“El Terrario: una nueva luz”

           El TErrario

He de reconocer que “Jilgueros en la cabeza”, la primera novela de Carmen Guaita, me ha inspirado y contagiado con su encanto. Sin duda, una gran obra. Pero su segunda gran aventura literaria, la supera con creces. El estilo de una mujer elegante como Carmen nos ofrece unos nuevos registros en la vida de Juan Arnabal, un millonario empresario vasco nacido en la pobreza de una aldea minera, un hombre luchador que se ha hecho a sí mismo. Hasta el sonoro apellido vasco del protagonista suena bien, con musicalidad.

            La acción se desarrolla prácticamente en una semana -una semana “re-creadora” para Arrabal- por donde van pasando delante del empresario unos intensos encuentros que van desde el General Franco a reconocer sus fallos ante su esposa Magda de Valdeaux, noble de cuna y sobre todo por coherencia, bondad y comprensión, que afronta la muerte con singular entereza. Encuentros que van transformando al personaje, que le hacen entrar en sí mismo, reconciliarse con su infancia, con la memoria de un padre violento y soñador, con un hijo no reconocido de su primer amor que le reprocha el haberle dado la espalda, con otro hijo que vive con él y que siente que ni lo conoce ni lo valora, con unas personas que están a su servicio y que desconoce completamente…

            El nombre de la obra hace referencia a las lagartijas que acompañaban a Juan en su infancia, a La Cobra en la que se convirtió para subsistir en plena guerra civil para labrarse un prometedor futuro con el contrabando, a su espacio más personal en su gran mansión y, también, al símbolo de la violencia que a través de ETA sacudirá a la tierra vasca y a los pueblos hermanos. Tiene el título un punto de ternura: son tan importantes los recuerdos, el hacer memoria para Juan Arnabal. Esa memoria se va sanando conforme vamos conociendo el desenlace de las páginas. Es posible la sanación. Es posible que los errores que se generan en las familias no se perpetúen. Es posible ser libre y vivir en paz. Es posible confiar en la bondad del ser humano. Es posible un proceso de transformación cuando se reconoce y desecha el mal que no nos deja hacer el bien que queremos.

            Carmen entra en la personalidad de los personajes con delicadeza, nos los muestra con el arte de quien conoce el corazón humano y sabe mirar y escuchar. Esta historia es imposible para quien no tenga capacidad de contemplación, de análisis y apuesta por las utopías. Poniéndonos delante diferentes opciones éticas en el viaje vital de Juan Arnabal no cae en el moralismo fácil ni en pintar las infidelidades del protagonista de manera grotesca. Hay en toda la historia un punto de elegancia que nos hace valorar al rico empresario desayunando a solas en el tazón de siempre de su humilde cuna. Pintar la pobreza, los orígenes, incluso la violencia y la muerte con la dignidad de esta escritora es profundamente esperanzador para nuestro tiempo.

            En estas páginas no faltan guiños a la ternura, de la hermosa galga, Níobe, que se acurruca en los pies del fornido Arnabal, en los diálogos con su cuñada Paz Valdeaux, donde descubrimos la hondura de las personas con discapacidad, en constatar cómo el odio y la envidia corroen como le sucede al chófer que está al servicio de la familia Arnabal Valdeaux.

            Carmen nos envuelve con sus descripciones en la geografía del País Vasco, de Madrid y de la querida Isla de León, la blanca ciudad de San Fernando en Cádiz. No vamos a desvelar el final pero la geografía también juega un destello importante de luz en la narración. A raíz de las famosas salinas de San Fernando uno de los personajes hace esta reflexión: “Yo me preguntaba cómo era posible que la sal se despidiera del mar, si estaba tan a gustito con él, si la llevaba de viaja pacá y pallá por todo el mundo. Hasta que me di cuenta de que la sal no decía ni pío y que era el mar quien se marchaba. Cuando uno dice que se va es porque lo que tenía o creía tener se le ha ido”.

            ¿Puede un hombre cambiar de rumbo y revivir? En el diálogo con su hijo Ramón nos revela su viaje: “De todas maneras me voy a ir. Regreso para disponerlo todo. El gran juego de la vida es pervivir o desaparecer, me dijiste. Creo que no es ese el orden da las palabras. Voy a desaparecer porque quiero pervivir; mejor aún, vivir de nuevo”.

            Leer el sufrimiento de “Patria” de Aramburu, me ha sumergido en el complicado entramado de la división y la reconciliación. Leer a Carmen Guaita me ha devuelto la ilusión por creer que es posible la reconstrucción, el reinventarse y revivir en paz. “La gente solo quiere vivir en paz, afirmaba, y para Juan era una certeza edificada sobre los actos y las decisiones de su propia vida”.

Fernando Cordero ss.cc.

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