Ante pentecostés: el deseo orante

¿Qué dice el Espíritu a la Iglesia del confinamiento…? Un pentecostés para la confianza y la esperanza en la promesa de un mundo y una humanidad nueva. Enraizados en Cristo, por la fuerza del Espíritu, para vivir una esperanza viva y confortar a nuestros hermanos en toda tribulación.

POR EL ESPÍRITU, PARA SER DE ÉL

Pentecostés

 Dios, en Cristo, nos ha amado primero, dejarse llevar por esa corriente de amor único encierra toda la ley y a todos los profetas, porque el que ama tiene todo cumplido. Y lo sentimos cuando, cada mañana, en el mundo se levantan millones de madres y padres que, ilusionados y esperanzados, movidos por el espíritu del amor, abrazan a sus hijos, los cuidan, los alimentan y los ponen en pie para que crezcan y avancen como personas en medio de la historia. No hay duda de que el amor está siendo más fuerte que la muerte, el bien que el mal, dentro de las dificultades de la historia, que hoy se llama pandemia para nosotros. Saber mirar la historia esperanzadamente, porque creemos que su palabra se cumple, es lo propio de los cristianos, y es lo que el mundo necesita de nosotros. La Iglesia ha de ser fuente en medio de la plaza pública de la historia y del mundo, donde todos los vecinos puedan venir a beber de balde y satisfacer la sed amor y vida que nos habita a todos los que somos imágenes del que sólo es Amor. Así lo relataba en la homilía del pasado domingo mi compañero de la parroquia que ha estado al frente del albergue en Badajoz, donde se han ubicado los sin hogar, cómo agradecían,  y se marchaban llorando, emocionados, porque el confinamiento les había hecho sentir un hogar, un cuidado, amor y escucha gratuita en sus vidas rotas. Lo mejor de lo peor.  En este pentecostés, bebamos en el Espíritu del Resucitado y en las estampas donde se proclaman los sentimientos profundos de una humanidad nueva.

Somos la Iglesia del Espíritu Santo, del Espíritu de Cristo Resucitado. Ahora es el momento de acabar con todos los miedos y los temores para vivir eternamente desde la confianza. Ojalá esta experiencia de debilidad y confinamiento nos lleve a comprender dónde ha de estar nuestra confianza y nuestra esperanza verdadera.  En medio de este mundo, siempre tentado por un poder y una riqueza miedosos y encerrados en su deseo de seguridad, la Iglesia está llamada a abrir todas sus puertas y ventanas para que el Espíritu que ha recibido, se haga extensivo para todo el mundo y toda la creación. Ella no puede ser frontera cerrada para la libertad. Hoy, ha de abrirse al impulso del Espíritu que le dice que ha de ser «Iglesia en misión, en salida, compasiva, generosa, de perdón y sanación, de fuerza para los débiles y denuncia para los injustos y los inmisericordes», para llamarlos a la conversión de corazón. Pentecostés desea manifestarse hoy en todos los que hemos sido bautizados en el Espíritu de libertad, que ha vencido todos los miedos y los temores que hieren el corazón de lo humano. La Eucaristía, la liturgia de hoy, quiere prolongar el único Pentecostés del Resucitado. Por eso, una vez más, nos dará a comer su Cuerpo y su Sangre. Y así, nos da su propio Espíritu: para que no desfallezcamos en la misión y para que nuestra fuerza sea, aún mayor, que toda nuestra cobardía.

Ojalá en nuestro confinamiento hayamos profundizado en qué y en quién ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza y nos hayamos convertido con profundidad al Dios de la vida, a nuestro principio y fundamenta. Ayer un feligrés me comentaba cómo había pasado treinta días encerrado en una habitación del hospital, temiendo que lo entubaran, que tuvieran que llevarlo a la UCI, me hablaba del silencio total hecho en su vida y cómo había enraizado en Dios de un modo único. Desde la mayor debilidad y dependencia, en el mayor de desvestimiento posible de lo humano y lo mundano, su relación con Dios y su confianza en él se había renovado de un modo nuevo. Ahora siente el deseo, no sabe cómo, de poder dar testimonio de su vivencia de Dios, porque no se puede imaginar lo que ha de ser pasar por este valle de lágrimas sin tener un fundamento, un absoluto al que referirse, una razón para seguir esperando, un amor para confiar más allá de toda desesperanza y desconfianza. Juan Enrique ya no habla de tener espíritu, sino “ser de Él”. Que el Espíritu venga sobre nosotros, sobre toda la humanidad, para romper todo confinamiento a la gracia y al amor, a la entrega por un mundo lleno de justicia y fraternidad.

Nos unimos para pedir el Espíritu ante Pentecostés, deseando lo que más necesita la humanidad hoy:

Ven Espíritu divino…

 

Volver al templo? mejor a los orígenes de vida y esperanza.

Volvamos a nuestros orígenes de vida y esperanza: “…estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”  (1 Pe 3,15). Necesitamos la vinculación en Cristo resucitado para poder vivir en la esperanza.

“No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14,18)

orfandad

La mayor orfandad en lo humano es un vivir sin espíritu, deshabitados. Lo sentimos en estos días de duelo y de dolor confinado, de búsqueda en nuestro interior de motivos y razones para la esperanza, para el sentido de lo que nos traemos entre manos, en nuestro pensamiento y en nuestro corazón.  Cristo resucitado no nos abandona, nos concede su espíritu, para que nos sepamos habitados, acompañados y queridos. Él nos invita a la confianza en el Padre y vivir en la calma de los que son amparados por la bondad y la buena noticia de la salvación. En un mundo desesperanzado y desanimado, donde falta el espíritu, Cristo nos siembra para que tocados por su espíritu podamos devolver la esperanza, dar razón de ella a los que más lo necesitan. El camino de la Esperanza pasa por el encuentro de una humanidad que acoge y sana, que vincula e incluye, que reconoce dignidad y sienta a la mesa a todos para compartir el mismo pan. Hemos sido elegidos como misioneros de la esperanza divina y para ello, Cristo Resucitado nos adentra y adopta en su Espíritu.

