“Patria” e Ignacio de Loyola

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La literatura, probablemente, contiene un elemento reparador y sanador necesario para superar la losa de muerte a la que se ven abocados determinados conflictos. No es, sin duda, el único factor decisivo para la sanación pero puede ayudar de manera suave y sugerente.

La narración de Fernando Aramburu en “Patria” es una manera de narrar nueva. Porque además de los diálogos, los personajes entran y hablan como si fueran el propio narrador, cosa que agiliza e inserta al lector en la historia. Un tema presente en esta novela, que gira en torno a dos familias de un pequeño pueblo, enemistadas incomprensiblemente por la ideología y la violencia en el País Vasco, es el de Dios: los que creen, los que dudan, los que se enfadan, los que cambian de banco en la iglesia porque no entienden la suerte de los acontecimientos…

Uno de los personajes protagonistas, Miren, una fuerte mujer, con carácter y resolución, la vemos continuamente en diálogo con san Ignacio de Loyola. Cuando va a la iglesia, le trae sin cuidado lo que dice el cura, don Serapio, un personaje que aparece tendencioso y, desde luego, muy lejano al valor que encarna el santo vasco, colocado en uno de los laterales de la iglesia del pueblo, “a media pared, sobre una ménsula”. Y, como la misa se la sabe de memoria, mejor dialogar con Ignacio, del que se dice en la novela que tenía más intimidad que con su propio marido.

A Miren le preocupa especialmente el encarcelamiento de su hijo Joxe Mari, que se encuentra en una cárcel de Andalucía, acusado de varios actos terroristas. Además, aparece como un tipo duro al que el encuentro con las víctimas, de su entorno más inmediato, también le van a hacer cambiar en sus rígidas posiciones ideológicas. Al santo le pide continuamente “que velara por su hijo, que lo cuidase ahora que ella no podía hacerlo”.

La ama Miren habla en la iglesia y también en casa con su santo: “Miren, sorbos a una taza de tila que se había preparado precipitadamente, invocó a san Ignacio en solicitud de protección y consejo. Y mientras pelaba ajos para incrustarlos en la carne de un besugo, se santiguaba sin soltar el cuchillo”. Es decir, es parte de su cotidianidad.

La extraordinariamente perfilada matriarca vasca se encuentra también con el drama de separación y enfermedad que vive su hija Arantxa. Por lo que no duda en rogar enérgica al santo de Loyola el escarmiento de su yerno: “Ignacio, te pido que lo castigues, tú verás de qué manera. Y luego dame a mis nietos y sácame a Joxe Mari de la cárcel. Si me concedes todo esto, ya nunca te pediré nada. Te lo juro”. Concibe al Fundador de la Compañía de Jesús con un poder extraordinario, casi divino, “en representación de Dios”, incluso con un perfil castigador que puede ser más fruto del agobio en que vive que de los rasgos que se desprenden del santo religioso vasco o del Abba que nos muestra Jesús en el Evangelio. Tiene a Ignacio tan cercano que es “paño de lágrimas” y su única vía de “escape” y confianza en el complejo entramado en el que se desarrolla la vida de este personaje. Desde luego, es lícito acercarse a los santos para presentarle nuestros deseos a Dios, porque el ser humano alberga una real necesidad de intercesión, magníficamente dibujada en las páginas de “Patria”.

A mí se me venía continuamente, mientras leías las múltiples referencias a Íñigo de Loyola, la imagen de Ignacio que nos transmite uno de sus biógrafos recientes, el también jesuita José Mª Rodríguez Olaizola en “Ignacio, nunca solo”. San Ignacio es un santo actual, un hombre activo, batallador, frágil y fuerte al mismo tiempo, tenaz; con un carácter arrollador, capaz de movilizar a otros; atento a su mundo, práctico, conocedor de las personas y buscador infatigable de Dios. El que dejó las armas por empuñar la bandera de Cristo.

Al final de la novela hasta Joxe Mari, el “despiadado” terrorista en un proceso de transformación, ve posibilidades de cambio en su familia, en su madre y en él mismo, poniendo la mirada en Ignacio: “Supongo que la ama, tan devota de Ignacio de Loyola, sabrá que también el santo fue en su juventud un hombre de armas. ¿Mató? Joxe Mari anduvo buscando el dato en una enciclopedia que había en la biblioteca de la cárcel. No lo encontró, pero lo daba por seguro. Mató y esa santo. Mató y estará en el cielo”.

Me parece que el eje de Ignacio de Loyola que atraviesa sobre todo a Miren es un acierto. A mí, desde luego, me alegra muchísimo, por lo que sigue suponiendo de referente en la sociedad actual. San Ignacio y otros muchos santos nos muestran el testimonio de seguidores de Jesús con los pies en la tierra que lo apuestan todo por Dios y por los otros. Hasta las últimas consecuencias. De ahí que más que estar en una peana, nos acompañan en el camino y se convierten en una amistad a veces incómoda, porque no nos dejan en paz hasta que viramos por el buen camino. ¡Gracias, Fernando Aramburu, por tu novela y por el “guiño” hacia el gran santo de Loyola!

Fernando Cordero ss.cc.

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