Monseñor Romero: reflexiones al hilo de un aniversario.

27 años después de su muerte martirial, la voz de monseñor Romero nos sigue llegando viva y vibrante. No puede ser de otro modo, dado que está enraizada en lo que él llamó “la eterna verdad del Evangelio”. En nuestra España de hoy, estas son algunas de las reflexiones que me provoca.

Monseñor Romero nunca transigió con la violencia como medio de hacer política y para conseguir fines políticos. Era una barrera que no se podía superar, porque envilecía a quien la practicaba y a quien colaboraba con ella. Resultaba en algo tan malo como lo que se quería combatir y generaba una “mística de la violencia” que provocaba una espiral de consecuencias terribles. Monseñor habló con todo el mundo en sus días, pero nunca lo hizo con los apóstoles salvadoreños del tiro en la nuca y la bomba bajo el coche (el terrorismo no es nada nuevo ni original). En El Salvador existía una violencia estructural y una violencia revolucionaria, con ninguna de las dos transigió monseñor Romero y denunció ambas (no de forma simplista, sino analizando sus causas, sus orígenes, sus fundamentos, incluso sus soluciones). Si queremos ser fieles al espíritu de monseñor Romero (y obviamente al de Jesús, a quien monseñor pro-seguía), es conveniente no perder esto de vista, en un momento en que en España tenemos otra vez en la palestra a los responsables de tanta sangre derramada y tanto crimen, los terroristas de ETA, pero no sólo a ellos: también a quienes les jalean, justifican, admiran y reivindican. Sin rencor, sin odio, pero con firmeza, la paz sólo provendrá de la justicia, por eso los crímenes que quedan pendientes de esclarecer se han de investigar y los responsables deben ser llevados ante los tribunales. Lo contrario podrá ser políticamente correcto, pero nunca será cristiano, y ciertamente no hará justicia a la evocación de monseñor Romero.

Siempre pienso en monseñor Romero cuando oigo a los políticos de cualquier partido y color hablar del “pueblo”, y lo comparo con cómo sonaba la palabra en boca de monseñor. Él pretendió ser “voz de los sin voz”, por y para ello dedicó y en último término entregó su vida. Con otra terminología quizás, pero su apuesta era antigua: siempre fue una persona caritativa y compasiva, que jamás olvidó sus orígenes humildes y se preocupó por las personas sencillas a quienes debía pastorear; no sólo del espíritu, también de las condiciones de vida, del trabajo y de la falta del mismo, de las necesidades físicas fundamentales. Para ello no necesitó análisis sociológicos profundos, sólo una fe firme que le decía que el prójimo era su hermano. Sería interesante analizar qué quieren decir en realidad los políticos cuando hablan del “pueblo”, del que no suelen proceder, en medio del cual raramente viven y cuyas necesidades reales las más de las veces ignoran. “La salvación del bien común del pueblo” a la que aludió monseñor como uno de los tres componentes de la liberación que anunciaba la Iglesia al final de su homilía profética del 23 de marzo (los otros dos eran el respeto a la dignidad de la persona y la trascendencia), prácticamente nunca aparece en los discursos de los políticos ni mueve sus intereses. La gente sencilla comprendió que monseñor Romero la quería (no quería sus votos, los quería a ellos, se preocupaba por su cuerpo y por su alma, en él tenían un buen pastor que les protegía frente a los lobos). Quizás por eso Mª López Vigil, en su precioso libro sobre monseñor “Piezas para un retrato” (UCA editores, 1993), narra esa anécdota conmovedora de un hombre pobre, un borracho, que limpia la lápida de la tumba de monseñor con sus harapos, como hace un hijo con la tumba de su padre, porque en monseñor Romero había tenido un padre, le hizo sentir gente, no le tuvo asco, habló con él, le tocaba, le hacía ver el cariño que le tenía.

Podría haber muchas más reflexiones al hilo de monseñor Romero en relación con nuestro devenir histórico y político, pero he querido compartir estas dos, que me rondan últimamente por la cabeza. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos lo mejor que podemos y sabemos.

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