La orfandad de lo humano nos hace huella y herida en estas circunstancias que avivan nuestro estado de salud integral. Vivimos en un mundo en el que para muchos “Dios ha muerto”. Se trata de un mundo sin referencia a Dios, estamos en una época donde ya no se cuenta con Dios para fundamentar las lecturas que cada cual hace de la realidad, de los valores, de la vida. Dios es el gran ausente en la vida cotidiana, y no solo de los no creyentes, sino también de los creyentes. En cada uno de nosotros parece que, en lugar de vivir el Espíritu del Resucitado, habita el espíritu de la derrota, de la apatía, el conformismo, la desesperanza. “Hay cristianos, dice el Papa Francisco, cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua” (EG 6).

Quizá, como manifiestan algunos autores, estamos bajo el síndrome de María Magdalena. El síndrome de esa mujer que vive llorando, sumida en el dolor y la nostalgia de los recuerdos de un Jesús que ha muerto. Se trata de una mujer que amó mucho a Jesús y que ahora sólo intenta recuperar su cadáver. Lo único que puede hacer es encerrarse en su interior viviendo de los recuerdos pasados, ya que el mundo exterior es cruel, hostil: han matado a Aquél que ella más quería, al Señor. Y ahora nos morimos en la mayor soledad, orfandad total sin despedida aparente, nuevamente el sentimiento de la injusticia del sufrimiento inocente.

Este síndrome sumerge en el miedo ante el mundo, nos lleva a encerrarnos en los ámbitos cálidos de los templos, a vivir sin esperanza alguna, lamentándonos y condenando al mundo. Incluso recurriendo a apocalítpicas sectarias, y persecuciones de ultimidad. Sufrimos vivencias de temor, miedo, pánico, encerramiento, desasosiego, angustia, aflicción, cobardía, desconfianza, alarma… “No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado” (Mc. 16,6)

El miedo nos paraliza y nos impide reconocer al Señor presente entre nosotros. María Magdalena era incapaz de reconocer al Señor muy cercano de ella, estaba vivo; pero era necesario reconocerlo en el jardinero, en el compañero de trabajo, en el pobre que pasa junto a ti, en el anciano, en el joven sin empleo…Se presenta inesperadamente, el Resucitado viene a visitarnos (tal vez en el rostro de un desconocido o de alguien que está caminando hace mucho tiempo con nosotros). Será Él quien a través de esa presencia escondida venga a curar nuestras ansias y temores y traiga paz a nuestro corazón dividido: “¡No temáis” (Mt.28,10)!

 En estos momentos históricos y de trascendencia, no hay que buscar como María Magdalena a un cadáver, hay que buscar al Dios vivo entre nosotros, buscar a Dios con todo el corazón: “Me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón” (Jer.29,13). Dios en Jesús Resucitado ha salido a nuestro encuentro, está entre nosotros, y ahora somos nosotros los que hemos de encontrarlo, verlo, tocarlo, escucharlo. “Hoy, en este “id” de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia y todos estamos llamados a esta nueva “salida” misionera” (EG 20).

  Tenemos una razón para la esperanza, un porqué para vivir: Cristo ha resucitado. Está en el camino de la vida, de lo diario, de lo sencillo. Se trata de adentrarnos en lo de cada día con el espíritu del resucitado, mirando lo que hay de amor y de entrega, todos los signos que provocan en nosotros razones para seguir viviendo y amando. La condición para el encuentro es salir y buscar, dejarse llevar por la sed de lo auténtico y no darse por vencido ni encerrarse en la oscuridad de uno mismo o del mundo. El oficio del creyente, del seguidor de Jesús, es rastrear su huella resucitada en medio del mundo y una vez encontrada señalarla con gritos de esperanza para que otros muchos puedan abrazarse y vincularse a ese hombre nuevo que es Cristo Resucitado. Hoy nos toca en medio del mundo, con todos los hombres, dar razón de nuestra esperanza y hacerlo desde el crucificado, en medio del duelo nos está dando señales claras de que está presente con su espíritu de humano resucitado. Que puede estar resucitando una humanidad nueva en las cosas más diarias y más sentidas de este dolor y este confinamiento.

Volvamos a nuestros orígenes de vida y esperanza: “…estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”  (1 Pe 3,15)

Vinculados en Cristo, camino, verdad y vida

¿ El camino? Andamos desorientados… ¿La verdad? Estamos confundidos…¿La vida? Nos sentimos amenazados, tenemos miedo…  Necesitamos encontrar el norte, el sentido, la razón profunda para vivir. En medio de esta noche, nos alienta la sed y nos puede calmar tu Palabra de vida y resurrección. La comunión contigo que nos acoges, nos autentificas y nos das tu amor vivo y entregado para que tengamos vida en abundancia y sintamos que nada nos puede separar de tus manos y tu corazón traspasados por la misericordia.

Jesús, camino, verdad y vida

camiino

Nuestra vida es relación, no podemos vivir sin el mundo, sin los otros y necesitamos la profundidad del absoluto que siempre permanece en nosotros como interrogante y sed permanente. Necesitamos camino para el encuentro, verdad para caminar y vida para compartir. Pero nosotros no somos el camino, la verdad y la vida, por eso lo buscamos insistentemente de un modo y otro. Cristo resucitado se hace camino en su humanidad, verdad en su relación y vida en su vinculación con la creación, con la humanidad y con cada persona que se abre a su Espíritu en el encuentro. En estos momentos de dolor humano, de desorientación generalizada, de vida amenazada, nosotros podemos ofrecer con humildad la clave de sentido que nos llega en este evangelio de resurrección. Resuena dentro de nuestra debilidad y pobreza la llamada a sembrar la esperanza de la resurrección:“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). 

Cristo Resucitado, en el evangelio dominical, se nos ofrece como un camino realizado en la presencia del Padre, que conduce a plenitud por veredas de obediencia, amor entregado, vida donada. Nos presenta la verdad vivida como coherencia en la humildad de fiarse del único fundamento vital que ha sido la voluntad de su Padre, como fuente amor y de gracia. Él ha vivido vinculado al Padre, no ha hecho nada sin Él. Y nos habla, con su existencia, de una vida sencilla, vinculada con toda criatura, que se recibe como don y se agradece entregándola, porque así se hace eterna en el corazón de lo divino.

 Quien se encuentra con el Resucitado no puede ocultarlo. Quien experimenta en su vida a Jesús “vivo”, siente la necesidad de darlo a conocer, de interconectarse, vincularse de corazón y de vida para hacer caminos juntos y juntos buscar la verdad, no la de cada uno, de su ideología, sino la de la verdadera humanidad que se nos ha revelado en el amor entregado, en el pan partido.

