Duelos y Pérdidas

Todas las personas experimentamos pérdidas durante nuestra vida, unas más dolorosas que otras. El proceso de aceptación y elaboración de esas pérdidas es lo que llamamos “duelo”. Como luego verán, puede ser más o menos largo, normal y natural o convertirse en enfermizo (entonces lo llamamos patológico).

Las pérdidas no sólo acontecen con la muerte: se pierde –y hay pues que hacer un duelo- un miembro (un pecho en una mujer con cáncer, una extremidad amputada) o una función corporal (el habla o el movimiento tras un infarto cerebral, la capacidad sexual, cosas de las que éramos capaces y con la edad o por enfermedad no somos). También puede perderse un amor (separación, divorcio, desamor), un trabajo al que hemos dedicado nuestra vida (jubilación, desempleo), un proyecto ilusionante … Casi todo lo que poseemos (no hablo de cosas, hablo de nuestro cuerpo o nuestros amores) es susceptible de perderse y exigirá un proceso de elaboración de esa pérdida.

Las primeras pérdidas naturales probablemente son las de los padres: la muerte es, al fin y al cabo, la forma natural de terminar la vida, y nuestros padres no pueden vivir eternamente, por lo general mueren antes que nosotros. De hecho, cuando ocurre a la inversa, se cree que es la pérdida más dolorosa, la de un padre o madre que pierden a su hijo.

La muerte del padre o la madre puede ser una pérdida “sencilla” (ninguna lo es) o difícil de elaborar: con el tiempo uno la acepta y se enorgullece de la figura de su padre o su madre, la recuerda con cariño y ternura por todo lo bueno que recibió. Lástima que las relaciones padres-hijos no sean siempre felices: si han sido traumáticas y nos han dejado cicatrices profundas pelearemos contra el recuerdo en una dialéctica amor-odio en la que ya no podremos hablar con la persona y contrastar lo vivido y lo sufrido en otras épocas, por lo que resulta una batalla estéril que puede desgastarnos mucho. Una terapia puede ayudar enormemente.

 Además, aunque parezca difícil, hay padres y madres que hacen daño después de muertos, normalmente ya lo hicieron en vida, pero como la gente suele morir como ha vivido, así continúan haciéndolo tras su muerte: dejan cabos sueltos, herencias injustas que acaban por dividir a los hijos, heridas profundas que son difíciles de sanar porque te las hizo quien tenía un cierto deber de protegerte. Hay que elaborarlas y dar tiempo. 

La pérdida prematura de un hijo debe ser terriblemente dolorosa por lo que yo he visto durante mi vida humana y profesional: no habiendo tenido hijos propios, carezco afortunadamente de esa experiencia, sobre todo cuando es brusca y traumática. Ahí podemos apoyarnos en la fe: Dios, el Abbá de Jesús, sabe lo que es perder un hijo, luego cuando le recemos podemos en cierto modo sentirnos comprendidos, porque el Dios Padre pasó por ahí primero. Pero me temo que el desgarrón debe de ser terrible.

 Aprovecho para mencionar la enorme diferencia entre pérdidas esperadas y anticipadas y bruscas, muchísimo más difíciles de elaborar. De hecho, el duelo por un paciente canceroso comienza con el diagnóstico: incluso si el paciente sana con el tratamiento la enfermedad nos obliga a afrontar la realidad de que podemos perder a esa persona. Si no hay tratamiento posible razón de más. A veces, si la enfermedad es larga y penosa (lo cual es un eufemismo que utilizan los periodistas: “falleció tras larga y penosa enfermedad”: ¿por qué no llamar a las cosas por su nombre y decir “murió de cáncer”, creo que nos ayudaría bastante) la muerte puede ser incluso una liberación o alivio pasajero.

Sin embargo, la muerte o pérdida traumática (accidente de tráfico, infidelidad) es sumamente difícil de asimilar, aceptar y elaborar, porque nos golpea de forma brusca e inesperada, dejándonos en estado de shock, hasta que volvemos en nosotros y nos damos cuenta de que hay que seguir viviendo. Desafía primero a la mente, incapaz de aprehender lo acontecido, luego a la entraña, de la que brota un “no puede ser, esto no puede estar ocurriéndome a mí, es irreal, es un  mal sueño que pasará”. Pero no pasa: es real, ocurre y es irreversible. 

