Mi oración del Padre nuestro

padrenuestroEste último domingo, no he podido darme un paseíto por el campo o junto al mar, según empezaba a ser mi costumbre. El tiempo se ha “enfurruñado” y nos ha traído la lluvia. Una lluvia pertinaz, incontinente y molesta. No sé si es beneficiosa para el campo y para limpiar la contaminación ambiental. Si es así, bienvenida sea; pero sigue sin gustarme.

En la imposibilidad de caminar, me he refugiado en la pequeña capilla que forma parte de la parroquia, para dedicar un rato a la oración. De vez en cuando, conviene retirarse para “hablar de amor con Aquel que sabemos que nos ama”, que diría la santa abulense, Teresa de Jesús. Y quise rezar con el “Padrenuestro”. Me apetecía, y no lo rehuí. Pero no me ceñí a las palabras escuetas, aunque llenas de contenido y plenitud. No. Fui  desgranando cada palaba, cada petición, según el alma me lo pedía.

Padre: como ninguno de los de la tierra,  ni siquiera como el mío, que era lo mejor que puede darse como padre, y que nunca agradeceré bastante ese regalo tuyo. Dios Padre-madre, plenitud de misericordia, amor, compasión… perdón.

Nuestro: de todos sin excepción, pero un poco más de los pobres, los que sufren, los desvalidos o esquinados por el mundo. Cuya paternidad nos hace hermanos, aunque nos duela reconocerlo, porque no sabemos ni queremos serlo. Padre nuestro.

Que estás en el cielo: No, no está en el cielo; el cielo está en ti. Mejor diría “que eres el cielo”, la esperanza de Vida, la alegría de sentirse salvado, el que me resucitará para llevarme contigo en un abrazo eterno. No hay otro cielo que no sea estar contigo.

Santificado sea tu nombre: Esta es la más importante petición, porque se refiere a ti, a tu nombre. Que todos te alaben y bendigan; que todos te respetemos y adoremos; que todos pronuncien tu nombre con cariño, con agradecimiento, con gozo. Que nunca se hagan las guerras en tu nombre; que no se pronuncie sin veneración, ni haya discusiones por el nombre que cada pueblo y cultura te atribuya. Que seas reconocido por todos, como el ”tres veces santo”. ¿Qué importa que te llamen Alá, Yawé, Padre… Pero a mí me gusta lo de Padre.

Venga a nosotros tu Reino: Primero en este mundo, y después en el otro. Ese reino de paz, justicia y amor. Ese reino que has sembrado en los corazones para que crezca como crecen las semillas. Ese reino que no es sino que se viva tu voluntad.  Ese reino  que va a depender mucho de nosotros, y un poquito de ti (y perdón por mi osadía). Ese reino que has puesto en nuestras manos para que crezca, y que podemos hacer, que se quede raquítico por negligencia, como la planta que carece de riego.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: ¡Qué difícil, Señor! Pero fue Jesús quien nos dijo que lo pidiéramos así. ¿Por qué no la cumplimos? Para ti nada hay imposible; solo nuestra terquedad lo puede impedir. ¿Por qué preferimos ser “hijos pródigos” sin volver a casa? Somos tan inconscientes que no nos damos cuenta de que tu voluntad no es sino que seamos felices. Preferimos y nos acordamos, como los israelitas en el desierto, de los ajos y cebollas de Egipto.

Danos, hoy, nuestro pan de cada día: Y mañana también, y todos los días. Pero a todos, también a los del tercer mundo. A ellos primero. No nos des solamente el pan de trigo, danos, sobre todo, el pan de la Eucaristía, para que aprendamos a partirnos y repartirnos como tú lo haces en tu Hijo. Y que ese pan, que a muchos nos das en abundancia, sepamos compartirlo. Entonces se repetirá el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Perdona nuestras ofensas: las de todos; pero las mías en primer lugar, porque son muchas. Perdón, perdón, perdón.

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Permíteme, Señor que corrija esta frase. No quiero pedirte que me perdones como yo perdono. No. Tu perdón es más generoso y pronto. Pedirte que lo hagas como yo lo hago, es perjudicarme a mí mismo. Tú lo haces mejor. Te digo simplemente “que perdones nuestras ofensas”. Pero eso sí, te pido que yo sepa perdonar a tu estilo, no tú al mío.

No nos dejes caer en la tentación: Desde Adán y Eva hasta hoy, somos tentados continuamente por el demonio, el mundo y la carne (como decía el catecismo que yo aprendí de niño). Aunque reconozco que la única tentación, causa de todas las demás, es no hacer tu voluntad. Sostén nuestra fidelidad. Es verdad aquello de que el espíritu es fuerte, pero la carne es débil.

Líbranos del mal: Sobre todo, líbranos de hacer el mal.

                                                                                                           Félix González

 

8 Responses to “Mi oración del Padre nuestro”

  1. ¡Qué difícil resulta a veces rezar el Padrenuestro siendo conscientes de lo que esta oración implica! Cuánto puede costar hacer y ser su voluntad cuando andamos distraídos, sin percatarnos de que en eso consiste la fidelidad a uno mismo, a lo que somos.
    ¡Qué bien que no hayas rehuído tu ‘necesidad’ de desgranarlo!
    A ti no te gusta la lluvia. A mí, en cambio, me ayuda a rezar: lo descubrí en una etapa de soledad, en una ciudad que recibía precipitaciones casi diariamente.