El hombre, vinculado a los sentimientos de Cristo, el que ha convivido con él, contagia lo que vive. Se convierte en testigo. Esa fue la experiencia de los discípulos de Emaús, que contaron “lo que les había acontecido en el camino y cómo lo había reconocido al partir el pan” (Lc 24, 35) o de Magdalena que fue corriendo donde los demás discípulos para decirles: “he visto al Señor” (Jn 20, 18).

 Encontrarse con Cristo resucitado, es descubrirse uno a sí mismo en la verdad y en el amor, entender que la pequeñez de lo diario está ya en el camino de lo eterno, y que el que ha encontrado la vida, ya nada ni nadie nunca se lo podrá quitar. Nos hemos encontrado con Cristo y ya vamos caminando con él hasta el Padre, guiados y animados por su Espíritu. Ahora en este tiempo de crisis y de angustia, de necesidad de salvación, de salud integral, es necesario nuestro encuentro profundo con Cristo, nuestra convivencia diaria con él. Ahora es momento de vivir nuestra misión sin ambigüedades, en comunión verdadera con lo humano.

 En esta sociedad de la comunicación, en este momento de confusión y confinamiento, en esta pandemia tan simbólica del hombre y del mundo, no se necesitan más palabras y discursos. Se necesitan testigos de la vida, de la esperanza y del amor.  Pasar del contacto a la verdadera vinculación. No basta estar contactados, hace falta darnos cuenta de que estamos interconectados y que la vida está en la vinculación profunda de pertenencia mutua y de cuidado universal. Sólo hay un camino, una verdad, una vida… interconectada y vinculada. La hemos de buscar y encontrar juntos, nadie la posee ni la domina, es de todos y todos la necesitamos.

La alegría esperanzada, que experimentamos en el encuentro con el Resucitado, es una alegría misionera, que nos lleva a entrar “en la dinámica del éxodo y del don, de salir de sí, del caminar y sembrar” (EG, 21). Es necesario salir al encuentro, buscar a los lejanos, llegar hasta los cruces de los caminos para invitar a los excluidos de nuestra sociedad y sembrar semillas de vida y resurrección. Una siembra que hemos de hacer gratuitamente: “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis” (Mt 10, 8). Vinculación total desde una presencia evangélica en nuestros pueblos y barrios para revelar que el Señor está entre nosotros, que habla, que ama y que camina con nosotros. El evangelio nos muestra hoy una interpelación, al llamarnos para ser testigos del camino, de la verdad, de la vida que se nos ha dado en el crucificado que ha resucitado, venciendo toda pandemia de dolor y sufrimiento físico y moral en el mundo. Ahora es el tiempo propicio para ser testigos de que el crucificado ha resucitado y vive para siempre. Lo hemos encontrado y sabemos que pertenece a toda realidad humana y natural. Él es nuestra esperanza y la humanidad lo busca y lo necesita.

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Pastores de lo humano y de lo común -del nosotros-

La humanidad necesita pastores de lo sencillo y de la entrega. En esta situación se nos está revelando que es lo esencial e importante, lo necesario. Hoy como nunca se nos desvela que no hay otro camino que el “nosotros”, fundado en la armonía del amor creador y creativo, lleno de ternura. Lo que se centra en el “ego”, personal o patriótico, en poder y en riqueza, lleva a la muerte y la destrucción. ¿Dónde están y quienes son los pastores de la humanidad que conducen al nosotros de una ecología integral, de una armonía total y global?

Habrá un solo rebaño y un solo pastor…

“Os daré pastores según mi corazón”

Pastor

La realidad nos ha hecho evidente la verdad del amor y del acompañamiento. El descubrimiento del nosotros se hace a marchas forzadas, ha sido el mal que desvela nuestra vulnerabilidad quien nos ha despertado a la comunión, a la red de lo humano, a la necesidad del otro, a la construcción del nosotros, sin el cual no hay salvación. ¿Pero dónde está el fundamento que lo sostiene, la verdad que lo ilumina, el amor que lo dinamiza?

Nosotros creemos en el amor fundante y primero, que dio vida y razón a toda la creación, lo hico como un todo para la armonía. Ahí está el paraíso en la paz, serenidad y alegría de la armonía. La naturaleza, el hombre y Dios, con una corriente de donación y voluntad sin medida. Lo hizo de la nada y porque su amor lo conducía. Cuando la realidad se abre al amor de la armonía en lo comunitarios, entonces, se despliega la vida sin límites, amanece la justicia y nos alimenta lo digno y lo bello. Cuando la corriente de donación y de amor, se rompe por la separación de un ego idolatrado llega la desgracia, la mentira, la injusticia y la muerte. Es entonces cuando queremos volver a la fuente, a por el agua de la vida, a por los pastos que nos reúnen de nuevo en el verdadero rebaño de una humanidad que se hace nueva y vuelve por los caminos de la reconciliación y de la verdadera fraternidad.

Hoy necesitamos volver a esa corriente de la armonía, de la ecología integral, del nosotros universal y amado, del rebaño reunido y sanada. Necesitamos un pastor que nos de la vida, que nos alimente, sane, anime, conduzca, pastor de lo natural, lo humano y con amor divino. Y nosotros lo hemos encontrado en Jesucristo, en su humanidad, en su cuerpo entregado, en su agua llena de vida que quita la sed para siempre, en su evangelio lleno de alegría para la historia. Hoy toca contemplarlo y seguirlo.

Past

Da la vida por sus ovejas, no hay otro Dios más cercano. En la persona de Jesús hemos descubierto la ternura y la vinculación extrema en el amor, Él es el buen pastor. No hay nada en nosotros que le sea ajeno o indiferente, vive por nosotros y para nosotros. Resucitado está entre nosotros y lo hace como el que sirve, para que tengamos vida abundante.

 La aventura digna para nosotros es estar en su rebaño, seguirle, comer sus pastos, descansar en su redil y entrar y salir por El, que es la única puerta válida. La puerta de la verdadera comunidad que genera salvación e integra a todos para que nadie se pierda.

 El amor integra y cura, el buen pastor genera una red de encuentros y vida entre nosotros, vínculos sagrados y eternos. Abrir nuestros corazones a su voz es romper límites y hacerse universales, sobrepasar el individualismo con la fuerza de la generosidad y de la comunión.

