Haití: pasado y presente

No teniendo televisión ni leyendo los periódicos, no he tenido que observar el espanto de las imágenes de Haití que los noticiarios deben servir con el postre, justo momentos antes de comentar el último triunfo de Nadal con la raqueta o el fichaje de tal o cual club de fútbol. Pero las puedo imaginar perfectamente: cientos, miles de cadáveres negros en posiciones aberrantes y comidos por las moscas. ¿Me equivoco?.

Por si no fuera poco, como la gente desesperada no tiene nada que perder, los supervivientes se habrán dedicado a intentar conseguir cualquier cosa que llevarse a la boca, con la consiguiente represión por parte de algo parecido a un ejército, suponiendo que en Haití quede alguno. Es decir, el espanto de la violencia añadido al de la catástrofe, la enfermedad y la muerte.

¿Qué sabía yo de Haití antes de esta catástrofe? Me temo que bastante, y todo malo. Por ejemplo, que sufrió la dictadura más brutal y cruel por parte de un protegido de los franceses, “Papá” Duvalier, quien imponía el terror gracias a unos pretorianos llamados “ton-ton macoutes”, uno de los más violentos y despiadados cuerpos de seguridad personal de toda la América Latina.

Por ejemplo, en Haití empleaban –no sé si todavía- una forma atroz de suplicio, consistente en introducir al condenado en una rueda de camión y prenderle fuego desde fuera: es mejor no pensar en ello. 

Del mismo modo, he leído artículos médicos sobre el fenómeno de la “zombificación”, absurdamente frecuente en Haití junto con el vudú. Se cree que hay personas que no mueren del todo, sino que sufren ese proceso y se convierten en “muertos vivientes”. Les aseguro que hay múltiples artículos médicos en revistas de prestigio sobre tal hecho en ese desdichado país.

También sé que ahí estuvo Jean Bertrand Aristide, un antiguo sacerdote que posiblemente devino un nuevo dictador, durante un tiempo exiliado en los Estados Unidos, como otros muchos dictadores suramericanos. Ignoro su situación política a día de hoy. Finalmente, desde un punto de vista sanitario sabía y sé que es el país más pobre de la América al sur del Río Grande, con unos indicadores sanitarios que inspiran pena y vergüenza. He revisado los datos que existen en la página web de la OMS sobre el país caribeño, y he entresacado los siguientes:

Haití tiene unos nueve millones y medio de población. Un haitiano varón tiene una esperanza de vida de 59 años, 63 las mujeres (20 menos que en España), pero sólo 43 y 44 respectivamente de lo que llamamos “vida con salud”. La probabilidad de morir con menos de cinco años es de 80 por 1000 nacidos vivos (en España, 4/1000). En el 2006 (últimos datos disponibles) el gasto per capita en salud era de 96$ (en España 2.388$), y el porcentaje del PIB gastado en salud, un 8%.

Hay datos más específicos que todavía (me) golpean más, tal vez porque son menos fríos: hay/había menos de un dentista por 10.000 habitantes, en total el año 1.998 (últimas estadísticas disponibles), 94 dentistas en todo el país; del mismo modo, hay 1.949 médicos en total (unos 3/10.000) y todavía menos enfermeras y matronas, 834 en total (menos de 1/10.000). Sólo uno de cada cuatro partos es atendidos por personal sanitario cualificado. Se declaran casi 300 nuevos casos de tuberculosis al año por 100.000 habitantes. La prevalencia de SIDA en mayores de 15 años es de 3.337/100.000 (3 de cada 100 haitianos padecen la enfermedad, de hecho cuando se declararon en Estados Unidos los primeros casos (1981), como factores de riesgo se describía el uso de drogas por vía parenteral, ser homosexual y proceder de Haití). El 60% de las mujeres (es decir, más de una de cada dos) tienen anemia (una hemoglobina de menos de 11g/dL). No es fácil vivir, engendrar y parir así.

