Ante pentecostés: el deseo orante

¿Qué dice el Espíritu a la Iglesia del confinamiento…? Un pentecostés para la confianza y la esperanza en la promesa de un mundo y una humanidad nueva. Enraizados en Cristo, por la fuerza del Espíritu, para vivir una esperanza viva y confortar a nuestros hermanos en toda tribulación.

POR EL ESPÍRITU, PARA SER DE ÉL

Pentecostés

 Dios, en Cristo, nos ha amado primero, dejarse llevar por esa corriente de amor único encierra toda la ley y a todos los profetas, porque el que ama tiene todo cumplido. Y lo sentimos cuando, cada mañana, en el mundo se levantan millones de madres y padres que, ilusionados y esperanzados, movidos por el espíritu del amor, abrazan a sus hijos, los cuidan, los alimentan y los ponen en pie para que crezcan y avancen como personas en medio de la historia. No hay duda de que el amor está siendo más fuerte que la muerte, el bien que el mal, dentro de las dificultades de la historia, que hoy se llama pandemia para nosotros. Saber mirar la historia esperanzadamente, porque creemos que su palabra se cumple, es lo propio de los cristianos, y es lo que el mundo necesita de nosotros. La Iglesia ha de ser fuente en medio de la plaza pública de la historia y del mundo, donde todos los vecinos puedan venir a beber de balde y satisfacer la sed amor y vida que nos habita a todos los que somos imágenes del que sólo es Amor. Así lo relataba en la homilía del pasado domingo mi compañero de la parroquia que ha estado al frente del albergue en Badajoz, donde se han ubicado los sin hogar, cómo agradecían,  y se marchaban llorando, emocionados, porque el confinamiento les había hecho sentir un hogar, un cuidado, amor y escucha gratuita en sus vidas rotas. Lo mejor de lo peor.  En este pentecostés, bebamos en el Espíritu del Resucitado y en las estampas donde se proclaman los sentimientos profundos de una humanidad nueva.

Somos la Iglesia del Espíritu Santo, del Espíritu de Cristo Resucitado. Ahora es el momento de acabar con todos los miedos y los temores para vivir eternamente desde la confianza. Ojalá esta experiencia de debilidad y confinamiento nos lleve a comprender dónde ha de estar nuestra confianza y nuestra esperanza verdadera.  En medio de este mundo, siempre tentado por un poder y una riqueza miedosos y encerrados en su deseo de seguridad, la Iglesia está llamada a abrir todas sus puertas y ventanas para que el Espíritu que ha recibido, se haga extensivo para todo el mundo y toda la creación. Ella no puede ser frontera cerrada para la libertad. Hoy, ha de abrirse al impulso del Espíritu que le dice que ha de ser «Iglesia en misión, en salida, compasiva, generosa, de perdón y sanación, de fuerza para los débiles y denuncia para los injustos y los inmisericordes», para llamarlos a la conversión de corazón. Pentecostés desea manifestarse hoy en todos los que hemos sido bautizados en el Espíritu de libertad, que ha vencido todos los miedos y los temores que hieren el corazón de lo humano. La Eucaristía, la liturgia de hoy, quiere prolongar el único Pentecostés del Resucitado. Por eso, una vez más, nos dará a comer su Cuerpo y su Sangre. Y así, nos da su propio Espíritu: para que no desfallezcamos en la misión y para que nuestra fuerza sea, aún mayor, que toda nuestra cobardía.

Ojalá en nuestro confinamiento hayamos profundizado en qué y en quién ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza y nos hayamos convertido con profundidad al Dios de la vida, a nuestro principio y fundamenta. Ayer un feligrés me comentaba cómo había pasado treinta días encerrado en una habitación del hospital, temiendo que lo entubaran, que tuvieran que llevarlo a la UCI, me hablaba del silencio total hecho en su vida y cómo había enraizado en Dios de un modo único. Desde la mayor debilidad y dependencia, en el mayor de desvestimiento posible de lo humano y lo mundano, su relación con Dios y su confianza en él se había renovado de un modo nuevo. Ahora siente el deseo, no sabe cómo, de poder dar testimonio de su vivencia de Dios, porque no se puede imaginar lo que ha de ser pasar por este valle de lágrimas sin tener un fundamento, un absoluto al que referirse, una razón para seguir esperando, un amor para confiar más allá de toda desesperanza y desconfianza. Juan Enrique ya no habla de tener espíritu, sino “ser de Él”. Que el Espíritu venga sobre nosotros, sobre toda la humanidad, para romper todo confinamiento a la gracia y al amor, a la entrega por un mundo lleno de justicia y fraternidad.

Nos unimos para pedir el Espíritu ante Pentecostés, deseando lo que más necesita la humanidad hoy:

Ven Espíritu divino…

 

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