Un solo rebaño porque uno sólo es el pastor, una sola es la vida que se nos da gratuita y que pertenece a todos. Cómo no bendecir hoy a ese buen pastor por toda la humanidad que, en esta briega de noche pandémica, conducidos por los silbos amorosos de este Cristo, se han hecho pan de vida, agua sanadora, luz y consuelo de los sufrientes. Dios, en Jesús, sigue dando pastores de humanidad a la tierra y a la calle, al campo y a la ciudad, los hay en todas partes, allí donde una persona cualquiera, en lo más anónimo y oculto, hace un gesto de entrega y de construcción del nosotros más allá de su propio interés y propio ego, allí está el buen pastor.

Entra y quédate con nosotros…

La noche está servida y Él está a la puerta…

Él, resucitado, sueña despierto con su cuerpo la Iglesia, con su familia comunitaria, y hacer soñar al anciano papa Francisco para que le ayude a llamar a nuestras puertas, nos trae un espíritu que ilusiona y envía. Trae alas de altura y libertad, de vida nueva, para un confinamiento de salvación.
casas

Las casas habitadas, las ventanas abiertas, los balcones llenos de aplausos, pero todos confinados… y hay alguien que se para en la puerta y llama, que desea estar con nosotros porque la tarde está avanzada y la noche la tenemos encima. Solo entrará si nosotros le abrimos las puertas de nuestra vida para que nos habite con su presencia iluminadora y transformadora. Él sabe de crisis y oscuridad, de miedos y debilidades, de abandono y soledad, de muerte sin razones, pero sobre todo sabe de vida nueva, de nacer desde lo alto, de vencer la muerte con amor. Y quiere entrar en el corazón de su propia iglesia, de su comunidad, del verdadero templo, de cada cristiano, porque estos son momentos para salir, para convertirnos y reconciliarnos con la vida, con la luz, con el verdadero camino, bebiendo en la mejor fuente, donde nace el agua que salta hasta la vida eterna.

emaus

Él, resucitado, sueña despierto con su cuerpo la Iglesia, con su familia comunitaria, y hacer soñar al anciano papa Francisco para que le ayude a llamar a nuestras puertas, nos trae un espíritu que ilusiona y envía. Trae alas de altura y libertad, de vida nueva, para un confinamiento de salvación. No quiere que estemos tristes y ofrece la alegría del evangelio, no quiere que sigamos gritando en la queja desalentadora, sino que entremos en la alabanza, no nos quiere perdidos y nos presenta la alegría del amor, quiere reconciliarnos con la naturaleza para que podamos llamar querida a la que había sido abandona y esquilmada.  Quiere que nuestro gozo sea tal que no podamos estar quietos y necesitemos llevarlo a toda la humanidad y a toda la creación. Nos quiere ilusionados y enviados.

papa

Ilusión y misión, dos claves fundamentales para una iglesia evangelizadora que quiere llegar a los hombres con la verdad de la salvación. El camino se hace largo, a veces duro y cuesta mantener los ojos abiertos e ilusionados para una lectura creyente del cansancio y del fracaso histórico, para este momento de pandemia e incertidumbre. Los creyentes se desilusionan, se acomodan, se aburguesan… y volvemos tristes y cansados, hemos de refugiarnos vencidos por la pequeñez de nuestra propia debilidad y pobreza, por nuestra ignorancia. La acedia se impone sobre nuestros corazones. Y ahí vuelve a ponerse a nuestro lado el espíritu anónimo de Jesús, para compartir nuestro camino, para hacer confinamiento con nosotros, para tocar el corazón, para encenderlo y volver a ilusionarnos con su Espíritu resucitado.

cristo

 La iglesia, cada uno de nosotros, hoy ha de pararse, entrar dentro de nosotros mismos,  hablar con Él, desahogarse con El, invitarlo a nuestra pequeña casa oscura, entrar en el atardecer en su intimidad, y permitirle que meta fuego a nuestro corazón, para que se ilumine la noche y podamos volver a la comunidad y a la calle de la vida ilusionados y con el deseo de despertar a otros muchos que también caminan con tristeza desilusionada, a aquellos que esperan un compañero de camino que les encienda con amor y fe sus corazones. Tú y yo podemos ser los discípulos de Emaús, de ida y de vuelta. Aprovechemos que estamos en casa para interiorizar y acogerle para comer el pan de la vida y sentir cómo nos envía de nuevo, con nuevo amor para darnos y saltar de gozo y alegría en la comunidad de lo humano y de lo natural, con el disfrute del evangelio que se hace realidad en la vida.

Ahora es el momento, la noche está servida y Él está a la puerta.

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La teología evitada ante la pandemia

Si se calla el cantor muere la vida…

(Lo teológico silenciado ante esta pandemia)

En estos días recibo manifiestos calientes, defensores de los sacerdotes, de la iglesia, de los cultos y ritos… como perseguidos y la verdad que siento cierta molestia. No comparto ni el contenido, ni el modo de hacerlo, ni la forma sentiente con la que se expresan frente a algo o alguien. No me siento perseguido, ni obstaculizado, entiendo que puede haber singularidades que sí lo estén sintiendo y lo expresen, pero no creo que sea generalizado. La Iglesia se está moviendo en libertad como siempre para actuar con los más pobres, para rezar y comunicarse, etc. Incluso para andar con las custodias por donde a cada uno le parece, ya lo vemos hasta en las portadas.

Nunca me habían llegado más reflexiones, vídeos, etc… que en estos días con claves religiosas, orantes, reflexivas de orden interior, personal y comunitario. Vamos que aquí no hay ya quien le ponga puertas al campo, gracias a Dios. Y bastante está costando ponerle puertas al virus, en este mundo globalizado, donde todos nos hemos especializado poco a poco, incluso los virus. Ya leía esta mañana incluso que alguno decía que debíamos bajar el tono endiosado que le damos a la naturaleza que es capaz de crear este mal del que tenemos que defendernos a toda prisa y a todo coste. Y al hilo de esta anécdota que no es pura curiosidad, sí me gustaría plantear una cuestión que si me parece de idiosincrasia española y que no ha comenzado ahora, sino que viene de atrás, quizá porque nuestros padres comieron agraces y nosotros sufrimos la dentera, como decía la tesis tradicional de retribución bíblica.  Me refiero al tema de la reflexión teológica en los medios de comunicación social, públicos y privados, será por nuestro pasado y aquellos que comieron agraces en el otro siglo.

