“Una ley de duro corazón…”

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“UNA LEY DE DURO CORAZÓN”

Acabo de escuchar la noticia de un niño pequeño retenido dos días en el aeropuerto de Barajas; venía de Colombia con sus padres y no lo dejaron entrar porque faltaba un requisito que era la carta invitación.. por mediación de abogados y defensor del pueblo ha podido salir a las cuarenta y ocho horas.  Esta noticia me ha hecho recordar que hace tiempo acompañé a un compañero sacerdote para ir a visitar a un matrimonio peruano de Sorochuco, Juan y Maruja que habían llegado hacía seis meses a Extremadura. Vinieron con un contrato de trabajo digno, de esos  que ya no queremos hacer los españoles. Trabajaban en una finca cerca de San Francisco de Olivenza, en la orilla del Guadiana, casi en la frontera portuguesa. fueron acogidos familiarmente por las personas que los contrataron, y se sentían queridos e integrados con ellos, estaban muy agradecidos por su nueva situación en esta tierra extraña y lejana de su origen.

 Nos esperaban ese día con los brazos abiertos y gozaron compartiendo la comida con nosotros y en especial con el “padre” Leonardo que pronto sería como ellos  “sorochuquino”; fue un encuentro muy festivo con este matrimonio, con la familia que los ha acogido en esta tierra y con otros familiares más que se unieron también al festejo; lo celebramos con un “chancho” (cerdo) de los que cuidan ellos. Se sintieron protagonistas del encuentro dando las indicaciones oportunas al misionero para que sepa situarse allí en su tierra y pueda disfrutar de sus gentes; les dijeron que aunque son pobres le harán feliz y le querrán a fondo, sin límites, más o menos aquello que decía san Pablo, sus paisanos como “Cristo les enriquecerán con su pobreza”.

Pero en aquella fiesta había dolor y yo lo sentía, pues aunque había jóvenes, hijas y sobrinos de las familias españolas de acogida, no estaban Mayra, Jazmín y Rocío – de quince, catorce y once años respectivamente-, las tres hijas de Juan y Maruja, de las que hablaron en muchas ocasiones. Ellas están en Perú, en aquel Sorochuco querido, junto a su abuela y una tía. No pudieron venir; los padres vinieron con sus contratos a realizar trabajos en nuestros campos extremeños, todo en regla, pero la ley de inmigración impedía que vinieran con sus hijos; estos tendrían que estar un año esperando y después comenzarían los trámites, bien lentos por cierto, para pedir la reagrupación familiar. Y cuando lo permitieran, no sabíamos cuándo, llegarían a esta tierra que ellas soñaban como algo paradisíaco, para el encuentro con sus padres queridos en una tierra que mana leche y miel. Se intentó por todos lo medios que esto se acelerara pero había dificultades legales, nos decían con seriedad que la ley es la ley y debe cumplirse.

 Ellos sufrieron en silencio y esperaron como verdaderos pobres, aunque todos los días trabajaban y colaboraban con nuestra seguridad social; los demás que los conocíamos y compartíamos con ellos sus sentimientos lo veíamos totalmente injusto. Es un caso claro de los que exponemos en clase cuando hablando de ética y moral, afirmamos que puede haber ocasiones en que algo sea muy legal pero totalmente injusto y fuera de ética alguna. El caso podría servir de punto de partida para algún tema, de la tan traída y llevada, asignatura de “ética para la ciudadanía” o  de la tradicional “enseñanza de la religión y moral católica”.

La familia que los acoge, también padres de tres hijas, lo sentía y estaba deseando que esto se pudiera solucionarse, y lograron – con más celeridad que otros – que las hijas de Juan y Maruja se incorporaran para compartir la vida entre todos y acabar con ese sufrimiento.

Recuerdo que cuando volvía de aquel encuentro sólo en el coche, sentía dolor y ganas de contarlo públicamente: ¿cuántas personas vivirán situaciones de este tipo, incluso sin ninguna ayuda fraterna y afectiva cercana como tuvieron este matrimonio concreto?

