Reflexiones en estos duros tiempos

En estos días difíciles se acumulan las cosas sobre las que escribir, e intento desde aquí poner orden a tanto ruido. Son numerosas las llamadas y mensajes que como médico recibo de personas angustiadas por su salud o la de sus familiares. A todas intento responder con tranquilidad pero con realismo, conocedor de los peligros potenciales de esta enfermedad. Una de las constantes cuando se experimentan síntomas sugestivos de estar infectado (reales o imaginarios es otro problema, pero lo cierto es que la persona los percibe como propios, únicos y peligrosos) es la angustia, el miedo ante lo desconocido. Esta es una reacción absolutamente lógica, para la que no cabe sino la paciencia y, siempre que sea posible, realizar un test diagnóstico que elimine esta terrible incertidumbre con la que muchos se ven obligados a vivir (entre ellos numerosos sanitarios, nuestra primera línea de defensa tal como formuló el Rey). No disponer de esa herramienta fundamental en cualquier epidemia es en mi opinión lo más grave que ocurre, y en muchos casos es producto de una mala gestión de las autoridades. Me han contado casos que podría citar.

Como les comenté en mi entrada anterior, yo mismo esperaba el resultado de un test diagnóstico. Ayer a última hora supe que era negativo para coronavirus. Durante 48 horas –no demasiado tiempo, pero muy largo con todas las cosas que te vienen a la cabeza sobre lo que te puede ocurrir- he convivido con la incertidumbre. Estoy en buena forma física y no tengo “factores de riesgo”, pero era consciente de que esta enfermedad puede ser muy grave en gente mucho más joven que yo, hay muchas incógnitas todavía, ignoramos por qué algunas personas evolucionan bien y otras catastróficamente. He pensado mucho en mis compañeros sanitarios –y en cualquier persona- que no tiene un acceso tan rápido a un test diagnóstico, a quien se le dice que se quede en casa aislado en una habitación esperando una evolución que en muchos casos puede ser poco halagüeña. Hace falta mucho coraje para aguantar una situación así, sobre todo si se hace en soledad, aunque el teléfono ayude mucho.

Esta etapa de nuestra historia personal y social nos obliga a enfrentarnos con el temor al sufrimiento y lo desconocido, tenemos que acostumbrarnos a convivir con ello, quizás sobre todo las personas de más edad. Me lo transmite con precisión una buena amiga mayor que yo: “La enfermedad es una posibilidad que poco a poco voy teniendo en la mente. Debe ser por las imágenes tremendas, las noticias nada alentadoras, el run run diario del tema, la preocupación por mi hijo médico, y también el encierro en casa. Es como una nube negra a mi alrededor, que me impide ver la vida con optimismo, como antes era, por más que trate de tener buen ánimo. Supongo que eso le pasará a todo el mundo”.

Y mi respuesta:

“Creo que tu reacción es absolutamente normal, casi fisiológica diría. El confinamiento, la soledad, ser conscientes del peligro real con el que convivimos … es inevitable pensar esas cosas, que creo deben hablarse, airearse … Todos los sentimientos que experimentamos estos días trágicos -miedo, incertidumbre, angustia, ira, culpabilidad, impotencia, labilidad emocional, alternancia acelerada de todos ellos- son como digo fisiológicos, están perfectamente descritos en la literatura (Lancet 2020;395:912-20, acceso libre). A mí personalmente me ayuda mucho leer literatura científica, casi exclusivamente lo que hago ante esta enfermedad: si no se ha publicado en las 4 o 5 revistas biomédicas que más utilizo y respeto, no existe”.

Mi amiga concluye de forma certera:

“¡Ha sido todo tan rápido que parece irreal¡”

Esta es una constante también, la sensación de incredulidad, de irrealidad de lo que vivimos y que se ha instaurado en nuestra vida de forma tan sumamente abrupta. Como he dicho alguna vez, afrontar y aceptar los eventos de nuestra existencia que llamamos “dicotómicos” (es decir, que fracturan la vida de la persona, su sociedad y su mundo en un antes y un después), no es nada fácil y lleva tiempo. La psicología humana no puede aceptar algo tan brusco (por eso las pérdidas traumáticas son normalmente mucho más difíciles de elaborar que las graduales), no tenemos ese tempo tan acelerado, sobre todo algunos caracteres, y es indudable que la edad no ayuda en eso.

Cada uno elabora esta situación como buenamente puede. En mi caso y sobre todo este par de días de incertidumbre, escribí algo para mí que ahora comparto con ustedes: “Estoy tranquilo, me sé en manos de Dios y, aunque mentiría si dijese que no siento miedo ante el posible sufrimiento que pueda experimentar, no estoy particularmente preocupado. Llevo muchos años siendo médico, he tenido un buen número de aconteceres vitales, y acepto con paz que la enfermedad y la muerte son inherentes a la vida. Tal como escribí hace unos días con motivo de la muerte de mi amigo Fernando –un poco antes de que comenzase esta pesadilla-, creo haber vivido plenamente y eso amortigua el miedo a la propia finitud. He amado y me han amado, he sufrido y quizás he hecho sufrir, he sido útil a los demás, mi vida ha tenido un propósito, no hay ningún problema, no puedo pedir más”.

También escribí “No siento rencor hacia nadie, aunque soy consciente de quién tiene la responsabilidad de que todo sea ahora tan difícil, sobre todo a nivel nacional. Como ya dije en su momento, se ha hecho “little and late”, y estamos pagando por ello un precio altísimo. Ignoro si aprenderemos como sociedad de esta época tan difícil de nuestro país y nuestro planeta”.

Voy finalizando por hoy, jueves de nuestra segunda semana de confinamiento. Continuemos cada uno haciendo lo que nos toca en el lugar y momento de nuestra historia en que nos ha encontrado la epidemia más grave desde la de gripe de 1918. Ese es nuestro compromiso, nuestro deber, nuestro servicio a nuestros semejantes y nuestro país. En ocasiones conmovidos por las imágenes que nos llegan (se me caían las lágrimas con el vídeo de esa patrulla de la UME en Huesca, que escucha el himno nacional que les pone el vecino, detienen el vehículo y el conductor se cuadra y saluda militarmente); a veces indignados ante lo que vemos y escuchamos; oscilando a veces velozmente entre risa y llanto, desesperación y expectativa … es tiempo de apoyarnos en nuestras convicciones más profundas, la fe y el amor son dos de ellas. Como con todo lo profundo y más en estos momentos difíciles, no es el sentimiento lo que nos sostendrá, sino la convicción. La fe y el amor son apuesta, trabajo, pelea cotidiana por creer que Dios nos quiere y todos somos hermanos.

Sigamos haciendo lo que debemos hacer, apoyándonos los unos a los otros, rezando por el país, por el mundo.

2 Responses to “Reflexiones en estos duros tiempos”

  1. Sabemos que hay mucha gente que nos quiere , nos apoya y piensa en nosotros. Eso nos mantiene y nos da fuerza.
    Animo

  2. Siempre adelante. Estamos en las manos del Señor

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