Otra ronda

Otra ronda 1

 

Otra ronda, de Thomas Vinterberg era la clara favorita para alzarse con el Oscar a la mejor película internacional y finalmente consiguió el premio. Una historia sobre un grupo de hombres en crisis existencial y el problema a menudo invisible del alcoholismo, que bien puede servir como iniciación al cine europeo para los cinéfilos neófitos.

 

 

Otra ronda 5Mucho se ha escrito sobre la relación entre el arte y las drogas. Independientemente de la base científica de esta sospecha, es un hecho que no son pocos los artistas que han alumbrado grandes obras bajo los efectos de algún tipo de sustancia. Quizás en ello se inspira el psiquiatra, Finn Skårderud, autor del estudio que nombran en la película, que plantea que el cuerpo humano tiene un déficit de alcohol y que, por lo tanto, bastaría con compensarlo para optimizar nuestro rendimiento laboral y en la interacción social. Los protagonistas, un grupo de profesores de instituto sumidos en mayor o menor medida en la rutina, el hastío o la crisis existencial; deciden comprobar en su día a día esta aparentemente alocada teoría. De primeras el resultado parece plenamente satisfactorio, pero poco a poco se les acaba yendo de las manos.

Otra ronda 2La película no deja de ser una nueva aproximación a cómo el alcohol desencadena una espiral de autodestrucción, pero se aleja de cualquier trama romántica al estilo de la reciente versión de Ha nacido una estrella (Bradley Cooper, 2018) o de la crudeza despiadada de ese clásico moderno que es Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995). En esta ocasión algunos toques de comedia alivian el drama, cuyo final podía haber sido mucho más trágico. Pero no es esa la intención del realizador, que rueda con sobriedad y manteniendo un distanciamiento afectivo, probablemente buscando contar esta experiencia pseudocientífica con la mayor objetividad posible. El trabajo tras la cámara de Thomas Vinterberg es discreto, lo que quiere decir que durante el visionado su labor no eclipsa lo más importante: la historia. No obstante, al finalizar la película y saborear el poso que deja, es cuando uno comienza a apreciar todas las buenas decisiones del cineasta. El cofundador del revolucionario (y casi olvidado) movimiento Dogma 95, se reafirma como un realizador contundente. Esta forma de rodar, sin manierismos ni fisuras, dota a sus obras de un empaque realista con el que consigue sutilmente arrastraste hacia una ficción cuyo tercer acto siempre cumple las expectativas en cuanto a resolución de conflictos e intensidad emocional.

Otra ronda 4Esta no es la excepción y el final nos regala una escena memorable que ha generado mucha controversia. Algunos han querido ver en ella una vuelta del protagonista a su esencia perdida y una especie de celebración de la vida. Entre ellos, por supuesto, los publicistas, que reconocieron en esa interpretación más posibilidades comerciales. Para otros se trata de un ejemplo más de las consecuencias de la ingesta excesiva de alcohol que, pese a no tener consecuencias fatales en esta ocasión, confirmaría la rendición del protagonista a la bebida y, sobre todo, la peligrosa normalización de la embriaguez por parte de ciertos sectores de la sociedad. Lo cierto es que, al margen de la intención original del autor, las dos lecturas son posibles. Personalmente, creo que esta ambigüedad encaja mejor con el desarrollo de la película. Resulta sencillo comprender las motivaciones iniciales de los cuatro amigos e incluso la excitación por su experimento amateur; pero como espectadores en todo momento intuimos las consecuencias negativas de sus actos. Por otra parte, ¿quién no ha consumido alcohol socialmente? La película habla de un comportamiento que no nos es ajeno y, probablemente, también por eso no es tan fácil juzgar a los personajes. Otra ronda 3La secuencia final y su incierta interpretación consigue confrontarnos con la dimensión moral de esta historia. Quizás las dos lecturas no sean excluyentes y conformen una paradoja como la de los efectos del alcohol en el ser humano.

 

Nota: 7,5/10

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