De resurrección y liberación: de la seguridad al riesgo ser.

 Ahora toca buscar la justicia de los que están muriendo en este viajar herido. Hay dirección y sentido, hay razones para la esperanza. La resurrección de Jesús es nuestro referente. Sin él seríamos lo más desgraciados de la historia. Nos toca dejarnos hacer por los que mueren y se comprometen, por los crucificados y los que se crucifican para darles la vida, ahora es el tiempo de resucitar a un modo nuevo de ser y vivir. Ellos se lo merecen.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN:

Luz

“Y la luz brilló sobre el sepulcro, aleluya”

Una humanidad sedienta y ciega: rotos y separados por el ritmo de vida, por los objetivos marcados, por las superficialidades de la existencia, sentimos una sed inagotable y no encontramos la fuente de la vida. Ahora sometidos por el confinamiento ante una pandemia, volvemos a las andadas. Las personas no se sienten felices, consumimos fármacos para nuestra tristeza y nuestra infelicidad. Nuestro mundo se diagnostica de enfermedad del sin-sentido, de la ansiedad agotadora. Lo tenemos todo, pero no somos nada, confinados y con miedo, ante la muerte de miles de hermanos.

Luz, palabra, agua y pan de vida

La noche de resurrección  nos abría la fuente del agua de la vida, Cristo quiere darnos su Espíritu, derramar sobre nosotros un agua pura que nos purificará de todo lo que nos ata y nos aprisiona, para respirar en la libertad de los que han encontrado un sentido de la vida en la generosidad y en la entrega. Donación que nos hace salir de la muerte de la seguridad y de la autorreferencia. De nuestro interior, nos decía el apóstol, saltará la fuente del agua de la vida eterna, si incorporados –bautizados- a Cristo dejamos que su Espíritu guíe nuestra vida en lo diario. Si lo hacemos, notaremos que donde hoy sentimos miedo y sequía, nacerá el vergel de la comunión, de la vinculación fraterna y la valentía de la alegría profunda. La verdadera medicina para cualquier pandemia del cuerpo o del espíritu.

Nuestra oración es sencilla hoy, Señor dame de tu agua, todos la estamos pidiendo. Nuestra noche, también se vistió de luz, la palabra nos ha llegado al corazón, nos hemos sentido renovados en el agua del Espíritu que colma nuestra sed de plenitud, y vamos a comer al Crucificado que ha resucitado y se deja ver en favor nuestro, para que nadie nos pueda quitar la alegría de la resurrección, nuestro aleluya. Cristo ha resucitado y nosotros estamos alegres, muy alegres, porque tenemos la Vida. Y no queremos esconderla, ni guardarla porque es de toda la humanidad, somos hermanos. Necesitamos profundizar en el misterio del crucificado que ha roto las ataduras de la muerte, ha sido resucitado. Lo necesitamos ahora que estamos en sepulcros de confinamientos llamados a la profundidad de la vida. Ahí podremos entender los cristianos el misterio del crucificado que ha resucitado tal como lo proclama el escrito lucano:

Flor

“Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, pero vosotros, valiéndoos de los impíos, lo crucificasteis y lo matasteis. Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder…” (Act 2,23-24)

El resucitado es el crucificado y vive para siempre

En este Domingo que inaugura la Pascua, nosotros contemplamos que el que ha resucitado es el “siervo de Yahvé”. La resurrección viene a confirmar teológicamente toda la historia de la salvación: el éxodo, la creación, la liberación del pecado, la alianza y la promesa, la encarnación, la vida y el mensaje de Jesús, la cruz como lugar de gloria y no de muerte.  El que resucita es el de las llagas y el costado abierto, el que no tenía donde reclinar la cabeza, el hereje, el blasfemo, el que comía con los pecadores haciéndose uno de ellos, el que perdonaba lo imperdonable, profanaba el templo y no cumplía la ley, el que se puso de parte de los hombres en nombre de Dios.

Frente a una mentalidad cientifista y cerrada en lo inmanente, y el extremo de un dogmatismo trascendentalista y deshistorizado, creemos en lo imposible de la resurrección desde los signos que llevan al hombre de la nada y la muerte, al todo y a la vida y que gritan continuamente: “No está aquí, ha resucitado”, como hoy hacen los que aplauden cada alta en el hospital a un pobre afectado.

El pobre Jesús de Nazaret ha resucitado y vive para siempre. La resurrección es signo de la libertad y la justicia definitiva, que tiene como fundamento y objeto al Dios de la vida afectando toda la realidad humana. En la resurrección, la libertad y la igualdad se hacen definitivas y se unifican, se hace justicia a todas las víctimas. Libertad y equidad, no pueden ser  una sin la otra. La resurrección da libertad y fundamenta la igualdad desde la fraternidad que ya se hace viable y posible.

Las victimas reclaman nuestra justicia: Un cambio de vida

La Iglesia que anuncia a Jesucristo Resucitado y que se deja mover por su Espíritu no puede ser sino una iglesia pobre, que anda por los caminos de la historia provocando el encuentro con los débiles e identificándose con ellos porque sabe que su Reino pasa por el sacramento del hermano: “¿Cuándo te vimos…? – Cada vez que los hicisteis con uno de éstos… Venid vosotros benditos de mi Padre”. (Cfr.,Mt 25,31ss).

Ahora, ante la pandemia,  nos estamos viendo y sintiendo criaturas, débiles, amenazados, solos, sin trabajo, sin saber del mañana, pero es ahora el tiempo de la gracia y de la luz, ahora estamos llamados como nunca a dejarnos interperlar por las muertes y los sufrimientos.

Nos toca acoger el grito que nos llama a la resurrección de lo natural, del cuidado, de la ternura, de la fraternidad, de la convivencia comprometida, de la responsabilidad ante la naturaleza y todos los seres que Dios ha dispuesto que existan y nos acompañen en esta naturaleza. Dios quiere que hagamos con ellos historia de esperanza y de luz, de gozo y encuentro, de realización vital integral

Ahora es momento de resucitar a algo nuevo, estamos llamados a ser pioneros, mediadores, animadores, acompañantes de estos procesos de cambio y de verdad en la vida de las personas. Sólo desde esta resurrección interior a un modo nuevo de ser y relacionarnos con nuestro propio interior, con los demás, con la naturaleza y con nuestro propio Dios, haremos justicia a los que van muriendo y quedando por el camino de esta situación tan dura. Si no cambiamos, su muerte quedará declarada inútil por nosotros y para nosotros, continuaremos muertos en vida, aunque seguro para que para Cristo, para el buen Dios, será fecunda y los tendrá ya en su seno glorioso declarándolos hijos amados para la eternidad. Resucitemos con ellos  a una nueva vida.

Atardecer
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