  2. Gracias por compartir “tu Padrenuestro”. Para mí es la oración más hermosa. No sólo porque nos la enseñó Jesus, sino porque es el compendio del cristiano. Difícil de cumplir, pero es mi meta. Gracias de nuevo.

  3. Amén.
    .
    Voy a intentar enlazar las frases del Padrenuestro, cada una lleva a la siguiente y va abriendo el camino que necesitamos y pedimos recorrer. En los extremos están los absolutos, Dios y el mal, que son antagónicos; pero el Padrenuestro se despliega ante los hombres de mismo modo que el tiempo se ha abierto para dar lugar a nuestra existencia.
    – Padre, que estás en el cielo: absoluto.
    – Nuestro: entramos en la historia de la mano de un padre común.
    – Santificado sea tu nombre: enlaza con la categoría anterior de Dios-Nuestro pero ahora nos concierne reconocerlo. Los hombres, la creación entera, se estremecen con el bien de la vida. El hombre adivina la perfección de Dios.
    – Venga a nosotros tu Reino: desterrados de un origen que nos mantenía unidos y solidarios, pedimos participar también en la perfección, solo así nuestra alabanza a su nombre estará a su altura. Queremos ser felices.
    – Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: no hay otra vía para el Reino anhelado que escuchar la voluntad de Dios, que pone en cuestión la búsqueda de la propia felicidad al haber hecho a las personas con un invisible tronco común. La voluntad de Dios quiere nuestra justicia en cualquier orden de la existencia, para que posibilite la felicidad para todos.
    – Danos, hoy, nuestro pan de cada día: y aquí nos da la clave de la felicidad de todos y por tanto también la personal. El pan: ¡no puede ser más conciso! Sabemos cuánta hambre hay. Sabemos que nuestros bienes necesarios exceden con mucho a lo que nos puede corresponder. Acumulamos deseos -y los bienes que los satisfacen- y los manjares (toda nuestra dieta) resultan insípidos porque no están en la boca de los hambrientos. El Pan de la Eucaristía anticipa el tiempo en el que comeremos todos. El Pan de la Eucaristía alimenta en nosotros la irrupción del Reino de cada día.
    – Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: enlazando con la petición anterior, está claro que más allá de nuestras faltas de fraternidad conscientes, llevamos a nuestra espalda la ofensa hecha a los que carecen de casi todo en este mundo. El mismo Cristo nos ha quitado el pecado y ofrecido el perdón; pero en el transcurso del Padrenuestro que es el de nuestra vida consciente, participamos en el inconcebible proceso de la salvación con el perdón, los ofendidos tendrán que perdonar a los que les ofendieron y eso tan difícil pedimos en esta oración.
    – No nos dejes caer en la tentación: la tentación del ser humano es prescindir de Dios: sentir que la voluntad de Dios limita la libertad y no estar a la escucha de lo que Él quiere de nosotros porque creemos que ya lo sabemos, haciendo innecesaria la oración; la tentación de ser bien considerado, nos separa de la recomendación de servir y parecer nadie; la confusión de que, al ser nosotros egoístas y miedosos, la desigualdad se debe a que Dios no actúa en el mundo implantando su justicia; y la tentación de pensar en que Dios no nos necesita para perdonar, para sanar o para cualquier otro signo de que su Reino ha comenzado. Si Jesús insiste: “A quienes perdonéis los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengáis los pecados, éstos les son retenidos.” (Juan 20 ,23), no podemos caer en la tentación de dudarlo u olvidarlo.
    – Líbranos…: no va a bastar con no querer caer en la tentación, es Dios mismo el que puede ahuyentar el mal (a veces disfrazado de bien) que azuza y alimenta razones de supervivencia para que el Reino de Dios no prenda.
    – Del mal: absoluto

  4. Ruth: La verdad es que no me gusta la lluvia. Como espectáculo es bonita, sobre todo cuando es un aguacero fuerte, incluido el granizo. Hace poco hemos tenido por aquí muestras de ello. Me alegro que te guste, Es un fenómeno interesante y siempre beneficioso, salvo cuando causa estragos.
    En cuanto al Padre nuestro , no siempre está uno en disposición de percatarse de lo que se va diciendo; pero de vez en cuando hay que desmenuzarlo.

  5. María Lledó: gracias a tí, porque veo que tienes una gran sensibilidad hacia esa oración que tú misma dices que es la más bonita. De acuerdo contigo. Y gracias por reforzar mi convicción.

  6. Susana: tu comentario tan extenso y acertado, merece ser la página de un libro sobre el particular. Gracias una vez más por tus aportaciones, que enriquecen.

  7. Gracias `por ese Padre nuestro tan especial ,
    pero que dificil es pedir su boluntad y al mismo tiempo poner nuestras con diciones , acedtar la en fermedad de un hijo y ver como sufre es muy deloroso pero pienso que tambien para El Padre lo es , por eso quiero decirte ¨¨Señor ,enseñame a rezar ´´

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