Un poeta – periodista y escritor- sencillo y esperanzado

Ha muerto mi paisano José Miguel Santiago Castelo, periodista, poeta, escritor, extremeño auténtico y hombre sencillo y esperanzado. Su muerte me hace reflexionar con emoción:

“MI CUERPO EN MI TIERRA Y MI RISA AL CIELO”

La última nota de cercanía familiar de Santiago Castelo, fue al enterarse de la muerte de mi madre y leer el escrito “in memoriam” de nuestro paisano Paco Tejada. Llamó por teléfono y me manifestó que sentía cariño por mi madre, porque en sus éxitos había sentido la cercanía de mucha gente, pero recordaba agradecido que cuando llegaba las primeras veces al pueblo, cuando todavía era anónimo y pertenecía a los empedrados de la casa de calle Maguilla, era ella una de sus más fieles seguidoras y aplaudidoras en todas sus presencia en el pueblo. Ahora al saber de su muerte, enseguida pienso que la Dolores de Villagarcía -mi madre- le habrá recibido junto a la gran Encarna de Castelo -su madre- en la gloria soñada de su alma de poeta entrañable de carne y tierra. Cuántas veces miró con deseo escatológico el cementerio de nuestro pueblo, ese dormitorio de las almas, donde yacían los nuestros aguardando una plenitud que nuestro amor deseaba para ellos. A él quiso traer los restos de su padre, madre, hermana, dejando hueco preparado para él mismo, para unirse a ellos en la esperanza de un Dios crucificado en el humilladero y de una Madre en la soledad del dolor tras su cruz, de pie, desde una religiosidad que en él era mezcla de lo popular y lo entrañable, en la belleza de la lírica hecha poesía para gritar los sentimientos de un pueblo: en el dolor y la tristeza, en la riqueza y en la pobreza, en la luz y en la oscuridad, en el canto y en el baile, en el lamento y en el luto, en la risa y la sonrisa, en la mueca del dolor y en los callos de campesino, en la joven y en su novio, en la niña y en el abuelo. Testigo y pregonero de la historia de la gente y de la propia, mezclando un pasado inolvidable y sentido, un presente acariciado y gozoso, y un futuro que, aun escapándose de sus manos se le antojaba familiar y cercano. No quiso morir a su pueblo, a sus vecinos, a sus labranzas, a sus costumbres, a sus terrenos, a sus regajos y sus trigales, a sus piedras y cigüeña, a su torre y a su Cristo. Lo llevó siempre donde él fue, hizo gala de granjeño, de la emoción y su cariño, y ahora cuando ha entrado en el horizonte de la ultimidad, viene a descansar a este dormitorio almado, con los suyos, dejando atrás todo y enterrándose desnudo en la tierra que desnudo le vio nacer con aquellos versos suyos que portican nuestro cementerio:

“Aquí lo más cierto
y lo más seguro…
Iré por la vida,
seré lo que sea.
Al final me queda
un ancho futuro
de habares y lilas,
trigal y azalea…
una rosa al aire
y un vencejo al vuelo.
Mi cuerpo en mi tierra
y mi risa al cielo”

He participado esta tarde en el funeral que se ha celebrado en el pueblo,Granja de Torrehermosa, presidido por el Arzobispo de Mérida-Badajoz, Don Celso MOrga, quien ha dirigido unas palabras de luz y consuelo desde el evangelio proclamado, palabras sencillas y cercanas que he querido compartir con vosotros porque sé que os alegrarán:

“Hoy hemos despedido, en el mismo templo parroquial en el que fue bautizado, a José Miguel Santiago Castelo, nuestro querido poeta. Nos han guiado los textos bíblicos que aluden al Reino de Jesucristo; Reino, que por ser de verdad y del amor, aparece saturado por un valor que es transversal a estas realidades: el valor de la sencillez.

