Sal de la tierra. Luz del mundo

salterraeHermosa parábola o comparación de Jesús. Pero al mismo tiempo, gran responsabilidad para los discípulos: ser sal y luz en el mundo. Todos sabemos que si se desvirtúan, tanto la luz por impedirle difundirse, como la sal por perder su virtud, de nada útil sirven.

Cuando encontramos una persona que tiene gracia, alegría y “ángel” (como se dice en Andalucía), decimos que tiene ”salero”, que es “salada”. Y además alegra y entona a los que están a su alrededor. Son personas privilegiadas con un don nada común; y más hoy día en que la gente va seria, pensativa, preocupada, y, a veces, gruñona y malhumorada, no siempre sin razón en plena crisis económica y de valores humanos y evangélicos (que suelen coincidir). Esas personas-sal, “alegran” el alimento del Espíritu, tan olvidado o denostado, y proporcionan el buen sabor de Cristo. Esa es nuestra función como discípulos de Jesús.

Ciertamente, a nadie se le ocurre encender una luz, para después ocultarla con algún objeto opaco. Se gasta luz, y no aprovecha. Cristo es la “Luz del mundo”, que irradia su resplandor a todo el que quiere ver, que borra las tinieblas del error, que desbarata la oscuridad del pecado, y rompe el desaliento de la penumbra. Cuando en los bautizos se le entrega a los padres una vela para que la enciendan en el cirio pascual, que se encuentra encendido junto a la pila bautismal, el sacerdote les dice: “a vosotros padres y padrinos se os confía acrecentar esa luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz…”. Esa es, también la misión del cristiano, seguidor de Cristo, caminar como hijo de la luz, iluminado por Él.

Ser luz, es irradiar a Cristo con nuestra vida; ser testigos del Resucitado. ¡Terrible y hermosa responsabilidad, al mismo tiempo! Pero también, maravilloso privilegio el de ser portadores de la luz de Dios.

El riesgo es el de ocultarla debajo  del “celemín”. Ese celemín que puede ser nuestra conducta, nuestra indiferencia, nuestra comodidad o egoísmo, nuestra indolencia, o nuestra falta de amor.

¡Sal y luz de la tierra! ¡Compromiso y privilegio! Y sobre todo,  la responsabilidad del discípulo. ¿Fácil? ¿Difícil? Posible. Cuando Jesús, a través del evangelio, nos encarga algo, hay que pensar que es posible, y que él va por delante, dando la fuerza. Nunca el Señor nos abandona a nuestras propias y escasas fuerzas. Si fallamos, si la sal se vuelve sosa y ocultamos la luz, habremos actuado como el criado infiel de la parábola, que escondió su dinero sin hacerlo fructificar, porque no se fiaba de su señor. Y corremos el riesgo de perder la ayuda, porque no la merecemos o no la aceptamos, como también le fue arrebatado al criado.

“Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo”. Id por un mundo tan soso, derramando esa sal, e iluminando tanta tiniebla.

                                                                                                         Félix González

156 Responses to “Sal de la tierra. Luz del mundo”

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