Mientras que Alemania e Inglaterra en la prensa y en los medios de comunicación aparecen en las tribunas las mejores reflexiones filosóficas y teológicas en torno a la cuestión del sentido, de Dios, de la esperanza, de la muerte, de la naturaleza, lo humano y lo divino en torno a esta pandemia, aquí se silencia y se retira. Se admiten reflexiones psicológicas, sociológicas, se abren espacios sin fin para políticos que nos hacen proclamas cuasi proféticas, y alabanzas casi culticas y repetidas como mantras de nuestra bondad y educación cuidada a la hora de los telediarios, como si estuviera estudiado el tratamiento que necesitamos como masas para autoestimarnos en el encierro.

Entiendo que bien informados y asesorados por los gurús de la  postmodernidad y los expertos de lo cibersocial. En esto he notado que hasta casi encauzan y animan los aplausos, es en lo que más fuerza están gastando de cara a la ciudadanía, se trata como de un rito religioso diario y lo alzan al grado de casi obligatorio, poniendo como razón las víctimas que se consagran ante la comunidad y se juegan el tipo ante la sacralidad del gobierno y del estado. Los sacerdotes oficiales también están institucionalizados, basta oír las sirenas oficiales y la distribución de todas ellas en todas las ciudades, algo menos en los barrios empobrecidos quizá porque allí no hay balcones, ni terrazas. Y no piensen que soy detractor, que cumplo y muy bien con el ritual, hasta me atrevo a ser quien pongo música en mi balcón para los vecinos, con canciones que considero que tienen algo de mensaje, sin desechar el himno nacional del resistiré en muchas de sus versiones, que ya me suena a padrenuestro.

Reconozco que esto lo puedo decir por lo que sigo en los medios y escucho como reflexiones, así como por experiencia personal. Suelo participar en los medios y escribir en ellos, con buena acogida y buena atención de los periodistas, de los profesionales, pero siempre considero que estamos vigilados –así me siento-  en lo que se refiere a la reflexión explicita sobre lo teológico y lo evangélico, como sospecha y cuidado de que eso puede dañar la libertad del medio de comunicación, su pluralidad, su apertura, su neutralidad, etc… cuando lo que escribo lo firmo yo y lo entrego para consideración pública que puede recibir la respuesta que cualquiera considera razonable. Me suelen mandar a la sacristía como lugar propio.

Es una pobreza que en este país donde resulta que ocho millones de personas semanalmente suelen ir a la eucaristía, escuchan el evangelio, la reflexión oportuna, amén del sentido de comunidad y de deseo de construir un nuevo mundo, un nuevo modo de vivir. Donde un tanto por ciento muy elevado se considera religioso, sin embargo, no esté en lo público la reflexión cristiana de orden filosófico y teológico, que seguro que le interesa a muchísima gente. Sé que hay espacios propios en periódicos y revistas especializadas en ello –que yo utilizo a nivel más profesional y cualificado-, pero eso no justifica que haya sospecha y tanto cuidado en publicar lo que tiene tinte cristiano y teológico pero que plantea cuestiones vitales de lo que está sucediendo hoy. En este sentido envidio países como los que aludía antes, que tienen esa madurez del saber ecuménico y de entender que valen todas las reflexiones que aborden el verdadero sentir humano y que se planteen las cuestiones trascendentales de la vida, de la humanidad, de la naturaleza, del sentido y de la esperanza, porque en ello va el valor de lo humano. Y no creo que haya persecución o rechazo, sino un raro respeto que silencia y acalla el valor de lo teológico, porque puede molestar a algunos, aunque podría ayudar a muchos. Me atrevo a escribirlo porque en estos días muchos me preguntan el por qué no escribo en torno a este tema de la pandemia.

José Moreno Losada.

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Del confinamiento -cenáculo- a la comunidad del resucitado

RESUCITAR A LA COMUNIDAD…

Este tiempo de confinamiento en nuestras casas puede ser laboratorio de salvación y apertura a la verdad de la comunidad. El hombre imagen de Dios, está llamado a ser comunitario, a vivir en fraternidad de criatura con toda la naturaleza, fraternidad humana con todos los hombres, fraternidad confiada y filial con el Padre y en el Hijo. Dejemos que el Espíritu abra nuestros balcones y que el aplauso se haga verdadero en el deseo profundo de construir una comunidad llena de justicia y de paz, de amor para todos  sin dilapidación, ni exclusión.

cuadro1II Domingo de Pascua
No sólo resucitó Jesucristo, sino que con él lo hizo la comunidad. Una vez que Jesús resucita su empeño permanece intacto en el deseo de fecundar la comunidad, de la fraternidad en medio del mundo, que avanza por los caminos del Reino de Dios y su justicia.

La fuerza del resucitado viene en favor de la comunidad para rehacerla y fundamentarla en una roca verdadera, en la fe firme de que el crucificado ha resucitado y vive para siempre. Que la muerte ha sido vencida, que el amor y la justicia han ganado la batalla y ahora todos somos de la vida, el Padre nos ha ganado en su gratuidad de amor extremo en Cristo.

El maestro no se rinde ante el discípulo que fuera de la comunidad se resiste a creer. Lo busca, lo trae al centro de la comunidad, y en ella con un amor infinito le adentra en la experiencia de tocar la muerte vencida para encontrarse con su Señor y su Dios.

Hoy vivir al resucitado es mantenernos en el empeño de una verdadera comunidad en la que cabemos todos y en la que se respeta el camino y el proceso de cada uno en su búsqueda de la verdad y del espíritu.

En estos días que estamos recluidos en el cenáculo por esta pandemia, podemos hacer el proceso de encontrarnos con El, de entrar nuestros dedos en sus llagas y nuestras manos en su costado, para darnos cuenta del dolor del mundo y de los que en medio del dolor se abrazan para consolar, sanar, bendecir, colaborar, entregarse y arriesgar a fondo perdido. Ahí podremos reconocer y recobrar el verdadero rostro del hombre y de Dios.

Ahora que estamos cada uno en nuestra casa, que tenemos que respetar estar recluidos para favorecer a la comunidad, ahora es el momento de convertirnos a la verdadera comunidad en lo humano, lo ciudadanos, lo profesional, lo familiar y también en nuestra fe a nivel eclesial. Recobremos el verdadero sentido comunitario en el que nos hacemos imágenes auténticas de nuestro maestro, él que resucitado siguió empeñado en construir comunidad. Que los aplausos y la reflexión de estos días nos lleven a la verdadera comunidad con la naturaleza, la humanidad y con nuestro Dios. Seres: naturaleza, hombre y Dios

 

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Semana santa en un “espacio nuevo”. La Iglesia no ha cerrado.

