Viernes Santo

xto rotoLos Evangelios nos han trasmitido las siete frases que Jesús pronunció ya en el suplicio de la cruz. No sabemos si dijo algunas otras, pero estas son las que han sido conservadas. Tal vez como más significativas.

Mientras penetran los gruesos clavos en sus manos y en sus pies, ofrece el perdón para sus verdugos. Y pide al Padre que los perdone: “Porque no saben lo que hacen”. Jesús es Perdón y Misericordia.

María, la Madre, estaba junto a la cruz, o lo más cercana que se le permitió. Con ella estaba también, Juan el apóstol preferido de Jesús. La mirada de Jesús se fija en ellos. Primero en su Madre, y le da el encargo de que proteja a sus discípulos en la persona de Juan: Ahí tienes a tu hijo. Porque el que lo ha sido hasta ahora, está a punto de dejarla. Luego, las palabras irán dirigidas a Juan: “Ahí tiene a tu Madre”. Atiéndela como se debe atender a una madre. Yo la pierdo, vosotros todos,  la recobráis en Juan.

Uno de los sufrimientos más fuertes de los crucificados es la sed, debido a la pérdida de sangre. Y Jesús manifiesta su debilidad: “Tengo sed”. Palabras con doble sentido en la boca del ajusticiado. La boca se le agrieta por la sed, la sed física de un crucificado. Pero también una gran sed de un amor rechazado, el motivo de su muerte que no es otro sino el amor.

Todavía no es su hora. Todavía la muerte no ha podido con el que es la Vida. Pero siente el rechazo de todos los hombres, de todos aquellos por los que, siendo Dios,  se ha hecho hombre. Y hasta tiene la sensación de haber sido abandonado por su propio Padre-Dios. “¿Por qué me has abandonado?” Ha cargado con los pecados del mundo.

Más tarde, a punto de expirar, cuando sus fuerzas han llegado al final, todavía sacará fuerzas para decir. “Todo se ha cumplido”. “Padre, me entrego en tus manos.”

Y, como dice el evangelio de la Pasión, que hemos escuchado:”Inclinando la cabeza, entregó su espíritu”.

El Jesuita, P. Ramón Cué, en su libro “El Cristo roto” tiene un diálogo con la imagen de un Cristo mutilado, roto. Le falta media pierna, un brazo, y tiene el rostro desfigurado. Lo han comprado en una tienda de anticuario, y lo quiere restaurar. Jesús le dice que no quiere que lo restaure. Así es el diálogo:

Pregunta del P .Ramón Cué:

– ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?

Respuesta del Cristo roto:

– Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se deshacen en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello, puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.

 

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