¿Cómo vivir un duelo? Cada uno como puede, hay que encontrar el propio ritmo, el propio tempo, es fundamental expresar los sentimientos, ya que: bloquearlos suele conducir a la desesperación y la depresión, que normalmente es una forma de atacarnos a nosotros mismos. Es bueno llorar, gritar, exasperarse, pedir cuentas (a Dios está bien porque nunca se enfada, si se las pedimos a los responsables reales de muertes o pérdidas podemos tener serios problemas, sobre todo en el segundo y tercer mundo). En lo posible en compañía de personas significativas y queridas, que nos abracen y estrechen nuestra mano, que nos escuchen: al principio los argumentos lógicos no valdrán de nada, las explicaciones más o menos plausibles o coherentes no las escucharemos, sólo más tarde tal vez podremos elaborar una suerte de constructo que nos ayude (racionalizar es un mecanismo de defensa). 

Sin embargo, por inteligente que uno sea y por bien construida que esté la explicación lógica, somos mucho más que mente, por lo que el desgarrón continuará ahí, no es un problema del cerebro ni del corazón, es un problema de la entraña misma, de algo ubicado más profundamente que cualquier otra víscera, y seguirá doliendo y gritando durante un tiempo.

 Elisabeth Kübler-Ross, la gran maestra de la muerte, los duelos y las pérdidas (sus libros son numerosos y todos ellos de gran ayuda en un duelo, algunos auténticas joyas) siempre decía que había que hacer del tiempo un aliado, aunque el tiempo no lo cura todo alivia casi siempre, pero las cicatrices quedan, incluso cuando parecen sanas son partes más sensibles que cualquier otra no dañada previamente.

 No es muy bueno hacerse demasiadas preguntas, sobre todo porque raramente hallarán respuestas: por qué y para qué son preguntas metafísicas, ignoro si en Dios obtendremos el sentido de las mismas, ciertamente no en esta vida que conocemos, y todavía más ciertamente a corto plazo: en algunas ocasiones muchos años después sacaremos enseñanzas de algo que nos ocurrió y en su momento fue muy doloroso. Por eso es tan importante no estar solo: ayuda escuchar otras voces, en caso contrario estaremos continuamente contestándonos nosotros mismos nuestras propias preguntas, en un círculo vicioso que suele hacer mucho daño: hay que oír otras voces, otras opiniones, escuchar otras experiencias similares, por eso ayudan mucho los grupos de personas que han sufrido pérdidas parecidas.

 No ayuda tampoco mirar al pasado y preguntarse si las cosas pudieron ser de otro modo, sobre todo porque el pasado no puede cambiarse. Un amigo me dijo, citando a Pedro Arrupe SJ que “para el presente Amén, para el futuro Aleluya”. Yo he sido capaz de lo primero, todavía no de lo segundo, tal vez por mi carácter que no es de naturaleza optimista. Me ayuda mucho reflexionar sobre la frase de Haim Herzog, presidente de la Knesset (parlamento israelí) en los años 80, en el discurso que pronunció al visitar España: “No podemos cambiar el pasado, pero podemos aprender sus lecciones”.

El “Amén” para el presente (“así es, así sea”) supone aceptar un dato de realidad y decirse a sí mismo una verdad: “he perdido un hijo, mi matrimonio terminó, mi trabajo ya no existe, esta persona ya no está ni estará a mi lado”. Supone asumir la realidad en su crudeza, y eso siempre es doloroso pero sanante, lo contrario, vivir en la mentira, puede llevar a la locura, a creer o instalarse en la no-realidad, casi siempre generando psicopatología. Aunque posiblemente no es su exégesis, me he repetido a mí mismo desde hace años “la verdad os hará libres”. Vivir en la verdad, en lo que uno es, en lo que se ha labrado, en aquello que la vida nos ha deparado, suele ser lo sanante, porque desde ahí puede intentarse una resurrección. Es curioso que Marshall McLuhan, el profeta de la comunicación, eligió esa frase en tipografía digital como su epitafio.

 Y ciertamente de nada sirve la autocompasión ni echarle la culpa a otros, instalarnos en la pena y en pensar que somos quienes más sufrimos (aunque sin duda lo hacemos porque es nuestro sufrimiento). Ese es un riesgo que hay que evitar porque bloquea y nos impide volver a caminar, aunque ciertamente cojearemos un tiempo o incluso toda la vida, ya no volverá a ser igual después de según qué pérdidas, pero podrá seguir siendo vida, aunque de otro modo, para nosotros y para otros. Pero instalarnos en decir “qué mala suerte tengo, lo he perdido todo, la culpa es de mi madre, o de mi enfermedad, o de la mala suerte” no nos ayudará en absoluto.