Destruid este templo y en tres días lo levantaré…” Ni en este monte ni en el templo, en la vida.Nada ha sido igual, pero todo ha sido especial. Yo me he redescubierto y enriquecido en mi ministerio sacerdotal y en mi modo de celebrar, de evangelizar. Mi compañero se siente tocado por Dios en su experiencia que está compartiendo con los sin hogar. Pero todos los demás, laicos vivos y adultos de estas comunidades, han sido creativos,comprometidos, generosos, atentos, disponibles, receptivos y lo han hecho posible. Creo en la Iglesia que se levanta en tres días cuando se cierran sus templos. Los que saben enredarse para dar vida y esperanzar, los testigos del crucificado que ha resucitado.

TESTIGOS DEL RESUCITADO Y DE LA ESPERANZA HOY

Me llegaba hoy dibujo humorístico con diálogo del diablo y Dios, en el que el primero se ríe diciendo que ha conseguido el virus cerrar todas las iglesias, refiriéndose a los templos,  y le responde el Padre Dios que lo ha conseguido es abrir templos de vida, iglesia en cada casa y en cada familia.  La verdad que es algo de lo que he sentido junto a muchos feligreses de la parroquia en la que suelo ejercer mi ministerio, de la Universidad, de los movimientos de Acción Católica de jóvenes estudiantes y de profesionales, de la residencia de los mayores y muchos otros con los que suelo contactar a partir de los blogs y de Facebook.

La vida

Nos enfrentábamos a un proceso cuaresmal y una vivencia del triduo pascual en una situación que de entrada nos parecía adversa, que lo hacía casi imposible. Pero no fue esta sensación la que se apoderó de nosotros, sino que unos con otros, paso a paso, intento a intento, ensayo a ensayo, hemos ido cogiendo forma y hemos notado como en cada casa, hemos llegado a muchos niños, a algunos jóvenes, a los matrimonios, y de un modo más continuado a los miembros de la comunidad que siempre están más al tanto de las responsabilidades y de los compromisos, adultos de cáritas, liturgia, catequistas, animadores, profesionales,etc.

Yo me he sentido muy acompañado y en equipo para poder animar lo que iba surgiendo del propio espíritu, he contado con personas que han estado siempre disponibles para ver cómo podíamos llegar, acompañar, animar y ayudar a lectura creyente del momento que estamos viviendo. Y sobre todo poder hacerlo desde la vida y la experiencia de la gente, así como de su oración y de su celebración.

Mi compañero y párroco Paco Maya,  delegado episcopal de Cáritas diocesana, se ha puesto, junto a otros voluntarios arriesgados, en frontera radical coordinando y apoyando el albergue de los sin hogar, dándolo todo,  donde han tenido hogar los que nunca lo tienen. Cáritas, con la colaboración de instituciones políticas y sociales, está dando lugar a la vivencia de una pasión esperanzada allí donde están los más últimos y desatendidos de la sociedad.

cruz

Me decía Paco, que lo que estaba viviendo era único, una verdadera experiencia de Dios. Sentimientos que ha ido compartiendo con toda la comunidad, lo que nos ha ayudado a estar cerca de esta imagen de Dios tan sacramental y directa que llenaba demás el vacío de los pasos de cruz y de pasión. Nos impresionó la oración que los acogidos en dicho albergue hicieron ante la cruz el viernes santo y que pudimos contemplar en algunos de sus testimonios.

Junto a esta cruz hemos tenido contacto y comunión con signos de tensión y de lucha, de apuesta por vivir desde el evangelio en medio de esta pandemia y todas sus dificultades y dolores: Gerente de salud en el área de Badajoz recordando aquello de que los primeros cristianos lo tenían todo en común; auxiliares de enfermería arriesgando y dando signos de alegría y esperanza en medio del hospital; enfermeras y médicos consagrados con una dedicación sentida y en manos del Padre que sabían del riesgo con vocación;

cruz y niños

 Una profesional de la salud dedicada a los mayores en nuestra residencia de la granadilla que ha sufrido el virus y que en este proceso murió su padre, sin poder acercarse ella que es lo que siempre deseaba su progenitor para este momento último y que hoy me escribe gozosa porque mañana vuelve a su trabajo y sabe que la alegría y el buen humor de su padre no le va a faltar; los que han tenido familiares en situación de dolor y los que los siguen teniendo; maestros y profesores de universidad e institutos que están a tope para hacer lo mejor posible y enfrentarse a la desigualdad que puede generar el hacerlo por las redes; los centros de personas con problemas de movilidad, de inteligencia etc;  los niños que han estado al pie del cañón con sus dibujos, sus cantos y bailes, sus ayudas en casa y a hacer máscaras antivirus con sus padres; hasta los creativos que han ido haciendo cada día con sus legos y otros juegos, el paso religioso de cada día llenos de colores y sentido; los de cáritas que no han cerrado para que pudieran llegar los necesitados y no les faltar lo básico en nuestra parroquia; los que de un modo rápido han hecho sus aportaciones a la cuenta especial en la parroquia para ir solventando los problemas que ya vienen con esta pandemia y que seguro que se van a multiplicar en los días que vienen…

resurrección

Toda esta realidad conectada con la vida creyente, con el ver, juzgar y actuar de los movimientos de acción católica, con la oración, con las homilías recibidas, con las imágenes, los vídeos de reflexión y hasta un canal youtube, todo nos ha ayudado a ser iglesia viva, misionera, en salida, para poder decir que los templos estaban cerrados pero la iglesia viva, recreándose, saliendo, haciendo discernimiento y ayudando a dar más identidad a los que nos llamamos cristianos, pero que andábamos como algo dormidos y cómodos. Yo he sentido que todo esto ha estado en cada celebración que hemos servido desde Facebook y el canal de youtube. Desde mi casa con la ayuda de otros, hemos podido llevar la celebración pero haciendo comunidad. Cada día en las casas y  comunidades todos preparaban los elementos de la celebración y la reflexión previa y eso hacía que todos  al mismo tiempo estuviéramos haciendo la celebración de todo el triduo pascual en sus tres momentos de última cena, cruz en el calvario y noche de resurrección. Las personas se han sentido unidos, comunidad y han interactuado. Ha compartido nuestra celebración personas de muchos puntos del país y de otros países que tenían alguna vinculación o que han comenzado a tenerla, algo también muy nuevo.

