Festividad de la Asunción de María al cielo

inmaculada

(¡Bendita tú entre las mujeres!)

Celebrar las fiestas de la Virgen María, tiene dos ventajas: por una parte, nos congratulamos por ella, que es nuestra Madre; y por otro lado, siempre aprendemos algo al acercarnos a ella en la oración o la admiración.

En esta fiesta de hoy, celebramos que María subió al cielo, tras su muerte. No podemos creer una leyenda oriental, antigua, que dice que la Virgen no murió, sino que se durmió, y los ángeles la llevaron al cielo. Por eso, ellos llaman a esta fiesta: la “Dormición de María”. Es muy bonito, pero poco creíble. Si Jesús murió, no podemos pensar que María no muriese. Es ley de vida para todas las personas. María, como toda persona, murió y resucitó. Lo que sí es cierto es que si alguien tenía derecho a estar en el cielo, esa era María. Ella es la “sin pecado”, la escogida por Dios.

Y sin embargo, fue también una mujer humilde, servicial, solidaria… Hoy el Evangelio nos la presenta en casa de su prima Isabel, para ponerse a su servicio, ya que iba a dar a luz, y necesitaba de alguien que estuviera con ella para ayudarla en las tareas de la casa. La Madre de Dios, ofrece sus servicios a quien lo necesitaba en esos momentos. Y cuando Isabel, su prima, la alaba y encomia porque lleva en su seno a Jesús, ella responde con la humildad de siempre: Es el Señor quien lo ha hecho. Yo solo soy su esclava. Todo el mérito es de Dios.

Hoy es fiesta en gran parte de los pueblos y ciudades de nuestro país, por eso algunos dicen que es la fiesta más grande de la Virgen. Podemos decir que es la más celebrada, pero el título de “Madre de Dios”, que celebramos el día primero del año, supera en importancia a todos los demás títulos de María.

Alegrémonos por esta festividad de María, y pidámosla que eche una mano a este mundo tan desconcertado, en que tantos sufren sin necesidad. Que seamos capaces de entendernos, de respetarnos y de querernos, para que desaparezcan las guerras, las rencillas, las enemistades, y las vergonzosas diferencias sociales que hacen a unos muy ricos, y a otros muy pobres. Santa María, ruega por nosotros.

Félix González

(¡Bendita tú entre las mujeres!)
Celebrar las fiestas de la Virgen María, tiene dos ventajas: por una parte, nos congratulamos por ella, que es nuestra Madre; y por otro lado, siempre aprendemos algo al acercarnos a ella en la oración o la admiración.
En esta fiesta de hoy, celebramos que María subió al cielo, tras su muerte. No podemos creer una leyenda oriental, antigua, que dice que la Virgen no murió, sino que se durmió, y los ángeles la llevaron al cielo. Por eso, ellos llaman a esta fiesta: la “Dormición de María”. Es muy bonito, pero poco creíble. Si Jesús murió, no podemos pensar que María no muriese. Es ley de vida para todas las personas. María, como toda persona, murió y resucitó. Lo que sí es cierto es que si alguien tenía derecho a estar en el cielo, esa era María. Ella es la “sin pecado”, la escogida por Dios.
Y sin embargo, fue también una mujer humilde, servicial, solidaria… Hoy el Evangelio nos la presenta en casa de su prima Isabel, para ponerse a su servicio, ya que iba a dar a luz, y necesitaba de alguien que estuviera con ella para ayudarla en las tareas de la casa. La Madre de Dios, ofrece sus servicios a quien lo necesitaba en esos momentos. Y cuando Isabel, su prima, la alaba y encomia porque lleva en su seno a Jesús, ella responde con la humildad de siempre: Es el Señor quien lo ha hecho. Yo solo soy su esclava. Todo el mérito es de Dios.
Hoy es fiesta en gran parte de los pueblos y ciudades de nuestro país, por eso algunos dicen que es la fiesta más grande de la Virgen. Podemos decir que es la más celebrada, pero el título de “Madre de Dios”, que celebramos el día primero del año, supera en importancia a todos los demás títulos de María.
Alegrémonos por esta festividad de María, y pidámosla que eche una mano a este mundo tan desconcertado, en que tantos sufren sin necesidad. Que seamos capaces de entendernos, de respetarnos y de querernos, para que desaparezcan las guerras, las rencillas, las enemistades, y las vergonzosas diferencias sociales que hacen a unos muy ricos, y a otros muy pobres. Santa María, ruega por nosotros.
Félix González

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