 18 años que estudiaba matemáticas. Estudié medicina simplemente porque me resultaba inconcebible estudiar cualquier otra cosa: me apasionaba el cuerpo humano y la biología humana. Me decepcionó la universidad española, así que cogí una mochila y me presenté en una escuela de medicina inglesa, solicitando permanecer un trimestre, lo cual me concedieron. Tenía 20 años. Allí no sólo descubrí otra forma de estudiar y aprender medicina, descubrí que había una mundo más amplio, que luchaba por liberarse: Zimbabwe, los países centroamericanos … La BBC se conviritó en mi referente. Cuando acabé la carrera tenía dos opciones: irme a Estados Unidos a formarme -no me gustaba lo que veía aquí- o dedicar mi vida a algo “mayor”: pudo el idealismo y me fui al noviciado de los jesuitas, entre las lágrimas de una novia desconsolada y las mías propias. Fui estudiante jesuita 5 años y descubrí muchas cosas: la teología (sobre todo la de la liberación), el estudio de la biblia, la éxégesis, la filosofía … junto con mi incapacidad para mantener dos votos, en los que no creía: el celibato y la obediencia. En mi tercer año me enviaron como médico a Honduras durante unos meses: eso determinó mi destino: vi la muerte por hambre y el sufrimiento más atroz, pero también la vida naciendo en cada rincón, los delegados de pastoral, la esperanza de una liberación, monseñor Romero … Decidí que quería servir a mis hermanos como médico, por encima de cualquier otra ocupación. A los dos años dejaba la orden (mi primer naufragio, no fue algo fácil ni indoloro) y me presentaba al examen para la especialidad, el MIR, tras prepararlo en 5 meses.  Saqué plaza y me fui a estudiar medicina interna a Barcelona, donde estaba la mejor escuela de medicina tropical de España, pensando en, al acabar la especialidad, volver al trópico. Eran años duros: explosionaba el SIDA y mi hospital atendía gente pobre del barri vell de Barcelona, de la prisión de mujeres … Aquellos chicos y chicas jóvenes morían como moscas en las salas, sin que apenas pudiésemos hacer nada por ellos, víctimas de infecciones desconocidas o que no se había visto desde hacía decenios. Aprendí mucha medicina, pero mi fe se hallaba hecha jirones y así mi interior. Por ello, cuando acabé la residencia volví a casa de mis padres, al paro, dura experiencia. Ese fue el segundo naufragio. Mi padre murió poco después. Sin embargo,reencontré a la que sería mi esposa, una antigua compañera de facultad. Con ella pude volver a amar y a vivir mi fe. Sin embargo, sufría una enfermedad psiquiátrica crónica, y todo el amor que nos tuvimos, que fue incondicional, no nos libró del sufrimiento inherente a su problema, porque tal vez el amor salve, pero no cura. Hemos estado casados 14 años, hemos reído y sufrido juntos, hemos peleado contra la adversidad de sus bajas laborales, he cambiado de hospital varias veces hasta llegar a Valdepeñas y tener una plaza fija. Las cosas parecían por fin asentarse. Sin embargo, ella tuvo aquí una fuerte crisis y yo no pude soportarlo, ahora estamos separados. Este ha sido el último naufragio y el más doloroso, tal vez porque todavía es muy reciente. Confío en que Dios nos guíe e lumine en el futuro, no sé si cada uno recorrerá su camino por separado o podremos volver a reencontrarnos. Afortunadamente, no habíamos tenido hijos. Mientras tanto, he seguido ejerciendo, escribiendo, intentado curar cuando he podido y aliviar siempre. Me he subespecializado en analgesia y cuidados paliativos porque es donde me siento más útil, donde creo que más puedo ayudar a mis pacientes. A grandes rasgos esta es mi vida, esta es la persona que compartirá con ustedes sus vivencias médicas, humanas y cristianas, así como textos que he ido escribiendo durante estos meses y años. No esperen los análisis profundos de un teólogo ni un filósofo, porque sólo poseo un barniz de esas disciplinas. Pero pueden esperar sinceridad y franqueza, y verán a través de mis ojos un mundo donde conviven dolor, lucha por la vida,  tristeza, alegría, desesperación y esperanza, en un continuo caminar en la frontera entre la vida y la muerte, entre el fin y el anhelo de resurrección venidera, tanto de mis enfermos como mío propio. Ángel García Forcada