“Como cristiano no creo en al muerte sin resurrección”. Son palabras de monseñor Romero unos pocos días ante de su muerte martirial, en declaraciones a un diario colombiano, declaraciones de una belleza extrema, ya consciente de que le aguardaba el martirio (del que dice que “es una gracia que creo no merecer”). El problema es que no hay resurrección sin muerte, por eso aferrarse a un pasado que no existe, no terminar una relación que murió por ejemplo, perpetuar un duelo sin abrirse a mejores posibilidades, evita que resucitemos y veamos la luz. En ese caso nos limitaremos a sobrevivir y llevar una vida sin sabor, me lo he dicho muchas veces a mí mismo estos años, me ayuda recordar que “la gloria de Dios es el hombre que vive” (San Ireneo, el mismo monseñor Romero lo repitió varias veces en sus homilías), no el que se limita a sobrevivir, sin disfrutar de los frutos de la madre tierra y de sus hijos nuestros hermanos. Sin sanar nosotros no podremos tampoco sanar a otros, más bien seremos una influencia negativa en sus vidas. 

Es obvio que no he pretendido hacer un tratado sobre el duelo, hay textos excelentes y no es en absoluto el objetivo de esta entrada: he compartido con ustedes mis experiencias de pérdidas y duelo, entre líneas tal vez encuentren el sabor y saber de una persona que ha experimentado aquello de lo que escribe, lo que me ha resultado útil y lo que no, las trampas que existen en la elaboración de una pérdida, los callejones sin salida, las vías muertas. Pero también el ansia y la esperanza en una resurrección, desde el convencimiento del que va sobreviviendo a través del desierto y la oscuridad en búsqueda de esas posibilidades mejores que la vida tiene para nosotros.

Nadie hará sus duelos por ustedes. Ojalá alguien enjugue sus lágrimas y no se encuentren solos. Pero antes o después lo estarán, porque del mismo modo que nacemos solos, morimos solos y afrontamos los momentos difíciles de nuestra vida en soledad, tal como Jesús en la cruz. Pero como Jesús, cuando dejemos de habitar entre las sombras de los muertos, volvamos cada quien a nuestra Galilea particular y reconfortemos a nuestros hermanos, porque tal vez sea ese uno de los sentidos del sufrimiento humano: hacernos más capaces de amar, com-padecer, acompañar y ayudar. 

Ojalá estas líneas les sean de ayuda. Que Dios les guíe y les bendiga, les ruego que recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por todos aquellos que están en este momento elaborando pérdidas, para que puedan hacerlo sanamente y resuciten lo antes posible. Algunas de esas personas son muy queridas para mí y para ellas les pido su oración y su recuerdo.

 Bibliografía: todas las obras de Elisabeth Kübler-Ross, así como de José Carlos Bermejo, un religioso camilo que trabaja en Tres Cantos (www.humanizar.es). Es muy bueno el libro de Marcos Gómez Sancho “Medicina Paliativa”, ed. Arán, mi edición es de 1998, imagino que hay más actuales. Está dirigido sobre todo a personal sanitario.

3 Responses to “Duelos y Pérdidas”

  1. ¿Dónde se remansa la alegría? Podemos concitarla y hasta tocarla, pero cuando pasa de largo, las cosas y quienes nos rodean nos devuelven la desolada imagen de nuestro absurdo.
    ¿Cómo, entonces, haremos para retenerla?
    ¿Hará falta una conciencia con más largueza, que distraída por la alegría de los otros, vaya empapándose de su propia alegría?
    Hoy, un hoy interminable, te deseo que recuperes la alegría.

  2. hoy me estais poniendo super triste, primero leo el nuevo blog sobre la muerte y ahora tu post sobre el duelo… Sera porqie tengo reciente una perdida muy cercana pero es que me cuesta mucho hablar de estos temas por eso me esta emocionando mucho leeros. un abrazo

  3. Hola, Marian. No suelo intervenir en mis entradas, pero tu aportación me inspira a hacerlo. He intentado escribir al mail que diste al dejar el comentario, pero me lo ha devuelto el ordenador. Me gustaría contarte algo, mi mail personal es agf2513@hotmail.com
    Un abrazo también

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