El tío Perico

             La tarde se iba oscureciendo, ya el sol se hfuegoabía retirado, y la noche iba entrando muy despacio, pero trayendo el frío gélido de aquel largo invierno que obligaba a tener la chimenea encendida todo el día, y hasta bien entrada la noche; hasta que los gruesos troncos de haya se iban consumiendo, formando un rescoldo de cenizas que llegaban templadas hasta el alba, tal era la calidad de aquellos gruesos troncos. Entonces era la hora de recogerlas y echarlas allá, en un rincón del patio, donde se formaba un formidable montón, que cada semana se trasladaba al estercolero que estaba a la salida del pueblo. A veces el mismo viento, nada extraño en aquel lugar,  las esparcía y venteaba por los alrededores, dando al suelo un aspecto ceniciento, entre gris y blanquecino, que compaginaba muy bien con el color malva del amanecer.

La tarea de encender nuevamente, cada mañana, la chimenea, le pertenecía al abuelo, que lo tenía a gala, y que la costumbre le había hecho un gran experto en ese menester. A pesar de sus muchos años, no permitía la más mínima ayuda de buena voluntad, y mucho menos que se le sustituyese en lo que consideraba un derecho y un deber.

Otra tarea que le correspondía a Pedro (que así se llamaba el abuelo, aunque los más cercanos le llamaban el “tío Perico”) era la de amenizar los largos atardeceres, a la luz y el calor de fuego, contando historias, no siempre verídicas, pero siempre interesantes. Cuando alguien dudaba de la veracidad de la narración, él siempre decía lacónicamente:”si no fue así, al menos pudo serlo”. Y todos le escuchaban porque era verdaderamente un hombre con una habilidad narrativa que cautivaba a los pequeños y a los grandes. Generalmente echaba mano de sus múltiples experiencias vividas a lo largo de sus más de ochenta años: su pequeña odisea durante  la guerra de Cuba, el trágico año de la peste, sus hazañas como furtivo por los montes de Asturias, a la caza de un oso o de un jabalí, su viaje de bodas en Madrid, salteado de pequeñas y graciosas anécdotas, los tiempos del hambre y del estraperlo, etc… Cualquier cosa que contase, por vulgar que fuese el suceso, llegaba a ganarse su reducido público, porque ponía el alma y el corazón, como si verdaderamente lo estuviese viviendo en ese instante. Otro atractivo no menos interesante era ver cómo gesticulaba acompañando a las palabras y al tono de voz, según fuese más grave o más agudo, y según lo requería el episodio.

 Así pasaba los días, las semanas y los años; hasta que un día “se quebró la voz del cantor”. Se acabaron los cuentos al calor de la chimenea. El tío Perico, cargado con el peso de tantos años y de una vida tan dura como había sido la suya, dejó de hablar junto a los troncos incandescentes de la chimenea que crepitaban como sollozos de un duelo, por tan penosa ausencia , y se fue a encender cada mañana el fuego del sol, y por la noche las estrellas. Y tal vez siguiese contando historias a los luceros.

                                                                                                          Félix González

6 Responses to “El tío Perico”

  1. Félix, ante todo agradecerte el haberme traido a la memoria a mi abuelo materno, el cual nos contaba entre liada y liada de cigarrillo de picadura, historia de la guerra civil, de cómo nunca pegó untiro porque era el cartero que llevaba las noticias a los soldados. Originario de Guadalajara, conoció a mi abuela en plena guerra en el Barrio Jarana y aquí se quedó tras la guerra.
    Muchas gracias y un recuerdo para todos los “tio Perico” de nuestra infancia.

  2. ¡Hola, Paco! Yo no puedo decir lo mismo de mis abuelos, que eran de Burgos, y sin chimenea. Pero vivi casi toda mi primera infancia en un pueblo de extremadura, y allí sí que se daba con frecuencia, esa imagen tan entrañable. Mi padre, que siempre tuvo mucho arte para contar historias, era el encargado de atizar los lechos de la chimenea y de contar al mismo tiempo sus historias , no siempre reales, pero siempre interesantes. Un saludo

  3. ¿No tienen mucha nostalgia los relatos de la flor de loto y éste?
    La nueva flor de loto, el sol y las estrellas son alcanzados por el nuevo vivir del personaje…pero, aunque plena, esta nueva existencia aparenta ser muy solitaria.
    El gozo de la unión tendría que estar presente, cuando buscamos su Rostro y cuando cantamos nuestra esperanza (como hiciste en el post: sueños de esperanza)

  4. La “nostalgia”, querida Susana, nace del recuerdo, y del recuerdo alegre y gozoso. No es malo tener ciertas nostalgias, que nos ayudan a valorar el pasado, sin ausentarnos del presente, y sin renunciar al futuro. Y no es por aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, que diría el poeta del s.XV.
    Es bueno retener en la memoria, y en el corazón, las cosas buenas que marcaron, de alguna manera, nuestras vidas, desde su comienzo hasta el tiempo presente. De todos modos, no renuncio a la “esperanza”, orque eso da alas para vivir. Saludos

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