Las mariposas

    Ramoncmariposasín (a sus padres siempre les gustaron los diminutivos) iba a cumplir los siete años, pero seguían gustándole los cuentos. Sobre todo si eran fantásticos y coincidían con la hora de acostarse. No siempre lo tenía fácil, porque la madre, a esas horas todavía tempranas, solía seguir con las cosas de la casa. Había que recoger todo y dejarlo preparado para la mañana siguiente; y otras veces le esperaba un gran cesto -aquel viejo cesto de mimbre- lleno a rebosar de ropas para la plancha. Era la última que se acostaba, y para entonces, Ramoncín estaba ya en su séptimo sueño.

       Su padre era poco aficionado a los cuentos. Solía decir que eso sólo creaba fantasías en los niños, que llegaban a creérselas, y luego, la realidad les causaba una gran decepción, porque  no existían las princesas encantadas, ni los príncipes mendigos, ni siquiera las brujas montadas en sus escobas voladoras…

        En aquella casa sólo el “abuelo”, cuyo nombre casi nadie conocía, porque desde siempre todos le llamaban simplemente “abuelo”, era el que alimentaba la imaginación de Ramoncín y el que lograba que cerrara los ojos y se durmiera con una sonrisa de agradecimiento y de satisfacción.

         Casi siempre era el abuelo el que escogía el cuento; porque la verdad era que casi todos procedían de su propia invención. Pero, de vez en cuando, era el nieto el que le hacía tales preguntas que la respuesta daba lugar a un nuevo cuento.

        Había llegado la hora de acostarse, y Ramoncín no puso ningún objección, como suelen hacer otros muchos niños que siempre les parece muy temprano para irse a la cama. Esa noche le iba a hacer una pregunta al abuelo.  Había estado de paseo por el campo, y toda su atención se fijó en las múltiples mariposas de variados colores que revoloteaban de flor en flor o se posaban sobre una brizna de hierba.

Abuelo, ¿qué son las mariposas y por qué hay tantas y de colores tan distintos?

— Mira, hijo; es una historia muy bonita. ¿Quieres que te la cuente?

— Es lo que estoy deseando, abuelo. Te escucho.

  El abuelo tapó un poco más a su nieto con el embozo de la sábana y comenzó a poner su imaginación a trabajar:

“Las mariposas son las almas de las personas que han amado mucho la naturaleza, y han disfrutado contemplando las flores, los árboles, las montañas, los riachuelos, las praderas…

¿Y los bichitos, y las hormiguitas también?, preguntó Ramoncín con los ojos cargados ya de sueño.

También – asintió el paciente abuelo-: pero déjame que te lo siga contando.

“Cuando algunas de esas personas tan enamoradas de la naturaleza, mueren, antes de subir al cielo, tienen la suerte de poder seguir admirando las cosas bellas del campo; y para ello se convierten en mariposas, que, como pesan tan poquito, se pueden mantener en el aire y trasladarse de un lado a otro y de una flor a otra. La variedad de colores depende del mayor o menor interés por la naturaleza que hayan tenido en su vida. Y tienen alas como los angelitos. De esa manera, pueden contemplar las amapolas en los trigales, las margaritas en las praderas, las recias encinas en las dehesas, los riachuelos y los ríos que avanzan hacia el mar, y las grandes montañas que desafían por la noche a las estrellas, y de día se bañan de sol en verano y de nieve en el invierno”.

  Ya el abuelo no sabía cómo seguir el cuento, cuando de pronto, un leve ronquido vino a sacarle de su apuro. Ramoncín había acabado durmiéndose antes de que el abuelo terminase aquel imaginativo y colorista cuento.  Para el abuelo fue un alivio.

  Sabía que su nieto no se creía las historietas que él le contaba. Por eso no le importaba exagerar o contar cosas tan extrañas como lo de las mariposas.

  Por su parte, Ramoncín ponía tanto interés en las historietas que casi era el abuelo quien estaba a punto de creérselas.

  El abuelo puso un beso muy tierno en la frente de su nieto, apagó la mortecina luz de la mesita de noche, cerró la puerta con mucho cuidado, y se marchó muy despacito, tratando de no meter ruido, hasta la cocina. Allí tomó su acostumbrado vaso de leche con algunas galletas, y se retiró a reparar el sueño, y a dar descanso a su cuerpo, con los deberes bien hechos.

  Al día siguiente seria el primero en levantarse, y ayudar a despertarse a su nieto. Con un nuevo beso en la frente, Ramoncín abría los ojos, para encontrarse, muy cerca, el rostro arrugado del abuelo, cuya sonrisa era presagio de un nuevo día lleno de felicidad.

                                                                                                                        Félix G.

2 Responses to “Las mariposas”

  1. Muchas gracias por el besito en la frente.
    Tus post ayudan a despertar y dan ánimos para abrirnos a la voluntad de Dios: “presagio de un nuevo día lleno de felicidad”.

  2. Amiga Susana: sé que tengo una deuda epistolar contigo. Pero hace más de un mes que mi “correo” está estropeado por causa de telefónica. Espero que algún día se arregle el asunto. Entonces contestaré a tus letras. Perdona. Un abrazo.

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