La mesa  y la vida

Todo ha sido, en nuestra pobreza y sencillez, un signo de la acción del espíritu del resucitado entre nosotros. Ahora seguiremos con el quehacer del tiempo pascual en el que el Resucitado desea dejarse ver en favor nuestro para llegar al fondo de nuestro corazón, y que quiere hacerlo en los caminos de Galilea, en la vida que hoy y ahora nos toca vivir. Por eso el pregón de este tiempo pascual lo hemos dejado en la boca y el corazón de los miembros de la comunidad que tocados por el resucitado creen en él y sienten la esperanza. Y aquí os servimos una muestra sencilla de algunos de esos testimonios, que sólo pretenden la comunión en la alegría de la resurrección, en la profundidad de su amor y en la fuerza de su envío para que seamos testigos del resucitado. Os lo servimos en este enlace de nuestro canal en el que si lo deseáis podéis subscribiros y entrar en esta iglesia enredada que es capaz de hacer templo vivo hasta en las redes:      Testigos de la resurrección y la esperanza

De resurrección y liberación: de la seguridad al riesgo ser.

 Ahora toca buscar la justicia de los que están muriendo en este viajar herido. Hay dirección y sentido, hay razones para la esperanza. La resurrección de Jesús es nuestro referente. Sin él seríamos lo más desgraciados de la historia. Nos toca dejarnos hacer por los que mueren y se comprometen, por los crucificados y los que se crucifican para darles la vida, ahora es el tiempo de resucitar a un modo nuevo de ser y vivir. Ellos se lo merecen.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN:

Luz

“Y la luz brilló sobre el sepulcro, aleluya”

Una humanidad sedienta y ciega: rotos y separados por el ritmo de vida, por los objetivos marcados, por las superficialidades de la existencia, sentimos una sed inagotable y no encontramos la fuente de la vida. Ahora sometidos por el confinamiento ante una pandemia, volvemos a las andadas. Las personas no se sienten felices, consumimos fármacos para nuestra tristeza y nuestra infelicidad. Nuestro mundo se diagnostica de enfermedad del sin-sentido, de la ansiedad agotadora. Lo tenemos todo, pero no somos nada, confinados y con miedo, ante la muerte de miles de hermanos.

Luz, palabra, agua y pan de vida

La noche de resurrección  nos abría la fuente del agua de la vida, Cristo quiere darnos su Espíritu, derramar sobre nosotros un agua pura que nos purificará de todo lo que nos ata y nos aprisiona, para respirar en la libertad de los que han encontrado un sentido de la vida en la generosidad y en la entrega. Donación que nos hace salir de la muerte de la seguridad y de la autorreferencia. De nuestro interior, nos decía el apóstol, saltará la fuente del agua de la vida eterna, si incorporados –bautizados- a Cristo dejamos que su Espíritu guíe nuestra vida en lo diario. Si lo hacemos, notaremos que donde hoy sentimos miedo y sequía, nacerá el vergel de la comunión, de la vinculación fraterna y la valentía de la alegría profunda. La verdadera medicina para cualquier pandemia del cuerpo o del espíritu.

Nuestra oración es sencilla hoy, Señor dame de tu agua, todos la estamos pidiendo. Nuestra noche, también se vistió de luz, la palabra nos ha llegado al corazón, nos hemos sentido renovados en el agua del Espíritu que colma nuestra sed de plenitud, y vamos a comer al Crucificado que ha resucitado y se deja ver en favor nuestro, para que nadie nos pueda quitar la alegría de la resurrección, nuestro aleluya. Cristo ha resucitado y nosotros estamos alegres, muy alegres, porque tenemos la Vida. Y no queremos esconderla, ni guardarla porque es de toda la humanidad, somos hermanos. Necesitamos profundizar en el misterio del crucificado que ha roto las ataduras de la muerte, ha sido resucitado. Lo necesitamos ahora que estamos en sepulcros de confinamientos llamados a la profundidad de la vida. Ahí podremos entender los cristianos el misterio del crucificado que ha resucitado tal como lo proclama el escrito lucano:

Flor

“Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, pero vosotros, valiéndoos de los impíos, lo crucificasteis y lo matasteis. Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder…” (Act 2,23-24)

El resucitado es el crucificado y vive para siempre

En este Domingo que inaugura la Pascua, nosotros contemplamos que el que ha resucitado es el “siervo de Yahvé”. La resurrección viene a confirmar teológicamente toda la historia de la salvación: el éxodo, la creación, la liberación del pecado, la alianza y la promesa, la encarnación, la vida y el mensaje de Jesús, la cruz como lugar de gloria y no de muerte.  El que resucita es el de las llagas y el costado abierto, el que no tenía donde reclinar la cabeza, el hereje, el blasfemo, el que comía con los pecadores haciéndose uno de ellos, el que perdonaba lo imperdonable, profanaba el templo y no cumplía la ley, el que se puso de parte de los hombres en nombre de Dios.

Frente a una mentalidad cientifista y cerrada en lo inmanente, y el extremo de un dogmatismo trascendentalista y deshistorizado, creemos en lo imposible de la resurrección desde los signos que llevan al hombre de la nada y la muerte, al todo y a la vida y que gritan continuamente: “No está aquí, ha resucitado”, como hoy hacen los que aplauden cada alta en el hospital a un pobre afectado.

El pobre Jesús de Nazaret ha resucitado y vive para siempre. La resurrección es signo de la libertad y la justicia definitiva, que tiene como fundamento y objeto al Dios de la vida afectando toda la realidad humana. En la resurrección, la libertad y la igualdad se hacen definitivas y se unifican, se hace justicia a todas las víctimas. Libertad y equidad, no pueden ser  una sin la otra. La resurrección da libertad y fundamenta la igualdad desde la fraternidad que ya se hace viable y posible.

Las victimas reclaman nuestra justicia: Un cambio de vida

La Iglesia que anuncia a Jesucristo Resucitado y que se deja mover por su Espíritu no puede ser sino una iglesia pobre, que anda por los caminos de la historia provocando el encuentro con los débiles e identificándose con ellos porque sabe que su Reino pasa por el sacramento del hermano: “¿Cuándo te vimos…? – Cada vez que los hicisteis con uno de éstos… Venid vosotros benditos de mi Padre”. (Cfr.,Mt 25,31ss).