Santa Teresa de Jesús, la andariega de Dios, la gran poetisa mística del siglo XVI, cuyo centenario estamos celebrando en este año 2015, tan querida, comentada y admirada por Santiago Castelo, decía que andar en verdad es humildad. Así anduvo Santiago Castelo por estos caminos de Dios. Así anduvo por estos vaivenes de la vida con sus luces y sus sombras, con sus penas y alegrías, con sus encantos y desencantos, con sus pecados y las misericordias de Dios, que son continuas e incontables hacia nosotros. Todos sus seres queridos, sus colegas y amigos, son testigos de que él fue un hombre sencillo, no obstante susc argos, sus altas responsabilidades y su valía personal por todos conocida; desbordaba sencillez. No supo hacerse autopropaganda y nunca se dio autobombo. El sabía expresarlo con sus bellas palabras, no exentas de cierta humorística ironía. Un hombre muy premiado, muy reconocido, pero hombre al que ni se le subían los humos a la cabeza por los reconocimientos que recibió, ni se amargaba por los que le fueron omitidos.

Santiago Castelo ha sabido seguir amando su tierra, a pesar de vivir fuera de ella; su fidelidad a Extremadura, su sentido de pertenencia a nuestra región y sus gentes, han sido prueba de su afán por escaparse, en ella, del ruido y del barullo de otros mundos y ambientes.

Hoy a través de la Eucaristía, la Santa misa en el decir de Santiago Castelo, desde la que siempre creyó y esperó, nos ofrece el marco para dar gracias a Dios por el paso de este hermano entre nosotros. Todos los que le hemos acompañado en esta tarde aquí, también yo que no tuve la fortuna de conocerle, queremos mostrar nuestro afecto hacia él y le agradecéis con cariño por lo que ha sido para vosotros: maestro para muchos, colega para otros tantos, contertulio para otros, amigo, vecino, paisano y buena gente para todos. Y le queremos como él ha sido, con sus virtudes y defectos, con sus grandezas y pequeñeces. Si a las personas no las queremos como son, nuestra amistad se arruina y empobrece, pues estaríamos amando a una imagen idealizada de la persona, pero no a la persona misma.

Damos gracias porque este poeta nuestro ha sabido hablar al corazón del hombre. Si un poeta es auténtico sabe anunciar la verdad y denunciar la metira. Es lo que ha hecho Santiago Castelo con la transparencia cristalina de su buen hablar y escribir poético. En sus poemas cumple esta misión del poeta al reclamar por el dolor de los buenos, y al gritar contra el sufrimiento de los inocentes; a la vez que invoca a Dios que vengan las buenas nósticas sobre aquellos que, en cualquier parte del mundo, todavía alientan las buenas esperanzas. Aunque también tuvo su noche oscura, como San Juan de la Cruz, y así Castelo lo expresó en su poesía:

“A veces tengo miedo. No sabría

 decir de qué. Pero es un miedo ciego. Miedo a la soledad, a la agonía,

miedo a perder mi parte de alegría

 y a dudar de un cariño que no niego…

Tengo miedo, Señor. Y ya es de día”.

Acabo dando gracias a Dios porque Santiago Castelo exaltó su vocación de poeta, de periodista sincero, fiel a sus principios, a los valores de su cultura de origen, a la religión católica. Ha muerto en plena comunión con la Iglesia, recibiendo los sacramentos que el mismo solicitó consciente de su paso. NO es poco…especialmente hoy día. No es poco ser poeta y serlo por vocación, por vocación de servicio y acompañamiento. Ser poeta que habla desde el corazón al corazón. Reciban todos lo familiares y amigos queridos el abrazo de todos los que nos hemos reunido en su pueblo para despedirlo y ponerlo en el cementerio de sus sueños y de sus seres queridos, tras la liturgia de todos aquellos que le conocían y querían desde su niñez. Querido Santiago, que el Maestro Jesús, el maestro de la verdad, del amor y de la vida te acoja en su Reino para siempre. Descansa en paz con todos los tuyos.
Celso Morga, Arzobispo de Mérida-Badajoz.

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