Vivimos en una sociedad de leyes muy elaboradas, pero que no están pensadas, al menos en este caso, desde las personas, su dignidad y la justicia. Esta es una ley de duro corazón, como las del faraón en Egipto. No puedo menos que recordar (quizá por defecto profesional) aquel pasaje evangélico en que critican a Jesús porque cura en sábado, saltándose la ley, y le dicen que no es justo lo que hace; entonces él humildemente pregunta que qué es justo y legal en sábado hacer el bien o el mal, curar al enfermo o dejarlo en su dolor; llegó incluso a ironizar  afirmando que si a alguno de los presentes se le caía el burro al pozo en el sábado, si lo sacaba o lo dejaba ahogarse dentro: ¡qué bueno¡

Considero que esa separación obligatoria de estos padres y sus hijas, para que puedan ganarse el pan y trabajarnos en nuestra sociedad, es hacer el mal a unas niñas en edades que necesitan de sus padres y que podían beneficiarse de bienes sociales que nosotros tenemos establecidos para nuestros trabajadores y sus hijos. Los ciudadanos no podemos consentir que sea legal lo injusto y hemos de reclamar ante nuestras autoridades y gobernantes que estas leyes se transformen para ser justas y éticas. Yo estoy convencido, sin duda alguna, que nuestro presidente extremeño por nada del mundo permitiría una ley que le exigiera, por su dedicación actual, abandonar a sus hijas y que, por lo mismo, no estará de acuerdo con esta situación y estará a nuestro lado para transformarla; pero lo mismo pienso del líder de la oposición y de los demás ciudadanos críticos y comprometidos, así como de todas las instituciones que se preocupan por las personas y su dignidad. No tiene ningún sentido que una sociedad que  “premia económicamente” el nacimiento de un niño en su seno, castigue con la separación a hijas de emigrantes que sudan en nuestras tierras con contratos totalmente legales.

Ojalá sepamos estar todos junto a los distintos  “Juan y Maruja”, dignos trabajadores en esta sociedad extremeña y española, para hacer real aquello de que valoramos la familia como el gran tesoro de la sociedad, y este caso pueda sentar precedente para que no siga teniendo vigencia una “ley de duro corazón”.

 Al final de aquella jornada festiva, Juan nos alegraba y nos despedía con su guitarra y con sus cantos cajamarquinos y sorochuquinos, y en unos de esos cantos decía algo así: “¿Cómo no creer en Dios si me ha dado la mujer que yo amo… como no creer en Dios si nos ha dado nuestro hijos y la vida…?”  Maruja, su mujer, le miraba con cariño y en esta canción se le saltaron silenciosamente las lágrimas y, yo pensando en sus hijas Mayra, Jazmín y Rocío, sentí muy cerca a su Dios. Ahora ya están en con sus padres y comparten el mismo proyecto de vida.

No estaría nada mal para comenzar, por nuestra parte, conocer los emigrantes que nos rodean y vocear sus  situaciones familiares.

José Moreno Losada.

4 Responses to ““Una ley de duro corazón…””

  1. ¡Pues adelante!
    Que no nos quedemos en lo sentimental ni en la guitarra, la fiesta y las lágrimas. Éstos u otros tienen familiares que quieren venir y necesitan un contrato de trabajo. Con un cierto nivel de ingresos ya se tiene capacidad para contratar y, aunque no se necesite empleada o empleado, ellos mismos se pueden comprometer a pagar la seguridad social por “empleado doméstico” hasta que tengan la posibilidad de buscarse un trabajo concreto aquí.
    Para obtener un permiso de residencia (y para renovarlo) hace falta tener un contrato de trabajo. Ellos saben de sobra el procedimiento lo que no encuentran es gente dispuesta.
    Las leyes podrán ser injustas pero nosotros, escudados en ellas, también

  2. Hola, Pepe.
    He hecho varios contratos de trabajo, como aconseja Susana. En algunos he tenido éxito en cuanto que se ha logrado la reagrupación familiar, en otros no tanto.
    Tú te acuerdas de Jesús en el pasaje del sábado. Yo me acuerdo de monseñor Romero cuando dice “una orden inmoral, nadie tiene que cumplirla”. Lo mismo ocurre en mi opinión con una ley.
    No creas que sólo les ocurre a gente pobre: he trabajado con médicos que cobraban excelentes sueldos y la mentada ley les ha impedido durante tiempo traer la familia. Es una situación dolorosa e injusta.

  3. La reagrupación familiar está bien, pero a ello debería ir unido también la “idoneidad para ser padres”. Es lamentable traer hijos al mundo sin estar preparado para cuidarlos dignamente.

    No estaría de más recordar que en muchas situaciones la mayor fuente de sufrimiento es la propia familia. ¿Cuántos hijos hay incapacitados para formar una familia?, porque al final reproducimos, en mayor o menor medida, aquello que hemos mamado desde pequeños…

  4. Agustín, me figuro que no haces diferencia entre los de aquí y los de allá, cuando piensas, y muy acertadamente, en la capital importancia que tiene la “idoneidad para ser padres”.
    La reagrupación familiar es un derecho que no puede condicionarse.

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