Jueves Santo

eucaristia diac(Celebrar la Eucaristía)

El Jueves Santo sintetiza la fe de la comunidad cristiana. Es día de intimidad, de oración, de compromiso fraterno. Todos los domingos celebramos la Eucaristía. Sin embargo ¿qué significa para la historia de los hombres, el hecho de que un grupo de cristianos se reun alrededor de una mesa para comer el Cuerpo de Cristo? ¿No hemos convertido, con frecuencia, el supremo gesto de amor, de Jesús, en un rito vacío y carente de significado? ¿A qué nos compromete este acto que llevó a Jesús hasta la cúspide del Calvario, prolongando sí el gesto de entrega que se iniciará en el Cenáculo? Muchas son las preguntas que hoy surgen desde el seno de la comunidad, y una sola es la respuesta que nos llega desde la Palabra de Dios. Cuando un hombre a punto de morir nos entrega su testamento, vuelca en ese gesto su ser entero: entrega todo, antes de entregar su vida.

Ya es hora de que terminemos con la misa rutinaria, la misa obligación, la misa tradición, la misa de caras largas y silenciosas. Misas sin saludos, sin mutua comunicación, sin alegría, sin participación. Mucho rito y poca espontaneidad y cercanía. Quizá no exista en el cristianismo un gesto tan maltrecho y rutinario, en muchos casos, como la Eucaristía. Es triste que hayamos reducido a esto, lo que Jesús consideró como la acción más comprometedora y revolucionaria de todo su mensaje.

El evangelista Juan es el único que nos narra la institución de la Eucaristía, colocando en su lugar el conocido episodio del “lavatorio de los pies” ¿Por qué?

Juan parece intuir el drama de una comunidad que se queda en el rito, desprovisto de compromiso. ¡Cuántas Eucaristías celebramos a lo largo de la vida! Pero ¿qué cambios produce en las personas y en las comunidades? La Eucaristía no termina en el templo. Allí comienza, y desde allí se prolonga por la jornada diaria en la que cada cristiano debe interpretar su papel como un servicio a los hermanos.

Pedro se opone a que Jesús le lave los pies, acaso porque él se niega a lavárselos a sus hermanos. Jesús, en cambio, quiere una Iglesia, una comunidad, una parroquia, un grupo cristiano, solo preocupados por los demás. Pero nos resistimos, como Pedro.

La respuesta de Jesús es tajante:”En tal caso, no tienes nada que ver conmigo”. Podremos fabricar apariencias de Iglesia, apariencias de cristianos; pero el camino está trazado con claridad: “lo que yo he hecho con vosotros, lo debéis hacer vosotros con los demás”.

Esta es la paradoja de la libertad cristiana: que al despojarnos de nosotros mismos, para transformarnos en servidores de la familia humana, adquirimos la libertad que da el amor: libertad para dar, para en un gesto que nada nos reporta, quizá ni siquiera las gracias.

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