Podría verter datos similares hasta la náusea, pero el último será que más del 50% de los niños están malnutridos y que todavía se siguen muriendo de tétanos neonatal como consecuencia de las condiciones sanitarias en que nacen y de los instrumentos con que se corta el cordón umbilical. Imagino que se debe al hecho de que el acceso al agua potable en las zonas rurales es mínimo, por no mencionar facilidades sanitarias como letrinas: del 12% en la zona rural. Es decir, que el 88% de los haitianos que viven en las zonas no urbanas (la inmensa mayoría) defecan donde pueden y sus excrementos pueden perfectamente mezclarse con el agua de bebida.

El panorama no es muy diferente al que yo vi en los barrios pobres de las ciudades hondureñas como El Progreso y San Pedro Sula, en las zonas rurales y en las barriadas de San Salvador, lo que monseñor Romero describe como “tugurios cuya miseria supera toda imaginación sufriendo el insulto permanente de las mansiones cercanas” (febrero 1980). Recuerdo perfectamente a una preciosa niña lavándose el cabello en aguas sucias, los zopilotes escarbando entre la basura –donde encontraban muchas veces cadáveres- y los niños que vi morir de hambre. No son cosas fáciles de olvidar.

¿Y ahora? ¿qué debemos hacer ahora? ¿cómo fue que no lo hicimos antes, si ya sabíamos todas estas cosas? ¿por qué los gobiernos, la comunidad internacional, la ONU, la OMS, no hicieron nada antes? ¿por qué yo no hice nada antes? ¿por qué corremos y nos horrorizamos todos ahora, si ya era feo antes? Desde hace unos días resuenan en mi interior las palabras de Caín en el Génesis: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Y escucho la respuesta de Yavheh: “la sangre de tus hermanos está clamando a mí desde la Tierra”.

También releo el cántico de Isaías, y me doy cuenta de que encaja perfectamente con lo que yo mismo vi en Honduras –aunque a menor escala- y posiblemente ven ahora vds en la tele: están tan desfigurados que no se les reconoce, tanto que no parecen humanos, ante ellos se vuelve el rostro. El pueblo haitiano, sus muertos y heridos, son la imagen actual del siervo sufriente de Yavheh, que también mencionaba monseñor Romero.

Miren, de poco sirve ahora lamentarse y echarse las manos a la cabeza viendo los cadáveres en descomposición cubiertos de moscas y arrojados a las fosas comunes. Por mi parte, daré el dinero que pueda a una ONG católica, convencido de que en este momento es lo mejor que puede hacerse: cuando se marchen los figurantes, los que aparecen en las emergencias entre fogonazos de las cámaras, cuando se vayan Bill Clinton y los soldados norteamericanos que según he oído se han desplazado a la zona, entonces quedarán los misioneros, que además ya estaban antes, cuando nadie nos acordábamos de Haití y de los haitianos. Compartían la vida de “los pobres de Yavheh”, como se mencionaba en otro blog. Y la seguirán compartiendo, algunos de ellos hasta que mueran en la tierra a la que eligieron servir. 

Y seguiré con mi trabajo de médico en este hospital, intentando hacerlo lo mejor posible y ayudar a pacientes y familiares en lo que pueda. También intentaré compartir las vicisitudes de los inmigrantes con los que vivo (ahora ha vuelto Bogdan, el hombre famélico que tosía; tampoco esta vez encuentra trabajo, le dijeron que para la cosecha de la aceituna, pero con la lluvia y las nieves no hay casi aceituna que cosechar). Los ayudaré en lo que pueda. Todos ellos son mis haitianos particulares. Nos equivocamos si el espanto de la tele nos conmueve pero no lo hace el de nuestro próximo necesitado, aquí también hay gente que sufre y se desepera. Aunque no estén muertos (por ahora) ni cubiertos de moscas.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

7 Responses to “Haití: pasado y presente”

  1. Sólo desde la sinceridad con los hombres puede escribirse así.
    Los ojos son para ver; estás viendo y la visión es horrorosa.

  2. Acabas de darme una soberana lección de buena teología. Gracias.

  3. Gracias por pregonar lo que otros no somos capaces.

  4. Sin duda MAS ALLÁ de lo que se llama hacer el bien o pregonar y dar trigo, es lo que nos demuestras con tu grandiosa y a la que me uno reflexión. Gracias

  5. Gracias Ángel en nombre de todos por el espacio que les has dedicado y por tu consideración hacia mi persona.
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