Los libros ¿mueren con nosotros?

Desde la biblioteca de un sacerdote fallecido

He pasado la tarde en conversación con el familiar de un sacerdote en la vivienda en la que permaneció hasta su muerte, que le llegó cuando se acercaba a los noventa años. Hace tiempo que alguien allegado me habló de que tenía entre sus enseres objetos y útiles litúrgicos que podrían servir en algún lugar, yo los recogí y los llevé hasta uno de los lugares en los que él había celebrado la eucaristía bastantes veces. Allí se han recuperado  sus  purificadores, corporales, alba, estolas, así como algún copón y hostiario, a manos de una buena mujer de esas que dan vida en las sacristías llenando de blancura y limpieza lo que sirve al altar. Poco después me llama el familiar que lo cuidó hasta el final y me dice que vaya para ver qué hacen con su biblioteca personal y sencilla de sacerdote, una vez que ellos se han apropiado de aquellos libros de interés personal en función de sus aficiones. Yo quedo con esta persona y allí he estado esta tarde, en la casa que fue de este compañero.

El duelo y lo entrañable de los libros

Primero ha sido una elaboración de duelo y consuelo del familiar que le acompañó en los  últimos años, haciéndose cargo de su realidad, y así facilitó algo que a él le hundía como persona cuando enfermó, como era tener que ultimar su vida en el asilo, ha muerto en su casa, en su cama, con una calidad de vida muy buena hasta momentos antes de expirar gracias a Dios y a este familiar. Después hemos pasado a su despacho, allí unas estanterías sencillas llenas de sus libros. Algunos enciclopédicos, sin siquiera estar abiertos, otros de uso  diario como sus  libros de la liturgia de las horas, los leccionarios. Un buen cuerpo de aquellos que tienen que ver con sus estudios de derecho canónico y otros de teología y moral, así como aquellos de espiritualidad sencilla. Y de notar aquellos que fueron de su infancia, como la gramática de latín. Me invita a escoger alguno de recuerdo para mí y elijo aquellos que yo tenía y que perdí, a los que le tengo afecto. Una edición bilingüe del Concilio  Vaticano II de la BAC normal,  otro sobre el cristianismo de De Lubac,  las “Entrañas del Cristianismo” de Olegario González de Cardedal, y otro muy sencillo, pero propio  de la espiritualidad de nuestra juventud cristiana, de Michel Quoist que llevaba por título “Oraciones para rezar por la calle”, símbolo de una espiritualidad secular, que unía vida y oración, calle y Dios. Recomiendo que todo lo demás pueda llevarse a la biblioteca del Seminario para ver que es de provecho para ella, y lo aceptan con alegría, también el Seminario fue parte importante de la vida de este sacerdote.

Orando desde el silencio de una biblioteca desalmada

Ahora llego a mi casa, entro en mi pobre biblioteca para colocar estos regalos sacramentales del compañero ya glorificado, y pienso que un día harán lo mismo con ella, y hojeando el libro de Quoist, orar desde la calle y la vida,  me sale una oración sencilla que comparto desde los sentimientos al ir viendo y seleccionando sus libros:

“Padre, en esta tarde te he visto en el silencio de la ausencia, en los libros callados de una biblioteca sencilla de un cura, de un hombre que, tocado por ti, quiso llevar tu luz a los hombres, con sus riquezas y sus pobrezas personales. Ahora la estancia, con sus estanterías y sus libros, estaba muy callada, no triste, pero si aletargada, deseando salir de ese espacio que ya tiene otro horizonte y otro sentido. Según he ido viendo los libros y tocándolos, sentía y reconocía la vida de este compañero y pensaba en sus sentimientos, en sus oraciones, en sus alegrías y tristezas, en sus saberes y estudios, en sus gustos y hobbies, en su soledad y en su compañía. Te doy la gracias porque sé que no ha estado solo en ningún momento en la última etapa de su vida cuando era dependiente, que lo que era su miedo fue vencido con el cuidado y la ternura de un ser querido que optó por él y se entregó. Te doy gracias por esta persona, este familiar, que estuvo a punto en el momento oportuno, y que supo hacer hogar y acogida, lo que se presentaba con dolor, soledad y hundimiento.

Te ruego por él para que esté ya gozando en el cielo con tu presencia y tu amistad, y te pido por los que andamos todavía en el ejercicio ministerial, los que andamos con una pequeña biblioteca todavía viva y esperanzada, ayúdanos a saber que estamos llamados a la humildad del que está de paso, del que pone toda su confianza en ti, sabiendo que  tú nunca lo vas a  abandonar. Que no perdamos nuestro tiempo ni nuestras fuerzas en aquellos que la polilla y la carcoma corroe, que nuestra sabiduría tenga fondo. Que sepamos irnos, ligeros de equipaje, para encontrarte con libertad, no dejes que nos atemos a nada, que nada nos impida ser tuyos y de los demás, y que todo lo que seamos y hagamos sea transversalizado y transfigurado por tu gracia y tu ternura.  Agradezco la conversación larga y tendida con la persona que lo cuidó y lo tocó queriendo ser fiel a sus necesidades y que supo llevar con gracia y paciencia su enfermedad y sus debilidades, dale  Señor el ciento por uno, alégrale su vida, dale la paz y la serenidad del deber amoroso cumplido. Y a todos nosotros, los compañeros del presbiterio,  ayúdanos a ser agradecidos y contemplativos con todas las  personas que, en nuestra soledad y debilidad sacerdotal, se acercan con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza para animarnos y acompañarnos como madres, hermanos y hermanas. Y mi último ruego pedigueño, que el día que tu me llames definitivamente, algún alma sencilla al tocar mis libros eleve una pequeña oración desde ellos hacía tí, para que yo te abrace   mientras la escuchas”.

José Moreno Losada. Sacerdote.

One Response to “Los libros ¿mueren con nosotros?”

  1. Gracias P. José, por su artículo……me ha hecho pensar que pasará con mi biblioteca y si yo tendré la posibilidad de unas atenciones que prolonguen la calidad de mi vida……Que el Señor recompense la labor de ese sacerdote fiel.

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