“Nada debes, sé generoso con lo que te han regalado”

La grandeza de la misericordia. Dios no Trabaja con nuestro pasado, ni guarda memoria de nuestro pecado, por eso nos llama a no condenarnos en nuestro interior, no hipotecar nuestro futuro ni el de nuestros hermanos. Sé misericordioso, como lo es Dios contigo.

VII Domingo del tiempo ordinario. (20 febrero)

La locura de la misericordia divina

Ser cristiano es una locura, lo escuchamos y lo aceptamos, pero nos cuesta creerlo. Se trata de aceptar existencialmente un amor que se entrega y perdona sin llevar cuenta alguna de haber y debe. Somos fruto del amor de Jesucristo que se ha entregado por mí cuando yo estaba en el pecado y en la ofensa, en el alejamiento, en el desprecio. Me ha hecho suyo, o más bien se ha hecho mío y ha roto todos mis cálculos.

No es fácil acogerlo y aceptarlo en su amor y su perdón, porque si lo hacemos entramos en una dinámica que salta sobre nosotros mismos, porque nos sentimos impulsados por la misma misericordia y compasión de Dios hacia los demás.

Parece un despropósito, pero es nuestra vocación verdadera, la invitación amorosa del padre es que nos hace capaces de ser compasivos como él es compasivo, sí, no hay mayor despropósito, pero tampoco hay mayor verdad y camino de amor ultimado.

Sí, podemos amar con la fuerza de Jesucristo, la del resucitado que ha vencido a la muerte. Entremos en el proceso de su libertad, de la que viene por un amor sin límites, colmado por la compasión sin medida.

HECHO DE VIDA: “No me lo devuelvas”

Llego a la residencia de los mayores y me recibe con alegría Juan José -muchos le llaman el “negro” o “Chele”-, hoy no me pide nada, al contrario, quiere invitarme, ayer cobró su pequeña pensión no contributiva, pagó la residencia y de lo poco que le queda quiere que yo me sienta invitado. Lleva unos meses y ya se va adaptando, aunque le cuesta. Ayer estábamos en la reunión de vida ascendente, pasó por la puerta y se paró a escuchar. Estábamos hablando de la figura de Moisés que salvó al pueblo, y pensábamos personas que habían sido Moisés en nuestras vidas, en los malos momentos. Le pregunté a él y dijo que ninguna, pero después se lo pensó y corrigió: “Bueno, la verdad que si no es por Antonio yo estaría muerto”. Antonio es el cura la barriada de Suerte de Saavedra, llegó hace años y conoció al “negro”, cuando él vivía tirado en la calle, sometido al alcohol, abandonado. Antonio se acercó a él y no lo juzgó, no le pidió cuentas de su pasado, lo miró con respeto y dignidad en el presente y creyó en él para el futuro. No pensó que lo que le ocurría se lo merecía por la mala vida que había llevado, sino que tocado por el evangelio pensó que podía cambiar y tener una vida mejor y apostó totalmente por él, como haría Jesús. Ahora está “resucitado”, es alguien nuevo, y ayuda a los demás en la residencia. Y lo bueno es que vive agradecido y no siente que le deba nada a nadie.

Reflexión

La lección de Jesús en su vida, acercándose a los perdidos para mostrarles el corazón de Dios es revolucionaria, nos muestra un Dios que no trabaja desde el pasado, con justicia y condenas, sino desde la posibilidad siempre abierta de un futuro liberador que se asienta sobre su promesa de vida. El Señor tiene un proyecto de amor, vida e ilusión para cada hombre y para toda la humanidad y nunca se da por vencido, siempre nos ve desde la esperanza y la posibilidad, nos ve en el amor y no en la condena. Nos pide a nosotros vivir en esa confianza radical, mirar hacia adelante a la hora de valorarnos a nosotros mismos y a los demás. San Pablo lo decía así de sí mismo: “Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”. El premio es sacar lo mejor de cada uno de nosotros y de los demás.

Conviértete

Pocas veces hacemos examen de conciencia para perdonarnos: pensemos lo que no nos perdonamos a nosotros mismos y pidamos a Dios saber perdonarnos. Pensemos en alguna persona que juzgamos continuamente y hagamos un gesto de cercanía o de servicio hacia ella.

Oración para esta semana

Señor, tú no me condenas, pero yo soy duro conmigo. Me dejo dominar por mis sombras y reflejo mi propio rechazo condenando a personas que me rodean. Necesito que tú me pacifiques interiormente, me enseñes a reconocerme en mi debilidad, aceptarme con esperanza, para no ser acusador de las debilidades de los demás. Dame la ternura de tu juicio liberador para mirar la vida con los ojos de tu salvación.

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