Dos parábolas, dos amores

prodigoTodas las parábolas del Evangelio son hermosas; todas ellas nos hablan del Reino; todas nos aportan enseñanzas y modos de actuar según Dios. Pero hay dos parábolas que, a mi juicio, se llevan la palma, y en las que Jesús volcó no solo toda su sabiduría, sino también toda su sensibilidad y todo su amor, al prójimo y a su Padre Dios y Padre nuestro.

Son las parábolas del “hijo pródigo” y de “el buen samaritano”. Dos joyas para engarzar en el trascurrir de nuestra existencia. Dos amores que resumen toda la vida cristiana: el amor a Dios y el amor al prójimo.

La del “hijo pródigo”, que debiera llevar el título de “el padre bueno”, nos sitúa en nuestro pecado y en el perdón de Dios (el hijo que vuelve tras la huida, y el padre que le acoge sin pedirle explicaciones). Para corroborar esto, Jesús dirá:”hay más alegría por un pecador que se arrepiente”… Y celebra una fiesta, la fiesta que experimenta en su corazón misericordioso.

Y de esa manera, Jesús nos invita a la conversión, al arrepentimiento, y a la confianza ilimitada en Dios-Padre.

La parábola de “el buen samaritano”, es otra joya del buen decir de Jesús. En ella nos alecciona sobre el amor al prójimo; cómo debemos comportarnos con el hermano débil, enfermo, en soledad, maltratado y marginado.

Si uno que no es de su raza, que no es de su religión, que no mantiene relaciones con sus vecinos, que es un extranjero de Samaría, es capaz de “bajarse de su cabalgadura”, es decir, de su orgullo y su despecho, para atender al herido, cuánto más el cristiano, cuya única raza es la de la humanidad, su religión es el amor, y es ciudadano de la Jerusalén celestial, debe “descabalgar” de sus propios intereses, para fijarse en las carencias y necesidades del otro. Eso se llama “amor al prójimo”, palabras un tanto desprestigiadas en un mundo de egoísmo y amor propio.

Jesús fue el gran “samaritano”, que “se despojó de su rango”, y cargó con las miserias humanas; el que se acercó con piedad a los despreciados por los altos dirigentes; que asumió el papel de cirineo, para llevar una parte de la cruz de tantos crucificados por la vida. Y esa entrega, esa “parcialidad” a favor de los débiles, le llevó a la cruz del Calvario, maldita y redentora. ¡Curiosa contradicción!

Aunque no trato de moralizar, sí pienso que todo el evangelio es programa para cualquier cristiano. Pero un resumen de él viene concentrado y resumido en las dos parábolas cumbre que acabamos de señalar. Repensarlas con frecuencia puede y debe acercarnos al ideal cristiano.

                                                                                                            Félix González

3 Responses to “Dos parábolas, dos amores”

  1. Repensar sí, porque se ha escrito muchísimo sobre estas dos parábolas. Si queda alguien que no haya leído -y lo quiera hacer- “El regreso del hijo pródigo”, copio el enlace:
    http://www.dudasytextos.com/actuales/regreso_hijo_prodigo.htm
    .
    A estas dos parábolas quiero acercar la siguiente cita:
    «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.» (Lucas 6, 36-38)
    Porque no limitamos en el borde de nuestra piel, ni el sentimiento más íntimo deja de tener efecto en los otros. Donde acabamos, comenzamos de nuevo. Dios no está dividido y nos percibe sin divisiones. Cualquier bien es el bien de todos y, por tanto, también el mal. Tomaremos de la medida que utilicemos pero, no como un premio, sino porque la boca del hambriento es la mía y mi soledad es el eco del amor que eludo.
    Una gran confusión de bocas abiertas, espaldas sobrecargadas, y manos desasidas conforman, al tiempo, mi individualidad.
    El camino hacia el hermano es el camino de la propia integridad; sólo Dios, con la misericordia que narra la parábola del padre y los dos hijos, nos infundirá la manera de hacerlo.

  2. De eso se trata, de “repensarlo”. Y más´aún, de vivirlo. El evangelio no es simplemente para leerlo. Es bueno recordar lo de “con la medida que uséis seréis medidos”.

  3. Y nosotros, individualmente y como comunidad, ¿mostramos alguna parcialidad? ¿Hacia quiénes? ¿Nos lleva a alguna cruz?

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