Ahora, ante la pandemia,  nos estamos viendo y sintiendo criaturas, débiles, amenazados, solos, sin trabajo, sin saber del mañana, pero es ahora el tiempo de la gracia y de la luz, ahora estamos llamados como nunca a dejarnos interperlar por las muertes y los sufrimientos.

Nos toca acoger el grito que nos llama a la resurrección de lo natural, del cuidado, de la ternura, de la fraternidad, de la convivencia comprometida, de la responsabilidad ante la naturaleza y todos los seres que Dios ha dispuesto que existan y nos acompañen en esta naturaleza. Dios quiere que hagamos con ellos historia de esperanza y de luz, de gozo y encuentro, de realización vital integral

Ahora es momento de resucitar a algo nuevo, estamos llamados a ser pioneros, mediadores, animadores, acompañantes de estos procesos de cambio y de verdad en la vida de las personas. Sólo desde esta resurrección interior a un modo nuevo de ser y relacionarnos con nuestro propio interior, con los demás, con la naturaleza y con nuestro propio Dios, haremos justicia a los que van muriendo y quedando por el camino de esta situación tan dura. Si no cambiamos, su muerte quedará declarada inútil por nosotros y para nosotros, continuaremos muertos en vida, aunque seguro para que para Cristo, para el buen Dios, será fecunda y los tendrá ya en su seno glorioso declarándolos hijos amados para la eternidad. Resucitemos con ellos  a una nueva vida.

Atardecer
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Por la señal de la santa CRUZ

Una Iglesia que no sufre persecución viviendo en un mundo injusto, lleno de pobreza y desigualdad, ha de preguntarse si está sirviendo al Reino de Dios, a la causa y al nombre de Jesús.

¿A quién vamos a ver en el rostro del crucificado este año en el que estamos asolados por esta pandemia y en este confinamiento?

VIERNES SANTO: POR LA SEÑAL DE LA SANTA CRUZ

cruz

La cruz sencilla que Dios quiere nos dice san Pablo:

“El lenguaje de la cruz, en efecto, … es poder de Dios …Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos. Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Mas para los que han sido llamados… se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios…”(1Cor 1,18.21-24)

Necesitamos recobrar continuamente este lenguaje, esta señal, lo cual es imposible sin los crucificados de nuestro mundo actual, recobramos la señal cuando los recobramos a ellos. Ahora los crucificados vienen señalados además por esta pandemia, sumándose a la larga historia y listas de sufrientes inocentes. La cruz, que viene con el Reino, no es la designación de los males en manos del Padre, sino la contradicción que engendra el anuncio del Reino a los más débiles, que desajusta toda estructura aseguradora e injusta. Las resistencias personales, culturales, económicas, ambientales, religiosas e incluso de los mismos pobres y familia, hasta la de los propios discípulos son las que elaboran el verdadero material de la cruz. Pero tal cruz no es sino un signo del camino real del Reino: “Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan o digan contra vosotros toda clase de calumnias por mi causa. Alegraos y regocijaos…”(Mt 5,11-12) Ponte a ser manso, transparente, justo, misericordioso, pacífico y sentirás el peso de la cruz de los que en este mundo solo quieren violencia, poder, engaño, indiferencia, gozo y placer. Una Iglesia que no sufre persecución viviendo en un mundo injusto, lleno de pobreza y desigualdad, ha de preguntarse si está sirviendo al Reino de Dios, a la causa y al nombre de Jesús. La Iglesia que anuncia a Jesucristo, y da testimonio de Él, ha de andar por caminos que le cargan la cruz; cruz que es signo de buena noticia de liberación para los crucificados de nuestro mundo, noticia de un Dios compasivo y misericordioso.

Frente a un sistema del placer absoluto y de una humanidad indolora, del bienestar individual y desvinculado, en estos momentos tan duros se nos está llamando a desarrollar la cultura de la entrega y del compromiso, que a veces es dolor a favor del hermano dolorido para calmarle y consolarlo, como están haciendo miles de profesionales y ciudadanos, recuperándolos para la vida, siendo testigos vivos del Jesús- Buen samaritano. Este dolor entregado en el amor para dar vida    es presencia del crucificado- glorificado que vive para siempre y que transforma dolor en gloria y sufrimiento en alegría

 ¿Dónde están los crucificados que dan la vida? No los busquéis en los palacios, ni en los templos del éxito  y del poder, miradlos en lo sencillo y en lo pequeño de cada día: los sanitarios, los limpiadores, las cajeras, los vecinos, la hija que cuida a su madre con alzheimer desde hace años,  los padres que tienen a su hijo con Síndrome de Dowm  como el centro de su casa; el empresario que contrata a un disminuido físico, la esposa del alcohólico que apuesta por él y lo quiere de verdad, la asociación que le acoge con dignidad y le ayuda a resucitar, la que lava a su vecina sola y  enferma, y le lleva de comer sin que se entere nadie, el animador que da la vida por los jóvenes para que encuentren el camino de la vida; el que se mata para que funcione el coro; el médico que conoce y ama a sus pacientes, el que dona los órganos de su hijo fallecido en accidente para que le de vida a otros, el niño que da lo que recibe en la comunión para un proyecto en África y rechaza un traje ostentoso  haciéndolo con el de su primo, el que da un tanto por ciento significativo de su sueldo para cáritas y ya está dando para los efectos de este virus en los más pobres, el voluntario  en el asilo, y cuantos más… la madre que da toda su vida por sus hijos,  la que adopta un niño abandonado…¿A quién vamos a ver en el rostro del crucificado este año en el que estamos asolados por esta pandemia y en este confinamiento?

 Una cruz, no elegida sino aceptada en la mayor simplicidad,  sin ningún adorno ni distracción, cómo quería León Felipe que le hiciera su cruz para la mesilla de noche en medio de su enfermedad:

“Hazme una cruz sencilla, carpintero…

sin añadidos ni ornamentos…

que se vean desnudos los maderos,

desnudos y decididamente rectos:

los brazos en abrazo hacia la tierra,

el mástil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno que distraiga este gesto:

este equilibrio humano de los dos mandamientos…

sencilla, sencilla… hazme una cruz sencilla, carpintero.”

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